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miércoles, 19 de enero de 2022

La vela vecinal.

 


Aunque parezca increíble algunos pueblos mantienen una norma ancestral para la organización, la cooperación y el desarrollo de ciertos trabajos y costumbres sociales, siempre en beneficio común, utilizada también en asuntos más particulares. No es cuestión baladí, cuando incluso sirve jurídicamente, al aceptar sin rechistar el orden establecido y los trabajos encomendados, aunque nadie sepa quien o quienes idearon semejante disposición. En la práctica tiene grandes ventajas sobre el actual orden alfabético, porque cualquier vecino conoce casi de memoria el lugar que ocupa en la convivencia vecinal, con las ventajas que conlleva. El nombre de éste sistema me parece enigmático: la vela.

 

Esta “vela” no aparece en el diccionario de la RAE como acepción, y curiosamente se le pasó por alto al recopilador de palabras vidrialesas en uso para su “Diccionario Inacabable de la Lengua de Vidriales”, mi buen amigo Manolo Cabezas (1).

 

La Asociación Cultural Zamorana Furmientu (2), creada para dignificar nuestro patrimonio lingüístico define “vela” parcamente como “turno” (de un servicio, de molienda, de guardar las ovejas…). La siguiente palabra en su diccionario es “Vela, andar a la”, definida como “Seguir un tumo por el orden del vecindario para regar, guardar el ganado, etc”. Mucho que añadir a estas definiciones, porque razonadamente “la vela” no es el turno, aunque “andar a la vela” sí pudiera ser.

 

Yo me decanto algo más por la definición de “vela” del diccionario “Voces del Eria” (3) de mi coterránea Isidora Rivas Turrado, aunque tampoco del todo:

Vela: f. Turno, tanda o alternancia que se sigue en determinadas tareas comunitarias. Tanda. Vez. 2.- Dar la vela: fr. Para expresar el hecho de transmitir la vez o el turno cuando ya corresponde a otra persona, siguiendo el orden establecido por una comunidad. 3.- Ir por la vela: fr. para señalar que una tarea o asunto comunitario se distribuye siguiendo un orden estricto, sea por ubicación, sea alfabéticamente, en el que van participando todos los afectados.

 

Me gustaría corregir este “turno”, porque según la definición de la RAE implica a las personas, y no a las cosas:

1.   m. Orden según el cual se suceden varias personas en el desempeño de cualquier actividad o función.

2.   m Conjunto de trabajadores que desempeñan su actividad al mismo tiempo, según un orden establecido previamente.

Pero claramente la vela se refiere a la posición de las cosas para que luego haya un turno de las personas, es en realidad ese “orden establecido previamente” en una ruta inalterable.

 

La vela sería la ordenación de los bienes, para la participación de su representante en las funciones o tareas de la comunidad. La vela es un listado de domicilios, molinos, corrales (granjas), parcelas, etc, que dependiendo de la necesidad los afectados deben atender a una orden de ejecución cuando le toque la vez.

 

Veamos varios ejemplos:

En los trabajos comunales (la facendera o yera) se convoca a la comunidad a razón de un representante válido por casa habitada, siempre desde el primer punto y siguiendo el orden establecido, en el mismo sentido hasta el último; esta es la auténtica vela vecinal, pudiendo pasar revista para proponer sanción a quien falte sin motivo justificado. Por ejemplo, para limpiar un caño se ordenarán a los trabajadores por orden de vecindad, por la vela. En caso de no terminar el trabajo se volverá a repartir en el mismo orden.

 

Pero hay trabajos comunales en los que no se necesita todo el pueblo; entonces se mandarán en grupos, e incluso se puede hacer una lista, para que los afectados sepan cuando les toca siguiendo la vela.

 

También puede suceder que el tema a tratar sólo incumba a una parte de los vecinos. Entonces la vela mantendrá el orden y dirección, pero solamente incluirá a los afectados. Por ejemplo, la ganadería: El pastor del desaparecido rebaño del pueblo rotaba por la vela, lo mismo que en la vacada, para la que se necesitaba un grupo de pastores. Pastores o pastoras, porque nunca hubo distinción a la hora de participar de las labores ordinarias. En esta vela, quien no tenía ganado no participaba, claro está.

 

El regadío cuenta con su propia vela. Integra a todas las parcelas regadas por un mismo canal, la termanera, y cuando se riega “a hecho” o “por la vela” lo que cuenta es el orden parcelario en sentido descendente. Aquí el anterior turno cambia; es por esto que es innato a las cosas, no a las personas. Y el hecho que corrobora lo que acabo de exponer es que la compra de una propiedad puede llevar consigo derechos y obligaciones de la vela. Por ejemplo, si alguien cambia de domicilio se integrará en el recorrido de la nueva calle. Lo mismo ocurre con la adquisición de una parcela, el nuevo propietario atenderá al turno que se declare para el riego.

 

Resumiendo, la vela ordena cosas y los propietarios establecen turnos: por tanto la vela no es el turno, es el orden necesario para que haya autoridad para establecer los turnos.

 

Pero la vela tiene otros usos, pues se recurre a ella para ordenar los participantes en trabajos más concretos, para los que hay que apuntarse. Por ejemplo, la limpieza de la Iglesia, que actualmente se hace en grupos de 6 y por orden de la vela. Otro ejemplo es la capilla domiciliaria que recorre las casas que la hayan solicitado, en orden también de la vela.

 

En Ayoó la vela comienza en el barrio de los Palomares. A partir de ahí recorre algunas calles, siempre por el lado izquierdo hasta el final y dando la vuelta, y en otras en zigzag para no dejar a nadie atrás. Por cierto, es muy curioso este comienzo, porque como ya sugerí en el artículo relacionado con la cronología de nuestro pueblo, el barrio de los Palomares podría ser la cuna de Ayoó, con cerca de dos milenios de historia. Por tanto, es el sitio correcto, ampliado al crecer poblacionalmente. Pero lo más curioso es que acaba en la calle de la Iglesia, entrando por la izquierda desde la plaza de la Audiencia, cambiando en la fuente al otro lado donde tiene fin. La explicación podría estar en que en esa parte estaba el monasterio de Ageo, exento de trabajos comunales, pero no así cuando dividido pasó a particulares, a los que ya les afectaba la vela.

 

Una vez más, para documentar este sistema de ordenación, he recurrido a las excelentes memorias de nuestros mayores. En este caso a la de Isabel Cano, Trini Lobato y Victoria Cano, esta última hija de Laurentino Cano, fallecido presidente de la Hermandad de Labradores durante muchos años, y luego alcalde del ayuntamiento, dos instituciones para las que la vela era de obligado cumplimiento.

 

El último objetivo de este artículo no es otro que dejar constancia del tortuoso recorrido de la vela en Ayoó, para que no se pierda; y nuevos y viejos habitantes conozcan el ancestral lugar que ocupan en el casco urbano, en un ciclo igualitario, que nunca tiene fin, y que no encuentro motivo para dejar caer en desuso. En un deber social, un legado milenario que forma parte de nuestro rico acervo histórico.

 

Dice un principio de derecho que “Ignorantia juris non excusat”; viniendo a decir que el desconocimiento no sirve de excusa para el cumplimiento de las normas. Ayoíno: si hubiere algo que hacer, ¿sabes cuando te toca?.



 

Referencias:

 

1-   http://www.furmientu.org/07Vocabularios2011/03VocabularioValleVidriales.pdf

2-   http://www.furmientu.org/

3-   https://lafueyacabreiresa.com/tag/voces-del-eria

 Foto aérea – Gabi (gracias).

 


lunes, 27 de diciembre de 2021

El Belén: en la variedad...

