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lunes, 28 de mayo de 2012

La fuente romana de El Robleo




Recuerdo que siendo adolescente, no tendría más de 10 o 12 años, jugaba con mis amigos a las excavaciones… ¿arqueológicas? Cuando teníamos algún día libre, muchísimos menos de los que disfrutan los chicos de hoy, cogíamos las bicis y alguna pequeña herramienta para ir a la chana, al lado de la fuente que llamamos “El Robleo” (el Robledo) a buscar “tesoros”. Nadie nos había dicho que allí los pudiera haber; creo que lo mágico del lugar nos animaba a hacerlo, sin más.

Bueno, en cierto modo miento, nuestros mayores nos habían contado que en los alrededores de la fuente se acercó un cacharero de Jiménez, con su carro lleno de barriles, cántaros, tarteras, etc. Y debido a lo cenagoso del lugar, las vacas, el carro, y todo su contenido se hundieron desapareciendo para siempre, y del asustado artesano decían que se libró por los pelos. Claro, que en la fuente de “mildeos” (mildedos) de Ayoó parece ser que sucedió lo mismo, o bien el cacharero era gafe, o era su fantasma vagando de fuente en fuente repitiendo su mismo accidente.

La fuente del “robleo” se secó hace por lo menos medio siglo, cuando comenzaron a perforar pozos artesianos en los valles. Y algo de pozo artesiano natural tendría, cuando recuerdan los que lo vieron manar que el agua levantaba con fuerza las blancas arenas del lecho, junto con pequeñas burbujas de aire, a las que les damos el simpático nombre de “gurgulitos”. La calzada romana, llamada también carretera del obispo (supongo que por venir desde Astorga por ella), pasa a escasos metros del seco manantial, por lo que tuvo que ser forzoso alto en el camino de incontables viandantes. ¡Cuántas meriendas se verían ayudadas por el agua de esta fuente!

Por cierto, un sorprendente dato: la calzada cruza la chana en perfecta línea recta, aproximadamente 4 Km., y además está orientada con la misma perfección norte-sur. ¿Casualidad?, me gusta pensar que no, aunque solo sea para poner una vez más de manifiesto la magnífica habilidad romana para la construcción. Aunque para sorpresas, la de saber que bajo los pies de aquellos inocentes niños exploradores, en realidad se esconden las ruinas de dos grandes campamentos romanos, y lo que parece ser una torre circular de vigilancia.

Yo conocía, a 200 metros en dirección sur partiendo desde la fuente, una elevación circular en el terreno, como un plato vuelto del revés, con un diámetro aproximado de 70 metros. Aquello no era natural, es evidente, y ha tenido que ser gracias a potentes y gratuitas herramientas como el Google Maps o el SigPac, cuando los modernos satélites nos han llevado a otra realidad, maravillosa realidad. Al lado de la fuente, dos construcciones militares dejaron restos todavía hoy visibles y apreciables conociendo su paradero. Dos campamentos romanos: el mayor de 230,67 metros, (medidas aproximadas) que corresponderían a 6,5 actus vorsus (o surco, medida empleada para marcar el perímetro de la nueva ciudad, que equivale a 35,489 metros, véase (http://eltijoaquin.blogspot.com.es/2012/02/de-astorga-rosinos.html ), 156 passus o 780 pedis (plural de pes, pié romano) de largo por 159,70 metros, 4,5 actus vorsus, 180 passus o 540 pedis de ancho; y el menor de 159,70 metros, 4,5 actus vorsus, 180 passus o 540 pedis de largo por 124,21 metros, 3,5 actus vorsus, 84 passus o 420 pedis de ancho. La elevación circular tiene un diámetro de 70,97 metros, 2 actus vorsus, 48 passus o 240 pedis. Para comparación, el campamento Petavonium tiene 248, 42 metros, 7 actus vorsus, 168 passus o 840 pedis de largo por 195,18 metros, 5,5 actus vorsus, 132 passus o 660 pedis de ancho. (Medidas aproximadas en distintos sistemas romanos de medida realizadas en metros con el SigPac).

