Si en Ayoó al volver una esquina te encuentras que la calle es demasiado ancha para una persona caminando y demasiado estrecha si llevas un vehículo, aunque sea una bici o un carretillo, estás ante una culaga. En un pueblo, donde el precio del suelo y del quinto de cerveza anda ras con ras, no se explica bien lo que vas a ver. Parece la obra de un ingeniero que no pasó de parvulito. Totalmente desaconsejado el tránsito para la gente con manías, claustrofobia, aracnofobia, ligofobia, rozaduraenbrazofobia, (solo ésta me lo he inventado yo, eh). Ahora bien, para los Ayoínos es el alivio, como la recta, el camino mas corto, el aliciente para salir de casa, el antídoto de la pereza de ir a tal sitio, porque como vamos por la culaga… En el vecino valle de la Valdería, en Felechares, la misma calleja se llamaría caloga, en Santibañez la llaman currupia y en San Pedro de Ceque cuyalina. Eso si, antes de entrar, mirar por si hay que dejar salir, o merece la pena el roce…
domingo, 26 de septiembre de 2010
La culaga
Si en Ayoó al volver una esquina te encuentras que la calle es demasiado ancha para una persona caminando y demasiado estrecha si llevas un vehículo, aunque sea una bici o un carretillo, estás ante una culaga. En un pueblo, donde el precio del suelo y del quinto de cerveza anda ras con ras, no se explica bien lo que vas a ver. Parece la obra de un ingeniero que no pasó de parvulito. Totalmente desaconsejado el tránsito para la gente con manías, claustrofobia, aracnofobia, ligofobia, rozaduraenbrazofobia, (solo ésta me lo he inventado yo, eh). Ahora bien, para los Ayoínos es el alivio, como la recta, el camino mas corto, el aliciente para salir de casa, el antídoto de la pereza de ir a tal sitio, porque como vamos por la culaga… En el vecino valle de la Valdería, en Felechares, la misma calleja se llamaría caloga, en Santibañez la llaman currupia y en San Pedro de Ceque cuyalina. Eso si, antes de entrar, mirar por si hay que dejar salir, o merece la pena el roce…
domingo, 25 de julio de 2010
Nuestro epitafio
Hace muchos años, al lado de la puerta del cementerio de Ayoó, había una tablilla con una inscripción: Un epitafio. Estaba escrita con los abecedarios que usaban los carpinteros, que eran piezas rectangulares de latón troqueladas, una para cada letra, a las que se aplicaba pintura para marcar o escribir sobre madera o metal, ya fueran carros, máquinas de limpiar, trillos o cualquier otro apero de labranza.
Parece ser que el promotor de la tablilla fue un Ayoíno emigrante, Luis Lozano, en una de sus pocas visitas desde Argentina, aunque fue de un año de duración. Se le recuerda de baja estatura, un poco rechoncho, siempre con un pequeño sombrero y con un decidido caminar. No fue el primer ni el único cementerio al que se le puso en sus muros un epitafio, éste concretamente todavía se conserva en alguno. Parte de él es muy antiguo, “Quod tu es, ego fui; quod ego sum, tu eris”, (Lo que tu eres, yo fui; lo que yo soy, tu serás), fue incluso el epitafio de un famoso pirata, y originariamente era un aviso para los caminantes que se acercaban a algunos cementerios paganos, y pedía respeto para sus sepulturas. Se ignora el autor que lo cristianizó suplicando una oración, aludiendo al ciclo de la vida como reclamo moral. Aquella madera no pudo con la intemperie, y parece que nadie la restauró, condenando su contenido a la memoria cada día más débil de nuestros mayores. Al margen de convicciones políticas o religiosas, que haberlas “hailas”, veo y creo factible y necesaria la recuperación de éstas pequeñas cosas que hacen grandes nuestros pueblos. También ignoro los motivos de su colocación, si es que estuvo o hubo otra antes, y su procedencia, pero a mi me ha gustado… ¿y a vosotros?