 


Creo que una de las obras de arte más cuestionadas es innata a la Navidad: los belenes. Y no porque se opine sobre las formas (es normal expresar los gustos), sino porque hay mucha gente empeñada en juzgar el fondo: la verdadera escena del nacimiento de Jesús.

 

¿Pero qué sabemos de ese suceso histórico? Prácticamente nada. Apenas que José y su esposa María en avanzado embarazo hicieron un viaje a Belén para empadronarse. Una vez allí, no encuentran posada digna, se produce el parto y acuestan al recién nacido en un “pesebre”. Otro texto dice que luego aparecen unos sabios o magos que han seguido una estrella y regalan al niño unos presentes muy valiosos en aquella época. Los evangelistas Lucas y Mateo nos han legado así de pobre el relato del nacimiento del personaje más importante de los últimos dos milenios, al contrario que su muerte, profusamente detallada.

 

Esto no quiere decir que entonces no podamos representar una escena en la que no pueden faltar tres personajes: un varón, una mujer y un niño de muy corta edad. Y la primera y principal razón es porque simplemente es arte popular, y nos gusta. A muchos nos gusta construir belenes y a muchos más verlos; porque precisamente, y ya lo dice el refrán, en la variedad está el gusto. Las figuritas de algunas representaciones pueden ser idénticas, o no; pero desde luego cada escena es única, y ahí es donde entra la imaginación y los recursos del artista… y por supuesto la crítica de los “realistas”.

 

Sin embargo, a nadie se le ocurre criticar una maqueta en la que se recrea el modelismo ferroviario, con sus vías y trenes a escala, dotados de movimiento, luces y otros efectos, en una escena natural imaginada; una afición que además cuenta con muchísimos seguidores, y que me parece una analogía perfecta al modelismo belenista.

 

Para mí un belén es un lienzo en blanco, y todo lo demás la paleta de pintura. Si en el lienzo no puede faltar la pintura, en el Belén tiene que haber representado un recién nacido con sus padres. No tiene por qué haber escena, ni un modelo a seguir. De hecho, se considera que una de las primeras representaciones del nacimiento de Jesús está en la Capilla Greca de las catacumbas de Santa Priscila, en Roma; es pintura y ni siquiera aparece San José.

(1)


Tras otros casos de representaciones de nacimientos, no es hasta 1223 cuando comienza el belenismo, de la mano de San Francisco de Asís (Giovanni di Prieto Brenardone, 1182-1226) en una cueva de Greccio, un pueblo italiano. Este fundador de la orden franciscana, de las Hermanas Clarisas y de la Orden Seglar, pidió ayuda a un lugareño llamado también Giovanni para recrear una idea: “Deseo celebrar la memoria del Niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno”. En cierto modo el primer belenista fue el lugareño Giovanni, quien manos a la obra construyó la escena siguiendo las directrices de San Francisco, introduciendo figuras y objetos que podían o no haber estado en el Belén primigenio, como es el caso del heno, el buey y el asno. El 25 de diciembre de aquel año, numerosos visitantes quedaron maravillados por ese primer belén, y espontáneamente un sacerdote decidió celebrar una misa, creando un vínculo inseparable entre la Eucaristía y esas representaciones del nacimiento del Hijo de Dios.

 

Esos nacimientos suelen llenar rincones en muchos hogares, en templos, o en salas de exposiciones, siempre según el ingenio de los artistas. Porque sí, cada belén es arte, arte popular, y los temas pueden ser tan variados que se da el caso de auténticas ofensas a la dignidad de los hechos, por rebuscar los elementos que cosifican y degradan los personajes históricos de una hermosa tradición dirigida a todos los públicos, también y en especial a los niños.

 

Una Navidad más, he colaborado en la construcción de dos belenes: el del Santuario de Nuestra Señora del Campo, junto con la Asociación Cultural Son de Los Valles (2), y el de la Iglesia Parroquial de Ayoó de Vidriales, con la ayuda de Matías. Dos versiones totalmente distintas del nacimiento, y ambas perfectamente válidas, sirviendo como ejemplo al debate del realismo que acabo de exponer.

 

El belén del Santuario partió de la idea de hacer una mezcla de tradición religiosa, exposición de indumentaria típica de nuestro valle, y una muestra de aperos y herramientas que se guardaron hasta hace apenas medio siglo en un lugar de las casas vidrialesas que da a la calle, llamado comúnmente “portal”. El primer y tercer punto lo creo conocer, no así el tema de los trajes, para el cual hemos contado con las expertas manos del grupo Son de los Valles, que abarcan el extenso mundo del folklore, y que luego complementarían con una gala de villancicos populares zamoranos.

 

Este belén consta de un “portal”, una composición más o menos artística que imita a la cueva de Greccio, que Giovanni - no me cabe duda - adornó con lo que tenía a mano para que pareciese un establo, el edificio donde se recogen las pocas pertenencias de los aldeanos más humildes, inevitablemente agricultores y ganaderos. Rescatados de la misma humildad son todos y cada uno de los enseres expuestos, restos de otros tiempos que engulló la revolución industrial del último medio siglo en la comarca vidrialesa.

 

Unos maniquíes han servido de percha a los originales atuendos que todavía se guardan en viejas arcas, en una colocación belenística: el encuentro de la Sagrada Familia con las primeras gentes que se acercaron al portal a conocer al Niño Dios.

 

Esa es mi visión, pero me parece imprescindible aportar la de Ángel María, miembro fundador de Son de Los Valles, principalmente sobre la indumentaria expuesta, porque me parece francamente muy interesante, y prácticamente imposible de simplificar:


"La Virgen presenta un conjunto de gala, cual novia engalanada con las mejores ropas guardadas con primor en el arca de la casa para la boda. Calza zapatos de tafilete, calados y de hechura antigua con medias de algodón blancas indicándonos su estado social. El rodao negro, de paño fino, con mandil de terciopelo y chambra, donde destacan los agremanes de abalorios y lentejuelas, que a su vez aportan elegancia y enriquecimiento en el conjunto. Al talle, mantón de Manila con escenas chinescas y sobrepañuelo de seda para evitar el roce y el sudor del mantón. A la cabeza, pañuelo de cuadros de seda con cerras y mantilla de paño y seda negra también con abalorios de azabache. Los pendientes de calabaza realizados en plata dorada junto a una rica collarada de corales, cuentas vítreas, medallas y relicarios de diversas devociones hacen que el conjunto resulte de especial importancia.



El Niño se muestra con la indumentaria infantil que con esmero se confeccionaba en casa para vestir a los recién nacidos. Como prenda característica destacamos la mantilla de acristianar o envuelta de paño fino con diferentes adornos con la que se rodea el cuerpo de la criatura y el fajero con el que se ciñe la cintura. La chambra sirve para cubrir el torso y los brazos sobre la cual se coloca el babero. En la cabeza destaca por su colorido el gorrito engalanado con puntillas, pasamanerías y galones, haciendo que la atención sobre el recién nacido recaiga en las diversas prendas para así evitar los alunamientos y supersticiones tan frecuentes. Sobre la cintura destacada el cinturón de dijes y amuletos para la protección del bebé, tales como cascabeles, caracolas, medallas, ramas de coral, evangelios e higas de azabache. Todas las protecciones eran siempre pocas para una criatura indefensa.



San José se nos presenta como buen mozo con traje de gala compuesto de zapatos de oreja, media blanca de algodón, ataqueras o bragas de paño fino con botonadura de plata y cintas de seda a modo de ligas. La camisa de cabezón, de lino con ricos bordados en el cuello y puños, armador de escote de ventana con doble botonadura de moneda y faja de color aportan vistosidad al conjunto, el cual se completa con la capa de estameña parda, de las denominadas de “ala de murciélago”, tan propias y exclusivas de Los Valles de Benavente. A la cabeza, sombrero de paño con cinta de seda anudada al lateral, distintivo predominante de la zona, con algún pequeño adorno obsequio de alguna moza.