De los dos campamentos de la chana, al lado de la fuente del robleo, me sacó de mi ignorancia Saúl Cenador García, natural de Castrocalbón, graduado en ingeniería mecánica, quien ha presentado un extraordinario trabajo como proyecto final de carrera, con puntuación de matrícula de honor. Entre otros temas incluye estos campamentos, que fueron curiosidad de niños sin sospecharlo, e importante testimonio para satisfacción de ese otro niño que sigo llevando dentro. Dicen los seguidores del esoterismo que los cruces de caminos y los pozos esconden positivas fuentes de energía. A lo mejor llevan razón, y es la energía que me llevó y llevará, mientras pueda, a disfrutar al mismo lugar. Es mi sino.

P.D.- Las fotos de abajo están sacadas del google maps y del sigpac, para apreciar mejor las distintas coloraciones del terreno.


Campamento circular, o torre de vigilancia romana.



Campamento romano, SigPac-Maps



Otro campamento, Sigpac-Maps.


Petavonium, Maps.

martes, 22 de mayo de 2012

Las obras del 2012 en nuestro Santuario






Este pasado domingo comenzó en el Santuario de la Virgen del Campo, con la primera comunión de 11 niños, un nuevo ciclo de actividad religiosa con importantes mejoras en el edificio, como recordó nuestro párroco D. Miguel, y resumo para darle el mérito a quien lo tiene, porque lo merece. En primer lugar, el obispado de Astorga aportó una subvención de 50.000 euros, para el nuevo tejado del presbiterio, el de la torre y el rejuntado de la misma. Con los recursos propios y las aportaciones de los socios se pagó la restauración y colocación de las puertas principales, traídas desde Astorga por mediación del ecónomo diocesano, antiguo párroco de varios pueblos del valle, y presidente de la asociación, D, Víctor Murias. La restauración del retablo izquierdo, en lamentable estado, es una donación de D. José Luis Casanova, autor de los trabajos en el retablo mayor, que está haciendo una gran labor de reconstrucción de lo que dábamos por perdido. Y debemos las nuevas campanas a D. Álvaro Huerga, religioso, antiguo alumno de la desaparecida preceptoría en su día anexa a nuestro Santuario, exprofesor en una universidad católica en Roma, y actualmente profesor en otra, en Puerto Rico. Este año, unas obras por un valor efectivo aproximado de 90.000 euros. A todo esto sumarle pequeñas, o grandes cosas, como la limpieza, los adornos florales, los coros, las aportaciones desinteresadas, la organización, etc., para alcanzar un valor real y sentimental incalculable, para que aquel cruce de caminos vuelva a ser lo que un día fue, centro de Vidriales, edificio histórico, nuestro patrimonio cultural. Terminaba el vídeo del artículo anterior con un pequeño “gracias a quien corresponda”, permitidme otro GRACIAS A QUIEN CORRESPONDA, y otro vídeo, el del primer solemne toque de campanas, anuncio de la pasada misa del domingo, y preludio de una nueva etapa en nuestro querido punto de encuentro.


sábado, 19 de mayo de 2012

Las campanas








Las campanas a veces llaman, otras despiden; festejan con alegría o contagian tristeza; avisan del tiempo; perturban la paz o tranquilizan devolviéndola…; con su tañido provocan decenas de sensaciones que a nadie dejan indiferente. Esto ha llevado a multitud de leyendas, y como protagonistas estos torneados instrumentos de percusión fabricados con bronce. Las llaman espantadoras de espíritus, de enfermedades y plagas, de tormentas; las consideran enemigas de brujas y maleficios, y protectoras de las gentes de bien. Con los distintos ritmos, o toques, informan de múltiples actividades, o del comienzo de las misas, y al lado de los callados relojes resaltan el inmemorial paso del tiempo. Los romanos llamaban a las campanas “tintinábulum”, vocablo onomatopéyico que alude a su sonido “tin” (Yo creo que hubiese estado más acertado el nombre “tantanábulum”). A partir del siglo VI se comenzaron a llamar campanas, posiblemente por utilizarse estos objetos con regularidad en Campania, región italiana. En las iglesias antiguas se las llamaba “Signum”, señal, y quizás un resto sea aquel pequeño toque que anuncia el comienzo de la misa, la “seña”. Los antiguos constructores simbolizaban  el poder del edificio en el tamaño de las campanas, y así al tocarlas trasmitían vibraciones al conjunto para colmarlo de ecos. La torre que las alberga, el campanario, tiene varias formas, siendo las más conocidas la humilde espadaña y la más señorial torre cuadrangular, como la del Santuario de la Virgen del Campo, que en estos días acoge entre sus muros tres relucientes campanas. Para los seguidores de éste templo mariano es una gran satisfacción volver a verlas en los ventanales y oírlas en la contorna. Comenzaba con leyendas, y la más extendida cuenta como algunas campanas tocan solas, incluso bajo el agua. Tras voltear por primera vez nuestras nuevas campanas, me sorprendió ese efecto que duró unos minutos, dando fe de un correcto equilibrado y excelente mecanizado, obra de auténticos profesionales: 
Campanas Quintana.



