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jueves, 31 de marzo de 2011

La liebre de la Chanica



Creo, sinceramente, que los que vivimos en zonas rurales podemos ser unos privilegiados. El constante contacto con la naturaleza nos proporciona una tranquilidad y bienestar difícil de conseguir con otros medios, si lo queremos apreciar. En Ayoó, por ejemplo, a escasos metros de casa disponemos de sólidas peñas donde encaramarnos y disfrutar de lejanas vistas, o de un pequeño embalse en el que el simple reflejo del cielo sirve de antídoto para los males del espíritu, o de un monte que cada día se acerca a nuestros hogares con una encina nueva o un brote de jara más. Es reconfortante el frío o el calor, porque es natural, o el viento porque huele a flores, como hoy, que nos acompañó insistente en nuestra visita a la casa rural de Congosta, a última hora de la tarde, y aunque no pagó una ronda quedó como perfecto compañero y anfitrión. Hoy la naturaleza se ganó un diez. Porque aparte de lo dicho me permitió disfrutar en la cercanía de un nervioso y esquivo animalito. Perfectamente mimetizada entre unas ramas allí estaba, esperándome, y sigo sin saber como la pude descubrir. Tranquila, me permitió ir al coche por la cámara de fotos, y posó silenciosa e inmóvil para más de una docena de fotografías desde diferentes ángulos. Dejó, coqueta, enfocarla a escaso medio metro de su hocico estrecho y orejas largas. A lo mejor aquella liebre me estaba observando a mi con mas curiosidad que yo a ella. Después de las fotos y largos minutos agachado de cómplices miradas me fui, porque al fin y al cabo… ¿quién soy yo para turbar su existencia?


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