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lunes, 25 de julio de 2011

San Antonio de Padua



Preguntar por San Antonio de Padua a la gente mayor de nuestros pueblos, por su devoción o por los milagrosos encuentros de cosas extraviadas, es encontrar una sonrisa de aprobación y agradecida fe. El Papa León XIII ya lo describió como “el santo de todo el mundo”, por la cercanía en su intercesión y la confianza en sus resultados. Hoy, siglos después de su muerte, allá por el año 1231, sobre todo entre la gente humilde, San Antonio, (o San Antonico, como se le dice con cariño), sigue presente, recordado y solicitado en esos momentos de desconcierto ante una desaparición o pérdida más o menos importante. Puede que no sepamos como hacerlo, pero es fácil encontrar quien le rece su famoso “responso” (responsorio), y aliviar por un momento nuestro pesar. Según dicen, debe de ser recitado en soledad, con silencio ambiental, recogimiento y fe. Innumerables ocasiones aparece lo perdido, muchas de forma milagrosa e inexplicable. Bueno, sus devotos sabemos que no necesita explicación lo que es obvio, que para que después de tantos siglos siga vigente su intercesión, es que algo más que una leyenda tiene que haber. Como curiosidades, San Antonio no se llamaba así. Sus padres, jóvenes nobles portugueses, le bautizaron con el nombre de Fernando, y era el año 1195. Tampoco era de Padua, ciudad del norte de Italia, nació en Lisboa; allí solo pasó sus últimos años de vida y recibió sepultura. En 1221 ingresó en la orden de los frailes Franciscanos, enfermizo y un poco rechoncho, cuentan que poseía una personalidad extraordinaria, y que llegó a ser necesaria su protección por un grupo de personas porque la gente le seguía para escuchar sus sermones, todos le querían tocar e incluso llevarse un pedacito de su hábito. Murió el 12 de Junio, no como se dice el 13, ese día fue el entierro y posiblemente al ser martes, diera pié a la conocida superstición del fatídico día. En 1263, en la exhumación del cuerpo de San Antonio se encontró su lengua incorrupta, y hoy permanece expuesta en un relicario en Padua. Es representado, por lo general, con un hábito marrón, con el niño Jesús arropado en sus brazos o sobre la biblia que lleva en una mano, y en la otra, como símbolo de pureza una pequeña rama de lirio, o también dando pan a un pobre, de los que es patrono, por su desmedida caridad llegando a vaciar las despensas del convento para repartir entre los necesitados los alimentos. Se atribuye su responsorio a San Buenaventura, aunque posiblemente lo escribiera en 1234 fray Julián de Espira, y la explicación más satisfactoria de la invocación para encontrar lo perdido, sea un suceso relatado entre sus milagros. Un novicio huyó del convento tras robarle un apreciado salterio al santo, quien al notar su falta rezó con fervor por su devolución. Asustado por unas extrañas apariciones, el ladrón, arrepentido, restauró lo robado. Y una de las historias más extraordinarias relacionadas con una desaparición y posterior rezo del responsorio que he oído, se desarrolló en Tardemézar de Vidriales en el primer cuarto del siglo pasado. Allí vivía el niño Pedro Torres, protagonista del extraño suceso, y tenía a la sazón 3 ó 4 añitos. Una tarde que sus tíos iban al campo a escardar el trigo, labor de arrancar manualmente los cardos para cosechar mejor el cereal, se empeñaron en llevarlo porque hacía bueno y no pensaban retrasar la vuelta. Sentaron el niño en el camino, donde comenzaba la parcela, le proporcionaron como improvisado juguete un nido recogido de algún árbol cercano y se pusieron a la tarea. En un descuido, la criatura echó a andar y se alejó, notando su falta los tíos demasiado tarde, ignorando la dirección que había tomado, por lo que tras una intensa búsqueda volvieron al pueblo, y tocando las campanas como era costumbre en las mayores adversidades, alarmaron a los familiares y pueblo en general, que solidario partió sin demora al encuentro del niño. Pero la noche no entiende de desdichas y acudió puntual como siempre, imposibilitando por la carencia de medios seguir su rastro. Además, como las desgracias nunca vienen solas, se puso frío y comenzó a llover. No quiero imaginar el sentimiento de angustia de aquellos padres, familiares, amigos…, el monte no es sitio de niños, mucho menos de noche y en una época en la que numerosos lobos campaban por la espesura. Como era costumbre en las pérdidas de cosas o ganado, en cada casa, seguramente, una vela y un responso a San Antonio, o uno tras otro hasta que el sueño y el cansancio se apoderara, si pudiera, de las atormentadas mentes de los humildes habitantes de Tardemézar. Una oración común por un bien común: la vida de un niño. Por la mañana, con las primeras luces del alba, todo el pueblo reanudó la búsqueda con el corazón encogido ante el destino incierto de la criatura. Bastante lejos de allí, en Brime de Sog, dos hermanas que desconocían la tragedia, se acercaban también al monte, con el carro y las vacas a recoger leña. Cuál sería su sorpresa al descubrir un niño tan pequeño caminar derecho a ellas tranquilo, sonriente… y solitario. Rápidamente volvieron al pueblo, dando cuenta a la guardia civil y avisando a la gente de Tardemezar, concluyendo felizmente aquel espantoso episodio. Vuelta la normalidad, cuando le preguntaban a Pedro si tuvo miedo de noche, si pasó frío, tuvo hambre, sed…, siempre contaba que un señor con una capa marrón estuvo con él, lo alimentó, abrigó y defendió con su cacha de un “perro grande” que se les quería acercar. Contó que estuvo tranquilo, contento y protegido del frío y de la lluvia, hasta que por la mañana le indicó un camino por el que se veía venir un carro de vacas y dos personas. Mil veces y la misma historia, de niño, adulto o anciano, salió de su boca, sin titubeos. El hombre de la capa marrón jamás nadie lo volvió a ver, ni por allí ni en otros pueblos cercanos, por los que se difundió rápidamente la noticia, con la esperanza de agradecerle personalmente su maravilloso detalle de recoger aquella desamparada criatura en la noche y conducirla al día siguiente hacia las personas más cercanas. Cada uno es libre de pensar lo que quiera, yo ya tengo mi propia conclusión.