http://www.laopiniondezamora.es/benavente/2012/05/19/sonoro-regalo-rosinos/601349.html

viernes, 11 de mayo de 2012

Las mazaculas



Otra bonita tradición perdida. Las mazaculas, que pudieran parecer un castigo, y realmente son una estupenda diversión, en la que interviene el secreto en la preparación (tu agarras por los pies y tu por los brazos), la sorpresa (cuando yo diga…), la lucha, las carreras, el juego… y el contacto, tan necesario en la conducta humana. Mazaculas, o mazaculos, es una palabra compuesta: maza- de mazar, dar con el mazo, machacar; y -cula o –culo, obvio. Consiste en levantar un palmo de espaldas al suelo a la víctima, agarrado por los pies y las manos, y subiendo y bajando darle unos suaves golpes en el trasero mientras se canta ¡uno!, ¡dos!, ¡tres!... tantos como años o número de veces que se quiera celebrar. Se daban sobre todo en los cumpleaños, aunque también sirven como broma divertida. En los niños son efectivas, se dan la totalidad; en los mayores son simbólicas y con dos o tres vale, aparte de que el peso y la risa no permiten seguir. Son de tiempos anteriores al consumismo, de cuando los tirones de orejas, y los colgaderos, aquellos trofeos de caramelos o bollos atados con un hilo, que se introducen o “cuelgan” por la cabeza del agraciado en el momento de felicitarlo. Y la verdad es que no se necesita mucho más para ser feliz, seguro que los de cierta edad me comprendéis perfectamente. Estamos, en broma, recuperando las mazaculas. Así me las dieron en mi cumpleaños:



domingo, 6 de mayo de 2012

Feliz día, mamá.




EL CONSEJO MATERNAL


Ven para acá, me dijo dulcemente
mi madre cierto día;
(aún parece que escucho en el ambiente
de su voz la celeste melodía).


Ven, y dime qué causas tan extrañas
te arrancan esa lágrima, hijo mío,
que cuelga de tus trémulas pestañas,
como gota cuajada de rocío.


Tú tienes una pena y me la ocultas.
¿No sabes que la madre más sencilla
sabe leer en el alma de sus hijos 
como tú en la cartilla?


¿Quieres que te adivine lo que sientes?
Ven para acá, pilluelo,
que con un par de besos en la frente
disiparé las nubes de tu cielo.


Yo prorrumpí a llorar. Nada, le dije;
la causa de mis lágrimas ignoro,
pero de vez en cuando se me oprime
el corazón, y lloro.


Ella inclinó la frente, pensativa, 
se turbó su pupila,
y, enjugando sus ojos y los míos,
me dijo más tranquila:


- Llama siempre a tu madre cuando sufras,
que vendrá, muerta o viva;
si está en el mundo, a compartir tus penas,
y si no, a consolarte desde arriba...


Y lo hago así cuando la suerte ruda,
como hoy, perturba de mi hogar la calma:
¡Invoco el nombre de mi madre amada,
y, entonces, siento que se ensancha el alma!


