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domingo, 12 de julio de 2020

La paradoja del historiador.



En el valle Vidriales, en el cruce de sus dos carreteras principales ZA-110 con ZA-P-2554, hacia el año 2006 plantaron un monolito para señalizar la ruta XVII de Antonino, que unía Braga (Portugal) con Astorga. Fue uno de varios, dentro del proyecto “Vías Augustas”(1). Este en concreto corresponde a la mansio de Petavonium, una de las mayores de Castilla y león con sus 90 hectáreas, dentro de la mencionada ruta.


Cualquier viandante, desconocedor del tema, pudiera ser que reparara en lo de “guerras cántabras”. Sin duda el término “guerras cántabras” le llevará a pensar en alguna guerra de Cantabria. Y Cantabria, en tiempos actuales, desde aquí al más o menos su centro hay 3,5 horas de viaje en coche, por modernas autovías; en tiempos de los romanos, andando, unos 10 días de marcha si no hay contratiempos. La siguiente pregunta sería: ¿y qué pasó en Cantabria para que aquí se estableciera un campamento romano con sus cánabas y categoría de mansión? (2)

La respuesta es tan sorprendente como ridícula: no pasó nada. Las guerras cántabras comenzaron y terminaron en Cantabria, y sirvieron para someter al yugo romano al penúltimo pueblo rebelde de Hispania. En el valle de Vidriales nada se puede relacionar con los cántabros, excepto que los que aquí residían, en apariencia y costumbres, eran semejantes a ellos, y fueron llamados ástures, por vivir en las márgenes del Ástura (Esla). (3)

Y aquí se plantea una paradoja, muy triste. Hay historiadores, que algunas veces escudriñan hasta lo imposible relatos clásicos (estudio riguroso), y transcriben después nuevos conceptos ignorando detalles más que evidentes (pura manipulación); sólo para confundir en los mejores casos, y en los peores para intentar modificar la historia, en base a su interés o visión personal. (Ejemplo recorte 1)

Por tanto, me parece una falta grave de atentado a la verdad, en pleno valle de Vidriales recordar la guerra contra los cántabros sin una sola mención a la guerra contra los ástures; máxime cuando los asentados en nuestra comarca, llamados "Superatti", pudieron ser los últimos rebeldes a Roma. Ambos, cántabros y ástures, reconocidos como los más fuertes de Hispania, fueron los causantes de la declaración de guerra total y la venida en persona del césar Augusto con sus ejércitos para instaurar una paz escondida en el sometimiento y en el expolio de las riquezas autóctonas.

Tito Livio dejó bien clara y diferenciada Cantabria de Asturia (hay, si levantara la cabeza…). Otros autores, como Floro, Dion Casio, Orosio… parecen estar inspirados por Tito Livio, y son los que nos han permitido leer sus obras perdidas. Estrabón dice que los ástures, como sus vecinos, vivían en castros pequeños, en cada uno de los cuales se recogería un clan. El poeta Virgilio, contemporáneo de Tito Livio, cita También a los ástures: “… sequitur pulcherrimus Astyr, Astyr Equo fidens et versicoloribus armis.” El geógrafo Mela sitúa a los ástures como vecinos de los cántabros, y nombra el “Salia” (Sella), como frontera natural. Otro poeta y político, Silio Itálico, habla de las minas de oro astures: “Astur avarus”, y su forma de lucha en guerrillas: “astur belliger”. Plinio llama “iuga Asturum” a la parte oeste de la actual cordillera cantábrica, con referencias al “Conventus Asturum” y a algunos de sus pueblos, situando el Duero como límite entre ástures y vetones, y el río Navia como frontera entre la Gallaecia primigenia y Asturia. Dividió a los ástures según esta cordillera: al norte los “Astures Trasmontani” y al sur los “Astures Augustani”, y como capital de todos “Asturica Augusta”. Hay dudas si los ástures dieron nombre a su principal río, o el río dio nombre quienes habitaban sus márgenes. San Isidoro dice que fue el río, el Esla, a la gente:“Astures, gens Hispaniae, vocati eo quod circa Asturam flumen septi montibus sivisque inhabitant”. Incluso los caballos de Asturia, los asturcones, fueron famosos por pequeños y de mal aspecto, pero duros y veloces, aptos para jinete o carro y muy valorados por los romanos para las carreras del circo, según los escritos de Plinio, Vegecio, Varrón, Marcial, etc. (4)
He dejado para el final las obras inspiradas en Tito Livio. Orosio dice que “Cantabros atque Astures, duas fortissimas Hispanae gentes…” “Cantabri et Astures Gallaeciae provinciae…”. Por su parte Floro dice que “Cantabri et Astures, inmunes imperio agitabant.”, en la parte de su segundo libro que dedica expresa y claramente al “bellum cantabricum et asturicum”. Así pues, entre tantas menciones por separado a distintos pueblos, cántabros y ástures, ¿por qué leches a esta guerra algunos historiadores actuales se empeñan el llamar “guerras cántabras” solamente? ¿Aclaran o adelantan algo con ello?
Esta falta de rigor me recuerda a la comunidad autónoma de Castilla y León, que en su totalidad algunos se obsesionan con denominarse “castellanos”. No, castellana será la región de Castilla, y la región de León nunca dejará de ser leonesa; para mal o para bien, pero leonesa. La unión de dos regiones no significa que alguna pierda sus características, del mismo modo que la unión de dos personas no indica que una de ellas quede ninguneada para siempre. Pues la guerra contra dos pueblos bien diferenciados no debería mencionarse como la de uno solo, ignorando deliberadamente los textos históricos, que de dieron a ambos el mismo valor.