El Ángel luce la indumentaria propia de los danzantes de la comarca, quienes representaban a los ángeles en las danzas que interpretaban principalmente en la procesión del Corpus Christi o en otras celebraciones destacadas. Viste zapatillas adornadas con escarapelas de color y media blanca calada de “ochos”, ligas de seda con borlas, enagua y camisa blancas. A modo de alas lleva cintas y escarapelas de seda sobre los hombros, los brazos y el torso. Va tocado con un pañuelo merino anudado a modo de corona. La vestimenta del danzante se complementa con escapularios de diversas devociones populares sobre el pecho, pañuelos de tiber” a la cintura y unas pequeñas castañuelas o “pitos” en las manos.

Las mozas que se dirigen al portal visten conjuntos vistosos por su colorido y composición.


* Moza de amarillo: luce traje de gala antiguo con rodao amarillo de estameña con labores de picao, mandil de estameña con bordados en lanas, faltriquera de tela de pescadero con picaos, camisa de lino bordada, jubón de paño con bordados en las bocamangas y mantón de cadeneta. A la cabeza un pañuelo de algodón estampado denominado de palma. En cuanto al calzado se aprecia el zapato de oreja y las medias coloradas. Porta en sus manos una cinta de seda como ofrenda, al igual que diversos exvotos de cera, que eran ofrecidos a las imágenes de mayor devoción por favores recibidos o curaciones de partes del cuerpo. Luce pendientes de arracada, gran cruz de Caravaca, collarada de corales y diferentes medallas.



* Moza de verde: viste traje antiguo de gala con rodao verde de estameña con labores de picado y aplicaciones donde destaca el colorido, mandil azul de satén, justillo de paño y camisa de lino. Al torso lleva mantón de mil colores. Zapato cerrado de piel y medias azules. A la cabeza, pañuelo de lana con cerras, denominado “de tiber”. Luce joyería con varias vueltas de coral y medallas de plata, patena de “corazón de novia” además de cuentas de pasta vítrea denominadas “cuentas romanas” y pendientes de polca. Sostiene un bebé ataviado con mantilla y gorrito de acristianar, así como un dijero de amuletos.



*Moza de azul: lleva traje dominguero con rodao azul de estameña con tachón de terciopelo, mandil de lanilla bordado con lanas, camisa de lino, jubona de estameña y mantón de algodón denominado “de sandía”. Zapato de piel con medias de lana y pañuelo de cabeza denominado “de palma”. Se completa el conjunto con pendientes de arracada, collar de vueltas de cristal y corales.

A estas letras solo puedo apuntar que en el momento de hacer las fotos no había joyería, porque se retira al final de cada evento religioso.



El belén expuesto en la Iglesia Parroquial de Ayoó, en cambio, muestra el estilo más extendido: un paisaje más o menos adornado, tradicionalmente ligado al musgo, en el que se muestran usos y costumbres intemporales. En un lugar privilegiado destaca un espacio recogido donde la Sagrada Familia parece ocultarse o abrigarse de las inclemencias humanas o atmosféricas. Este año, hemos querido resaltar el colorido neutro, la sequedad, en señal de duelo por los crudos tiempos que atravesamos.





En todos los belenes, dentro de la variedad, siempre destaca la misma esencia: el aporte extra de ilusión y ternura. Hay muy pocos rostros que no se iluminan, aunque sólo sea mínimamente, al encontrarse con un nacimiento, por humilde que sea. Al menos los de la gente de buen corazón. Para todos ellos, el deseo de las tres “efes”: felices y familiares fiestas, y que el viejo año que concluye haya sido menos propicio que el nuevo que ya pugna por comenzar.

 

Feliz y auténtica Navidad.

 

Referencias:

1-   elcorreoweb.es/aladar/cuando-surge-la-tradicion-de-montar-el-belen-BE7035715

2-   https://www.facebook.com/SondeLosValles

 


lunes, 19 de julio de 2021

El toro de Ayoó.

 

(1)

A la península Ibérica se la suele relacionar con una piel de toro. Es una comparativa curiosa, escrita por quien conocía la piel extendida de ese animal, pero que nunca pateó la península, simplemente la dibujó en un mapa de oídas. Estrabón, en los 17 libros de su obra Geografía, describió el mundo conocido a principios de era. Dedicó su libro tercero a Hispania, que abarcaba toda la península, y quizás para que de forma verbal todos imaginasen la superficie de aquella lejana provincia romana, y por lo que le contaron, añadió esta semejanza: “Iberia se asemeja a una piel de buey extendida a lo largo de Oeste a Este, con los miembros delanteros en dirección al Este, y a lo ancho de Norte a Sur” (III 1 3)”. Por otras dos veces, esta vez en el segundo tomo, repitió su analogía: “...en cuanto a la forma es suficiente con representarla con alguna de las figuras geométricas (...) Iberia mediante una piel de toro...” (II 1 30)
“Por países el primero de todos desde Occidente es Iberia, semejante a una piel de buey cuyo cuello se prolongaría en la vecina Céltica...” (II 5 27)

 

No entiendo nada de pieles, pero me parece bastante rara la comparación; a no ser que haya que leer entre líneas: los conquistadores romanos que le relataron a Estrabón términos y características peninsulares fueron conscientes del culto de sus indígenas al toro, como símbolo de fuerza, temperamento y virilidad, entre otras muchas de las peculiaridades que le vincularon. En la meseta noroccidental, a mayores, encontraron cientos de tallas en piedra de toros (a la par de jabalíes y cerdos), hoy llamados verracos, únicos en el mundo celta.

 

Los toros de piedra son propios de los vetones, aunque aparecen también fuera de sus fronteras; éste es el caso del toro de la plaza de San Vitero, sito al lado de su Iglesia, compartiendo espacio con un miliario. El toro no sabemos si se esculpió y expuso en el mismo pueblo o en su inmediatez; el miliario dicen los estudiosos que no, ya que por aquí no pasa ninguna calzada. Pero lo que podemos asegurar es que muchos kilómetros de distancia no recorrieron ambas figuras milenarias para terminar en esta plaza, por tanto, los daremos por originarios de Aliste.



A la par de estas figuras pétreas, los toros también aparecen en fíbulas o en cerámicas prerromanas, detalles que Estrabón no pasó por alto para su comparación; Hispania, tierra de toros (o de conejos, según otra versión). Por cierto, nada que ver con la lidia de toros, o los toros de lidia, invento genético posterior. Nos referimos al toro, macho bóvido autóctono, empleado en la reproducción de las vacas de forma natural hasta no hace tanto tiempo, y conocida su peligrosidad con varios casos de accidentes recordados por nuestros mayores. El temperamento del toro sólo fue apaciguado mediante la castración para aprovechamiento de su increíble fuerza en el tiro, costumbre totalmente perdida, como se han extinguido casi por completo estos nobles animales, los bueyes amaestrados.

 

Reminiscencias del culto al toro ha traspasado milenios y son recordadas y rescatadas de las memorias porque fueron imprescindibles en un día aceptado como tolerante y permisivo: carnaval. En varios lugares continúa esta exhibición de un toro ficticio; por nombrar sólo a algunos, Morales de Valverde, Alcoba de la Ribera, o Velilla de la Reina y sus antruejos. El tema se ha estudiado y documentado a conciencia, con declaraciones de Bien de Interés Turístico. Básicamente es un bastidor de madera portado por un mozo, y cubierto por una sábana o un paño similar. En la parte frontal sobresalen y destacan un par de cuernos de toro, en una posición natural. Esta figura con sus carreras provoca un corro, y tienta a perseguir o atacar.