Un padrenuestro te pido
por caridad, buen hermano,
mira que tarde o temprano
tienes que venir aquí.
Lo que tu eres, yo fui;
lo que yo soy, tu serás,
y entonces te alegrarás
que te lo recen a ti.
El pejo
Sólo hay que darse una vuelta por la calle Peñacabras para contemplar una rudimentaria y nostálgica cerradura: el pejo. Excepto por los clavos de sujeción, 100% madera, inútil para esconder dinero o joyas, desde luego, pero económica y eficaz para encerrar paja, ganado, aperos de labranza, leña, y mucho mejor, las telarañas que hoy en día guardan. Una llave con forma de peine con pocas púas, casi siempre tres, se introduce dentro de una ranura lateral de la cerradura, y elevándola horizontalmente permite correr el pejo para “destrancar” la puerta. Sencillez, humildad y nobleza al servicio de la gente sencilla, humilde y noble del pueblo. En Ayoó, ya se sabe, nadie roba lo que es suyo, y como garantía de que esto ocurra, tenemos el pejo en la puerta.
El boquerón
Pez teleósteo, fisóstomo, semejante a la sardina, pero mucho más pequeño. Abunda en el mediterráneo, y parte del océano y con él se preparan las anchoas. Se trata de una especie de engraulis encrasicholus.
Así de entretenida se nos muestra la definición de boquerón en un diccionario de la RAE. Y digo yo: ¿Dónde salieron éstos sabios con sus libros gordos que desconocen el “seco” boquerón? ¿No será que debaten sus elucidaciones en los bares y nuestro boquerón no estaba de tapa? Si al menos uno de ellos alguna vez hubiera estado guardando paja, subido en el carro con las pernillas, las armaduras y las sogas, agarrado a la bienda, con los ojos cegados por la munia, y la ropa acribillada de argañas, nuestro querido boquerón figuraría en letra de imprenta, como Dios manda. Yo lo definiría como una ventana mal hecha, o simplemente el hueco fallido, o un buen intento de un mal albañil, no sé, a lo mejor los sabios lo conocían, pero no lo tuvieron claro, no se pusieron de acuerdo en su definición y por eso no aparece en los libros. Lo que está claro es que no hay un mal pajar que no tenga un buen boquerón.
martes, 6 de julio de 2010
Las carrúnias

En un paseo por Ayoó podríamos descubrir una casa de arquitectura antigua, más de 50 años, diferente de las demás. Su estructura no encaja en el tipo de construcción rústica ni moderna de la zona. Claramente, la mampostería de la fachada, sus grandes ventanales, sus puertas talladas, o el tamaño de la obra en sí, indican una distinción especial. Es la casa del señor Laurentino, en la calle de la Iglesia, y el mismo nos ha contado su historia.