La misma falta de rigor a la hora de confundir o hacer confundir la actual Asturias con la Asturia romana; una con capital en Oviedo y la otra en la leonesa Astorga primigenia (Mapa 1). O confundir o hacer confundir la Galicia actual con la provincia Gallaecia romana, que modificó sus límites excluyendo e incluyendo a Asturia. (Mapa 2)

Y no digamos de la pésima traducción de la Crónica albedense: donde algunos leen reino de Asturias, dice realmente reino de los ástures (Astororum regnum), que en el 910 se instala en León por la costumbre de reinar desde la última gran ciudad conquistada. Para el primer rey elegido “per omnes astores” (por todos los ástures) Don Pelayo (722 – 737) la capital fue Cangas de Onís, tras la batalla de Covadonga. Silo I (774 – 783) trasladaría la corte a Pravia, lugar mucho más estratégico. Alfonso II el Casto (791 – 842) la llevó a Oviedo. Y por último Alfonso III (866 – 910) fijó la capital del reino de los ástures en León.

En fin, a lo que iba y por terminar, al letrero del azulejo:
“Se aprecian en este gran yacimiento arqueológico, que corresponde a la mansión viaria de Petavonium de la vía XVII del I. de A. (del itinerario de Antonino), parte de las ruinas, desde hace algún tiempo exhumadas, de uno de los campamentos establecidos aquí al finalizar la guerra contra cántabros y ástures (bellum cantabricum et asturicum). Se cumplían en este lugar 39 millas desde Astúrica Augusta (Astorga) y 208 desde Bracara Augusta (Braga)”

Ahora sí, con rigurosidad. ¿Queda alguna duda?



Ejemplo de paradoja: léase Bellum Cantabricum et Asturicum, y más abajo Asturia y Cantabria; todo correcto. Sin embargo luego se mencionan "las Guerras Cántabras" ignorando la mitad de lo que se acaba de escribir, lo relacionado con "Bellum Asturicum".

Mapa 1, Astura, capital Astúrica.

Mapa 2, Gallaecia.


Referencias:
4Los cántabros y ástures y su guerra con Roma. Adolf Schulten.
https://drive.google.com/file/d/1ihrFTKxTfuC0Wn_eAjX49xc8Geua1pmR/view (página 26)

miércoles, 13 de mayo de 2020

Ruta campamental en Vidriales.


Una noticia del pasado 16 de abril en el digital ILeón (1) apunta “las primeras evidencias arqueológicas del asedio romano al castro de Las Labradas”. Dos asentamientos romanos que hostigarían la fortaleza ástur para su conquista. Me parece muy importante el trabajo del equipo de los arqueólogos leonéses y cántabros, en el esclarecimiento de los hechos ocurridos unos años antes de nuestra era.

La Opinión de Zamora se hace eco de la noticia (2) y publica el 2 de mayo el parecer de cinco investigadores sobre el tema, y en conclusión quitan la autoría romana de uno de los hallazgos para dársela a los indígenas, haciendo mayor, si cabe, el extraordinario “oppidum” ástur.

No conozco los protocolos arqueológicos, pero yo calificaría de dejadez inexplicable las investigaciones sobre en castro de Las Labradas, posiblemente el mayor de la zona augustana, y propuesto en varios estudios como la verdadera Lancia.

Son muchísimas las horas que tan extraordinario lugar me ha robado entre horas de lectura e investigación autodidacta y muchas más de imaginación; reducir tan inexpugnable lugar protegido por peligrosos nativos no tuvo que ser cosa fácil. No en vano, el pueblo ástur fue el último en someterse al yugo romano, y el castro en cuestión, por cercanía, además ponía en peligro las minas de oro de la Valdería.

Debido a la falta de exploración y estudio, ya son varias las hipótesis sobre los movimientos romanos para el asedio de la super fortaleza de Las Labradas. Incluso yo, humildemente, he propuesto la ruta, la puerta de acceso de las tropas y algunos de los necesarios asentamientos para la ocupación y sometimiento de la zona.

Resumiendo, todo parte desde la vecina Valdería, mi querido pueblo natal. Desde Astorga se vino desarrollando una calzada de conquista con sus respectivos campamentos a día de marcha, todo lo necesario para movimientos de tropa y suministros, y en caso necesario retirada. Pura estrategia romana. Largo trecho y difícil, se me hace la lucha para pacificar el territorio hasta fundar una base en la Chana de Castrocalbón. Este lugar, descubierto por Ernest Loewinsohn gracias a los vuelos fotogramétricos americanos, se ha relacionado con el ejercicio y disciplina de la tropa romana, meros campamentos de entrenamiento; desde mi punto de vista erróneamente.

Al menos cuatro campamentos y una torre de vigilancia son los elementos conocidos de este lugar, en torno a una caudalosa fuente artesiana que se secó con la prospección de los primeros pozos artificiales en el valle. Cosa del principio de los vasos comunicantes en las corrientes freáticas. Un canal extra, conocido como “el caño de los moros”, baja por el valle desde Nogarejas, por cierto, indocumentado. Tanto campamento reunido no fue para prácticas, más bien un centro logístico para planificación y ejecución del sometimiento de los Superatti (3).