 

Los cincuentañeros de Ayoó y sus anteriores recuerdan ese mismo “toro”, con algunas leves correcciones: el bastidor se reducía a un simple palo de aproximadamente metro y medio en el que iba clavado al extremo superior y haciendo cruz otro en el que iban insertados dos cuernos de toro. El encargado de sacarlo, un corpulento mozo, lo aseguraba a su espalda y se cubría con un mantón grande. Al agacharse para encornar levantaba “el rabo”, momento que era aprovechado para seguir la broma contrarrestando el “animal”. Las víctimas eran preferiblemente mozas, y no siempre la broma acabó bien.

 

Por aclarar conciencias, aquello de dirigirse el “toro” hacia las mozas en Ayoó, e incluso simular propasarse, no es más que el rescoldo de un ancestral ritual pagano de fertilidad, repetido en los sitios mencionados, donde algunas veces interviene una segunda figura, que levanta a la moza para pasarla sobre el astado.

 

Otra vez, y yo encantado, un nuevo objeto termina en mis manos y es pie para este artículo: es el palo que hacía cruz con los cuernos insertados, la parte principal del “toro” de Ayoó, el último que se sacó. La primera impresión es que esta parte se separó por la fuerza de la vara principal; se deduce por las puntas de unión semi dobladas. El principal problema es la cantidad de carcoma que horada por completo la madera que une los cuernos; una inmediata aplicación de un insecticida acaricida y un envoltorio de plástico espero que contrarresten la actividad de las carcomas, aunque posiblemente haya que sustituir la pieza. El siguiente paso será añadirle la parte perdida, para recuperar esta figura que se movía entre el ritual y la diversión.








Esta reliquia la guardaba Guillermo entre sus trastos; con, por qué no, cierta melancolía. Hay varias razones para ello: él tuvo un toro durante algún tiempo para “cubrir” las vacas del pueblo, tarea que más tarde traspasara a Juanito, el de la parada. Él, siendo mozo, sacó varias veces el “toro” y conoce el procedimiento y complot con otros mozos para “asaltar” a las mozas, así que es un grato recuerdo. Y por último, él siempre fue alegre y festivo, con su caja y al lado de “Benino” (Benigno) y su dulzaina, que amenizaron fiestas, bodas, y cualquier acontecimiento donde cupiera la música y la diversión. Guillermo, siempre tan auténtico.

 

El “toro” era sacado el martes de carnaval, la jornada anterior a la Cuaresma, el día del “entruejo”. Precisamente entruejo deriva de entroido, o entrada (a la cuaresma). Una fiesta en toda regla en la que había de todo. A primera hora de la mañana, la campana mayor con un ritmo pausado llamaba a la “yera”, unos trabajos en beneficio de la comunidad que se alargaban hasta la hora de comer. Por la tarde, la gente llenaba la plaza y las calles, porque salía el “toro”. Era un entruejo sin máscaras ni disfraces, sólo el “toro”. Los mozos y las mozas eran los protagonistas de carreras y encuentros, de innata picardía. Luego, en el bar del pueblo se hacía el reparto de escabeche y vino. Y, por último, la caja y la dulzaina amenizaban un animado baile hasta pasado el sol puesto. Nunca un solo día dio para tanto.

 

Cuanto ha llovido, o cuanto ha dejado de llover, para perder aquellos días mágicos. No es otra tradición perdida, es que ya casi no quedan. Estaría bien sacarlo, aunque sólo fuera una última vez, rememorando todas las anteriores.

Se busca voluntario.

 



1-   https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhwrePdaNpdY5gi2QvSHjQSMywhGiqXqAEmVsGvN_F4sfGpFF3riUrOQxnzqmoRaO2kPki6aEArw1s3x4UPoXjEzxwZGEVbJWTAfRieFMF2-A8XvCrrWhS1uxq3-EJeixPwL6SeFEvtYw/s1600-h/iberiaestrabon.bmp

 Referencias:

http://mipieldetoro.blogspot.com/2008/01/piel-de-toro.html

https://antruejosreinodeleon.es/






jueves, 6 de mayo de 2021

El silo.

Plaza Silos, Villageriz de Vidriales.

La Plaza Mayor de Villageriz es conocida también como Plaza Silos, como reza el correspondiente cartel en la fachada del edificio del Ayuntamiento, sito en dicho lugar. Por curiosidad, he preguntado por el origen de la palabra “silos”, y me han contado que viene de la cantidad de silos que habría en el barrio, “unos agujeros en el suelo para esconder cosas”. En ese momento pensé en que quizás se estuviese llamando al “agujero” con el nombre equivocado; al fin y al cabo, un agujero no es precisamente el concepto general que tenía de un silo, un lugar seco donde se guarda grano, pienso compuesto o forraje.

 

Esta acepción de silo ha invitado a una investigación sobre silos, graneros y paneras del valle Vidriales y su capitalidad, Benavente. Y así partimos de los años 40, cuando se produce una intervención estatal en política agraria frente a políticas liberales, creándose la Red Nacional de Silos y Graneros, con más de 277 graneros y 672 silos creados entre 1940 y 1984 para la regulación del mercado, el aseguramiento del abastecimiento al final de cada campaña, además de hacer una selección para mejora del rendimiento; todo bajo el lema “Ni un español sin pan”.

 

En Benavente había dos silos, uno en la plaza de Santa Clara, ya destruido, con una capacidad de 2370 toneladas, levantado en 1955. Era del tipo B, destinado únicamente a recepción, con la torre del elevador en una esquina y más alta que el resto del edificio. Queda el otro en pie en Los Salados, edificado en 1971. Es del tipo E, con dos elevadores. Tiene capacidad para 4700 toneladas, y ha sido subastado por cuarta vez por el Ministerio de agricultura, Pesca y Alimentación, sin haber aparecido comprador a día de hoy.

Silo de la plaza Santa Clara , Benavente (1)

Silo en Los Salados, Benavente.

En Santibáñez de Vidriales hay un antiguo silo, en forma de edificio con departamentos internos para almacenaje de cereal. Se inauguró en 1957, y está catalogado como granero para una capacidad de 400 toneladas. Es del tipo G, construido en piedra y ladrillo con el tejado a dos aguas, destinado fundamentalmente a la recepción de grano y en la actualidad a almacén municipal.


Granero de Santibáñez de Vidriales.

Anteriores a estos silos y graneros ya se almacenaba sobre todo el trigo en los pósitos o paneras, unos edificios-almacenes creados para “el surtimiento de pan cocido en tiempos de escasez, el fomento de la agricultura por medio de auxilios oportunos a los trabajadores, y la conservación y aumento de la población”. Esto anterior a 1584, año en el que se regularizó con la Ley Pragmática del 15 de mayo, firmada por el entonces Rey Felipe II. El 30 de enero de 1608 Felipe III corroboró y mejoró dicha Orden mandando que “provean lo necesario para que los pósitos del Reyno se conserven y aumenten...”. Fernando VI, el 16 de marzo de 1751, crea la figura del “Superintendente General de todos los Pósitos del Reyno”, que debido a muchísimas irregularidades fue suspendida el 2 de mayo de 1790 por Felipe IV, que une la gestión de los Pósitos a la de Correos, Caminos y Rentas de la Real Hacienda bajo el mejor control de un sólo director. En 1792, el 2 de julio, se hace de obligado cumplimiento un reglamento con 63 capítulos. A partir de entonces, el pueblo administraría los pósitos por medio de una junta, compuesta por el alcalde del ayuntamiento, un presidente electo y un mayordomo. Para la seguridad del dinero, libros de contabilidad y demás documentos se guardarían en un arca con tres llaves, quedando cada cargo con una y siendo necesarios los tres para abrirla y hacer cambios. Las cuentas las llevaría un escribano que no trabajara para el ayuntamiento, y en caso de no estar ninguno disponible se nombraría un “Fiel de Fechos”, como un secretario actual. El cereal se custodiaría en edificios destinados a dicho fin, con cerraduras de tres llaves, también repartidas entre los tres cargos. El grano prestado debería ser devuelto con “creces”, un tanto más por fanega, que de media en el año de redacción del reglamento era de medio celemín. Los pósitos también podían prestar dinero a los agricultores necesitados, que podían reintegrarlo o devolver su valor en especie, al precio de cosecha.

 

En el Valle de Vidriales hay al menos dos de estas paneras conocidas, una en Cunquilla y otra en Carracedo; ambas han pasado a propiedad particular. Llama la atención que son construcciones aisladas, por una sencilla razón: los ratones son difíciles de erradicar en muros contiguos, pero la calle les resulta un obstáculo poco menos que infranqueable; el bullicio humano y los perros y gatos, que deambulan precisamente cuando sus amos dejan de hacerlo, son para ellos trampas mortales. Otros edificios similares, como pósitos y graneros (quizás todos sean lo mismo, y no cambie más que el nombre) han sido modificados y resulta complicada su identificación. En Carracedo, por ejemplo, lo que parece el edificio más antiguo del pueblo es en realidad una pequeña nave reformada que cumple con las características expuestas. De hecho, he consultado a algunos vecinos de mayor edad y todavía oyeron hablar a sus padres de cierta cosecha de uvas que se guardó allí, dato que confirma dos cosas; se utilizaba colectivamente y servía de almacén. Por tanto, es más que probable que también sirviera de pósito, además ancestral, mostrando signos de cómo era antes de la última reforma: dónde estaba su tejado con la inclinación adecuada para una cubierta de urz.


Panera Cunquilla de Vidriales.

Panera Carracedo de Vidriales.

Ayoó también tuvo su pósito, como cuenta el diccionario estadístico de Sebastián de Milano y Bedoya escrito en 1826. Describe nuestro pueblo en la provincia de León, con 269 habitantes en casas cubiertas de urces, y entre ellas un pósito. Aunque tenemos una zona conocida como “la Lóndiga” (alhóndiga, sinónimo de pósito) es difícil identificar actualmente ese edificio en dicho lugar, y en cualquier otro. Sin embargo, las brillantes memorias de nuestras personas mayores todavía recuerdan movimiento de sacos de sacos de cereal en lo que hoy es el bar, el bajo del antiguo ayuntamiento. Un edificio “que sirve para la municipalidad”, según reconoce Pascual Madoz en 1846, después de la reordenación del territorio por el cual Ayoó pasa a pertenecer a la provincia de Zamora.



 

Y hablando de silos, nos quedan por mencionar los metálicos imprescindibles que alimentan las numerosas granjas del valle. Pero ninguno de estos silos, paneras o pósitos tienen que ver con un agujero en el suelo. Una consulta a la Wikipedia nos saca de dudas. Silo: (del griego σιρός - siros, "hoyo o agujero para conservar grano"). Así pues, aquellos agujeros de Villageriz que dieron nombre a su Plaza Mayor tenían el nombre correcto.

 

Conocía la existencia de estos agujeros de oídas, aunque nunca había visto ninguno. Sabía de su uso, de sus ventajas, de su historia, de su uso picaresco… o realmente necesario; pero al quedar obsoletos casi todos fueron rellenados, desaparecidos.

 

Ha querido el destino aclarar por completo cómo eran aquellos silos, pero no en Villageriz, sino en su pueblo vecino, Fuente Encalada. Una reciente reforma en una planta baja venía con sorpresa: al retirar la capa superficial de tierra para un nuevo solado ha aparecido en el centro del local una forma circular en la que la tierra seguía removida conforme aumentaba la profundidad, no como el resto, que era de arcilla virgen. El dueño, Santiago “el perdido”, nada sabía de que allí hubiera nada, aquel cuarto siempre lo conoció como el dormitorio de los abuelos. Estudiado el caso, se hizo necesario excavar por descubrir qué se esconde bajo el suelo, y si fuera necesario, tomar medidas para evitar posibles repises. Terminada la tarea de retirar la tierra removida, se descubrió uno de esos agujeros, un silo auténtico.



Por lo que parece es de pequeño tamaño. Es cilíndrico, con la forma interior que tienen los barriles o toneles de madera, con mayor capacidad a media altura. La profundidad es de 1,65 metros, con un metro de diámetro en su parte más ancha, y 0,70 metros en la “boca”. A 0,90 metros de la base hay dos muescas opuestas; claramente para encajar un palo que hacía las veces de peldaño para ayudarse en el descenso.

 

El hallazgo plantea una incógnita: se debería rellenar con materiales más consistentes que la tierra (canto rodado, hormigón de limpieza, grava…) para solar encima sin riesgo de hundimiento… o quizás se debiera conservar como curiosidad y como una parte más de la vieja casa. Mi buen cliente y mejor amigo tomó (para mí) la decisión más correcta: habría que hacer lo posible para dejar el silo no sólo intacto, sino también accesible y presentable.

 

El resultado no puede ser más agradecido, incluso un punto de luz en su interior añade a la estancia, dedicada a cuarto de estar, una iluminación indirecta, ideal para ver la tele. Por supuesto que un cristal laminado protege de caídas a su interior. Y lo mejor, se ha conservado un monumento a la escasez, a los años del hambre, pero también a lo ecológico, económico y sostenible, tan de moda en nuestros días.

 





Cuando vuelva a pisar la plaza Silos de Villageriz, la veré con otros ojos.


viernes, 9 de abril de 2021

En el nombre del Valle.

 



Queremos manifestar,

hoy y aquí, en Vidriales,

algo que nos preocupa;

oídnos, si os place.

Serán sones y versos,

denuncia, aunque sea tarde;

porque algo se nos muere:

que nada nos lo calle.

Desde las espadañas

nuestras campanas tañen

porque llaman vaciada

la España de esta parte.

Vaciada está de gente,

se han ido más que nacen;

desborda el cementerio,

adelgaza la calle.

Cada casa vacía,

una puerta no se abre,

un tejado que se hunde

nadie hay que lo repare.

Pero no por ser pocos

- vaya esto por delante -

nos priven de derechos

que son fundamentales:

continuar nuestras fiestas

(costumbres ancestrales),

aprovechamiento de

recursos naturales;

ser autosuficientes

(como hicieran los de antes),

facilitar asiento

a negocios rurales,

nuevas tecnologías,

que son fundamentales,

consultorios cercanos

para no desplazarse,

y menos burocracia,

por tanto daño que hace.

Es hora de alzar la voz,

son momentos cruciales;

no es por un trato especial,

solo es… por ser iguales.

-------------------

 (P.D.)

Soy de pueblo, (a mucha honra)

,y aquí quiero quedarme;

por mí y mis compañeros…

EN EL NOMBRE DEL VALLE.

-ETJ-


Para mejor definición:
Campaneros de Vidriales:

Pedro (Villageriz), Pili (Rosinos), Maripaz (Santibáñez) Joaquín (Ayoó)





domingo, 13 de diciembre de 2020

Breve historia de Ayoó de Vidriales: del 25 a.C. al 1310 d. C.

 

Ayoó de Vidriales.

Ayoó de Vidriales es uno de esos pueblos abundantes en historia escrita y no escrita que me apetece repasar cronológicamente, a sabiendas de no poder aportar más que unos conceptos generales (fáciles de relacionar y atribuir, pero imposibles de confirmar), unos documentos interpretables, y de otros de apariencia cierta. Mi paréntesis comienza 25 años antes de nuestra era, y se cierra en una fecha cierta, el año 1310.

 

Nos remontamos pues a los últimos coletazos de la edad del hierro, a la llegada de la escritura con los romanos, que pudieron aparecer hacia el 25 a. C. en Vidriales con el propósito del sometimiento indígena. Dada la abundancia de clanes esparcidos por todo el valle, y en las inmediaciones del mayor castro ástur de la zona augustana, Las Labradas, sin duda alguna la guerra fue cruel y sangrienta, por tanto, las bajas incalculables. En la parte que nos toca, es difícil saber el número de habitantes del castro de la Peña, aunque hay estudiosos que se aventuran a hacer un cálculo por hectárea de los recintos prerromanos, desde mi punto de vista carente de exactitud.


Castros ástures en Vidriales.


 En ese 25 antes de Cristo, la peña albergaba un pequeño clan, a juzgar por el perímetro de sus murallas. No tenían nombre propio porque nunca lo necesitaron para nada. No nombraban su asentamiento, o si lo nombraron jamás lo pudimos conocer, porque la escritura era algo desconocido y en ningún sitio se dejó constancia. Por la ausencia de un nombre a todos los que compartían los mismos rasgos, otros se lo adjudicaron, y el nexo de unión fue el oeste del río más largo de la península que no desemboca en el mar, el Ástura (Esla): de forma general les llamaron ástures, y en particular Superati, como el resto de moradores de nuestro valle.

 

El castro de la peña aparece por primera vez documentado en fecha del 7 de enero de 1154, cuando el rey de León Alfonso VII regala el monasterio a un abad, don Suero. Comienza la descripción de los límites de su coto con “scilicet per FARUM desuper Carrazedu de Vidriales…”, traducido por D. Augusto Quintana Prieto como “esto es, desde el LUGAR SAGRADO que hay por encima de Carracedo de Vidriales”. No seré yo quien contradiga al ilustre archivero, traductor y escritor, por eso he propuesto ese nombre para distinguir el castro de la Peña: Lugar Sagrado. 


Seguramente los ástures del Lugar Sagrado no fueran diferentes de las tribus vecinas en la vestimenta, ni en su actitud, ni por sus costumbres… ni por su carácter extraordinariamente temperamental. Y paradójicamente los podemos conocer gracias a los escritos del geógrafo e historiador griego Estrabón, a pesar de que nunca pisó nuestra península. Parece ser que reescribió los escritos de otros historiadores, o los relatos de quienes invadieron e instauraron la Hispania romana.

 

Dice Estrabón que los hombres vestían sayos negros, con los que dormían en jergones vegetales. No se cortaban el pelo, y sólo se lo ceñían a la frente con una cinta para luchar. Las mujeres vestían ropas floridas, y luchaban igual que los hombres. (Obsérvese la importancia de la preparación militar; indica una fuerte predisposición a la violencia). No practicaban el comercio, no usaban aceite sino manteca, comían pan de bellota, sobre todo carne de cabrito, bebían vino y sacrificaban muchos animales de una vez. Hacían las comidas en corro, sentados en bancos alrededor de las paredes, respetando la edad y dignidad. Los condenados a muerte se despeñaban, y a los parricidas, fuera madre o padre, los lapidaban. Orgullosos y libres, siempre preferían la muerte a caer prisioneros. No tenían cementerios, y a los enfermos los dejaban en los caminos, para que quien conociese su enfermedad los curase. Era una sociedad matriarcal; las mujeres heredaban y casaban a sus hermanos, y cuando parían, hacían acostar al padre con el recién nacido. Usaban un veneno muy potente, que mataba sin dolor, para situaciones imprevistas. Y les gustaba la música y el baile, haciendo corros, saltando e inclinándose alternativamente.

 

La invasión romana tuvo unas consecuencias muy graves para los ástures, que ofrecieron una resistencia realmente extraordinaria junto con los cántabros, hasta el punto de declarar Roma la guerra total a estos dos pueblos abriendo simbólicamente las puertas del templo de Jano, y desplazándose el emperador Octavio Augusto en persona para dirigir las operaciones militares.

 

El primer daño fue físico, ocasionando enormes pérdidas humanas entre los luchadores más valientes, o a cualquier otra persona que ofreciera una mínima resistencia, sin distinción de sexo o edad. El siguiente paso fue arrasar los poblados, expoliando todo lo que tenía valor: tesoros, ganado, herramientas, armas…. El tercer golpe fue directo a los modos y costumbres, obligando a los supervivientes a bajar de los castros y establecerse donde fuese fácil el control total, a acatar las leyes romanas, e incluso a reclutar a los válidos para colaborar en ciertos trabajos, como en la minería o la construcción de caminos y puentes. Todo había cambiado de dueño, ya nunca nada sería lo mismo. La ley de la fuerza se hizo patente.


Campamento romano del Castrillo.

El Castrillo fue el primer campamento romano levantado en Vidriales, el principio de la invasión del valle. Era del tipo temporal, un “Castra Aestiva”, y tuvo como objetivo el ataque al Lugar Sagrado. Ocupaba una superficie aproximada de 1,40 ha. y estaba construido con un foso perimetral, parapeto de tierra y céspedes, y valla de afilados troncos. La orientación era Norte-Sur, aproximada, y estaba al lado de una calzada que venía de la zona campamental de la Chana de Castrocalbón, lo que conocemos como “el camino La Bañeza”.


Vuelo fotogramétrico 1945-46 del Castrillo.


Vuelo fotogramétrico 1980-86 del Castrillo.

Vuelo fotogramétrico 2004 del Castrillo.

La conquista del castro Lugar Sagrado tuvo una consecuencia directa mencionada antes: el abandono del recinto de la Peña y su asentamiento en el valle. Partiendo del hecho que es un castro muy pequeño y de la estrategia romana, los pocos sobrevivientes a la batalla del asalto no es probable que les fuese permitido alejarse del control militar, situado en ese momento en el campamento del Castrillo, por tanto, ese sería el primer destino, en rudimentarias cabañas, o cannabas. Seguramente transcurriera un tiempo desde la última batalla hasta las primeras viviendas independientes; un tiempo marcado por el comportamiento de los clanes hacia el invasor. Únicamente en relativa paz se hubiese permitido un nuevo asentamiento lejos del centro de control militar, que recordemos finalmente se mantuvo en Petavonium.

 

El clan del Lugar Sagrado, asentado en el valle, fue “pre-ayoíno”; todavía tardaría más de un milenio en configurarse como pueblo de Ayoó, y por tanto crearse el gentilicio “ayoíno”. Pero sin duda alguna construyeron sus casas siguiendo la más elemental forma defensiva: el círculo; sólo así se sentirían protegidos tras la pérdida de sus murallas. También buscaron el agua, cansados de acarrearla hasta lo alto del montículo; y mejor agua potable, así que elegirían la cercanía de alguna fuente de las muchas que alimentan el arroyo Almucera. (Por cierto, hasta la llegada de los agarenos este cauce tampoco pudo tener nombre árabe, y no parece haber registros del nombre antiguo.) Por tanto, busquemos un lugar con forma circular y cercano al agua, para aproximarnos al primigenio pueblo desde el que hoy estoy planteando tantas incógnitas y proponiendo nuevas hipótesis.

 

Panorámica de Ayoó.

Una de las mejores herramientas para retroceder en el tiempo es la fotografía aérea que primero de forma secreta, y luego con permiso de Franco, tuvo como objetivo cartografiar Europa con objetivos militares por miedo a una inminente guerra fría. Los vuelos americanos de 1945-46 y 1956-57 nos muestran un Ayoó sustancialmente distinto al actual, y es en esos documentos donde podemos hurgar para intentar hallar el lugar que eligieron nuestros ancestros, o los invasores eligieron por ellos para el asentamiento original, el origen de nuestro pueblo.