El plano de la obra, algo impensable en aquella época, lo envió su hermano D. Antonio desde Buenos Aires, y para sus 32 metros de fachada, 6 de altura en la parte delantera y 9 en la trasera, se necesitó una ingente cantidad de materiales. Ladrillos, piedras, barro, paja, madera, tejas, tierra… y a finales de la década de los cuarenta, fecha de comienzo de la obra, el único método asequible de transporte eran las carreterías, las carrúnias, que se denominaban en Ayoó, que eran vecinos, familiares, amigos o contratados que durante un día ofrecían su trabajo y su carro de vacas para el transporte de materiales, casi siempre dos viajes por la mañana y dos a la tarde. Cuenta el señor Laurentino que para la piedra se dieron dos carrúnias de 20 carros, al monte, tras muchísimas jornadas de extraer, seleccionar, y amontonar el material, con el inconveniente, como le sucedió a él, de tener que desechar una excelente cantera cuando ya tenían suficiente acarreado. Sin duda, suerte para el que fue detrás, cuenta con lástima. Porque no toda la piedra era buena para construir, se necesitaban piezas especiales para las esquinas, “llaves” o “traviesas” para unir los dos “lienzos”, que son las dos caras, interior y exterior de la pared, piezas mas o menos rectangulares para dar estabilidad, las piedras redondas se “picaban” para darle “cara” y las mas pequeñas se usaban de relleno y para ahorro de barro. Éste se amasaba a primera hora de la mañana, mezclándolo con agua y paja, y dejándolo reposar mientras se almorzaba, preparando el suficiente para toda la jornada. Al terminar las carrúnias, era frecuente una comida para todos, como una fiesta, en agradecimiento por la colaboración prestada. Por madera ya serrada y lista para su uso se dieron dos portes a S. Esteban de Nogales con 8 carros, por valor de 13000 pesetas, y a Nogarejas, a diferentes proveedores. Las vigas de aire, las principales del tejado que son de 11 metros de largas, solo se podían transportar una en cada carro, además con extrema dificultad, debido al peso y al lamentable estado de los caminos. Esta madera se serró en Congosta, en el molino del ti Silverio, con una sierra de cinta movida con la fuerza del agua, aunque ésa es otra historia a la que le dedicaremos otro tiempo.
Como anécdota, una noche cuando volvía de alguno de sus muchos viajes, bajando la pedrera le salieron dos lobos, dándole un buen susto que aún hoy recuerda, aunque con un par de voces volvieron al monte tan asustados como él. Eran frecuentes los encuentros con lobos, por la abundancia de éstos y por los muchos viajes andando o a caballo que se solían hacer, casi todos a altas horas de la noche o a primeras de la mañana, para aprovechar mejor el tiempo. Pero volvamos a la obra. En los trabajos participaron las dos cuadrillas de albañiles que había en Ayoó en aquellos años, El ti Juan Antonio, el ti Ángel, el ti Pepe, el ti Eugenio, el ti Bernardino, el ti Olegario, el ti Anselmo, el ti Prudencio y Vicente “el diablo”, (apodado así por la excelente interpretación que tenía en las comedias del personaje maligno, ya fuera demonio o diablo), aparte de otros que sin ser profesionales también echaron una mano.
Las paredes interiores se levantaron con 190 bloques de tapia, de aproximadamente 2 m de largo por 1 de alto, lo que supone ¡más de 300 metros cúbicos de tierra!, toda movida con herramientas manuales y transportada con carros, elevada a hombro en cestos de mimbre por escaleras y compactada con un pequeño mazo de madera. La tapia, economía y calidad para un material tan despreciado como desconocido. Cuando la casa se encontraba en un avanzado estado de construcción, 3 ó 4 metros de altura, la gran cantidad de jornales comenzaron a preocupar a los trabajadores, fue necesaria una reunión para garantizarle el sueldo y proseguir los trabajos, que ya continuaron felizmente hasta el ramo, grata tradición en la que tras colocar un ramo florido a modo de bandera al terminar una obra, se hacía una comida invitando a todos los que habían participado en ella, con el aliciente tanto de la cantidad y calidad de comida como de vino, bienes relativamente escasos en los años en los que se desarrolla ésta historia. Quiero destacar la convivencia, la solidaridad, el apoyo y la armonía que se disfrutaba en los pueblos, el todos para uno y uno para todos, el qué tengo que te pueda hacer falta, el si me necesitas ya sabes dónde encontrarme, y otros valores desgraciadamente hoy en decadencia. Nuestros pueblos se construyeron así, esfuerzo, sudor, penurias, miserias, carencias… pero perseverancia y tesón, por eso invito a mirar nuestras viejas paredes con otros ojos, con los de la comprensión, porque si vemos tierra, piedras y palos, hay que sumarle historias como ésta, y después… valorar.
domingo, 13 de junio de 2010
La chimenea de la alcoholera
Si hiciéramos una lista con las “7 maravillas” de la construcción de la comarca, sin duda no faltaría a la cita un icono de la “época dorada” de Santibañez de Vidriales; la chimenea de la alcoholera. Mudo vestigio de la industria de aquellos años de prosperidad y trabajo, hoy, solo soporte del nido de la cigüeña. Altiva y arrogante, perfecta, diría yo, sin mostrar señales del paso del tiempo, ya veis, más de medio siglo y como el primer día, un lujo.
