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lunes, 19 de julio de 2021

El toro de Ayoó.

 

(1)

A la península Ibérica se la suele relacionar con una piel de toro. Es una comparativa curiosa, escrita por quien conocía la piel extendida de ese animal, pero que nunca pateó la península, simplemente la dibujó en un mapa de oídas. Estrabón, en los 17 libros de su obra Geografía, describió el mundo conocido a principios de era. Dedicó su libro tercero a Hispania, que abarcaba toda la península, y quizás para que de forma verbal todos imaginasen la superficie de aquella lejana provincia romana, y por lo que le contaron, añadió esta semejanza: “Iberia se asemeja a una piel de buey extendida a lo largo de Oeste a Este, con los miembros delanteros en dirección al Este, y a lo ancho de Norte a Sur” (III 1 3)”. Por otras dos veces, esta vez en el segundo tomo, repitió su analogía: “...en cuanto a la forma es suficiente con representarla con alguna de las figuras geométricas (...) Iberia mediante una piel de toro...” (II 1 30)
“Por países el primero de todos desde Occidente es Iberia, semejante a una piel de buey cuyo cuello se prolongaría en la vecina Céltica...” (II 5 27)

 

No entiendo nada de pieles, pero me parece bastante rara la comparación; a no ser que haya que leer entre líneas: los conquistadores romanos que le relataron a Estrabón términos y características peninsulares fueron conscientes del culto de sus indígenas al toro, como símbolo de fuerza, temperamento y virilidad, entre otras muchas de las peculiaridades que le vincularon. En la meseta noroccidental, a mayores, encontraron cientos de tallas en piedra de toros (a la par de jabalíes y cerdos), hoy llamados verracos, únicos en el mundo celta.

 

Los toros de piedra son propios de los vetones, aunque aparecen también fuera de sus fronteras; éste es el caso del toro de la plaza de San Vitero, sito al lado de su Iglesia, compartiendo espacio con un miliario. El toro no sabemos si se esculpió y expuso en el mismo pueblo o en su inmediatez; el miliario dicen los estudiosos que no, ya que por aquí no pasa ninguna calzada. Pero lo que podemos asegurar es que muchos kilómetros de distancia no recorrieron ambas figuras milenarias para terminar en esta plaza, por tanto, los daremos por originarios de Aliste.



A la par de estas figuras pétreas, los toros también aparecen en fíbulas o en cerámicas prerromanas, detalles que Estrabón no pasó por alto para su comparación; Hispania, tierra de toros (o de conejos, según otra versión). Por cierto, nada que ver con la lidia de toros, o los toros de lidia, invento genético posterior. Nos referimos al toro, macho bóvido autóctono, empleado en la reproducción de las vacas de forma natural hasta no hace tanto tiempo, y conocida su peligrosidad con varios casos de accidentes recordados por nuestros mayores. El temperamento del toro sólo fue apaciguado mediante la castración para aprovechamiento de su increíble fuerza en el tiro, costumbre totalmente perdida, como se han extinguido casi por completo estos nobles animales, los bueyes amaestrados.

 

Reminiscencias del culto al toro ha traspasado milenios y son recordadas y rescatadas de las memorias porque fueron imprescindibles en un día aceptado como tolerante y permisivo: carnaval. En varios lugares continúa esta exhibición de un toro ficticio; por nombrar sólo a algunos, Morales de Valverde, Alcoba de la Ribera, o Velilla de la Reina y sus antruejos. El tema se ha estudiado y documentado a conciencia, con declaraciones de Bien de Interés Turístico. Básicamente es un bastidor de madera portado por un mozo, y cubierto por una sábana o un paño similar. En la parte frontal sobresalen y destacan un par de cuernos de toro, en una posición natural. Esta figura con sus carreras provoca un corro, y tienta a perseguir o atacar.

 

Los cincuentañeros de Ayoó y sus anteriores recuerdan ese mismo “toro”, con algunas leves correcciones: el bastidor se reducía a un simple palo de aproximadamente metro y medio en el que iba clavado al extremo superior y haciendo cruz otro en el que iban insertados dos cuernos de toro. El encargado de sacarlo, un corpulento mozo, lo aseguraba a su espalda y se cubría con un mantón grande. Al agacharse para encornar levantaba “el rabo”, momento que era aprovechado para seguir la broma contrarrestando el “animal”. Las víctimas eran preferiblemente mozas, y no siempre la broma acabó bien.

 

Por aclarar conciencias, aquello de dirigirse el “toro” hacia las mozas en Ayoó, e incluso simular propasarse, no es más que el rescoldo de un ancestral ritual pagano de fertilidad, repetido en los sitios mencionados, donde algunas veces interviene una segunda figura, que levanta a la moza para pasarla sobre el astado.

 

Otra vez, y yo encantado, un nuevo objeto termina en mis manos y es pie para este artículo: es el palo que hacía cruz con los cuernos insertados, la parte principal del “toro” de Ayoó, el último que se sacó. La primera impresión es que esta parte se separó por la fuerza de la vara principal; se deduce por las puntas de unión semi dobladas. El principal problema es la cantidad de carcoma que horada por completo la madera que une los cuernos; una inmediata aplicación de un insecticida acaricida y un envoltorio de plástico espero que contrarresten la actividad de las carcomas, aunque posiblemente haya que sustituir la pieza. El siguiente paso será añadirle la parte perdida, para recuperar esta figura que se movía entre el ritual y la diversión.








Esta reliquia la guardaba Guillermo entre sus trastos; con, por qué no, cierta melancolía. Hay varias razones para ello: él tuvo un toro durante algún tiempo para “cubrir” las vacas del pueblo, tarea que más tarde traspasara a Juanito, el de la parada. Él, siendo mozo, sacó varias veces el “toro” y conoce el procedimiento y complot con otros mozos para “asaltar” a las mozas, así que es un grato recuerdo. Y por último, él siempre fue alegre y festivo, con su caja y al lado de “Benino” (Benigno) y su dulzaina, que amenizaron fiestas, bodas, y cualquier acontecimiento donde cupiera la música y la diversión. Guillermo, siempre tan auténtico.

 

El “toro” era sacado el martes de carnaval, la jornada anterior a la Cuaresma, el día del “entruejo”. Precisamente entruejo deriva de entroido, o entrada (a la cuaresma). Una fiesta en toda regla en la que había de todo. A primera hora de la mañana, la campana mayor con un ritmo pausado llamaba a la “yera”, unos trabajos en beneficio de la comunidad que se alargaban hasta la hora de comer. Por la tarde, la gente llenaba la plaza y las calles, porque salía el “toro”. Era un entruejo sin máscaras ni disfraces, sólo el “toro”. Los mozos y las mozas eran los protagonistas de carreras y encuentros, de innata picardía. Luego, en el bar del pueblo se hacía el reparto de escabeche y vino. Y, por último, la caja y la dulzaina amenizaban un animado baile hasta pasado el sol puesto. Nunca un solo día dio para tanto.

 

Cuanto ha llovido, o cuanto ha dejado de llover, para perder aquellos días mágicos. No es otra tradición perdida, es que ya casi no quedan. Estaría bien sacarlo, aunque sólo fuera una última vez, rememorando todas las anteriores.

Se busca voluntario.

 



1-   http://3.bp.blogspot.com/_qRFK6V9vNo0/R3tXVJY17nI/AAAAAAAAAAM/iSZ1udSSfTY/s1600-h/iberiaestrabon.bmp

 Referencias:

http://mipieldetoro.blogspot.com/2008/01/piel-de-toro.html

https://antruejosreinodeleon.es/






jueves, 6 de mayo de 2021

El silo.

Plaza Silos, Villageriz de Vidriales.

La Plaza Mayor de Villageriz es conocida también como Plaza Silos, como reza el correspondiente cartel en la fachada del edificio del Ayuntamiento, sito en dicho lugar. Por curiosidad, he preguntado por el origen de la palabra “silos”, y me han contado que viene de la cantidad de silos que habría en el barrio, “unos agujeros en el suelo para esconder cosas”. En ese momento pensé en que quizás se estuviese llamando al “agujero” con el nombre equivocado; al fin y al cabo, un agujero no es precisamente el concepto general que tenía de un silo, un lugar seco donde se guarda grano, pienso compuesto o forraje.

 

Esta acepción de silo ha invitado a una investigación sobre silos, graneros y paneras del valle Vidriales y su capitalidad, Benavente. Y así partimos de los años 40, cuando se produce una intervención estatal en política agraria frente a políticas liberales, creándose la Red Nacional de Silos y Graneros, con más de 277 graneros y 672 silos creados entre 1940 y 1984 para la regulación del mercado, el aseguramiento del abastecimiento al final de cada campaña, además de hacer una selección para mejora del rendimiento; todo bajo el lema “Ni un español sin pan”.

 

En Benavente había dos silos, uno en la plaza de Santa Clara, ya destruido, con una capacidad de 2370 toneladas, levantado en 1955. Era del tipo B, destinado únicamente a recepción, con la torre del elevador en una esquina y más alta que el resto del edificio. Queda el otro en pie en Los Salados, edificado en 1971. Es del tipo E, con dos elevadores. Tiene capacidad para 4700 toneladas, y ha sido subastado por cuarta vez por el Ministerio de agricultura, Pesca y Alimentación, sin haber aparecido comprador a día de hoy.