Olegario Víctor Andrade
(1839-1882)



El San Mamés de Ayoó






Todos los años, a primeros de mayo, los ayoínos recibimos con ilusión la visita de San Mamés. Salimos a buscarlo en solemne procesión, y al encuentro se le canta, en su presencia se bendicen los campos, y de vuelta a la iglesia comienza el rezo de una novena. Tras éstos días en el pueblo lo devolvemos a su morada, la ermita, donde nos esperará cada domingo para visita y rosario, y el 7 de agosto para la fiesta grande.

Cuenta la historia que San Mamés nació hacia el año 259, de una mujer encarcelada por ser cristiana, Rufina (Santa Rufina), que murió poco después del parto. Del niño huérfano pidió hacerse cargo una noble patricia, Ammia (Santa Ammia), y le dio el nombre de lo que quizás más necesitara la criatura, amamantar, (otras fuentes lo relacionan con mamá). Ammia murió cuando Mamés tenía 15 años, y le dejó su rica herencia, que el adolescente repartió entre los pobres. Perseguido también por cristiano, huyó y se dedicó en las montañas al pastoreo, hasta que fue atrapado, conducido al circo y arrojado a los leones. Dicen que lejos de devorarlo, lamían sus heridas, hasta que un enfurecido verdugo clavó un tridente en el vientre del santo, que murió poco tiempo después en una cueva.

Nuestro San Mamés es una talla sencilla, que extrañamente porta en la cabeza una corona dorada. Una cacha en su mano derecha y una oveja a los pies son atributos que recuerdan su oficio de pastor, con gran tradición en nuestro pueblo. La capa se asemeja a las de pardo, que se usaban para protegerse del frío, y el libro de su mano izquierda me trae de la memoria esa imagen del pastor o pastora entretenidos, con la lectura, el punto o ganchillo, y más recientemente con la radio, mientras observan su ganado.

Esto, básicamente, es la tradición, la historia y nuestra imagen; permitidme añadir otra historia distinta, de las que como saben que me gustan me cuentan, y aunque no sean más que pura fantasía, relato con el mayor de los respetos. Pues sucedió que en un pueblo de cuyo nombre suelo acordarme, una mujer dio a luz un niño, y después de darle la teta, como dicen por allí, lo acostó en su cunita para volver sus quehaceres. Al rato, acudió al dormitorio a ver a su hijo, y gritó, y lloró, al ver la cuna vacía; nadie excepto ella estaba en la casa… ¡le habían robado el niño!. El pueblo alertado decidió salir a buscar al ladrón, y partió en todas direcciones, hasta que un grupo encontró al recién nacido solo y dormidito debajo de un roble, en la ladera de un monte cercano. Lo llevaron de nuevo con la madre, que lo abrazó y besó y por el susto el resto del día no se separó de la vera de su cuna.

Al día siguiente le volvió a dar el pecho, y lo acostó para su reposo. Y otra vez, en cuanto la madre abandonó la habitación, el niño desapareció. Salieron de nuevo a buscarlo, y lo encontraron sano y dormido en el mismo lugar, algo que sucedió desde entonces, era darle de mamar, dejarlo solo y el niño milagrosamente aparecía en el monte, a donde la madre, ya sin avisar a nadie, iba por su hijo para volver a casa. A las dos semanas, llegó el momento de bautizarlo, y le pusieron de nombre Mamés, porque los ojitos de este niño parecían decir “- Ya mamé, y vuelvo a la sombra del roble”. Y en aquel lugar la gente del pueblo levantó un edificio, para que por lo menos el niño no tuviera frío mientras llegaba la madre.

 Hoy dicen que aquello es una ermita.




domingo, 29 de abril de 2012

Nº 100 y me viene a cuento.