Tiene una altura de 21,5 metros, en su base una circunferencia de 5 metros, y está construida en el año 1949, sin andamio exterior, pues todo el material se subió y colocó desde dentro, añadiendo dificultad a la obra. Está compuesta íntegramente de ladrillos, cal, arena y una pizca de cemento, poco, que de aquella era muy caro. El maestro de obra fue D. Exuperio Tejado, y como obreros participaron sus tres hijos, Pedro, Plácido y Ramón, Gaspar y Sabino de S. Pedro de la Viña, Miguel Ferreras y Jesús “el Lindo” de Santibañez, Felicísimo,“Fiso”, de Carracedo y otros que desconozco y siento no nombrar. D. Exuperio cobraba 15 pesetas diarias y los obreros 9, de sol a sol, haciendo honor a dos refranes populares, “a quien madruga Dios le ayuda”, y “a sol puesto, jornalero suelto” (“y si no dan bien de comer, antes del sol poner”, como picarescamente se solía decir). El solar, era de “el ti José el pito”, que tenía panadería, bar y daba comidas en las ferias, y la alcoholera al parecer ocupa solo la mitad de la finca, que fue comprada por la sociedad Riesco y Romero, promotores de aquella industria que generaba gran cantidad de puestos de trabajo, y daba categoría a aquella pequeña ciudad que era Santibañez. Como anécdota, cuando D. Exuperio terminó la chimenea, se subió encima y dio una vuelta alrededor. Seguramente, su satisfacción por una buena obra terminada fue total, y con ese detalle nos lo hizo saber.
domingo, 30 de mayo de 2010
El trocito de la puerta

Quien tenga oídos que oiga,
y si quiere saber que lea,
porque cuentan los mayores
en una hermosa leyenda,
que a orillas de éste Santuario,
en épocas de la siega,
se acercaban jornaleros
de camino a las parcelas,
a la Virgen ofrecerse,
rogarle ánimo y fuerzas.
Porque largo es el camino,
hoz, y mochila a cuestas,
y muy duro es el trabajo
con el sol sobre la testa,
todo el cuerpo dolorido,
sudor, y la boca seca,
aunque peor es descuidar
la familia y hacienda,
pero el invierno es largo,
bien vendrán unas monedas.
- Madre, cuida de mi gente,
te rezaré hasta que vuelva.
Después, a navaja arrancan
un trocito de la puerta,
convencidos del consuelo
de ésta bendita madera
contra el mal, enfermedad,
el cansancio o los problemas,
y la llevan con sus cosas,
y la miran si flaquean.
Porque algo tienes, Santuario,
escondido entre tus piedras,
que en el trono nos ayuda
y en su fiesta nos espera.
Siempre fué, Virgen del Campo,
orgullo de nuestra tierra
el tenerte con nosotros,
así ha sido, y que así sea.
..............................ETJ
La caseta del transformador
Parece que fue hace mil años y realmente es del pasado más reciente la llegada de la electricidad a nuestros pueblos. “La luz”, como popularmente se la conoce por su capacidad de iluminar, comenzó a hacer esto, a iluminar, y además a habitaciones a pares. Aquello se conseguía haciendo una ventanita en el tabique divisorio y colocando la bombilla en medio. La ocurrencia humana para fomentar el ahorro puede llegar a estos extremos hoy ridículos, aunque realmente tampoco se necesita mucho más para ir a dormir, que de eso se trataba.