Sigo resumiendo: desde esta zona campamental los romanos trazaron una ruta hasta Ayoó de Vidriales (4), a un lugar conocido como “el Castrillo” (del latín castrum, fortificación o campamento militar del ejército romano) con su correspondiente torre de vigilancia para divisar la ribera del Almucera (los Cañuticos). Desde el Castrillo se conquistó el castro ástur del Lugar Sagrado sito en la Peña de Abajo (peña, del latín Pinna “almena”, fortificación o muralla), documentado en una donación en 1154 como “farum”, traducido como “lugar Sagrado” por Quintana Prieto (6).

Pacificado este castro trazaron un camino valle abajo hasta San Pedro de la Viña, y levantaron un campamento en “la Calea”, sirviendo de vigilancia el montículo de la Iglesia (7), para hostigar el castro “de las mairas” (8), el de multitud de bancales en toda su falda, exceptuando el oeste. Al lado del campamento está la “Fuente Vieja”, o “fuente del lugar”, garantizando el suministro de agua potable. Quirós documentó en 1788 esta fuente romana: “Dividía la población un arroyo que baja de la Cabrera y llaman la Almocera, y en medio de las ruinas hay todavía una fuente de agua muy cristalina y abundante, con sus conductos y capilla de cantería muy bien labrada, indicios todos de que allí hubo ciudad en tiempo de los romanos” (9). Ruinas en torno a la fuente: ¿restos campamentales?

Rendido este castro nada impidió el avance de tropas y la continuación de la calzada que venía desde Astorga hasta Petavonium, que por simplificar únicamente diré que tomó el mando desde la nueva posición, con la vista dirigida a Las Labradas. O más bien todo lo contrario, escondido de su visión directa.

Llegado a este punto, se necesitó mayor aproximación para el ataque final a uno de los últimos reductos ástur, y por supuesto el más peligroso. Creo que hay consenso en cuanto que ese hostigamiento se hizo desde el sur. De todos los investigadores me voy a quedar con uno, y no porque los demás no sean importantes, si no porque es el más razonado que conozco y el que mejor se acerca a mi humilde visión de los hechos. Es José Luis Vicente González, y su artículo “Bellum Asturicum, una hipótesis ajustada a la historiografía romana y al marco arqueológico y geográfico de la comarca de los Valles de Benavente y su entorno”. (10)

José Luis observa acertadamente como en la provincia de Zamora “casi todos los topónimos relacionados con los moros no tienen nada que ver con la invasión musulmana”, por eso sitúa un campamento en Cunquilla de Vidriales, en el paraje “Valmoro”. No entro a discutir ese emplazamiento, que además cuenta con todos mis deseos de que sea cierto, pero se olvidó de un topónimo mucho más “moro”: Moratones de Vidriales. La explicación de la relación de los moros con restos romanos pudiera venir de confundir los norteafricanos con la palabra latina “Murus” o “Muratus”, que significa “amurallado o defendido por muros”, o con la palabra prerrománica “Mouro”, que da nombre a habitantes prehistóricos o personas venidas de lejos, muy relacionadas con el trabajo con piedras. Moratones de Vidriales cuenta en sus inmediaciones con restos de muros soterrados, incluso se recuerda ver tégula, pudiendo esta zona ser candidata a nuevo complejo campamental. En la parte oeste, ya en terreno de Bercianos de Vidriales, propongo un nuevo castra aestiva que ya sería, por cercanía, adecuado para albergar la tropa que hostigara el castro de Labradas. O al menos uno más.

A poco más de 500 metros de la última vivienda de Bercianos, en dirección sureste hay un muro lineal separado en dos mitades, hecho con mampuestos de un tamaño demasiado grande para ser cerca de huerto o parcela, mucho mas humildes y someros. Desde el centro de esta edificación hacia el noroeste todavía los mayores de edad recuerdan un camino ligeramente elevado sobre el terreno y con la superficie de canto redondo, dividiendo las eras. Desde siempre se conoce como “el camino de los moros”; curiosamente de nuevo aparece esta palabra para confundir sobre la autoría, inequívocamente romana, que unía Petavonium con este lugar, y más tarde se convertiría en la calzada Lusitania – Petavonium.

Sin limpiar adecuadamente de hierbas y maleza es difícil tomar medidas del muro in situ; con el SigPac se calcula entre 130 y 140 metros de largo. Si desarrollamos un rectángulo usando este muro como uno de los lados menores, tenemos una orientación hacia el castro de Las Labradas, escondido tras Peña Cruz, de 859 m. de altitud. Por tanto, el espacio de entre los dos muros sería la porta decumana, y en la opuesta, sin identificar dado lo labrado del terreno, estaría la porta praetoria, en el sentido de la marcha o encarada al enemigo, como gran parte de las veces era costumbre.

Las tres propuestas de campamentos siguen las directrices de Vegecio: “El campamento no debe estar dominado por terrenos más altos desde los que el enemigo les pueda insultar o vejar…” “La puerta pretoriana debe dar frente al este o al enemigo. En un campamento temporal debe dar frente a la ruta por la que marcha el ejército” (11). Los tres se ubican semiescondidos de la visión directa de cada castro a conquistar. Son campamentos castra aestiva, construidos en gran parte con materiales perecederos, y desmontados o abandonados al cumplir el objetivo.

Según Orosio, los ástures eran extraordinariamente amantes de su libertad, y junto con los cántabros “los dos pueblos más fuertes de Hispania”. Históricamente hablando, nada me apena tanto como relatar la posible ruta de la invasión de aquellos moradores de Vidriales. Porque una cosa está clara, después de los romanos nada volvió a ser lo mismo. Los pueblos se asentaron en los valles, las rutas romanas se comenzaron a usar en los desplazamientos, las costumbres se acomodaron, y un nuevo orden se volvió disciplina. No había plan B, adaptarse o morir. Y a saberse cuantos eligieron el camino equivocado…


Ayoó de Vidriales.