Ruraleando ruraleando, estoy escribiendo el artículo 100, el del examen, como los gobiernos; la verdad es que había perdido la cuenta hacía 99 y nunca creí llegar más allá del 50. Increíble. Y el tintero a rebosar. En primer lugar, si supiera como, haría llegar un mensaje de gratitud a Blogger, por permitirme usar este espacio para contar mis curiosidades. En segundo lugar estáis vosotros, mis queridos lectores, alentadores del contador de visitas, que sois los que permitís que esto siga adelante, gracias sinceras. Y por vuestros comentarios, correos electrónicos, o personalmente; como diría nuestro rey “me llena de orgullo y satisfacción” vuestro contacto y amistad. Un saludo especial a los lectores del otro lado del Atlántico, es agradable comprobar que nos une mucho más de lo que nos separa. También tengo que decir que campeonas en visitas son la cocina económica, la teja árabe, la tapia… prometo tutoriales para todas éstas cosas, y lo haremos como antaño. Y para celebrar que vamos a cien, os voy a contar un cuento, parte me relataron en clave de humor a la antigua usanza, es decir, al atardecer de un día de verano, sentados en la calle al fresco; otra parte, pequeña, le añadí yo. Os invito a volver por un instante a la niñez, para leerlo desde la inocencia y la ternura, que no hacen falta efectos especiales para disfrutar de los cuentos. No le voy a añadir fotos, como suelo hacer, que cada uno use su imaginación para situarlo en un lugar, y se lo dedico a todos los que conocen cierto pueblo…. Así, más o menos, me lo contaron:

LA BICHA DE LA CUEVA

Hace muchos, muchos años, aconteció esta extraordinaria historia en un pequeño pueblo de agricultores, por aquel entonces famoso por la tristeza de sus habitantes. Y es que vivían permanentemente acosados por un monstruo, sin embargo se negaban a abandonar lo que era toda su vida. La tierra era fértil, el agua mucha y buena, el monte proporcionaba caza y leña, y los prados engordaban sin trabajo sus ganados. Pero en los aledaños del pueblo, un pequeño monte esconde la boca de una cueva, y estaba habitada por una serpiente de unas dimensiones nunca vistas, tan grande que cuando bajaba de su guarida, en el momento de pasar el autobús de línea a la capital, éste se detenía por evitar chocar o volcar, y sus ocupantes se agazapaban bajo los asientos para esquivar la mirada de la serpiente, porque según decían, hechizaba petrificando a sus víctimas para después comérselas con calma. Aunque su plato preferido eran las vacas, cuando pastaban en una pradera cercana o rumiaban a la sombra de los robles en un sestiadero, menos mal que mientras las tuvo al alcance, nunca hizo daño a otras criaturas. Los pastores al verla llegar se escondían, y así la serpiente solo tenía que elegir la mejor presa, agarrarla con su enorme boca y volver a la cueva a terminar su festín, que repetiría al cabo de una semana. Para nada sirvió ponerle trampas o cebos envenenados, la longevidad le había concedido astucia, y sorteaba todos los peligros como si de antemano conociera el lugar exacto de las trampas. Los habitantes del pueblo, resignados, aprendieron a convivir con “la bicha”, como la llamaban, y todos los días al toque de la chifla, soltaban las vacas para conducirlas a pastar al mismo lugar, ya que si allí no encontraba comida, se acercaría al pueblo y provocaría el pánico entre los vecinos y mucho más perjuicio. Un año por agosto, llegó al pueblo un joven montado en un burro, vestía con sencillez e iba acompañado por un inquieto perro blanco con manchas negras o negro con manchas blancas, de eso nadie está seguro. Pidió posada, y aquella misma noche, bajo los arcos de la cocina mientras preparaban la cena, oyó esta misma historia ya que la serpiente se había llevado otra vaca, dejando a una humilde familia sin pareja para recoger sus cosechas. El joven preguntó porqué no atacaban directamente al monstruo, y