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sábado, 22 de julio de 2017

Sobre los "trapos sucios":



En la calle, ocho y algo de la tarde, recién terminada una tarea sabática que ha tenido poco de descanso y mucho de entretenida; un coche se detiene a mi lado para rematar aún mejor si cabe el rato, presentándose una combinación de tres estupendos ingredientes: un amigo, una foto y una pregunta. El amigo, Javi; la foto, una ampliación plastificada, y la pregunta: ¿Dónde es esto?

Javi Lorenzo es el vigilante de los campamentos de Petavonium; la fotografía la había comprado hace tiempo en un mercadillo, junto con otras también antiguas, y la pregunta vino porque detrás, escrito a bolígrafo, tiene tres letras mayúsculas: AYO. Creo que mi cansada cara se iluminó:

-¡Es el pilo de Ayoó, el de la Iglesia!, en una foto muy antigua, me encanta. ¿Me la dejas para escanearla?
-No, te la regalo.

Es difícil de agradecer semejante obsequio por quienes apreciamos de verdad la antropología, y en una simple imagen, o en cualquier chisme, redescubrimos nuestras raíces culturales dormidas, esas que negamos olvidar. En esta foto, sin conocer el nombre del autor ni la fecha, vemos al menos 15 señoras lavando, con sus herradas y talegas de mimbre al lado. Ya se aprecia la zona de lavado y zona de aclarado, como las vemos actualmente. De seguir fijándonos, es a media mañana, y en un día de invierno, simplemente por la sombra que proyecta el muro delantero de hormigón. Vemos también que prácticamente todas llevan el pañuelo negro en la cabeza recogiendo el pelo, una costumbre muy típica de la zona, perdida en la última media centuria.

Preguntando a nuestros mayores por la posible época de la fotografía me han llevado a los años de la primigenia fontana romana, en la que posteriormente se elevó su manantial en artística simetría de cuarzo en cuatro caños que tanto marcó el concepto de fuente del pilo para los actuales menos jóvenes ayoínos. El pilo por aquel entonces no era más que una concha de hormigón para preservar la limpieza del agua, en la que para lavar había que arrodillarse en una “banca” de madera, o directamente en el suelo, encima de una piedra.

Sobre los lavaderos comunales, sitos al lado de pozos, fuentes, o corrientes de agua, pende lo que me parece un insultante tópico; una verdad sacada de contexto hasta convertirla en una broma de pésimo gusto hacia la mujer, hacendosa por obligación. Se dice que allí iban “a lavar los trapos sucios”. Que eran trapos no hay duda, ásperos paños de lana y lino en su mayor parte, indomables antagónicos de las agradables y suaves fibras textiles actuales. Estaban sucios porque el sustento venía de la ganadería y de la agricultura, y de la extensa prole que abarrotaban todas y cada una de las viviendas en aquella época. Y lo de lavar es obvio, era motivo de honra para una mujer ver a su familia aseada y limpia, aunque la ropa fuera un expositor de remiendos. Pero lo que no se dice es que se dejaron las uñas a fuerza de frotar, y destrozaron las rodillas y la espalda por tan incómoda postura y tantas horas, robadas en su mayor parte al merecido descanso. Un desagradecido trabajo que nadie le eligió, y ninguna de ellas dejó de hacer hasta que la edad se lo prohibió.

Que hablaban, criticaban o murmuraban… pues claro que si; y qué se le podría exigir a quienes apenas aprendieron a leer y escribir para dedicarse a tiempo completo los 365 días del año a las tareas del hogar, a los hijos, y por si fuera poco, a complementar las de la agricultura y ganadería que los hombres no alcanzaban a terminar. Los temas de conversación versaban sobre las cosas habituales, entre ellas el estado de las personas del pueblo, para bien, o para mal. Sobre este tema hay que destacar el grado de implicación general a la hora de solucionar un problema particular; si un vecino se veía necesitado, toda la comunidad encontraría la forma de echarle una mano, y muchas iniciativas, por no decir casi todas, partían de estas reuniones. ¿Trapos sucios?, si, y desinteresadamente siempre fueron bien lavados, valga la expresión.

Y ya puestos, tampoco me parece acertado llamarle a este grupo “red social”, ya que estos grupos adictivos y fantasiosos actuales nada tienen que ver con las conversaciones de unas mujeres que acudían donde había agua simplemente a lavar la ropa, algo que no podían hacer en casa. De hecho, al hacer la red de abastecimiento, e instalar las lavadoras, esta “red social” murió.

Se trató últimamente de rememorar aquellos años en el pueblo, a través de la televisión regional (1), y es solo mi opinión cuando creo que no se le dio un enfoque adecuado: un digno homenaje a la mujer rural, trabajadora, resignada, laboriosa, increíblemente administradora de unos hogares en los que entraba poco y debía salir más. Nunca hubo frío suficiente, ni calor abrasador para contenerlas, nunca bastante dolor o sobrados inconvenientes para hacerlas abdicar en sus propósitos; siempre supieron salir adelante con prudencia y dignidad.

Un último vistazo al texto antes de publicarlo, y veo que queda por decir que la foto es en blanco y negro; pero también es fácil de encontrar otros matices menos destacados, y que lucen mucho más, como son el orgullo y la gratitud.

Mis respetos, Señoras.


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