En los aleros de los tejados, las llamadas palomillas, con tornillos de acero y cristal, los aisladores, sujetaban alambres de cobre sin más aislante que el cardenillo. La tensión más usada era la de 125 V y durante las diarias subidas y bajadas a nadie se le ocurría llamar o denunciar a la empresa suministradora, como hoy en día. Siguiendo aquella maraña de hilos, se llegaba a una especie de torre, la llamada caseta del transformador, ruta obligada de los rapaces y obsesión de los mayores con ellos por el peligro de quedar “pegaos” en semejante edificio. Me gusta la de Carracedo, de la década de los 40, construida hasta la mitad en piedra autóctona, y en su otra mitad con adobes, rematando el obligado tejado de madera y teja árabe. Su conservación es increíble, a pesar del abandono. Para mí, quedaría mejor el transformador dentro y no colgado en un antiestético poste de hormigón, y de paso conservaríamos ésta obra que no ha hecho nada para merecer el derrumbe a la que está destinada. Creo que éste pequeño edificio bien merece ver “la luz”.
El palomar
Ya se fueron los huéspedes y las zarzas denotan desidia. Ni siquiera como trastero es útil. Atrás quedaron años de abundancia, de mimo y esmero. Gran fuente nutritiva, solo para sibaritas, apreciada en los banquetes y celebraciones, para agradecidos regalos, en inesperadas visitas, para orgullo familiar. El palomar se ha quedado solo, todo él es una inmensa gotera y ya las grietas avisan que está llegando a su fin. Su interior, todavía blanqueado, nos muestra la saturación de agujeros para los nidos. En las paredes de tapia quedan los ecos del bullicio y de la convivencia de docenas de parejas, fieles hasta la muerte, amantes de la vida familiar. Solo necesitaban un agujero y un poco de paja para crear vida y un hogar. Incluso ante la peor de las injusticias, la pérdida de sus huevos o sus crías a manos del propietario del palomar, las palomas vuelven obstinadamente a casa. La fidelidad hecha ave. La Biblia nos pone en conocimiento la más antigua leyenda sobre éste animal: Noé envió una paloma. Y es que la cría de palomas es muy antigua, hacia el 3000 a.c. hay referencias de palomares en forma de torre con muchas aberturas, posiblemente para conseguir guano, llamado en nuestra zona palomina, abono muy apreciado en la agricultura. Como curiosidad, la explotación de palomas se llama colombofilia, ¡quién lo diría!, es símbolo de belleza, recurrido piropo e icono de la paz. ¿Alguien da más?
sábado, 15 de mayo de 2010
El reloj de sol
En la pared Sur del Santuario de la Virgen del Campo de Rosinos se encuentra un pequeño reloj de sol, construido a la vez que la torre del campanario, hacia el año 1750. Si comprobáramos diariamente este reloj, veríamos que no coincide nunca con la hora civil, es decir, con la de los relojes de pulsera. Y es que solamente algunos relojes solares en el mundo, en lugares muy específicos, la coincidencia se da cuatro veces al año, en pocos días cada vez. En España no se da nunca y además es el país de Europa en que la diferencia es mayor. ¿Porqué?, y entonces… ¿cómo se usa el reloj de sol?.
Primero habría que comprender que la hora marcada por la sombra del estilete, a las 12 del mediodía, ocurre cuando el sol pasa por el meridiano del lugar, que es la línea imaginaria que cruza de Norte a Sur pasando por el cénit, esto es, el punto más alto del cielo. Como cada meridiano es propio de cada lugar, dos ciudades con distinto meridiano tendrán distinta hora solar, cosa que importaba poco cuando la comunicación entre éstas ciudades se realizaba, en el mejor de los casos, con un mensajero a caballo. Pero con la rapidez y modernidad de las actuales comunicaciones fue necesario establecer una misma hora para grandes territorios, o para países enteros. Para ello se dividió el mundo en husos de 15 grados, en 24 partes. España coincide con el huso 0 grados, pero su hora civil se ajusta a 15 grados Este, una hora menos, por eso ningún reloj de sol sin correcciones coincidirá con la hora civil. Y aun suponiendo que el reloj estuviera situado en el meridiano, solo durante cuatro veces al año ambos relojes coincidirán, principalmente por dos motivos:
1- La órbita de la tierra no es circular, es elíptica, y ésta se desplaza más rápido cuando está más cerca del sol.
