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domingo, 12 de agosto de 2012

El pájaro albañil



Antes creía que el nombre de pila era duracell, cegasa, energizer, … Parece ser que no, que lo de “pila” viene de la cristiana pila bautismal, y es el nombre que nos dan el día del bautismo, aunque no haya bautizo, y solo se inscriba al neonato en el registro civil. De ahí viene el chiste de Pepedro Pepeperez, que no era tartamudo, lo fue su padre, y el encargado del registro un jilipollas. El nombre propio es esa palabra que nos acompaña toda la vida, la que más nos importará, la que nos designa y distingue de quienes nos rodean. Se complementa con apellidos para mejorar la distinción, algunos curiosos como los terminados en –ez, que significan “hijo de …” (Pérez – hijo de Pedro; González – … de Gonzalo; Dieguez - … de Diego; etc.) Algunos nombres podrían incluso coincidir o divergir con la idiosincrasia de la persona, en algún momento para encomio o chascarrillo fácil, como sería el de Adoración, Bárbara, Benigno, Benjamín, Bienvenido/a, Blanca, Carina, Casto, Clara, Clemente, Concepción, Consolación, Cristiano, Diana, Dolores, Encarnación, Esperanza, Felicidad, Felicísimo, Fina, Gloria, Gracia, León, Modesto/a, Soledad, Valentín-a, Victoria, Visitación… etc. Aunque un viejo refrán apunta que “la persona hace al nombre, no el nombre a la persona”, en referencia a los que llevan un nombre difícil y un carácter extraordinario. Lo curioso, salvo honrosas excepciones, es que nos incomode que nos llamen por un nombre que no es el nuestro; rápidamente, por inercia, lo corregimos. Bueno, a no ser que nos llamen “pa comer”, que entonces da igual, mientras nos llamen. Por eso quiero salir, a lo quijotesco, en amparo de un indefenso pajarillo, libre y sin embargo confiado y cercano, que como las cochinas golondrinas construye sus nidos en lugares de ruido y tránsito, aunque por su higiene excepcional podría pasar desapercibido. Me refiero al mal llamado Carbonero, o Carbonera. Supongo que se le ha aplicado el nombre por el uniforme color oscuro de su plumaje, solamente alterado por el adorno rojizo de su larga cola, justamente el motivo de su nombre verdadero, el de “pila”: Colirrojo. El Carbonero es otro pájaro, de vivos colores, que nada tiene que ver con nuestros Colirrojos, tremendamente atrevidos, como la parejita que en un descuido construyó su hogar dentro de mi hormigonera, inutilizándola por completo. En cuestión de pocos días, rellenaron el fondo de la cuba con finas hierbas secas y en un hoyito sus huevecitos. Ni siquiera el flash de la cámara inmutó su incubación, ni el ruido de la obra, las continuas visitas guiadas, o el impertinente sol que pretendió convertir con su calor la cuba de acero en una olla con pajaritos dentro. De cuatro huevos salieron tres ruidosos hambrientos, que forzaron a los padres en un sin parar a cazar todo tipo de insectos y gusanos. Incluso cuando los polluelos salieron del nido echando a volar, volvieron muchas noches a dormir a la hormigonera, para todos sirve lo de “hogar, dulce hogar”. Se la dejé mientras pude, y me la devolvieron sin un solo excremento, solo un puñado de hierbas que me dio pena retirar y un huevecito que cerrando los ojos arrojé lejos para no verlo caer. Ha sido instructivo, divertido; pero el año que viene les procuraré otros recipientes, mi hormigonera no, que me cuesta mucho trabajo hacer las mezclas en el suelo. Bueno… si insisten…










2 comentarios:

  1. El año pasado hicieron un nido en mi garaje y tuvieron polluelos dos veces!!

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  2. Sólo un tipo como tú le dejaría la hormigonera (herramienta de tu trabajo) a unos pajarillos anidados en ella. Pero qué ¡grande eres! Seguro que alguno -insensible- dirá ¡y qué g....!

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