Silo de la plaza Santa Clara , Benavente (1)

Silo en Los Salados, Benavente.

En Santibáñez de Vidriales hay un antiguo silo, en forma de edificio con departamentos internos para almacenaje de cereal. Se inauguró en 1957, y está catalogado como granero para una capacidad de 400 toneladas. Es del tipo G, construido en piedra y ladrillo con el tejado a dos aguas, destinado fundamentalmente a la recepción de grano y en la actualidad a almacén municipal.


Granero de Santibáñez de Vidriales.

Anteriores a estos silos y graneros ya se almacenaba sobre todo el trigo en los pósitos o paneras, unos edificios-almacenes creados para “el surtimiento de pan cocido en tiempos de escasez, el fomento de la agricultura por medio de auxilios oportunos a los trabajadores, y la conservación y aumento de la población”. Esto anterior a 1584, año en el que se regularizó con la Ley Pragmática del 15 de mayo, firmada por el entonces Rey Felipe II. El 30 de enero de 1608 Felipe III corroboró y mejoró dicha Orden mandando que “provean lo necesario para que los pósitos del Reyno se conserven y aumenten...”. Fernando VI, el 16 de marzo de 1751, crea la figura del “Superintendente General de todos los Pósitos del Reyno”, que debido a muchísimas irregularidades fue suspendida el 2 de mayo de 1790 por Felipe IV, que une la gestión de los Pósitos a la de Correos, Caminos y Rentas de la Real Hacienda bajo el mejor control de un sólo director. En 1792, el 2 de julio, se hace de obligado cumplimiento un reglamento con 63 capítulos. A partir de entonces, el pueblo administraría los pósitos por medio de una junta, compuesta por el alcalde del ayuntamiento, un presidente electo y un mayordomo. Para la seguridad del dinero, libros de contabilidad y demás documentos se guardarían en un arca con tres llaves, quedando cada cargo con una y siendo necesarios los tres para abrirla y hacer cambios. Las cuentas las llevaría un escribano que no trabajara para el ayuntamiento, y en caso de no estar ninguno disponible se nombraría un “Fiel de Fechos”, como un secretario actual. El cereal se custodiaría en edificios destinados a dicho fin, con cerraduras de tres llaves, también repartidas entre los tres cargos. El grano prestado debería ser devuelto con “creces”, un tanto más por fanega, que de media en el año de redacción del reglamento era de medio celemín. Los pósitos también podían prestar dinero a los agricultores necesitados, que podían reintegrarlo o devolver su valor en especie, al precio de cosecha.

 

En el Valle de Vidriales hay al menos dos de estas paneras conocidas, una en Cunquilla y otra en Carracedo; ambas han pasado a propiedad particular. Llama la atención que son construcciones aisladas, por una sencilla razón: los ratones son difíciles de erradicar en muros contiguos, pero la calle les resulta un obstáculo poco menos que infranqueable; el bullicio humano y los perros y gatos, que deambulan precisamente cuando sus amos dejan de hacerlo, son para ellos trampas mortales. Otros edificios similares, como pósitos y graneros (quizás todos sean lo mismo, y no cambie más que el nombre) han sido modificados y resulta complicada su identificación. En Carracedo, por ejemplo, lo que parece el edificio más antiguo del pueblo es en realidad una pequeña nave reformada que cumple con las características expuestas. De hecho, he consultado a algunos vecinos de mayor edad y todavía oyeron hablar a sus padres de cierta cosecha de uvas que se guardó allí, dato que confirma dos cosas; se utilizaba colectivamente y servía de almacén. Por tanto, es más que probable que también sirviera de pósito, además ancestral, mostrando signos de cómo era antes de la última reforma: dónde estaba su tejado con la inclinación adecuada para una cubierta de urz.


Panera Cunquilla de Vidriales.

Panera Carracedo de Vidriales.

Ayoó también tuvo su pósito, como cuenta el diccionario estadístico de Sebastián de Milano y Bedoya escrito en 1826. Describe nuestro pueblo en la provincia de León, con 269 habitantes en casas cubiertas de urces, y entre ellas un pósito. Aunque tenemos una zona conocida como “la Lóndiga” (alhóndiga, sinónimo de pósito) es difícil identificar actualmente ese edificio en dicho lugar, y en cualquier otro. Sin embargo, las brillantes memorias de nuestras personas mayores todavía recuerdan movimiento de sacos de sacos de cereal en lo que hoy es el bar, el bajo del antiguo ayuntamiento. Un edificio “que sirve para la municipalidad”, según reconoce Pascual Madoz en 1846, después de la reordenación del territorio por el cual Ayoó pasa a pertenecer a la provincia de Zamora.



 

Y hablando de silos, nos quedan por mencionar los metálicos imprescindibles que alimentan las numerosas granjas del valle. Pero ninguno de estos silos, paneras o pósitos tienen que ver con un agujero en el suelo. Una consulta a la Wikipedia nos saca de dudas. Silo: (del griego σιρός - siros, "hoyo o agujero para conservar grano"). Así pues, aquellos agujeros de Villageriz que dieron nombre a su Plaza Mayor tenían el nombre correcto.

 

Conocía la existencia de estos agujeros de oídas, aunque nunca había visto ninguno. Sabía de su uso, de sus ventajas, de su historia, de su uso picaresco… o realmente necesario; pero al quedar obsoletos casi todos fueron rellenados, desaparecidos.

 

Ha querido el destino aclarar por completo cómo eran aquellos silos, pero no en Villageriz, sino en su pueblo vecino, Fuente Encalada. Una reciente reforma en una planta baja venía con sorpresa: al retirar la capa superficial de tierra para un nuevo solado ha aparecido en el centro del local una forma circular en la que la tierra seguía removida conforme aumentaba la profundidad, no como el resto, que era de arcilla virgen. El dueño, Santiago “el perdido”, nada sabía de que allí hubiera nada, aquel cuarto siempre lo conoció como el dormitorio de los abuelos. Estudiado el caso, se hizo necesario excavar por descubrir qué se esconde bajo el suelo, y si fuera necesario, tomar medidas para evitar posibles repises. Terminada la tarea de retirar la tierra removida, se descubrió uno de esos agujeros, un silo auténtico.



Por lo que parece es de pequeño tamaño. Es cilíndrico, con la forma interior que tienen los barriles o toneles de madera, con mayor capacidad a media altura. La profundidad es de 1,65 metros, con un metro de diámetro en su parte más ancha, y 0,70 metros en la “boca”. A 0,90 metros de la base hay dos muescas opuestas; claramente para encajar un palo que hacía las veces de peldaño para ayudarse en el descenso.

 

El hallazgo plantea una incógnita: se debería rellenar con materiales más consistentes que la tierra (canto rodado, hormigón de limpieza, grava…) para solar encima sin riesgo de hundimiento… o quizás se debiera conservar como curiosidad y como una parte más de la vieja casa. Mi buen cliente y mejor amigo tomó (para mí) la decisión más correcta: habría que hacer lo posible para dejar el silo no sólo intacto, sino también accesible y presentable.

 

El resultado no puede ser más agradecido, incluso un punto de luz en su interior añade a la estancia, dedicada a cuarto de estar, una iluminación indirecta, ideal para ver la tele. Por supuesto que un cristal laminado protege de caídas a su interior. Y lo mejor, se ha conservado un monumento a la escasez, a los años del hambre, pero también a lo ecológico, económico y sostenible, tan de moda en nuestros días.

 





Cuando vuelva a pisar la plaza Silos de Villageriz, la veré con otros ojos.


viernes, 9 de abril de 2021

En el nombre del Valle.

 



Queremos manifestar,

hoy y aquí, en Vidriales,

algo que nos preocupa;

oídnos, si os place.

Serán sones y versos,

denuncia, aunque sea tarde;

porque algo se nos muere:

que nada nos lo calle.

Desde las espadañas

nuestras campanas tañen

porque llaman vaciada

la España de esta parte.

Vaciada está de gente,

se han ido más que nacen;

desborda el cementerio,

adelgaza la calle.

Cada casa vacía,

una puerta no se abre,

un tejado que se hunde

nadie hay que lo repare.

Pero no por ser pocos

- vaya esto por delante -

nos priven de derechos

que son fundamentales:

continuar nuestras fiestas

(costumbres ancestrales),

aprovechamiento de

recursos naturales;

ser autosuficientes

(como hicieran los de antes),

facilitar asiento

a negocios rurales,

nuevas tecnologías,

que son fundamentales,

consultorios cercanos

para no desplazarse,

y menos burocracia,

por tanto daño que hace.

Es hora de alzar la voz,

son momentos cruciales;

no es por un trato especial,

solo es… por ser iguales.

-------------------

 (P.D.)

Soy de pueblo, (a mucha honra)

,y aquí quiero quedarme;

por mí y mis compañeros…

EN EL NOMBRE DEL VALLE.

-ETJ-


Para mejor definición:
Campaneros de Vidriales:

Pedro (Villageriz), Pili (Rosinos), Maripaz (Santibáñez) Joaquín (Ayoó)





domingo, 13 de diciembre de 2020

Breve historia de Ayoó de Vidriales: del 25 a.C. al 1310 d. C.