San Pedro de la Viña.

Bercianos de Vidriales.


Referencias:
(6)         El monasterio de Ageo. Augusto quintana Prieto. Brigecio.
(7)         Carretero Vaquero, S.: “El ejército romano del Noroeste Peninsular durante el Alto Imperio. Estado de la cuestión”. Gladius XIX, Madrid, 1999.
(8)         Esparza Arroyo, A., 1987, op.cit.
(11)      F. Vegetius Renatus, libro I, XXII.



domingo, 26 de abril de 2020

La Luz equinoccial en el Santuario de la Virgen del Campo

  
En esta extraña afición mía por escribir, he dedicado decenas de páginas al tema de la luz equinoccial en el Santuario de Nuestra Señora del Campo, para mí apasionante por los motivos que detallaré, y solamente una pequeña reseña en este blog:


Por tanto, creo que va siendo hora de hacer justicia y reparto, y publicar un artículo que recoja lo que hasta ahora conocemos de uno de los más bellos efectos que se pueden encontrar en un edificio: el resultante de interactuar con la luz, y si es natural, mejor; y si es directa del sol y en una fecha determinada, espectacular; y si esa fecha es tan señalada como los equinoccios, conocida y estudiada desde tiempos inmemoriales, pues no me extraña que este efecto fuera considerado como milagro, y así es como se la conoce: el milagro de la luz equinoccial.


Este relato se remonta a una cercana primavera del año 2016. Era finales de marzo o comienzos de abril, no recuerdo la fecha, ni tampoco a qué subí al campanario del Santuario. Lo que recuerdo y me impresionó es que al abrir la puerta un enorme chorro de luz solar entró en la oscura nave, provocando un efecto espectacular. Me senté en una de las sillas de las que siempre hay en el descanso final de la escalera que se usa como coro, porque la verdad es que aquello me pareció tan bello como extraño. Seguí visualmente durante un rato el recorrido de la luz por entre los bancos, y a continuación mentalmente por dónde pasaría unos días antes. Mi afición por la astronomía influyó en el resultado: conforme pasan los días el sol gana altura y el chorro de luz pierde longitud. Si fuera la sombra de un palito clavado en el suelo, o la del estilete de un reloj de sol, desde el solsticio de invierno al del verano cada día que pasa la sombra es más corta. En aquel momento saqué dos conclusiones: la primera es que por las tardes el templo se alinea con el sol, y en algún momento la porción que entra por la ventana y la puerta de la torre coincide con el centro geométrico del edificio. La segunda es que con alta probabilidad en los dos equinoccios la luz coincida en un punto importante de esta línea que divide el templo en dos. Creo que sonreí, al menos mentalmente, e hice una predicción: en el Santuario se produce el “milagro de la luz equinoccial”, al igual que en la vecina Santa Marta, o en San Juan de Ortega.


Lo primero que se me ocurrió al bajar fue hacer algunas llamadas de teléfono para contar aquella experiencia; la primera a nuestro párroco Don Miguel, y dentro de las demás otra a un buen amigo de Santibáñez de Vidriales, Alberto Acedo, por dos motivos, es un entusiasta colaborador del Santuario, y le encanta la ciencia, como a mí.

Los que me conocen saben que padezco de falta de memoria para las fechas del calendario, porque todos los días me parecen iguales. Así que fue Alberto el que me llamó para concretar una cita de nuevo en el santuario, no en el equinoccio de otoño de aquel 2016, si no en el de primavera del 2017. Había que comprobar si era cierta la predicción y allí estábamos, a la hora calculada. El sol entró, con una intensidad espectacular, iluminando el centro del altar como centro geométrico, dentro del arco que trazó de izquierda a derecha; un impresionante chorro de luz solar que apareció de la nada y se ocultó de la misma forma, como si unas barreras invisibles marcaran los límites de la proyección. Aquello tenía una explicación, la puerta controlaba la proyección de la ventana, más general.




Tenemos que reconocer que la primera impresión de ambos observadores fue agridulce. ¿Había alineación? Si, pero era demasiado basta, muy inconcreta, o al menos eso nos pareció. Pero todo cambió cuando examinamos la puerta, buscando marcas, o alguna modificación que pudiera influir en la proyección solar. Encontramos un pequeño agujero, en el centro izquierdo, sin duda hecho expresamente para algo. Teníamos un nuevo ingrediente que podía cambiar la forma de ver las cosas. Nuevamente nos citamos para el siguiente equinoccio, y creo que para todos los equinoccios de nuestras vidas. Parece increíble que un simple efecto pueda atar tanto.


Desde entonces, y siempre con permiso de Don Miguel, en los días del equinoccio, o los más cercanos que coincidan en fin de semana, abrimos al público la observación de aquella luz, de apenas 15 minutos de duración, amenizada con algo de música, pero que produce una sensación agradable y relajante. Unos minutos antes doy una pequeña charla para concienciar al público de lo que acontecerá, unas explicaciones básicas de astronomía, de lo que significa el equinoccio, de los lugares conocidos donde ocurren efectos similares, y por último por lo que creemos que el arquitecto hizo este diseño haciendo partícipe a la luz de su edificio.


¿Y el agujero de la puerta? Pues resultó ser la clave. La evidencia de que este fenómeno no es casual, que podría haberlo sido; la prueba más clara de que el arquitecto era un auténtico maestro que dominaba, antes de 1750, construcción, arte y ciencia. El agujero aleja la participación humana del acontecimiento, no hace necesario ningún movimiento ni presencia para que los equinoccios sean especiales aquí. Incluso mejora increíblemente la proyección solar, recordando el principio de la cámara oscura sin el que no habría fotografías, y aumentando hasta la precisión total la alineación.


Principiemos, para quienes aún desconocéis de lo que hablo.

El Santuario de Nuestra Señora Del Campo es un edificio que se encuentra en terreno de Rosinos de Vidriales, en un lugar conocido como Sansueña. Este nombre no aparece en ningún otro sitio más que en la tradición oral, donde se dice que era una ciudad de los moros. La realidad es que muchos restos ruinosos se atribuyen erróneamente a los moros, pudiera ser por confundir con la palabra latina “Murus” o “Muratus”, que significa “amurallado o defendido por muros”, o con la palabra prerrománica “Mouro”, que da nombre a habitantes prehistóricos o personas venidas de lejos, muy relacionadas con el trabajo con piedras, pero no precisamente repobladores norteafricanos.


Sansueña si tiene un nombre real, es Ciudadeja, con un pueblo cercano desaparecido que tomó este nombre como apellido: San Miguel de Ciudadeja. Aunque también aparece en los documentos antiguos como Ciudadela o Ciudadela del Valle de Vidriales. Pero antes fue un gran complejo romano con sus campamentos y cannabas, contando también con al menos un templo religioso. En las inmediaciones del Santuario se encontró un ara votiva datada en el siglo II con una inscripción que viene a decir que Marcus Sellius Honoratus, natural de Choba, Mauritania, comandante de caballería del Ala II Flavia, manda construir desde los cimientos un templo al Dios Hércules. Parece ser que sobre esos cimientos primigenios se construyó una ermita cristiana consagrada a la Virgen del Campo. Cuenta una leyenda local que el origen de esta devoción la originó un agricultor, estando labrando en la falda del Castro. Por una casualidad, la reja de su arado tropezó con un bulto envuelto en telas. Al desenvolverlas encontró una preciosa talla románica, y poniendo el caso en conocimiento de las autoridades religiosas, decidieron levantarle una ermita en las cercanías. Todavía hoy, a un lugar se le llama “hoyo María”, quizás la leyenda tenga bastante más de historia que de imaginación.

(1)


No sabemos por qué motivo, el caso es que se demolió la ermita y en el mismo sitio se edificó el santuario que tenemos hoy en día. Para datar este nuevo edificio nos guiamos por las tres inscripciones en las que aparecen fechas distintas. La primera está en piedra, en el dintel de la ventana del campanario que da a poniente, al oeste, con fecha de 1750, una ventana crucial en el tema que nos ocupa. La segunda también está en piedra, en el pináculo de la torre, mirando hacia el sur, y grabaron 1767. Es de pensar, que la primera es el inicio y la segunda la terminación de las obras, 17 años después. La tercera está también al sur, sobre la ventana del presbiterio, pero sobre revoque de cal y arena, lo que parece indicar que fue de las obras de rejuntado exterior, y quien sabe, si también el revoque interior: 1832.




Volviendo al tema de la luz, y para ayudar a situarnos, debemos dividir la torre en cuatro partes: la primera, de abajo arriba, son los robustos arcos que dan acceso a la puerta principal de la Iglesia; la segunda es cuerpo de la torre, la que ocupa la ventana de la fecha 1750, la única orientada a poniente (y por la ventana de poniente la distinguiremos), y otras dos ventanas menores, poco más que saeteras, orientadas una al norte y otra al sur; la tercera son los cuatro ventanales en los que tres penden campanas, y la cuarta parte la ocuparía el tejado y el pináculo. Por lo mucho que me agradan las leyendas, permitidme un breve inciso para contar una relacionada con esta parte de la torre. El prisma hexagonal que separa el conjunto metálico de la veleta y del resto del pináculo dicen que es totalmente de hormigón. Y mientras se rellenaba el encofrado, el albañil introdujo en medio la botella de vino que había llevado para acompañar el almuerzo. Vidriales, tierra tradicional de pan… y vino.






La ventana de poniente, recordemos, enseña una preciosa frase que nos retrotrae al origen del templo: “HIZOSE AÑO DE 1750”. Quizá por eso que llaman “deformación profesional” desde la primera vez que la vi la encontré extraña; me pareció que estaba en un lugar equivocado, demasiado baja estéticamente. Es más, afea la torre. Sus hermanas de los laterales, en cambio, si guardan la proporcionalidad en altura, y tienen un tamaño propio de campanario. Ésta es demasiado grande, y a la vez, parece que se la quiso resaltar con la leyenda del dintel. Otra característica que llama la atención es que casi (por 5 mm.) guarda la proporción áurea, 1,618; una relación armoniosa entre altura y anchura usada en la arquitectura sagrada, en la que los números participan en las formas armoniosas. Que es una pieza especial, no hay duda.


La ventana de poniente ilumina la base interior de la torre, a la que se accede por una puerta de escasa altura situada en el lado opuesto. Dentro de este local, la empinada escalera de madera está diseñada para que no entorpezca la luz natural, arrancando por debajo de la ventana y pasando por encima de la puerta. Todas las tardes de cielos sin nubes, el sol entrará por esta ventana y hará un barrido luminoso, coincidiendo con el hueco de la puerta o su vertical solamente cuando también coincide el eje del edificio con la dirección del sol. Pero durante el año el sol tiene distinta altitud o inclinación (me parece innecesario explicar su mayor altura aparente en verano que en invierno), por tanto la proyección de luz también es diferente, curiosamente inversa: en verano corta, no llega a la puerta, y en invierno larga, le pasa por encima. Entre estas dos estaciones hay otras dos, intermedias, en las que lógicamente también la proyección es intermedia, y llegamos a los equinoccios de primavera y otoño.


Para entender los equinoccios debemos imaginarnos que vemos de lejos nuestro planeta, con sus grandes movimientos de rotación y traslación alrededor del sol. La tierra, desde su nacimiento por acreción, padece una inclinación o ladeo de 23,5 grados de su ele de rotación con respecto al plano orbital (es como si vemos un coche circular por la carretera sobre las dos ruedas laterales; de lado, casi completo su techo y totalmente oculto el chasis y las otras dos ruedas, o viceversa, un defecto garrafal que ocasiona en los polos días y noches de casi 6 meses), lo que provoca variaciones muy significativas en la cantidad y calidad de radiación solar por todo el globo. Un problema que en realidad es todo lo contrario, estas variaciones originan un ciclo vital natural que llamamos estaciones, en las que se dan unas concretas variables meteorológicas. Pues ocurre que dos veces al año ese defecto desaparece, y la tierra aparenta ser el planeta ideal, derecho, iluminándose por completo de polo a polo, con la misma duración el día que la noche (ahora vemos el coche sobre dos ruedas, pero de frente). Este par de veces se llaman equinoccios, palabra que nos llega del latín, y significa “igual noche”.

(2)

Pero los equinoccios no tienen ni día ni hora fijos, porque el año, o sea, los días de una sola órbita no son completos (365 más 6 h, aproximadamente) y se corrige añadiendo cada 4 años un día más a febrero (años bisiestos), y la corrección de los años seculares (el año es bisiesto si es divisible entre 4, y no es bisiesto si es divisible entre 100 con la excepción de los divisibles entre 400). A estas variaciones hay que añadirle las oscilaciones en la velocidad del planeta, así que la única forma de determinar el equinoccio es la astronómica, y es independiente del horario y del calendario; por definición es justo el momento en que coincide el plano ecuatorial terrestre con el plano de su órbita alrededor del sol.

(3)

Los equinoccios tienen un segundo problema, o virtud, según se mire. El sol en estos días cambia su inclinación muy rápidamente; dicho de otro modo, desde el solsticio de invierno al solsticio de verano el sol cada día coge mayor altura, y del solsticio de verano al de invierno hace lo contrario, desciende. Pero la velocidad no es constante, si no logarítmica; muy lenta o prácticamente nula en los solsticios (de ahí viene ese nombre, solsticio: “sol quieto”), va adquiriendo velocidad desde el de invierno hasta en equinoccio de primavera y luego se ralentiza hasta el solsticio de verano. El otro ciclo, naturalmente, es inverso. Para comprobar este hecho se puede hacer un pequeño ejercicio: durante dos semanas, la anterior y posterior a este día apuntemos la hora de salida del sol y su puesta, tomando como referencia el Observatorio Astronómico Nacional: En éstas dos semanas los días se alargan 39 minutos, 24 por la mañana y 15 por la tarde. Ahora consultemos hacia el solsticio de verano: únicamente en dos semanas disminuye 5 minutos: 2 por la mañana y 3 por la tarde. (datos del otoño del 2019)


Con estos datos comprenderemos la complejidad de hacer algo en que intervenga la posición del sol, algún efecto o alineación en los días cercanos al equinoccio. Y sin embargo la inteligencia humana nos enseña verdaderas maravillas, y así las grandes culturas han conocido la fecha del equinoccio, y han construido algunos de sus destacados edificios por la orientación o la alineación en esas fechas. Por poner algún ejemplo, tenemos las 8 caras de la pirámide de Keops, los templos de la isla de Malta, o los de culturas tan alejadas como el pueblo maya, y uno en particular, Kukulkán, que está orientado para que en los equinoccios la sombra del borde de la pirámide simule el movimiento descendiente de una serpiente. Un edificio que sigue asombrando con sus misterios.

(4)

Y en España, ¿cuántos edificios se construyeron teniendo en cuenta los equinoccios para hacer algún efecto? Pues bastantes: tenemos alineaciones en los dólmenes, o en los poblados de los íberos, por hablar de los más tempranos. Pero templos cristianos hay menos de los que pudiera parecer, y ya que hablamos de la luz equinoccial del Santuario de Nuestra Señora del Campo, pongámosla como punto de referencia para las distancias y hagamos repaso:


En primer lugar, quisiera hablar de uno que podría generar dudas si es alineación simple o efecto de la luz equinoccial. Para alinear un templo con la salida del sol en el equinoccio, se clava una estaca en el suelo, y se estira un cordel sobre su primera sombra, clavando luego la segunda estaca. Ése es el eje del edificio, y si en el centro de las paredes que dan al naciente y poniente hay abiertas puertas o ventanas, a la salida del sol la luz equinoccial lo traspasará, que es lo que ocurre en la diminuta capilla de San Miguel de Celanova, en Orense, a 217 km. de distancia. Para mí, alineación simple, al estilo de los dólmenes.

(5)

Para que haya efecto, el templo no necesariamente tiene que estar alineado con los primeros rayos del sol del equinoccio, ni orientado por los puntos cardinales; el efecto puede ocurrir a cualquier hora y altura de sol, lo que dificulta extraordinariamente incluir la luz para crear una finalidad.

Que yo sepa, tenemos 6 conocidos y comprobados en España, y los voy a ordenar de lejos a cerca. El más lejano, a 320 kilómetros del Santuario o punto de referencia, es la Iglesia del Monasterio de San Millán de Yuso, sito en San Millán de la Cogolla, en Logroño. A media tarde, por el rosetón trasero entra el sol, pasa por el círculo que corona el trascoro, y da en el centro geométrico de la Iglesia, inaugurada el 26 de septiembre de 1067, lo digo para que nos hagamos una idea de la precisión matemática y astronómica en una época tan remota.

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El siguiente y a similar distancia, 315 kilómetros, es la ermita templaria de San Bartolomé de Ucero, en el Cañón del Río Lobos de Soria. Sobre las 9 de la mañana un rayo solar entra en la nave en los equinoccios y se centra en una losa del suelo, grabada con uno de los símbolos más antiguos conocidos, una flor de 6 pétalos, conocida como “flor de la vida”, o “flor de agua”. Exteriormente está labrado el sello de los templarios, la cruz patada alisada; un conjunto que allí llaman “la losa de la salud”. Pero este templo del siglo XIII no solo se alinea en los equinoccios, también lo hace en el solsticio de invierno, siendo un clásico de la arquitectura sagrada, en la que los arquitectos incorporaban las formas geométricas, los números y los fenómenos naturales a sus edificios.

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El siguiente, a 230 kilómetros, es el monasterio del siglo XII de San Juan de Ortega, en Burgos, el más antiguo conocido. Aquí, en el capitel de la escena de la anunciación, la Virgen María recibe en su seno el sol de la tarde, para dar a entender que el Espíritu Santo se vuelve luz y fecunda a la madre de Dios.

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De todo lo que he leído sólo he encontrado estos 6 templos, puede que haya más descubiertos, para eso están al final los comentarios, me gustaría recopilarlos. De lo que no me cabe duda es que todavía quedan algunos por descubrir. Ignoro el celo de mantener este espectacular efecto en secreto. Los tres últimos tienen dos cosas en común, la primera es que se descubrieron hace poco tiempo y por casualidad; y la segunda es que son zamoranos. Si, en mi lista el 50 por ciento son zamoranos.

Para el cuarto hay que ir a la siempre atractiva Sanabria, al monasterio de San Martín de Castañeda, a 78 kilómetros. En su iglesia consagrada a Santa María, estos últimos años Javier Gallego ha observado cómo en los equinoccios el sol madrugador ilumina desde el rosetón poco a poco cada uno de los capiteles de la nave, terminando el repaso en el crucero del templo.

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Después está la vecina Santa Marta de Tera, a sólo 14 kilómetros. El párroco D. Julián Acedo descubrió por casualidad, en 1996, el efecto de la luz del sol en esta iglesia románica construida en el siglo XI. En los equinoccios, el sol de la mañana traspasa un óculo, y en su barrido por el interior parece detenerse unos minutos en un capitel.  En él se puede ver una pequeña imagen, asexuada, acompañada de dos ángeles. Hay dudas sobre lo que representa, unos dicen que es el alma de Santa Marta ascendiendo a los cielos, otra hipótesis afirma que es la resurrección de Cristo y otros que es el alma de cualquier cristiano en su encuentro con la luz, esa misma luz que nos describen quienes han sobrevivido a un coma, o a una muerte clínica.

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Y por último llegamos al punto cero, al Santuario de Nuestra Señora del Campo. El sol de la tarde, siempre con permiso de las nubes, entra sigiloso por la ventana de poniente, inundando de luz el recinto cuadrangular que sirve de base a la escalera del campanario. Próximo a alinearse con el centro geométrico del edificio, poco a poco se adueña de la puerta de madera. Sin prisa, pero sin pausa, por fin alcanza un agujero por el que apenas entra un dedo índice. A partir de ese momento el espectáculo continúa en la oscuridad de la nave central.


Como saliendo de una invisible barrera, un círculo brillante comienza su andadura en el suelo del presbiterio, de izquierda a derecha, a la vez que aumenta en longitud. Lento e inexorable, alcanza el altar mayor, trepando por su frontal. En algún esperado momento coincide con la vertical del adorno redondo central del tablero, incluso puede coincidir exactamente con él. Pero no nos confiemos, esto es pura casualidad. En el templo de 1750 no estaba el altar mayor, ni se le esperaba. Únicamente se diseñó un espacioso entarimado machihembrado flanqueado por dos largos bancos para descanso de oficiantes. El ascenso continúa, hasta desaparecer con el mismo misterio como apareció.




Nunca hubo otra cosa que no fuera relleno debajo del entarimado, lo sé porque fui el encargado de retirarlo, completamente destrozado por las termitas. Nada sabían de la luz equinoccial quienes construyeron el primer altar, simplemente siguieron órdenes de Roma: en las Instrucciones Postconciliares del Concilio Vaticano II, publicadas en 1969, se aconseja la colocación del altar de cara al pueblo; hasta entonces hacía las funciones la pequeña meseta de los retablos mayores, conocida como banco o predela. Tampoco sabíamos del efecto luminoso cuando sustituimos el viejo altar para darle la forma que tiene en la actualidad; sólo eran cuatro tubos de hormigón sujetando un maltrecho tablero de madera que servía de mesa. De haberlo sabido, unas ruedas hubiesen permitido retirar el nuevo altar para que la luz no encontrara mayor estorbo que una barra vertical, recién pasado el centro, que no es otra cosa que uno de los barrotes de la ventana de poniente. La magia de la fotografía muestra todo lo del otro lado del diafragma, en este caso, lo opuesto al agujero de la puerta.

Por el mismo principio de la cámara oscura, el spot, o punto luminoso protagonista de la luz equinoccial no es un rayo redondo porque el agujero de la puerta sea redondo; el agujero es redondo porque la broca usada fue cilíndrica, y aunque el agujero lo hubiesen hecho triangular a punta de cincel el punto luminoso seguiría siendo redondo, sencillamente porque lo que vemos es el sol. El arquitecto sabía que esto sucedería; nada tendría sentido si no fuera únicamente el astro rey quien ocupara el centro geométrico del presbiterio, el punto de máxima energía de todo el templo.


Porque nada se hizo al azar. Y entramos en la explicación a tanta dedicación. En primer lugar, me gustaría recordar, para situarnos en un templo cristiano, el paralelismo entre Dios y el sol. El sol, fuente de luz y calor, padre de absolutamente toda la tierra y sus especies animales, minerales y vegetales, ha sido venerado en casi todas grandes culturas, también en la nuestra. No en vano “Dios” nos llega de la palabra griega “Doxa”, que se traduce como “claridad, brillo o resplandor”.


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En los países latinos, cuna del cristianismo, dice la historia que el emperador Constantino en el 313, antes de una batalla, vio en sueños una cruz dentro de un sol con una inscripción que decía "vence con esto". De aquella visión mandó sustituir el día del sol por el “dies dominicus”, que significa el día del Señor y ha derivado en “domingo”, el primer día de la semana para los cristianos. Pero todavía en la actual Europa del siglo XXI, en inglés, por ejemplo, domingo es “Sunday”, día del sol, como en alemán, “Sonntag”, “sonne” de sol, y “tag” de día. Y este “sol” no es más que uno de los siete “errantes” o planetas de la antigüedad, deidades o “dioses” que se asignaron a cada día de la semana.

Otra representación del sol es la custodia, por ejemplo, pieza principal del Corpus Christi y uno de los objetos más respetados en la liturgia; es un habitáculo redondo rodeado de rayos solares.

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La biblia comienza y termina con el tema de la luz, y a poco que se hayan leído o escuchado sus textos sagrados, sabremos de las muchísimas comparaciones que se hacen de nuestro Dios con el sol y sus efectos; de entre todas escogí estas:
Isaías 60:19 - Ya el sol no será para ti luz del día, ni el resplandor de la luna te alumbrará; sino que tendrás al Señor por luz eterna.
Salmos 84:11 - Porque sol y escudo es el Señor Dios;
1 Juan 1:5 - Y este es el mensaje que hemos oído de Él y que os anunciamos: Dios es luz, y en El no hay tiniebla alguna.
Salmos 27:1 - El Señor es mi luz y mi salvación; ¿a quién temeré?
Juan 8:12 - Jesús les habló otra vez, diciendo: Yo soy la luz del mundo.

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Así que… ¿por qué no traer la luz del mundo al lugar que ocupa el sacerdote, el representante de Dios en la Tierra? Además en tan señalada fecha como el equinoccio, y principalmente el de primavera, por ser la clave para establecer la Semana Santa (Desde el Concilio de Nicea del año 325, el Domingo de Resurrección se celebra el primer domingo de luna llena posterior al equinoccio primaveral; dentro de un paréntesis de 35 días, del 22 de marzo al 25 de abril).

Lo incomprensible es guardar este singular efecto en secreto; aunque no me canso de repetir que nos dejaron pistas para descubrirlo. Así, en el ático del retablo lateral derecho, el entallador hizo su propia visión del fenómeno luminoso; de una forma oval (parecida a la que podemos ver en el suelo del presbiterio) rodeada de rayos solares, están representadas las palabras de Jesucristo: “ego sum lux mundi” (yo soy la luz del mundo) en sus tres formas veneradas, Padre e Hijo en la misma persona y Espíritu Santo en forma de paloma.


Dice otra leyenda, que el labrador encontró a la Virgen del Campo bajo un “chaguazo”, un arbusto que no da fruto, sólo sombra. Y que cuando se llevaron la imagen a la iglesia el “chaguazo” se mudó a lo alto de la torre del campanario para seguir dando sombra a su protegida (Es cierto, en el tejado del campanario del Santuario crecía una planta que llegó a dañar la cubierta de hormigón, amparada en un nido de cigüeña, y la leyenda parece tan antigua que pudo repetirse en la torre de la antigua ermita). Es curioso que el spot luminoso se diseñara para incidir en el suelo, no en medio de la ventana que sirve de hornacina a la Virgen, y por tanto la pudiera iluminar como por ejemplo ocurre en San Juan de Ortega (Para que le llegue el sol es necesario abrir la puerta del campanario aproximadamente 9 días antes del equinoccio de primavera y 9 después del de otoño, un efecto colateral casual que hemos dado en llamar “la novena de la luz”). La pregunta es inevitable: ¿influyó la leyenda de la sombra del “chaguazo” en el arquitecto, tanto como para negarle la luz del sol a la Virgen? (El sol es imprescindible para el fruto del campo, pero mal compañero para quienes lo trabajan). ¿O quizás quiso simbolizar una ofrenda, poniendo a sus pies el sol, padre de todo nuestro mundo? Nunca lo podremos saber: quizás para que la incógnita forme parte del misterio, el arquitecto se llevó su propósito allá donde haya ido a parar. Desde este lado, sólo se me ocurre enviarle una palabra por tan precioso regalo: GRACIAS.


Y a ti, estimado lector, te invito al próximo equinoccio en el Santuario de Nuestra Señora la Virgen del Campo; si las nubes nos dejan, claro.



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