le contestaron que lo habían intentado, pero que nadie tras ver sus ojos había podido mover un músculo, como si un embrujo diera protección a la maligna criatura. Entonces, se levantó, cogió el atizador y removió la lumbre, y dijo que en su deambular por el mundo había conocido un caso parecido, y para romper el maleficio solo se necesitaba valentía, confianza y una noche de luna llena. Como éste último requisito sucedería al día siguiente, y de lo demás estaban sobrados, al toque de campanas se reunió al pueblo en concejo a la puerta de la iglesia, para escuchar todos las palabras del visitante, que nadie sabía porqué pero infundían ánimo y valor. Para matar a “la bicha”, mandó a todas las personas vigorosas del pueblo armarse con escopetas y con armas arrojadizas, para las que servían las herramientas que usaban en sus trabajos, como tornaderas, viendas, guinchas y cualquier otra cosa que pudiera clavarse en la piel de la bestia. Saldrían poco antes de la media noche, en silencio, con ropas oscuras o negras, y hasta entonces pedía normalidad, para no inquietar o despertar extrañeza en el animal. Al día siguiente, llegado el momento acordado, sin hablar ni hacer ruido se pusieron en marcha, caminando bajo la plateada luz de la luna, alta ya en el cielo. El visitante llevaba de ramal su burro, sin alforjas, y el perro se adelantó unos metros a la comitiva para dar la alarma en caso necesario. El silencio ambiental era total, ni una sola brisa de aire que azotara las hojas, tampoco grillos o ranas con su habitual algarabía; quizás todo presagiara un incierto desenlace. Por fin llegaron a unos pasos de la boca de la cueva. A una señal, el burro se adelantó colocándose enfrente, a modo de cebo. Otra señal y el perro comenzó a ladrar con rabia de cara al agujero. El visitante se arrimó de espaldas a las rocas de la entrada y sacando de un lateral del morral un espejo observó el negro interior, y mandó a los armados valientes estar preparados. Entonces un siseo desagradable comenzó a oírse cada vez con más intensidad, hasta casi ocultar los ladridos del perro. El espejo mostró unos luminosos ojos que emergían con rapidez, y al grito de “¡Ahora!” el perro y el burro se apartaron, y arrojó el rojo contenido del morral, pimentón, sobre la cabeza que acababa de salir en el mismo momento que una descarga de pólvora y una nube de armas voladoras fueron a parar al cuello de la serpiente, que comenzó a retorcerse cegada y herida entre un insoportable sufrimiento. Sus verdugos, que habían descendido un buen trecho por seguridad, observaron cómo “la bicha” por fin quedaba inmóvil, muerta como había predicho el desconocido, pues tan enfrascados estaban en su afán que aún no le habían preguntado su nombre. Antes de volver al pueblo a festejar el acontecimiento, un grupo se acercó otra vez a la cueva a cerciorarse de que efectivamente la bestia había muerto. Encontraron la cabeza de una enorme serpiente postrada en el suelo, roja de pimentón, con el sangrante cuello lleno de agujeros y cosas clavadas, y como no había terminado de digerir su última comida, por los lados de su boca como si fueran colmillos salían los grandes cuernos de una vaca. Por tan horrenda visión, a alguien se le escapó decir: “-Esto no era una bicha, era un demonio”. A la vuelta al pueblo, pararon ante la iglesia y subiendo al campanario voltearon con fuerza las campanas para anunciar la nueva noticia. El pueblo entero se reunió, por fin alegre y feliz, y buscaron a la persona que había hecho aquel milagro, que los había liberado del dominio de la serpiente. Nadie lo encontró, inexplicablemente se había ido con la misma cautela que apareció. Desde  entonces aquel día de agosto se celebra fiesta, y ahora hay quien dice que en lo más alto del retablo de la iglesia recuerda su cara la de una imagen, que con el pié sigue aplastando el demonio de la serpiente. Y colorín colorado… 