 

Ayoó de Vidriales.

Ayoó de Vidriales es uno de esos pueblos abundantes en historia escrita y no escrita que me apetece repasar cronológicamente, a sabiendas de no poder aportar más que unos conceptos generales (fáciles de relacionar y atribuir, pero imposibles de confirmar), unos documentos interpretables, y de otros de apariencia cierta. Mi paréntesis comienza 25 años antes de nuestra era, y se cierra en una fecha cierta, el año 1310.

 

Nos remontamos pues a los últimos coletazos de la edad del hierro, a la llegada de la escritura con los romanos, que pudieron aparecer hacia el 25 a. C. en Vidriales con el propósito del sometimiento indígena. Dada la abundancia de clanes esparcidos por todo el valle, y en las inmediaciones del mayor castro ástur de la zona augustana, Las Labradas, sin duda alguna la guerra fue cruel y sangrienta, por tanto, las bajas incalculables. En la parte que nos toca, es difícil saber el número de habitantes del castro de la Peña, aunque hay estudiosos que se aventuran a hacer un cálculo por hectárea de los recintos prerromanos, desde mi punto de vista carente de exactitud.


Castros ástures en Vidriales.


 En ese 25 antes de Cristo, la peña albergaba un pequeño clan, a juzgar por el perímetro de sus murallas. No tenían nombre propio porque nunca lo necesitaron para nada. No nombraban su asentamiento, o si lo nombraron jamás lo pudimos conocer, porque la escritura era algo desconocido y en ningún sitio se dejó constancia. Por la ausencia de un nombre a todos los que compartían los mismos rasgos, otros se lo adjudicaron, y el nexo de unión fue el oeste del río más largo de la península que no desemboca en el mar, el Ástura (Esla): de forma general les llamaron ástures, y en particular Superati, como el resto de moradores de nuestro valle.

 

El castro de la peña aparece por primera vez documentado en fecha del 7 de enero de 1154, cuando el rey de León Alfonso VII regala el monasterio a un abad, don Suero. Comienza la descripción de los límites de su coto con “scilicet per FARUM desuper Carrazedu de Vidriales…”, traducido por D. Augusto Quintana Prieto como “esto es, desde el LUGAR SAGRADO que hay por encima de Carracedo de Vidriales”. No seré yo quien contradiga al ilustre archivero, traductor y escritor, por eso he propuesto ese nombre para distinguir el castro de la Peña: Lugar Sagrado. 


Seguramente los ástures del Lugar Sagrado no fueran diferentes de las tribus vecinas en la vestimenta, ni en su actitud, ni por sus costumbres… ni por su carácter extraordinariamente temperamental. Y paradójicamente los podemos conocer gracias a los escritos del geógrafo e historiador griego Estrabón, a pesar de que nunca pisó nuestra península. Parece ser que reescribió los escritos de otros historiadores, o los relatos de quienes invadieron e instauraron la Hispania romana.

 

Dice Estrabón que los hombres vestían sayos negros, con los que dormían en jergones vegetales. No se cortaban el pelo, y sólo se lo ceñían a la frente con una cinta para luchar. Las mujeres vestían ropas floridas, y luchaban igual que los hombres. (Obsérvese la importancia de la preparación militar; indica una fuerte predisposición a la violencia). No practicaban el comercio, no usaban aceite sino manteca, comían pan de bellota, sobre todo carne de cabrito, bebían vino y sacrificaban muchos animales de una vez. Hacían las comidas en corro, sentados en bancos alrededor de las paredes, respetando la edad y dignidad. Los condenados a muerte se despeñaban, y a los parricidas, fuera madre o padre, los lapidaban. Orgullosos y libres, siempre preferían la muerte a caer prisioneros. No tenían cementerios, y a los enfermos los dejaban en los caminos, para que quien conociese su enfermedad los curase. Era una sociedad matriarcal; las mujeres heredaban y casaban a sus hermanos, y cuando parían, hacían acostar al padre con el recién nacido. Usaban un veneno muy potente, que mataba sin dolor, para situaciones imprevistas. Y les gustaba la música y el baile, haciendo corros, saltando e inclinándose alternativamente.

 

La invasión romana tuvo unas consecuencias muy graves para los ástures, que ofrecieron una resistencia realmente extraordinaria junto con los cántabros, hasta el punto de declarar Roma la guerra total a estos dos pueblos abriendo simbólicamente las puertas del templo de Jano, y desplazándose el emperador Octavio Augusto en persona para dirigir las operaciones militares.

 

El primer daño fue físico, ocasionando enormes pérdidas humanas entre los luchadores más valientes, o a cualquier otra persona que ofreciera una mínima resistencia, sin distinción de sexo o edad. El siguiente paso fue arrasar los poblados, expoliando todo lo que tenía valor: tesoros, ganado, herramientas, armas…. El tercer golpe fue directo a los modos y costumbres, obligando a los supervivientes a bajar de los castros y establecerse donde fuese fácil el control total, a acatar las leyes romanas, e incluso a reclutar a los válidos para colaborar en ciertos trabajos, como en la minería o la construcción de caminos y puentes. Todo había cambiado de dueño, ya nunca nada sería lo mismo. La ley de la fuerza se hizo patente.


Campamento romano del Castrillo.

El Castrillo fue el primer campamento romano levantado en Vidriales, el principio de la invasión del valle. Era del tipo temporal, un “Castra Aestiva”, y tuvo como objetivo el ataque al Lugar Sagrado. Ocupaba una superficie aproximada de 1,40 ha. y estaba construido con un foso perimetral, parapeto de tierra y céspedes, y valla de afilados troncos. La orientación era Norte-Sur, aproximada, y estaba al lado de una calzada que venía de la zona campamental de la Chana de Castrocalbón, lo que conocemos como “el camino La Bañeza”.


Vuelo fotogramétrico 1945-46 del Castrillo.


Vuelo fotogramétrico 1980-86 del Castrillo.

Vuelo fotogramétrico 2004 del Castrillo.

La conquista del castro Lugar Sagrado tuvo una consecuencia directa mencionada antes: el abandono del recinto de la Peña y su asentamiento en el valle. Partiendo del hecho que es un castro muy pequeño y de la estrategia romana, los pocos sobrevivientes a la batalla del asalto no es probable que les fuese permitido alejarse del control militar, situado en ese momento en el campamento del Castrillo, por tanto, ese sería el primer destino, en rudimentarias cabañas, o cannabas. Seguramente transcurriera un tiempo desde la última batalla hasta las primeras viviendas independientes; un tiempo marcado por el comportamiento de los clanes hacia el invasor. Únicamente en relativa paz se hubiese permitido un nuevo asentamiento lejos del centro de control militar, que recordemos finalmente se mantuvo en Petavonium.

 

El clan del Lugar Sagrado, asentado en el valle, fue “pre-ayoíno”; todavía tardaría más de un milenio en configurarse como pueblo de Ayoó, y por tanto crearse el gentilicio “ayoíno”. Pero sin duda alguna construyeron sus casas siguiendo la más elemental forma defensiva: el círculo; sólo así se sentirían protegidos tras la pérdida de sus murallas. También buscaron el agua, cansados de acarrearla hasta lo alto del montículo; y mejor agua potable, así que elegirían la cercanía de alguna fuente de las muchas que alimentan el arroyo Almucera. (Por cierto, hasta la llegada de los agarenos este cauce tampoco pudo tener nombre árabe, y no parece haber registros del nombre antiguo.) Por tanto, busquemos un lugar con forma circular y cercano al agua, para aproximarnos al primigenio pueblo desde el que hoy estoy planteando tantas incógnitas y proponiendo nuevas hipótesis.

 

Panorámica de Ayoó.

Una de las mejores herramientas para retroceder en el tiempo es la fotografía aérea que primero de forma secreta, y luego con permiso de Franco, tuvo como objetivo cartografiar Europa con objetivos militares por miedo a una inminente guerra fría. Los vuelos americanos de 1945-46 y 1956-57 nos muestran un Ayoó sustancialmente distinto al actual, y es en esos documentos donde podemos hurgar para intentar hallar el lugar que eligieron nuestros ancestros, o los invasores eligieron por ellos para el asentamiento original, el origen de nuestro pueblo.

 

Pacificada la zona, con las documentadas revueltas resueltas, sería cuando por fin eligieran un lugar al lado del agua, del camino romano que venía desde los campamentos de la Chana de Castrocalbón, y con forma redonda; y las fotos fotogramétricas del vuelo americano de 1945-46 nos lo intuyen con bastante probabilidad: el barrio de los Palomares, al que se accede por una calle en forma de “V” que indica antigüedad, pequeñez, aislamiento… la calle Casillas (diminutivo de casa).

 

Barrio de los Palomares.

Este Ayoó primigenio tendría un diámetro aproximado de 135 metros, una superficie de 1,5 ha., y constaría de dos partes, viviendas en la parte alta, y otro lugar cercano al arroyo donde ganado en rediles y huertos podrían compartir espacio. La fuente “del Caño” sería la encargada de la sed y de la cocina; mientras “el caño” garantizaría el consumo animal. Es muy curiosa la distribución de las parcelas adyacentes, en círculos concéntricos y con la cabecera hacia el pueblo; todo antes de la concentración parcelaria, aunque en un principio no estuviese tan activa la agricultura.


Superficie: primer asentamiento.

Diámetro: primer asentamiento.

Forma circular en el catastro.

Vuelo fotogramétrico 1945-46: primer asentamiento.

Vuelo fotogramétrico 1956-57: primer asentamiento.
Dirección radial de las parcelas.


 Aneja a esta aldea de desarrolló una importantísima vida monástica, únicamente separada por una franja de terreno conocida como Perapán. La fundación de este monasterio pudo ocurrir hacia el año 650, cuando el fundador de varios centros espirituales San Fructuoso, hizo su viaje de Astorga a Braga para hacerse cargo del obispado de esta ciudad portuguesa. La ruta elegida, la XVII del Itinerario de Antonino, conocida en la zona como “el camino del Obispo”, había estado muy activa mientras el ejército romano estuvo acantonado en Vidriales (hasta el 400 d. C.  aproximadamente, fecha en la que el Ala II Flavia abandonó Petavonium). Allí quedó una ciudad importante y decadente, de unas 90 ha., en la que pudo pernoctar Fructuoso y el abundante séquito que le acompañaba. Seguramente decidió reconducir la vida espiritual en Vidriales, y buscó un lugar idóneo para fundar su monasterio. Valle arriba encontró un lugar apartado, tranquilo, fértil, con caza y abundante agua; todos los recursos ideales para su proyecto.

 

San Fructuoso: Iglesia Parroquial de Ayoó.

Eligió las inmediaciones de una nueva fuente para los primeros edificios religiosos, en el entorno de la actual Iglesia parroquial de Ayoó, decidido a respetar el poblado ya existente y a mantener distancias con él. Con el tiempo se les levantaría una iglesia, que por falta de espacio quedaría fuera del círculo primigenio. Todavía los mayores recuerdan sus muros, al otro lado de la calle circular, allí estaba la iglesia de San fructuoso.

 

Las dos partes diferenciadas, original y monástica.

Poco se sabe de esta primera etapa del monasterio, sólo que hacia el año 714 la invasión agarena llega a nuestras tierras, asolando todo a su paso. Primero Tarik Ibn Ziyad, y después en segunda oleada Muza Ibn Nusayr impusieron su dominio por el terror en un imparable avance hasta la cordillera cantábrica. Los monasterios, como centros espirituales contrarios a la doctrina musulmana y como poseedores de riqueza y recursos, fueron objetivos primordiales. Prácticamente todas las fundaciones de Fructuoso fueron arrasadas hasta los cimientos. En el lote iba la casa de Fructuoso en Ayoó y el monasterio de San Pedro de Montes, hoy Montes de Valdueza.


Grabado de la época: invasión musulmana.

Los monjes, huidos para salvar sus vidas, apenas pudieron volvieron a su monasterio, encontrando un panorama comparable a un pasaje del Antiguo Testamento que sin duda conocían casi de memoria: la reconstrucción del Templo de Jerusalén. En el año 539 a. C. se consumó la derrota y destrucción de Babilonia por el rey de Persia Ciro II el Grande. La reconstrucción del Templo fue una de las preocupaciones de los primeros repatriados judíos, que entraron en conflicto con los colonos y samaritanos provenientes de Asiria por evitar un sincretismo que alterara la pureza original, hasta el punto que Artajerjes, sucesor en el trono persa a Ciro, prohibió los trabajos. Fue entonces cuando el profeta menor Zacarías espolea esa reconstrucción con ayuda de otro profeta menor, que lleva un nombre que se lleva repitiendo y repetirá en todo el artículo: el profeta Ageo, o Hageo. Seguramente, el abad de aquella comunidad usara el ejemplo de los profetas para estimular en los enormes trabajos y sacrificios que tenían por delante, con las lecturas de los cuatro discursos de Ageo. Resumo en dos versículos: “Subid al monte, y traed madera, y reedificad la casa; y pondré en ella, mi voluntad, y seré honrado, ha dicho Jehová” "¿Quién ha quedado entre vosotros que haya visto esta casa en su primera gloria, y cual ahora la veis? ¿No es ella como nada delante de vuestros ojos?”. Pudiera ser entonces cuando la vieja casa de San Fructuoso se restaurara en un nuevo monasterio; en el de Ageo, el de la reconstrucción.


Este regreso al monasterio pudo ocurrir a partir del año 878, cuando se libró la última batalla contra la morisma en nuestra comarca, propiciando la repoblación cristiana de todos los antiguos asentamientos. Fue en Santa Cristina de la Polvorosa, entre las tropas de Alfonso III de Asturias y las del emir Muhammad, con sonora victoria de los ástures. En dicha batalla el imaginario popular ha difundido toda suerte de circunstancias favorables: un eclipse de luna, un fuerte viento en contra de los musulmanes, que unido al polvo de pies y pezuñas dicen provenir el nombre de “Polvoraria”, o la aparición de la Virgen María arrojando piedras a los pocos supervivientes que huían (Virgen de la Vega, en Cimanes de la Vega). El caso es que los cristianos, en un estudiado ataque sorpresa, encajonaron la morisma contra el río Órbigo causando, según algunas fuentes, más de 12.000 muertos.


 La historia escrita sobre los orígenes del pueblo de Ayoó comienza en el año 892, aproximadamente. En esta época, en la que era abad Arandiselo, la comunidad en el monasterio debía ser muy importante y avanzada a su tiempo, a modo del bullicio en una universidad actual; la edad de oro de la casa de Fructuoso. Esta situación se deduce por el escrito de donación o "testamento" de uno de sus monjes, Genadio, fechada en el 915. En él relata resumida su vida en Vidriales, y el hecho de pedir el beneplácito y la bendición de su abad para él y doce compañeros (un “apostolado”) antes de partir hacia el Bierzo para restaurar el monasterio de San Pedro de Montes, que recordemos también había sido arrasado por las huestes agarenas. El abad aprobó y alentó aquel proyecto, sin duda por lo que significaba para ellos reconstruir otra obra de Fructuoso, pero también porque la ausencia de 13 monjes no alteraba demasiado la vida monacal en la cabecera del valle de Vidriales.

 

San Genadio: Iglesia Parroquial de Ayoó.

En el año 909 Genadio, obligado por el rey de los ástures (o de las Asturias) Alfonso III, abandona el monasterio de San Pedro de Montes con dirección a Astorga para hacerse cargo de su obispado, además de incorporarse a la Corte Real, que ya se situaba en León.

 

En el 919 Genadio renuncia a la sede episcopal para volver a la soledad y meditación monástica, viviendo como anacoreta en la “cueva de San Genadio”, que está a 4,5 km de Santiago de Peñalba en un paraje de especial belleza. Pero antes recomienda ante el rey de León Ordoño II a uno de los compañeros que partieron de Vidriales para sucederle en el cargo: Fortis.

 

Cueva de San Genadio. Montes de Valdueza.

Fortis muere en el año 930, y también por consejo de Genadio, el rey de León Ramiro II nombró sucesor a un tercer monje vidrialés: Salomón. Otros ilustres monjes que partieron de nuestro valle fueron: Vicente, que relevó a Genadio en la abadía de San Pedro de Montes; Urbano, elegido abad del monasterio de Santiago de Peñalba; y Donadeo, abad también, del monasterio de Santa Leocadia de Castañeda. De éstos nos ha quedado constancia, aunque seguramente que varios más dejaran huella tras el paso por Vidriales.

 

En el 936 fallece Genadio y es enterrado en Peñalba de Santiago. Pero no descansó en paz; en 1603 fue exhumado, en 1621 separada su cabeza y trasladada a Astorga, y posteriormente su cuerpo enterrado en Valladolid, donde hoy está el Hospital Campo Grande.


 En el año 940, en un diploma de Santiago de Peñalba  aparece el nombre de un nuevo abad de nuestro monasterio: Valdemaro, quien confirma junto a otros abades dicho documento.


Almanzor.

De otros avatares en nuestra historia no se dejó constancia escrita (bendito papel), y si se dejó acabó destruida por el siguiente incidente del año 988, que sí quedó registrado: la segunda devastación del monasterio de Ageo, esta vez por Almanzor. Este suceso nos deja nuevos datos: el abad en ese momento se llamaba Zacarías, y el rey de León Bermudo II los acoge en su propio palacio de Carracedo, en el Bierzo. El Obispo de Astorga, Don Jimeno, da su consentimiento para fundar para ellos un nuevo monasterio, de origen vidrialés, confiando la abadía a Zacarías.

 

Un breve inciso: a los actuales ayoínos nos suena el Bierzo como algo lejano e inaccesible, cuando históricamente es todo lo contrario; no me cabe duda que hubo una ruta ancestral, un cordón umbilical cultural que mantuvo unido Bierzo (antiguamente Vierzo) y Vidriales, sobre el que ya escribí una vez, y me parece imperativo reconocer y promocionar.

 

En el momento en el que “los moros de Almanzor” (textual en referencias) dejan de ser un problema para la convivencia en Vidriales, el abad Zacarías pide el favor a Bermudo II para repoblar su abandonado monasterio, con viejos y nuevos monjes, y él al frente. Era sobre el año 995. Siete largos años de soledad y destrucción se encontraron al llegar de nuevo a Vidriales; sin duda y de nuevo se invocaron los escritos de Ageo para devolver vida y esplendor al monasterio.


En esta historia de Ayoó aparece una nueva fecha documentada: el 4 de octubre del año 1057. La infanta Elvira, una los 6 descendientes que tubo Bermudo II fuera del matrimonio hace una donación al monasterio a Ageo, “et damus et concedimus eam ad aulam Sancti Fructuosi…”, traducido, “y la dimos y entregamos a la casa de San Fructuoso…”, dato que parece confirmar el origen del monasterio de Ageo: San Fructuoso, fundador.

 

En 1065, el 27 de diciembre, muere el rey de León Fernando I después de dividir sus posesiones, concediéndole a sus hijas Urraca y Elvira Zamora y Toro, respectivamente, además “con todos los monasterios que él había constituído, imponiéndolas el deber de cuidar dichas iglesias y de guardar virginidad”. En este lote iba nuestro monasterio de Ageo, ya con su coto, una importante cantidad de terreno alrededor.

 

Infanta Urraca de Zamora.

Infanta Elvira de Toro.

Otro documento importante, aunque desaparecido y sólo mencionado por el cisterciense padre Alonso, habla de la infanta Sancha, hija de Urraca I de león, hermana de Alfonso VII y su donación del monasterio de Ageo al de San Martín de Castañeda, quien llevó su dirección muy pocos años, quizás desde 1150 hasta 1154.

 

Monasterio de San Martín de Castañeda.

Llegamos a 1154, a un documento mencionado antes para encontrar nombre al Lugar Sagrado, y redactado en la ciudad de Salamanca. Ese 7 de enero, a modo de regalo de reyes magos el rey de león Alfonso VII manda escribir: Hago carta de donación y texto de firmeza a Dios y a vos, don Suero, y a todos vuestros sucesores, de aquel monasterio de Aio que está en Vidriales; os doy y concedo dicho monasterio con su coto…”. A partir de entonces ocurre algo extraordinario, el nuevo abad Suero toma el mando en propiedad, pudiendo hacer del monasterio y de su coto lo que estimara conveniente, sin contar con la realeza.

 

Solamente dos años más tarde, en 1156, un 14 de mayo este abad Suero, del monasterio de Ageo, es designado Obispo de Coria, Cáceres. Así que redacta un nuevo documento traspasando su monasterio a Pedro Pérez, monje y diácono del monasterio, especificando: “Doy y confirmo por escrito a ti, el nombrado pedro, el monasterio antes nombrado, por entero, como a mí me lo dio el Emperador, para que desde este día y desde este tiempo quede separado de mi propiedad, y pasado a la tuya, para que lo tengas confirmado, y lo poseas tú y tus sucesores para siempre”.

 

Pedro Pérez estuvo al frente de Ageo hasta 1169, un 19 de marzo, en el que sucede a Suero en el obispado de Coria hasta 1177, año en el que fallece. El monasterio vidrialés queda sin propietario, en una posible lucha interna por el control hasta una nueva y trascendental fecha en nuestra historia.

 

En 1182 los Templarios llegan a Vidriales y se apropian del monasterio “per ptentian secularem”; a pesar de ser una Orden Religiosa lo hacen así, con fuerza militar, de forma violenta. Los monjes huyen hacia San Martín de Castañeda, y se querellan ante el Papa Lucio III, quien exige a los violentos la devolución a los legítimos dueños, a lo que se niegan, quedándose con todo.

 

La presencia templaria en Vidriales se prolongó a lo largo de 128 largos años hasta la extinción de la Orden en 1310. En esta fecha termina esta crónica, sencillamente porque el monasterio y su coto quedan totalmente libres y se convierten en una simple parroquia. Nada quedaba de monjes ni de templarios, sólo un enorme solar y una nueva historia para el nuevo pueblo de Ayoó, unificando el lugar primigenio circular y los arrabales del monasterio; y, ya podemos decirlo, sus ayoínos.

 


Referencias:

Fotografía aérea: Gabi. (Gracias)

Bibliografía:

Geografía. – Estrabón.

El monasterio de Ageo. – Augusto Quintana Prieto.

Historia del monasterio de san Pedro de Montes.- Joaquín Herrezuelo.

Historia de los Reyes de León. – Ricardo Chao Prieto.

Documentos inéditos desconocidos de Alfonso VII y Alfonso IX, de León. – Alfonso Andrés.

España Sagrada. – Henrique Flórez.

Iglesias Mozárabes. – Manuel Gómez-Moreno.

Suero, obispo de Coria. – Alfonso Andrés.

El Testamento de San Genadio: Adelino Álvarez.

Web:
Profeta Zacarías: https://gecoas.com/religion/Trabajos/Biblia/profetas/zacarias.htm

Profeta Ageo: https://gecoas.com/religion/Trabajos/Biblia/profetas/ageo.htm

Monasterio de Carracedo: http://www.jdiezarnal.com/monasteriodecarracedo.html

Grabado invasión musulmana: https://historiaespana.es/edad-media/conquista-musulmana

Batalla de la Polvoraria: https://observatorio.cisde.es/archivo/9846/

Almanzor: https://cellopraha.wixsite.com/el-romanico/edad-media

Infantas Urraca y Elvira: http://www.xenealoxiasdoortegal.net

  

domingo, 8 de noviembre de 2020

Lancia, en Las Labradas, Zamora.


He leído por ahí, que la búsqueda de los lugares y hechos descritos en los textos grecolatinos sobre la invasión romana de Hispania se llama “arqueología filológica”, y que en las guerras contra cántabros y ástures, debido a la escasez de evidencias, se ha forzado repetidas veces la identificación de algunos hallazgos a fin de encajarlos literalmente en la interpretación del arqueólogo. (1)

 

Y la verdad, por la parte que nos toca, resulta tentador vivir en el valle del Almucera o en el del Éria y no fantasear ante la imponente visión de las últimas estribaciones del Teleno que los separan, máxime cuando varias de sus cumbres sirvieron de morada hace más de dos milenios a uno de los pueblos más fuertes y numerosos a los que se enfrentó la apisonadora militar de las legiones de Augusto. Es inevitable conocer los campamentos de la Chana de Castrocalbón o los de Petavonium, el Camino del Obispo o el de los Moros, el castro de Brigecio (2) y no imaginarse la conquista del mayor asentamiento prerromano de la zona augustea, el Castro de las Labradas y sus colindantes. Y particularmente me parece irresistible leer a Estrabón, a Vegecio, a Dion Casio, a Orosio o a Floro, y con tantos ases en la mano no intentar cuadrar sus relatos en nuestra comarca, concretamente los relacionados con la toma de Lancia.

 

De Lancia sabemos que según Plinio era una de las 22 ciudades de los ástures; para Dion Casio fue “la mayor aldea de los ástures” y para Floro la “validissima civitas” (ciudad muy fortificada). Entonces creo que establecer en Villasabariego a Lancia sea causa de la “arqueología filológica”, forzando un “cerro de Lance” bastante mocho a ser una fortificadísima ciudad, además bastante pequeña para ser la mayor (30 hectáreas incluyendo la parte romana en contra de 46 hectáreas originales de Las Labradas - el Marrón). Y si de verdad el topónimo fuese la solución del enigma no habría nada más lejos de Lancia que Villasabariego. En la Hispania prerromana encontramos tal cantidad de topónimos, etnónimos y antropónimos relacionados con “Lancia” que resulta imposible decantarse por un lugar en concreto, sino con un el uso de una palabra de origen hispano: lancea (lanza). Atendiendo a la palabra en sí, prácticamente la totalidad de referencias a Lancia están en Lusitania, casi tan cerca de las Labradas como lo está de Villasabariego, pero en sentido opuesto (3).

 

Recordemos de nuevo el relato de Floro, seguramente interpretando los escritos desaparecidos de Tito Livio, y practiquemos la “arqueología filológica”, por hacer algo de historia novelada o por esclarecer el pasado; que cada cual decida: “Por esta época, los astures habían descendido de sus nevados montes con una numerosa hueste. El ataque no se lanzó, como es habitual entre los bárbaros, temerariamente; sino que, tras haber acampado junto al río Astura, con su formación dividida en tres cuerpos, se dispusieron a atacar los tres campamentos romanos a un tiempo. El choque con hombres tan valerosos, que atacaban tan súbitamente y con tal decisión, habría resultado dudoso y sangriento, ¡y ojalá saldado sólo con una derrota mutua!, de no ser por la traición de los brigecinos, gracias a cuyo aviso llegó Carisio con su ejército. Aunque fue para nosotros una victoria haber aplastado sus proyectos, pese a todo, también el combate resultó cruento. Acogió los restos del derrotado ejército la muy poderosa ciudad de Lancia, donde se combatió con la naturaleza del lugar, a tal punto que, cuando exigieron incendiar la ciudad capturada, el general consiguió con dificultad su perdón, para que fuera testimonio más conspicuo de la victoria romana quedando en pie que siendo reducida a cenizas. Éste fue el fin de las campañas de Augusto, el fin mismo de la revuelta de Hispania”.


Publio Carisio (1)

En primer lugar, se destaca la figura del general que contuvo dos frentes, el primero contra las huestes indígenas y el segundo contra sus propios efectivos, cuando quisieron arrasar hasta los cimientos aquel lugar que tantas vidas y recursos costó conquistar. Publio Carisio, gobernador de la Hispania Ulterior, y comandante de las legiones V Alaudae, X Gemina y VI Victrix, fue expresamente encargado del frente ástur por Octavio Augusto, justo antes de su retiro, cansado y enfermo, a Tarraco. Se da por cierto que la X Gemina estuvo acantonada en Vidriales, en el lugar conocido como Petavonium, "la Ciudad", "Ciudadeja" o “Sansueña”, a una distancia de las Labradas que indica que fue un campamento de control, no de ataque. Algunos autores datan la llegada sobre el 25 a. C. (4). Mi tocayo Joaquín Gómez-Pantoja, en su estudio de la legio X Gémina (5), dice textualmente que “se piensa que la X no debió actuar sola sino formando brigada con otras, primero la legio V -su compañera en Emerita Augusta- y luego con la sexta Victrix, ya que en momentos posteriores ambas dependieron de un mismo legado, estuvieron al parecer acantonadas en campamentos próximos (si no era el mismo) y compartieron mandos, como indica la inscripción del centurión Sabidio. Es, pues, muy probable que alguna de las tres legiones nombradas o las tres juntas participasen en la única acción militar específicamente mencionada por nuestras autoridades en el frente astur, la toma de Lancia.”. En el año 25 a. C. Publio Carisio hace una deducción de veteranos con parte de la X Gemina y V Alaudae, quedando la X Gemina y la VI Victrix, dato que coincide con los escritos de Estrabón, refiriéndose sin duda a Carisio: “Uno de ellos, a la cabeza de dos legiones, vigila toda la zona situada al otro lado del Doúrios, hacia el Norte, (…) dentro de esta región se incluye la parte septentrional, con los ástyres y los kántabroi”.

 

Parece claro también que la campaña contra los ástures ocurrió en el 25 a. C., con la conquista de Lancia. Es importante reseñar que los ástures, para esta batalla, se jugaron todo a una carta: reunir el mayor ejército posible, y atacar a la vez 3 campamentos romanos por sorpresa. Ese es el relato de Floro: “Por esta época, los astures habían descendido de sus nevados montes con una numerosa hueste. El ataque no se lanzó, como es habitual entre los bárbaros, temerariamente; sino que, tras haber acampado junto al río Astura, con su formación dividida en tres cuerpos, se dispusieron a atacar los tres campamentos romanos a un tiempo”. Aquella estrategia a la desesperada les salió mal, porque los brigecinos los delataron, desperdiciándose por completo la ventaja que da un ataque sorpresa.

 

Es razonable pensar que en una sola batalla perdida se perdió toda una guerra, por la gran cantidad de bajas del bando ástur, y la posterior facilidad de conquista de sus semiabandonados castros. Este hecho lo detalla Dion Casio: “Publio Carisio conquistó la ciudad de Lancia, que había sido abandonada, y después muchas otras”. De ahí que concluyera Floro: “Éste fue el fin de las campañas de Augusto, el fin mismo de la revuelta de Hispania”. Es por esto la gran importancia de encontrar la ciudad de Lancia, o al menos la ciudad a la que se refiere Floro y que le asignó el nombre de Lancia. En la época antigua la homonimia llegó a ser más habitual de lo que cabe desear, y dos o más ciudades o tribus recibieron el mismo nombre. (Por ejemplo, los luggones están localizados en lugares tan distantes como el sur de León y el oriente de Oviedo).

 

No soy el primero, ni seré el último en apoyar la hipótesis de establecer en Zamora, en el castro de las Labradas, la famosa Lancia de los ástures (6). Incluso el arqueólogo alicantino Francisco Jordá Cerdá (1914 – 2004), quien fuera director de excavaciones arqueológicas del castro de Villasabariego (León), dejó dicho que “habrá que pensar en una nueva ubicación de Lancia, más de acuerdo con la estrategia y la realidad”.

 

Y para mi hipótesis aportaré un artículo publicado en este blog el 13 de mayo del 2020 (7), donde describo una red de campamentos que refuerza los ya conocidos de Petavonium y la Chana de Castrocalbón, y ampliaré en este artículo. Esta idea parte por la imposibilidad del trazado de la calzada de conquista por la falda del castro de San Pedro de la Viña si estaba activo, para establecer la legio X en Vidriales, venida desde Asturica (Astorga) para la conquista de la zona. Una larga permanencia hasta el 63 d. C. en que es relevada por el Ala II Flavia en el campamento reconstruido que podemos visitar hoy.

 

El escenario prerromano en nuestra comarca era de montes y praderas apenas garabateado con algunas sendas de poca importancia. Seguramente ausencia total, o contados y cortos caminos carretales, puentes más allá de unos troncos atravesados sobre las corrientes, o marcados vados donde las aguas corren más repartidas. Los desplazamientos de los nativos eran en pequeños grupos, al contrario de los efectivos romanos, que trasladaban un gran equipo de caballería, soldados y caravanas de pertrechos, fábricas e intendencia. La mayoría de estas marchas las realizaban en proximidad del enemigo, especialista en ataques sorpresa y emboscadas, por tanto, era fundamental elegir la ruta y luego adecuarla al paso de la tropa, a la posible retirada, y a los sucesivos avituallamientos. La clave del éxito eran las calzadas, primero de conquista, simples pistas niveladas y limpias de vegetación, rematándolas con cunetas de desagüe y capas de rodaje una vez pacificada la zona. Y a día de camino instalaban un campamento según el riesgo de sufrir un ataque. Para entender la estrategia romana tenemos una traducción (8) del Epítoma Rei Militaris, de Flavio Vegecio Renato, donde se detallan los pasos a seguir para el éxito en las campañas militares. Unos ejemplos de los consejos de Vegecio en el orden de marcha: “la caballería debe salir primero y después la infantería; el equipaje, arqueros, sirvientes y carruajes siguen, en el centro, y parte de la mejor caballería e infantería irán a la retaguardia…” “Si el enemigo planea caer en masa sobre vosotros en un país montañoso, se deben enviar destacamentos en vanguardia para ocupar las prominencias, para que por su llegada no osen atacaros en terreno tan desventajoso, con vuestras tropas situadas a mayor altura y presentando un frente listo a recibirles. Es mejor enviar hombres por delante con hachuelas y otras herramientas para abrir caminos que sean estrechos pero seguros, sin obviar el trabajo, en vez de correr más riesgos por caminos mejores.” También explica como acampar: “Hay tres métodos para fortificar un campamento. El primero es para cuando el ejército está marchando y permanecerá en el campamento sólo una noche.” “Pero los campamentos permanentes, tanto en verano como en invierno, en proximidad del enemigo, son fortificados con mayor cuidado y regularidad.” “…sin otras armas que sus espadas, abren una trinchera de nueve, once o trece pies de ancho. O, si están bajo gran acecho del enemigo, la ensanchan hasta diecisiete o diecinueve pies” “… en el interior construyen un terraplén con haces o manojos de árboles bien asegurados con estacas, para que la tierra se aguante mejor. Sobre este terraplén elevan un parapeto almenado” “Y para que los trabajadores no sean interrumpidos repentinamente por el enemigo, toda la caballería y parte de la infantería exentas, por el privilegio de su rango de tales trabajos, permanecerán en orden de batalla ante el atrincheramiento, listos para rechazar cualquier ataque.” Con esta táctica militar tan perfeccionada, todavía es más sorprendente la férrea resistencia de los ástures, rudimentarios en el fondo, desordenados en las formas, e imprevisibles tanto en defensa como en ataque.

 

Parece aceptado que Asturica Augusta fue fundada sobre un castro ástur, asaltado y ocupado con el campamento de la Legio X Gemina (9). Lógicamente es anterior al campamento de la misma legión en Petavonium, que como dije anteriormente estuvo hasta el 63 d. C.. Desde Asturica Augusta esta legión no vino a Vidriales a descansar, sino a cumplir con lo que estaba concebida, la guerra, esta vez bajo el mando de Publio Carisio contra uno de los últimos, mayores e irreductibles pueblos ástures, los Superati. Pacificar la comarca, sobre todo, significaba mano de obra y libertad en la extracción y transporte del oro de la vecina Valdería, el auténtico motivo que podría costear la guerra con amplios beneficios (10).

 

Y para la “batalla de fechas” en la datación de movimientos de las legiones analizando las estelas funerarias, me gustaría añadir que en medio de una guerra, con cientos de bajas y miles de heridos, es imposible sacar tiempo para enterramientos individuales con lápidas labradas decoradas; las prioridades claramente son otras muy distintas. Por tanto, cuando aparecen inscripciones en piedra estaríamos hablando de, al menos, relativa paz. Lo contrario me parece excesiva “arqueología filológica”. Dicha esta obviedad, las fechas de llegada siempre son anteriores, o muy anteriores a las estelas funerarias, al hacerlo en plena declaración de guerra, cuando ambos frentes están completos y decididos para darlo todo por sus ideales.