2- El plano del ecuador no es el mismo que el plano de la órbita de la tierra, de ahí que vemos el sol con distinta altura en distintas estaciones y los días no tienen la misma duración
La suma de estos efectos se llama Ecuación de Tiempo, y se representa en esta tabla:

Para convertir la hora señalada por el reloj de sol del Santuario a hora oficial hay que realizar tres pasos:
1- Buscar en la tabla de la ecuación de tiempo el valor correspondiente a la fecha, si el reloj adelanta restaremos el tiempo indicado a la hora señalada, si atrasa se lo sumaremos.
2- Como hora oficial se toma la del meridiano 0, pero el Santuario está aproximadamente a 6 grados Oeste, por lo que hay que sumar 4 minutos por grado, que es el movimiento de la tierra, mas los 15 grados del ajuste de la hora oficial española; (total 6 grados x4 minutos=24+60 minutos de los 15 grados= 84 minutos que hay que sumar a la hora solar.)
3- Por último, si es horario de verano, sumaremos otra hora, esa por la que nos hacen cambiar 2 veces al año los relojes.
¡Menudo rollo!, sinceramente prefiero pensar como mi admirado cantero cuando diseñó el reloj de sol; solo es un sencillo aparato que marca el mediodía y sus horas cercanas con pasmosa exactitud, excepto los días de nubes, que ya el cuerpo nos dirá cuando es hora de comer. Por otra parte, dice un refrán muy castellano que “dos medios días largos no hay”, si la mañana es larga, la tarde será mas corta, y viceversa. Prefiero eso a los desajustes que me provocan los cambios de horario de invierno y verano, a estar perdido si no tengo reloj, a ser esclavo de los horarios, a los enfados que produce no llegar a la hora prevista… etc.
Para terminar, un proverbio: si tienes un reloj sabrás que hora es, si tienes dos… nunca estarás seguro de la hora correcta.
¡Ah! Y una triste noticia, el hábil cantero que construyó esta torre, perdió la vida en un accidente laboral en otra, en la de Pozuelo de Vidriales, a escasos kilómetros de Rosinos, quedando incompleta porque nadie pudo o supo seguir su obra, aunque posteriormente se le añadió una espadaña para las campanas. Estoy seguro que era una excelente persona, porque como trabajador no tengo duda.
domingo, 2 de mayo de 2010
La chimenea
En Ayoó solo queda completa y en pié una cocina de arcos, máxima categoría de las cocinas “viejas”, o “de masar”, en las que la lumbre se hace en el suelo y los arcos dan amplitud y soporte a la enorme y pesada chimenea de adobes, con tejadillos o “faldas” para evitar la erosión de la lluvia, y con un acceso en una de sus paredes al horno, pieza fundamental en las casas por la necesidad de cocinar el pan. Otras funciones son el curado de “la matanza”, calentar agua o cocinar alimentos, generalmente para el ganado, y cómo no, dar un “calentón” cundo se llega a casa en los húmedos y fríos días de invierno. Creo que todos disfrutamos en éstas cocinas “al amor de la lumbre”, nunca mejor dicho, ante un magosto de castañas o un trozo de chorizo envuelto en una hoja de berza con un poco de vino y asado entre las brasas. Me río yo del mejor restaurante, en el que mojar pan está mal visto y comer encima de un “currusco” de hogaza, navaja en mano, el chorizo arriba mencionado sería motivo de expulsión, con lo que gusta. Y el ajetreo de los días de “matanza” en éstas cocinas, con la caldera calentando agua, las artesas preparadas para el adobo de la carne, la máquina de enchorizar sujeta en la mesa, familiares y vecinos entrando y saliendo y algún espabilado que ya le cortó un filete al recién muerto cerdo, y se lo está preparando a las brasas, desafiando a la triquina o a lo que haga falta. Y de aquel olor a pan recién masado no quiero ni hablar. Gratos recuerdos en edificios condenados a la destrucción. Una pena.
domingo, 18 de abril de 2010
Publireportaje
Loa a esa Piedra.