domingo, 15 de abril de 2012

Entre el sol y la luna


En medio del retablo mayor de nuestra iglesia, y encima del sagrario, llama la atención un círculo celeste que recoge en su interior un triángulo equilátero amarillo, rodeado de rayos blancos y con un ojo pintado en su centro. Es la representación cristiana de Dios, en un icono usado ya en la antiguedad como el ojo que todo lo ve, como Horus, dios egipcio. La mitología griega lo asoció entre otros con la diosa Minerva, y en el reverso del billete de dólar, en su parte central coronando la cima de una pirámide, aparece por orden del presidente Franklin. Estas son, creo, sus más importantes muestras, solo queda una: con el vértice invertido, flanqueado por un sol y una luna, exactamente como lo vemos en nuestro retablo, y entonces es un símbolo de una agrupación a día de hoy polémica, la masonería, entre otras razones por su declarado anticlericalismo. Pero no siempre fue así. Los masones eran gremios de constructores, (albañiles, carpinteros, canteros…), que ya en la edad media levantaron catedrales u otros importantes edificios, y celosos de su trabajo idearon una serie de ritos, símbolos y palabras, para llevar con orden y disciplina tan insignes obras. Los masones se clasificaban en tres grados: aprendiz, compañero y maestro, todos creyentes en un ser superior, Dios como el creador y por lo tanto el primer y gran arquitecto del universo. Esta era la masonería operativa, la que poseía la teoría y la práctica, y su designación tenía como objetivo la construcción según las reglas tradicionales. Posteriormente comenzaron a admitir políticos, nobles y personas de otros gremios que pasaron a formar parte de la masonería especulativa y los tres grados se convirtieron en multitud, desvirtuando el noble trabajo de aquellas hermandades en las que se enseñaba y practicaba los secretos de la construcción. Existe debate sobre los orígenes de la masonería. Hay quienes defienden que descienden de los “collegia fabrorum”, corporaciones de artesanos romanos, y hay quienes van más allá, remontando a los egipcios, entre los que se consideraban privilegiados por poder ver a su faraón, que a su vez era el primer arquitecto. En realidad, no existen símbolos exclusivamente masónicos, si no que han sido comunes y trasmitidos a través del tiempo de otras corporaciones. Decíamos al principio que el triángulo con el ojo de nuestro retablo representa a Dios. Si esta figura es recta, apoyada sobre un lado, significa el principio, la omnipresencia, Él que lo ve todo; pero si aparece invertido sobre el vértice, entre el sol y la luna, es la Providencia, “la suprema sabiduría de Dios que rige el mundo y a los hombres y cuida de ellos”, es el Jesús omnipotente que todo lo puede mirando hacia abajo, a sus fieles cuando llenan los bancos de la iglesia. Quiero pensar que el retablo se construyó siguiendo los criterios tradicionales, por eso, cuando lo miro desde que conozco su secreto lo encuentro diferente, y claro está, aprecio de distinta forma mi oficio:
 la construcción.





viernes, 6 de abril de 2012

El monumento





Como cada año en nuestra iglesia, el Jueves Santo por la mañana se construye el monumento, el altar para la adoración del Cuerpo de Cristo. En la misa de la última cena, se traslada con solemnidad el Copón con las Hostias consagradas al nuevo sagrario, para su exposición y comunión del Viernes Santo. 

En algunos lugares se crean auténticas obras de arte, realizadas siempre por personas desinteresadas, como las que instalan nuestro monumento. También existió otra costumbre, la de construir un armazón el día de las ánimas a base de lienzos amarrados a bastidores, con pinturas de muerte y resurrección. Totalmente distintas a las sargas, que por el tamaño y peso eran izados con poleas, hasta cubrir por completo el pan de oro y las imágenes sagradas de los retablos. Parece ser que fue una costumbre cristianizada de otra pagana de la Grecia y Roma clásicas, cuando para determinados ritos y sacrificios se cubrían con telas pinturas y esculturas de sus dioses. 

En el Santuario de Rosinos, los lienzos de lino del monumento se separaron de sus bastidores, seguramente deteriorados, y se guardan para una posible futura exposición. La pintura es al temple y aparecen distintas figuras, como enfermos o fallecidos, ángeles y demonios, religiosos y civiles; representaciones de distintas tentaciones, como la lujuria, la avaricia, la burla, el mal; también de algunas virtudes, como justicia, fe, esperanza… y otros temas como la resurrección de Jesucristo y las ánimas del purgatorio, junto con algunos textos llamativos. 

Los monumentos se desmontan para el Domingo de Resurrección, día final de la cuaresma e inicio de un nuevo período, más solemne y festivo. 

La Semana Santa es un acontecimiento móvil, para que coincida su celebración con una condición clave, Jesús murió durante la primera luna llena tras el equinoccio de primavera. Por eso siempre se celebra entre el 22 de marzo y el 25 de abril (menos el cristianismo oriental, que al seguir utilizando el calendario juliano puede caer entre el 4 de abril y el 8 de mayo). 

Desde niño me ha llamado la atención la coincidencia, y durante estas noches no puedo menos que levantar la vista y recrearme en el cielo. Un refrán, ya en cierto modo desfigurado, me da la razón: Tres jueves hay en el año que relucen más que el sol; Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión.