Hay pocas cosas tan atrevidas como el imaginario popular. Antaño en el cielo, por ejemplo, agruparon estrellas porque vieron animales, personajes, seres fantásticos, objetos, etc. En las leyendas y los cuentos se describen con naturalidad situaciones imposibles de figuras fabulosas, que con frecuencia se repiten porque intervienen los mismos conceptos: el bien y el mal. Algunas de estas historias se perdieron con la memoria de quienes las escucharon, y no pudieron o quisieron repetir.
Yo quisiera aprovechar este espacio inmortalizar dos de nuestro valle, muy similares en el fondo, aunque con distintos objetos. La primera se desarrolla en Congosta, en el paraje “prao del cura”. Dicen que hay enterradas dos grandes arcas; una repleta de oro, que hará inmensamente rico al afortunado que la encuentre. Pero para que recapaciten los dispuestos a cavar en el suelo, el mismo que enterró la de oro, ocultó otra atestada de peste. El desgraciado que la abriere se verá envuelto en las más terribles enfermedades como castigo a su codicia. Cuentan que nadie ha osado iniciar la búsqueda, y que los pocos que se atreven a labrar aquella tierra procuran hacerlo superficialmente, siempre atentos por si la reja del arado topa con algo extraño.
La otra historia tiene por protagonista el extraño monte El Castro, situado la mitad norte en el término municipal de Fuente Encalada, y la mitad sur en el de San Pedro de la Viña. Con una altura de 77 metros desde la carretera que lo bordea, llama la atención por tres cosas. La primera, que cuando llega el verano aproximadamente una cuarta parte, la más occidental, se mantiene verde, con la vegetación propia de nuestros montes, mientras el resto es un auténtico secarral. La segunda es que la línea de alta tensión lo cruza por su parte más elevada. Parece que en un alarde de valentía, (o de estupidez), por no hacer una pequeña desviación (menos de 500 metros) del trazado subieron y bajaron 77 metros con maquinaria, postes, cables y materiales, dejando plantado en su cima un desagradable poste metálico de grandes dimensiones, como si fuera el monumento al electricista desconocido. Y la tercera, que en la parte oriental, la más seca, se observan multitud de bancales, lo que indica que es apto para el cultivo, aunque permanece baldío porque ni con tractores se atreven a subir. Solo cuando imperaba la necesidad y abundaban los animales de tiro, en el Castro ondearon cereales aportando riqueza y aspecto de cuidado jardín.
Pues bien, en lo alto del Castro existe la boca de una cueva, la conocida “cueva de los moros”, (interesante argumento sobre la presencia de los musulmanes en la zona), sobre la que se cuentan varias leyendas y hechos reales,… o un poco de todo. La última que he oído relata cómo una vez descendieron un perro atado con dos dogales de “acarriar”, (acarrear). Me contaron cómo tras un aullido lastimero y un fuerte tirón, sacaron la soga y el animal había desaparecido. No hubo más ladridos, ningún ruido… sólo misterio. Otra leyenda describe el túnel que parte desde la cueva de la peña de San Mamés de Ayoó, pasa por el Castro, por el castillo de Granucillo y sale en el castillo de La Mota de Benavente. Y otra dice que en las profundidades de la cueva, en sus laberintos, se hallan escondidas dos vigas de enormes dimensiones. Fuertes deben de ser porque soportan el peso de todo el monte. Una también está construida con oro, y su valor sería incalculable. La otra es de peste, y de ser descubierta colmaría de penurias y sufrimientos al desgraciado explorador, y por contagio, a todo el valle de Vidriales.
La cueva de los moros, alguien la taponó con piedras. Las cosas, dicen, mejor dejarlas como están, que el que no se conforma es por que no quiere.