Una piedra… un tropiezo, un estorbo, una… cosa inerte.
Esa piedra, que se resiste al paso de los años, paciente,
callada, un día nos llama y nos cuenta su vida, sin palabras.
Vosotros, que me habéis colocado en el mejor aposento,
guardando la puerta de ésta vuestra casa como fiel soldado,
hoy, tras siglos de pisotones, me desecháis fea y gastada
al peor de los destierros, el montón del escombro, yo…,
que siempre me ha gustado veros pasar, os digo adiós.
Pues no, dijo el hacedor, todavía no, tu futuro es otro,
te colocaré en un lugar mejor, donde vuelvas la vista,
en merecido reposo permanente, donde tu hendida espalda
alabe el cansado caminante, o el ocioso transeúnte,
que mas da, porque has servido bien, y este es,
no tu fin, si no tu principio, hoy empiezas a vivir.
......................................................................ETJ
domingo, 11 de abril de 2010
La cocina económica
En nuestra comarca (Tera, Vidriales, Eria), pocas construcciones resultaron tan agradecidas como la cocina de obra, también conocida como cocina económica, o mas vulgar cocina de “chapa”. (Por cierto, no me gusta nada el término “vulgar”, no sé porqué siempre se usa despectivamente). Quizás se deba a que por costumbre, o mejor, creo yo, por sentido común, la vida rural se desarrollara en torno a la cocina (habitación) donde la otra cocina, la de obra, era la estrella indudable, ahorradora y hogareña como la mejor ama de casa. La cocina (habitación), los que tenemos más de 30 años, la recordamos como centro neurálgico de la casa.
Aparte de preparar la comida, lógicamente, se come, se realizan las más diversas tareas de mantenimiento del hogar o simplemente como sala de estar y lugar de ocio. Esto lo corrobora esta frase hecha tan nuestra cuando alguien llama a casa, “entra hasta la cocina”, se dice. También recordamos dos elementos insustituibles, la radio, casi siempre aquella nostálgica y enorme caja de madera que tardaba un rato en funcionar, y otra, la cocina de obra, la económica. Ésta, que se enciende por la mañana a primera hora y se apaga por falta de leña cuando el último morador de la casa se va a la cama (y desenchufa la radio). En la memoria nos queda ese calor tan agradable, la cocción lenta de los alimentos y como no, las excelencias de su horno. Las tareas de mantenimiento son muy básicas, una limpieza de la chimenea a principios del invierno y sujetar de vez en cuando los dichosos azulejos que hay alrededor, que por efecto de dilatación se sueltan una y otra vez. El tratamiento de la encimera de hierro era otro tema, recuerdo la cocina de mi abuela y siempre la tenía limpia y brillante. El secreto: cuando está caliente frotar con una piedra de pulir añadiendo unas gotas de vinagre y tranquilos que se puede comer encima. Las modernas construcciones han desplazado a la chatarra a ésta joya. Pocas son las voces que todavía se levantan en su defensa, una de las últimas que conozco, en Santibañez de Vidriales. Recuperamos una, con el frontal esmaltado en blanco y perfectamente conservada. Se instaló con toda su funcionalidad, rodeada de azulejo blanco, “el de toda la vida”, y el resultado queda fuera de toda duda.Para muestra, el botón.
http://eltijoaquin.blogspot.com.es/2013/07/instalacion-de-una-cocina-economica.html