 

Pacificada la zona, con las documentadas revueltas resueltas, sería cuando por fin eligieran un lugar al lado del agua, del camino romano que venía desde los campamentos de la Chana de Castrocalbón, y con forma redonda; y las fotos fotogramétricas del vuelo americano de 1945-46 nos lo intuyen con bastante probabilidad: el barrio de los Palomares, al que se accede por una calle en forma de “V” que indica antigüedad, pequeñez, aislamiento… la calle Casillas (diminutivo de casa).

 

Barrio de los Palomares.

Este Ayoó primigenio tendría un diámetro aproximado de 135 metros, una superficie de 1,5 ha., y constaría de dos partes, viviendas en la parte alta, y otro lugar cercano al arroyo donde ganado en rediles y huertos podrían compartir espacio. La fuente “del Caño” sería la encargada de la sed y de la cocina; mientras “el caño” garantizaría el consumo animal. Es muy curiosa la distribución de las parcelas adyacentes, en círculos concéntricos y con la cabecera hacia el pueblo; todo antes de la concentración parcelaria, aunque en un principio no estuviese tan activa la agricultura.


Superficie: primer asentamiento.

Diámetro: primer asentamiento.

Forma circular en el catastro.

Vuelo fotogramétrico 1945-46: primer asentamiento.

Vuelo fotogramétrico 1956-57: primer asentamiento.
Dirección radial de las parcelas.


 Aneja a esta aldea de desarrolló una importantísima vida monástica, únicamente separada por una franja de terreno conocida como Perapán. La fundación de este monasterio pudo ocurrir hacia el año 650, cuando el fundador de varios centros espirituales San Fructuoso, hizo su viaje de Astorga a Braga para hacerse cargo del obispado de esta ciudad portuguesa. La ruta elegida, la XVII del Itinerario de Antonino, conocida en la zona como “el camino del Obispo”, había estado muy activa mientras el ejército romano estuvo acantonado en Vidriales (hasta el 400 d. C.  aproximadamente, fecha en la que el Ala II Flavia abandonó Petavonium). Allí quedó una ciudad importante y decadente, de unas 90 ha., en la que pudo pernoctar Fructuoso y el abundante séquito que le acompañaba. Seguramente decidió reconducir la vida espiritual en Vidriales, y buscó un lugar idóneo para fundar su monasterio. Valle arriba encontró un lugar apartado, tranquilo, fértil, con caza y abundante agua; todos los recursos ideales para su proyecto.

 

San Fructuoso: Iglesia Parroquial de Ayoó.

Eligió las inmediaciones de una nueva fuente para los primeros edificios religiosos, en el entorno de la actual Iglesia parroquial de Ayoó, decidido a respetar el poblado ya existente y a mantener distancias con él. Con el tiempo se les levantaría una iglesia, que por falta de espacio quedaría fuera del círculo primigenio. Todavía los mayores recuerdan sus muros, al otro lado de la calle circular, allí estaba la iglesia de San fructuoso.

 

Las dos partes diferenciadas, original y monástica.

Poco se sabe de esta primera etapa del monasterio, sólo que hacia el año 714 la invasión agarena llega a nuestras tierras, asolando todo a su paso. Primero Tarik Ibn Ziyad, y después en segunda oleada Muza Ibn Nusayr impusieron su dominio por el terror en un imparable avance hasta la cordillera cantábrica. Los monasterios, como centros espirituales contrarios a la doctrina musulmana y como poseedores de riqueza y recursos, fueron objetivos primordiales. Prácticamente todas las fundaciones de Fructuoso fueron arrasadas hasta los cimientos. En el lote iba la casa de Fructuoso en Ayoó y el monasterio de San Pedro de Montes, hoy Montes de Valdueza.


Grabado de la época: invasión musulmana.

Los monjes, huidos para salvar sus vidas, apenas pudieron volvieron a su monasterio, encontrando un panorama comparable a un pasaje del Antiguo Testamento que sin duda conocían casi de memoria: la reconstrucción del Templo de Jerusalén. En el año 539 a. C. se consumó la derrota y destrucción de Babilonia por el rey de Persia Ciro II el Grande. La reconstrucción del Templo fue una de las preocupaciones de los primeros repatriados judíos, que entraron en conflicto con los colonos y samaritanos provenientes de Asiria por evitar un sincretismo que alterara la pureza original, hasta el punto que Artajerjes, sucesor en el trono persa a Ciro, prohibió los trabajos. Fue entonces cuando el profeta menor Zacarías espolea esa reconstrucción con ayuda de otro profeta menor, que lleva un nombre que se lleva repitiendo y repetirá en todo el artículo: el profeta Ageo, o Hageo. Seguramente, el abad de aquella comunidad usara el ejemplo de los profetas para estimular en los enormes trabajos y sacrificios que tenían por delante, con las lecturas de los cuatro discursos de Ageo. Resumo en dos versículos: “Subid al monte, y traed madera, y reedificad la casa; y pondré en ella, mi voluntad, y seré honrado, ha dicho Jehová” "¿Quién ha quedado entre vosotros que haya visto esta casa en su primera gloria, y cual ahora la veis? ¿No es ella como nada delante de vuestros ojos?”. Pudiera ser entonces cuando la vieja casa de San Fructuoso se restaurara en un nuevo monasterio; en el de Ageo, el de la reconstrucción.


Este regreso al monasterio pudo ocurrir a partir del año 878, cuando se libró la última batalla contra la morisma en nuestra comarca, propiciando la repoblación cristiana de todos los antiguos asentamientos. Fue en Santa Cristina de la Polvorosa, entre las tropas de Alfonso III de Asturias y las del emir Muhammad, con sonora victoria de los ástures. En dicha batalla el imaginario popular ha difundido toda suerte de circunstancias favorables: un eclipse de luna, un fuerte viento en contra de los musulmanes, que unido al polvo de pies y pezuñas dicen provenir el nombre de “Polvoraria”, o la aparición de la Virgen María arrojando piedras a los pocos supervivientes que huían (Virgen de la Vega, en Cimanes de la Vega). El caso es que los cristianos, en un estudiado ataque sorpresa, encajonaron la morisma contra el río Órbigo causando, según algunas fuentes, más de 12.000 muertos.


 La historia escrita sobre los orígenes del pueblo de Ayoó comienza en el año 892, aproximadamente. En esta época, en la que era abad Arandiselo, la comunidad en el monasterio debía ser muy importante y avanzada a su tiempo, a modo del bullicio en una universidad actual; la edad de oro de la casa de Fructuoso. Esta situación se deduce por el escrito de donación o "testamento" de uno de sus monjes, Genadio, fechada en el 915. En él relata resumida su vida en Vidriales, y el hecho de pedir el beneplácito y la bendición de su abad para él y doce compañeros (un “apostolado”) antes de partir hacia el Bierzo para restaurar el monasterio de San Pedro de Montes, que recordemos también había sido arrasado por las huestes agarenas. El abad aprobó y alentó aquel proyecto, sin duda por lo que significaba para ellos reconstruir otra obra de Fructuoso, pero también porque la ausencia de 13 monjes no alteraba demasiado la vida monacal en la cabecera del valle de Vidriales.

 

San Genadio: Iglesia Parroquial de Ayoó.

En el año 909 Genadio, obligado por el rey de los ástures (o de las Asturias) Alfonso III, abandona el monasterio de San Pedro de Montes con dirección a Astorga para hacerse cargo de su obispado, además de incorporarse a la Corte Real, que ya se situaba en León.

 

En el 919 Genadio renuncia a la sede episcopal para volver a la soledad y meditación monástica, viviendo como anacoreta en la “cueva de San Genadio”, que está a 4,5 km de Santiago de Peñalba en un paraje de especial belleza. Pero antes recomienda ante el rey de León Ordoño II a uno de los compañeros que partieron de Vidriales para sucederle en el cargo: Fortis.