 

Continuando con las recomendaciones de Vegecio (8) “Si el enemigo planea caer en masa sobre vosotros en un país montañoso, se deben enviar destacamentos en vanguardia para ocupar las prominencias, para que por su llegada no osen atacaros en terreno tan desventajoso”, dicho de otro modo, una legión no se desplazaba entera en campo extremadamente hostil, como sería la comarca vidrialesa, sino que eran enviados destacamentos para preparar defensas y hacer poco a poco menos violenta la llegada de un contingente tan grande. En este caso, la ausencia de montañas era ampliamente superada por la abundancia de tribus indígenas asentada en los castros diseminados valle abajo: el Lugar Sagrado de Ayoó de Vidriales; el castro de las Mairas de San Pedro de la Viña; el Corral de Yeguas de Villageriz; el castro de las Labradas de Arrabalde y el Marrón, ya en Villaferrueña; el castro de la Ermita de San Esteban de Brime de Sog y los castros de la Corona y el Pesadero, en Manganeses de la Polvorosa.


Asentamientos indígenas.

Por otro lado, la única forma de facilitar la llegada y logística del ejército a esta comarca era el desarrollo de una calzada, para contingentes numerosos como la Legio X Gemina y después sería bautizada como la Via XVII del itinerario de Antonino que conectaba Asturica Augusta con Braccara Augusta. Esta calzada hizo un alto en el camino, valga la redundancia, en la Chana de Castrocalbón. Primero un campamento, luego otro, otro más, y así hasta cuatro recintos y una torre de vigilancia convalidan la hipótesis de pequeños destacamentos preparando el terreno y la defensa para la llegada del grueso de las tropas.


Campamentos romanos en la Chana de Castrocalbón. En trazo grueso, calzada.


Una vez que se situaron y tuvieron conocimiento de cantidad y calidad de los indígenas a combatir, trazaron una ruta hasta Ayoó de Vidriales y un pequeño destacamento se asentó en el Castrillo (11), también con su torre de vigilancia. El Castrillo sin duda es un diminutivo de “castro”, del latín “Castrum”, que significa “fortificación o campamento militar”. Es un topónimo todavía hoy usado entre los más mayores de edad en Ayoó de Vidriales: allí están “las viñas del Castrillo”. Fue un campamento de forma rectangular, de aproximadamente 150 por 120 metros. Está orientado según los puntos cardinales, así que podemos incluso imaginarnos sus cuatro puertas: la “porta Praetoria”, de cara al enemigo y al este, la “porta Decumana”, al oeste y parte trasera, la “porta Principalis Dextra” y la “porta Principalis Sinistra” a ambos lados, por donde podría cruzar un viejo camino a las cuevas. El agua potable estaría garantizada por las fuentes que rodean el lugar, la fuente de “el Robedillo”, la fuente de “el Coito” y las de “la Mediana”. Y desde tiempos inmemoriales un canal baja desde “Requeijo” hasta sus inmediaciones; podríamos pensar que es tan antiguo como desde la fundación de este campamento, que tuvo como objetivo neutralizar el pequeño castro del Lugar Sagrado (12), en el flanco derecho astur del Valle de Vidriales.


Camino a Ayoó, desde la zona campamental de la Chana de Castrocalbón.

Camino, campamento y ataque al castro de Ayoó de Vidriales.

Superficie del Castrillo, Ayoó de Vidriales.

Situación de la zona campamental del Castrillo.


Vuelo fotogramétrico 1945-46. Contorno del campamento del Castrillo.

Continúa mi hipótesis con otro camino, que baja por la margen derecha del Almucera hasta San Pedro de la Viña, para acantonar en la Calea. Desde ese punto se desatascaría la calzada detenida en la chana de Castrocalbón, al conquistar el castro de las Mairas de San Pedro de la Viña. Era la única forma de pasar bajo su falda e instalarse en la planicie vidrialesa. La Calea es un campamento al abrigo del teso coronado posteriormente por la iglesia parroquial, que sirvió además para impedir el corte del suministro de agua a Petavonium, a través del caño de Carneros, y garantizar el suministro de agua potable para la tropa, recogida de la fuente “vieja” o “del Lugar”.

 

La Calea fue un campamento de planta rectangular, de aproximadamente 150 metros por 100 metros, 1,5 hectáreas, con esquinas redondeadas como se puede ver en las fotos del vuelo americano de 1945-46. La orientación está bastante cercana a los puntos cardinales. La zona es un humedal, muy adecuada para la caballería, por abundancia de agua y pastos en las cercanías. Todo lo contrario ocurre en Petavonium, un secarral estratégico, pero secarral. Se trazó según los consejos de Vegecio: “El campamento no debe estar dominado por terrenos más altos desde los que el enemigo les pueda insultar o vejar” (8), en el único punto cercano para reducir el castro de las Mairas, ocultado de su visión directa.


Camino, campamento y ataque al castro de San Pedro de la Viña.

Superficie del campamento de la Calea.

Vuelo fotogramétrico 1945-46. Detalle de esquina redondeada.


Vuelo fotogramétrico 1956-57. Contorno de la Calea.

En este punto de la lenta e inexorable invasión romana, la Legio X Gemina pudo instalarse en Vidriales, en un recinto rectangular de 17,5 hectáreas, por la calzada que partía de su campamento en Asturica Augusta. Aquí también se tuvo en cuenta la dominación de terrenos más altos, no porque desde las Labradas les pudiesen insultar, sino porque no podían ver los movimientos de tropa, añadiendo la incertidumbre a la presión de los hostigamientos. De nuevo un destacamento desde allí trazó un camino, destrozado en sus últimos vestigios en Bercianos de Vidriales, ignorantemente, por el Ayuntamiento de Santibáñez de Vidriales, y conocido en la contorna como el camino “los Moros”. El destino era el lugar de los Arenales, también escondido de Carpurias, para establecerse y preparar la llegada de la segunda legión de Carisio: la Legio VI Victrix, que sin duda hizo el mismo viaje que su compañera X Gemina. A mi corto entender, se aprecian huellas del primer campamento destacado, distintas al segundo, que lo envolvió hasta un tamaño similar al de la X.


Calzada y campamento de la Legio X Gemina en Petavonium.

El grande, campamento de la Legio X Gemina . El pequeño, campamento del Ala II Flavia .
(Santiago Carretero Vaquero)


Calzada (camino de los moros) desde Petavonium hasta los Arenales, y campamento.


Camino de los moros en Bercianos de Vidriales y campamento previo al de la Legio VI Victrix,

El campamento de los Arenales fue de planta irregular, para adaptarse al poco espacio que queda entre los primeros montes y un importante remanso del Almucera. El lado sur no conserva ninguna marca, debido a la pendiente y a lo labrado del terreno, pero se podría sugerir el límite como el trazado de un viejo camino. La superficie sobrepasa las 17 hectáreas. Poco estuvo la VI Victrix en Vidriales, quizás algunos inviernos, y una vez establecido el campamento se puede retomar el relato de Floro para continuar la historia.


Campamento de la Legio VI Victrix en los Arenales. Superficie.

Vuelo fotogramétrico 1973 - 1986. Contorno de los Arenales.

“De sus nevados montes” deja evidente que el ataque fue en invierno. Y en invierno los ríos, aunque sean pequeños, son barreras poco menos que infranqueables. El ejército romano aparte de excelente estratega fue un extraordinario constructor de infraestructuras; sus carreteras y puentes se conservan después de dos milenios. Ellos podían cruzar algunos ríos, quizá con dificultad en invierno, pero los ástures no, porque en sus dominios no había ni puentes ni caminos arreglados. Por tanto, bajar de sus nevados montes sólo podían hacerlo cruzando donde los caudales son pequeños y luego siguiendo valle abajo el curso de los ríos.

 

Para llegar desde los “nevados montes”, o sea, desde el Teleno y sus estribaciones al valle de Vidriales se me ocurre el espacio que hay entre la margen izquierda del Tera y la derecha del Éria. Propongo, para el grueso de aquellas tropas, que algunos autores relacionan con los Zoelas, el valle del Éria como una de las mejores rutas, para tomar luego el pequeño valle que encabeza Cubo de Benavente. Al sur de esa población se me antoja una inevitable parada, para informarse de la situación de las tropas invasoras. Los moradores del pequeño castro de la Almena, por proximidad, deberían conocer todos los detalles que no sólo contaron, sino que apoyaron personalmente. La siguiente parada pudo ser las inmediaciones del castro de Camarzana, que hicieron lo mismo, para luego descender valle abajo hasta la comarca de la Polvorosa, porque dice Floro que acamparon junto al río Ástura, el Esla. Esta maniobra siempre estuvo lejos de la visión romana, centrada en las Labradas y sus castros vecinos.


Los ástures acampan junto al Astura.

Los ástures, “con su formación dividida en tres cuerpos, se dispusieron a atacar los tres campamentos romanos a un tiempo”; así que debieron colarse entre las tropas enemigas y el castro ástur, para plantar cara al ejército invasor. Al perder la batalla “acogió los restos del derrotado ejército la muy poderosa ciudad de Lancia”, o sea que retrocedieron hasta la ciudad fortificada. Esta fue la última maniobra de los ástures, avanzar valle arriba, situarse entre los campamentos romanos y el castro de las Labradas, para sumados a ellos atacar la Legio X Gemina, la Legio VI Victrix, y quien sabe, si también el pequeño campamento de la Calea, ocupado por varias cohortes. Creo que es hora de destacar que estos tres campamentos están situados a simple vista, por lo que cualquier señal de alarma en uno sería instantánea para los otros dos. 


Los ástures se dividen en tres grupos y atacan los campamentos romanos.

Dice Floro que Publio Carisio acudió con su ejército. Puede que los mensajeros galoparan sus monturas para entregar los partes de guerra, pero la infantería se desplazaban andando; no podían estar nada lejos. ¿Quizás movilizó todas las tropas acantonadas en los campamentos de la Chana de Castrocalbón completando la pinza? ¿O en el mismo Castrocalbón, al mando de la Cohorte IV Gallorum?


Los romanos atacan Lancia.

Esta es mi hipótesis, para el asalto final de las Labradas. Dice Floro que “El choque con hombres tan valerosos, que atacaban tan súbitamente y con tal decisión, habría resultado dudoso y sangriento”, dato que da a entender que ambos bandos estaban igualados, o quizás superados en cantidad por los ástures. Por la parte romana, dos legiones completas, más varias cohortes (hay autores que calculan unos 20.000 soldados). La masacre indica la reacción de los legionarios, de querer arrasar la ciudad conquistada, a lo que se opuso Carisio “para que fuera testimonio más conspicuo de la victoria romana quedando en pie que siendo reducida a cenizas”.


¿Y qué fue de la “validíssima civitas” de Floro, de aquella ciudad tan grande? Pese a las innumerables bajas, hubo un considerable número de vencidos que fueron obligados a abandonar su castro. Pero tampoco se podían dejar a su libre albedrío, porque la reacción lógica sería reagruparse y volver a la lucha. Posiblemente fueron conducidos a las inmediaciones del campamento de la Legio X Gemina, donde serían fácilmente controlados. Y así los de aquella “civitas” (Ciudad), que recordemos no se destruyó más allá de los daños propios de la batalla, se instalaron en el valle junto a la “cannaba” existente, llegando a extenderse el conjunto hasta las 90 hectáreas. Ptolomeo confirma este hecho al situar a "Asturia, y en ella las siguientes ciudades: (...) De los Superatios, Petavonium". (Superati: denominación latina que puede indicar la ausencia de un nombre común o unidad política. Hay dos propuestas para su significado, "por encima de" (super) un río, o un poblado; y "superados" o "vencidos", y Petavonium podría ser la ciudad de los vencidos, con variedad de tribus). Todavía hoy el lugar se conoce como “la Ciudad”, o “Ciudadeja”, un topónimo que podría recordar el origen de gran parte de sus habitantes (13).

 

La numismática también recuerda aquella cruenta batalla. Publio Carisio mandó acuñar una serie de monedas para dejar perenne su victoria en la batalla de Lancia. Todas llevan en el anverso la efigie de Augusto, con la leyenda IMP(ERATOR) CAESAR AUGUSTUS, y en el reverso distintas e interesantes panoplias con las armas de los vencidos, y la leyenda del vencedor, P(UBLIUS) CARISIUS LEG(ATUS) PROPR(AETORE). Cascos ástures, espadas de antenas, falcatas, las famosas bipennis (hachas de doble filo), caetras (escudos), arcos y flechas, y las inevitables lanzas, que por miles plantaron cara a la invasión romana (14).


(Foto 1)

Para finalizar, y posiblemente rizando el rizo, me atrevo con una última sugerencia. Hay una regla, con las excepciones que le corresponden, para que el río, sobre todo cuando es de cierta importancia, sea el nexo de unión en los nombres de los pueblos de un valle. Véase “de Tera” (río Tera), “de la Valdería” (valle del río Éria), “de Jamuz” (río Jamuz), “de la Valduerna” (valle del Duerna), del Esla (río Esla), de Órbigo (río Órbigo), etc. En valles recorridos por arroyos, o si confluyen varios cauces, el apellido no suele tener relación hídrica. Por ejemplo nuestro valle Vidriales, nombre tentado varias veces por la toponimia para esclarecer su origen. Según Coromines (15) la raíz de la palabra Vidriales sería “betulares”, abedulares, bosques de abedul. Actualmente no hay abedules en Vidriales, no sabemos si en tiempos pasados. Pero sí que abundan otros árboles en la orilla de los cauces, los alisos o humeros, de su misma familia Betulaceae, nombre que procede del celta “betu”.  Por su parte Madoz (16), describe en Rosinos de Vidriales “una cueva en la que se dice fabricaban los moros, basijas de vidrio, trayendo canalizada el agua desde Castrocontrigo (3 leg. de dist.), y de estas fábricas parece toma nombre el valle de Vidriales”. Es interesante la propuesta de Madoz, ya que se fio más del imaginario popular y sus leyendas, que de una exploración de la cueva para comprobar que allí nunca hubo hornos, y la canalización de agua es romana, no árabe. Para Emiliano Pérez Mencía (17) Vidriales es un topónimo verde, del latín “viridem”, no en vano el nombre del arroyo que lo recorre, el Almucera, lo trascribe del árabe A. Maurín (18) como “campo de cereales” o “tierra, campo de labor agrícola” desde testimonios de documentos leoneses.

 

Después de la sugerencia como posible conquista del Castro de Las Labradas por la X Gemina y la VI Victrix, solo me queda proponer también un nuevo origen del latín para la palabra “Vidriales”. Victrix significa victoriosa, y según mi hipótesis estuvo poco tiempo acantonada en nuestro valle. De ahí que sus compañeros de armas, la X Gemina, al señalar desde Petavonium valle abajo (hacia el campamento de la VI) dijeran “el lugar de la victoriosa” con una palabra compuesta de “Victrix” y el sufijo “-alis”, que significa relación o pertenencia: Victrixalis. Posteriormente, para facilitar la pronunciación y la escritura, por asimilación-disimilación cambió “ct” por “d” y perdió la “x”, “Vidrialis” y por fin en “Vidriales”, conocido así ya en documentos de finales del primer milenio.

 

Así fue como Publio Carisio conservó el castro de Las Labradas, la ciudad de LANCIA, “para que fuera testimonio más conspicuo de la victoria romana”, mandó acuñar monedas por la derrota total del último pueblo en ser sometido en Hispania, y nos legó un topónimo de victoria en el norte zamorano.

 

Y en Roma cerraron las puertas del templo de Jano, en señal de paz.

 

Nunca una victoria tan laureada ha pasado tan inadvertida.

 

 

Referencias:

1-Arqueología de la conquista del Norte peninsular. Nuevas interpretaciones sobre las campañas del 26-25 a. C. (Ángel Morillo Cerdán).

2-Brigecio. (Emiliano Pérez Mencía).

3-Lancea, palabra lusitana, y la etnogénesis de los Lancienses. (Martín Almagro-Gorbea)

4-Historia de las legiones romanas. (Julio Rodríguez González).

5-Legio X Gemina. (Joaquín Gómez-Pantoja).

6-Lancia de los astures: ubicación y significado histórico. (Narciso Santos Yanguas). Bellum Asturicum. Una hipótesis ajustada a la historiografía romana y al marco arqueológico de la comarca de “los Valles de Benavente” y su entorno. (José Luis Vicente González).

7-https://eltijoaquin.blogspot.com/2020/05/ruta-campamental-en-vidriales.html

8-Autores de la traducción: Antonio Diego Duarte Sánchez, Jorge Mambrilla Royo, y Alfonso Rodríguez Belmonte.

9-La Urbs Asturica Augusta. (Benedicto Cuervo Álvarez).

10- Ruta romana del oro en la Valdería. (Antonia Marina Justel Cadierno, Javier Fernández Lozano, Miguel Ángel Fernández Morán).

11-https://eltijoaquin.blogspot.com/2016/11/la-bellum-asturicum-de-ayoo.html

12-https://eltijoaquin.blogspot.com/2014/01/desde-el-lugar-sagrado.html

13-La convivencia entre militares y civiles en Petavonium: una oportunidad para el evergetismo de los caballeros romanos. (Agustín Jiménez de Furundarena, Liborio Hernández Guerra)

14-mauranus.blogspot.com/2014/08/casco-hacha-y-punal-la-panoplia-de-un.html

15-Diccionari Etimològic i Complementari de la Llengua Catalana. (Joan Coromines).

16-Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España y sus posesiones de Ultramar, tomo XIII. (Pascual Madoz).

17-Valles de Benavente. Refranes y dichos. Calendario Agrícola. (Emiliano Pérez Mencía).

18-La documentación toponímica medieval. (María del Pilar Álvarez Maurín)

Foto 1

https://www.leonoticias.com/comarcas/201607/05/carisa-legado-antigua-roma-20160705122234.html?ref=https%3A%2F%2Fwww.google.com%2F

 P.D.- Muchas gracias a Alberto González García, por sus aportes bibliográficos.