 

Cueva de San Genadio. Montes de Valdueza.

Fortis muere en el año 930, y también por consejo de Genadio, el rey de León Ramiro II nombró sucesor a un tercer monje vidrialés: Salomón. Otros ilustres monjes que partieron de nuestro valle fueron: Vicente, que relevó a Genadio en la abadía de San Pedro de Montes; Urbano, elegido abad del monasterio de Santiago de Peñalba; y Donadeo, abad también, del monasterio de Santa Leocadia de Castañeda. De éstos nos ha quedado constancia, aunque seguramente que varios más dejaran huella tras el paso por Vidriales.

 

En el 936 fallece Genadio y es enterrado en Peñalba de Santiago. Pero no descansó en paz; en 1603 fue exhumado, en 1621 separada su cabeza y trasladada a Astorga, y posteriormente su cuerpo enterrado en Valladolid, donde hoy está el Hospital Campo Grande.


 En el año 940, en un diploma de Santiago de Peñalba  aparece el nombre de un nuevo abad de nuestro monasterio: Valdemaro, quien confirma junto a otros abades dicho documento.


Almanzor.

De otros avatares en nuestra historia no se dejó constancia escrita (bendito papel), y si se dejó acabó destruida por el siguiente incidente del año 988, que sí quedó registrado: la segunda devastación del monasterio de Ageo, esta vez por Almanzor. Este suceso nos deja nuevos datos: el abad en ese momento se llamaba Zacarías, y el rey de León Bermudo II los acoge en su propio palacio de Carracedo, en el Bierzo. El Obispo de Astorga, Don Jimeno, da su consentimiento para fundar para ellos un nuevo monasterio, de origen vidrialés, confiando la abadía a Zacarías.

 

Un breve inciso: a los actuales ayoínos nos suena el Bierzo como algo lejano e inaccesible, cuando históricamente es todo lo contrario; no me cabe duda que hubo una ruta ancestral, un cordón umbilical cultural que mantuvo unido Bierzo (antiguamente Vierzo) y Vidriales, sobre el que ya escribí una vez, y me parece imperativo reconocer y promocionar.

 

En el momento en el que “los moros de Almanzor” (textual en referencias) dejan de ser un problema para la convivencia en Vidriales, el abad Zacarías pide el favor a Bermudo II para repoblar su abandonado monasterio, con viejos y nuevos monjes, y él al frente. Era sobre el año 995. Siete largos años de soledad y destrucción se encontraron al llegar de nuevo a Vidriales; sin duda y de nuevo se invocaron los escritos de Ageo para devolver vida y esplendor al monasterio.


En esta historia de Ayoó aparece una nueva fecha documentada: el 4 de octubre del año 1057. La infanta Elvira, una los 6 descendientes que tubo Bermudo II fuera del matrimonio hace una donación al monasterio a Ageo, “et damus et concedimus eam ad aulam Sancti Fructuosi…”, traducido, “y la dimos y entregamos a la casa de San Fructuoso…”, dato que parece confirmar el origen del monasterio de Ageo: San Fructuoso, fundador.

 

En 1065, el 27 de diciembre, muere el rey de León Fernando I después de dividir sus posesiones, concediéndole a sus hijas Urraca y Elvira Zamora y Toro, respectivamente, además “con todos los monasterios que él había constituído, imponiéndolas el deber de cuidar dichas iglesias y de guardar virginidad”. En este lote iba nuestro monasterio de Ageo, ya con su coto, una importante cantidad de terreno alrededor.

 

Infanta Urraca de Zamora.

Infanta Elvira de Toro.

Otro documento importante, aunque desaparecido y sólo mencionado por el cisterciense padre Alonso, habla de la infanta Sancha, hija de Urraca I de león, hermana de Alfonso VII y su donación del monasterio de Ageo al de San Martín de Castañeda, quien llevó su dirección muy pocos años, quizás desde 1150 hasta 1154.

 

Monasterio de San Martín de Castañeda.

Llegamos a 1154, a un documento mencionado antes para encontrar nombre al Lugar Sagrado, y redactado en la ciudad de Salamanca. Ese 7 de enero, a modo de regalo de reyes magos el rey de león Alfonso VII manda escribir: Hago carta de donación y texto de firmeza a Dios y a vos, don Suero, y a todos vuestros sucesores, de aquel monasterio de Aio que está en Vidriales; os doy y concedo dicho monasterio con su coto…”. A partir de entonces ocurre algo extraordinario, el nuevo abad Suero toma el mando en propiedad, pudiendo hacer del monasterio y de su coto lo que estimara conveniente, sin contar con la realeza.

 

Solamente dos años más tarde, en 1156, un 14 de mayo este abad Suero, del monasterio de Ageo, es designado Obispo de Coria, Cáceres. Así que redacta un nuevo documento traspasando su monasterio a Pedro Pérez, monje y diácono del monasterio, especificando: “Doy y confirmo por escrito a ti, el nombrado pedro, el monasterio antes nombrado, por entero, como a mí me lo dio el Emperador, para que desde este día y desde este tiempo quede separado de mi propiedad, y pasado a la tuya, para que lo tengas confirmado, y lo poseas tú y tus sucesores para siempre”.

 

Pedro Pérez estuvo al frente de Ageo hasta 1169, un 19 de marzo, en el que sucede a Suero en el obispado de Coria hasta 1177, año en el que fallece. El monasterio vidrialés queda sin propietario, en una posible lucha interna por el control hasta una nueva y trascendental fecha en nuestra historia.

 

En 1182 los Templarios llegan a Vidriales y se apropian del monasterio “per ptentian secularem”; a pesar de ser una Orden Religiosa lo hacen así, con fuerza militar, de forma violenta. Los monjes huyen hacia San Martín de Castañeda, y se querellan ante el Papa Lucio III, quien exige a los violentos la devolución a los legítimos dueños, a lo que se niegan, quedándose con todo.

 

La presencia templaria en Vidriales se prolongó a lo largo de 128 largos años hasta la extinción de la Orden en 1310. En esta fecha termina esta crónica, sencillamente porque el monasterio y su coto quedan totalmente libres y se convierten en una simple parroquia. Nada quedaba de monjes ni de templarios, sólo un enorme solar y una nueva historia para el nuevo pueblo de Ayoó, unificando el lugar primigenio circular y los arrabales del monasterio; y, ya podemos decirlo, sus ayoínos.

 


Referencias:

Fotografía aérea: Gabi. (Gracias)

Bibliografía:

Geografía. – Estrabón.

El monasterio de Ageo. – Augusto Quintana Prieto.

Historia del monasterio de san Pedro de Montes.- Joaquín Herrezuelo.

Historia de los Reyes de León. – Ricardo Chao Prieto.

Documentos inéditos desconocidos de Alfonso VII y Alfonso IX, de León. – Alfonso Andrés.

España Sagrada. – Henrique Flórez.

Iglesias Mozárabes. – Manuel Gómez-Moreno.

Suero, obispo de Coria. – Alfonso Andrés.

El Testamento de San Genadio: Adelino Álvarez.

Web:
Profeta Zacarías: https://gecoas.com/religion/Trabajos/Biblia/profetas/zacarias.htm

Profeta Ageo: https://gecoas.com/religion/Trabajos/Biblia/profetas/ageo.htm

Monasterio de Carracedo: http://www.jdiezarnal.com/monasteriodecarracedo.html

Grabado invasión musulmana: https://historiaespana.es/edad-media/conquista-musulmana

Batalla de la Polvoraria: https://observatorio.cisde.es/archivo/9846/

Almanzor: https://cellopraha.wixsite.com/el-romanico/edad-media

Infantas Urraca y Elvira: http://www.xenealoxiasdoortegal.net