RESPONSORIO DE SAN ANTONIO

Si buscas milagros, mira,
muerte y error desterrados,
miseria y demonio huidos,
leprosos y enfermos sanos.

El mar sosiega su ira,
redímense encarcelados,
miembros y bienes perdidos
recobran mozos y ancianos
.
El peligro se retira,
los pobres van remediados,
cuéntenlo los socorridos,
díganlo los paduanos.

El mar sosiega su ira, etc.

Gloria al padre, gloria al hijo,
gloria al espíritu santo.

El mar sosiega su ira, etc.

Ruega por nosotros,
Antonio glorioso y santo,
para que dignos así
de sus promesas seamos.
Amen.



domingo, 24 de julio de 2011

Las luciérnagas





La luz de la lumbre, de las velas, de las estrellas o la luna, la luz de la aurora… para mi, nada comparable a la luz de las luciérnagas. Si nos encontramos a este extraño escarabajo,(si, si, escarabajo), y quedamos embelesados con su luz, en realidad estamos siendo los “sujetavelas” de un cortejo amoroso. El bicho iluminador es la hembra que como un auténtico faro comunica su posición al macho, este si, con forma de escarabajo y dotado con alas, sobrevuela la vegetación en su búsqueda. Si se sintiera incomodada, interrumpiría su luz amarillo-verdosa, una de las más eficientes conocidas, pues menos de un 2% de la energía se convierte en calor. (Una bombilla corriente supera el 95%). El método del apareamiento es simple, vuelve su abdomen iluminado hacia el cielo y a esperar que su novio la encuentre para fecundar la friolera de entre 50 y 150 huevos. La alimentación es increíblemente a base de caracoles y babosas; se les suben encima, los paralizan con un mordisco y succionan su alimento. Pero las plácidas noches de verano se están quedando sin luciérnagas. Todos estamos de acuerdo que tristemente su población cada año es menor. Los insecticidas, pesticidas y otras porquerías seguramente algo tendrán que ver, como también la contaminación lumínica, que trasforma su hábitat y sus costumbres confundiendo al macho y llevándolo a las cada día más abundantes luminarias urbanas, desatendiendo lógicamente sus obligaciones de pareja. Y no es que tengamos que dejar todo a oscuras por culpa de un bichito, simplemente deberíamos iluminar mejor, más eficientemente y al suelo, que es lo que se necesita. Por ejemplo, una farola tipo globo de 100 W de potencia está enviando al cielo la mitad de la luz, 50 W, otro 10 % es el palo, que tampoco ilumina, y solamente un 40 % se dirige por debajo de la horizontal hacia el suelo. En resumidas cuentas, una lámpara de 40 W correctamente apantallada iluminaría lo mismo y el ahorro sería de más de la mitad. Eso multiplicado por los millones de luminarias que mal-iluminan nuestras calles, edificios, carreteras o parques asciende a la cantidad estimada de 200 millones de euros al año, según estudios realizados. Aparte del daño económico, que es muy elevado, está el daño medioambiental, como el de luciérnagas y otros animales, que ante ésta situación de crepúsculo permanente acaban alterando sus hábitos, y el daño cultural, pues hay muchas personas que desconocen la belleza del cielo estrellado y los astrónomos ven su trabajo estropeado por las burbujas luminosas en que se han convertido las urbes. Distintos movimientos y asociaciones trabajan para volver a disfrutar del hermoso cielo oscuro, salpicado de estrellas. Grave debe de ser ya el problema cuando la UNESCO ha declarado formalmente: “Las personas de las generaciones futuras tienen derecho a una Tierra indemne y no contaminada, incluyendo el derecho a un cielo puro”. Vaya, entre otras cosas, por las luciérnagas.


martes, 19 de julio de 2011

Pata la mula



Entre El Castro y “Peñutrera”(Peña Utrera) discurre un antiguo camino, lo que se conoce como una rodera, nombre que le viene de los dos canales que labraban las ruedas de los carros al pasar sucesivamente por el mismo sitio. Esta senda posiblemente sea de la época romana, ya que se han encontrado restos que apuntan en esa dirección, y se le conoce como el camino “pata la mula”. Y justo en el punto más alto encontramos lo que pretende ser la huella del aludido animal en la dura roca, dando nombre al camino y vida a una entrañable leyenda. Se dice, con profundo respeto, que la Sagrada Familia transitó por aquí. La huella la dejó la mula que transportaba a la Virgen María con el niño Jesús en brazos. Allí mismo se detuvieron a descansar, San José posó el bastón y dejó su marca, la Virgen acostó al niño y la roca se amoldó para no hacerle daño, dando forma en la improvisada cuna al hueco del cuerpo y la cabecita de Jesús. Y justo al lado está el revolcadero de la perdiz, otra forma ovalada, seguramente haciendo alusión no a una perdiz, si no a la paloma que simboliza al Espíritu Santo. Caprichosas formas de las piedras que nos recuerdan arraigados sentimientos, sobre todo antaño, cuando de verdad era necesario creer en algo más, para soportar mejor aquella penosa, difícil y humilde existencia.




jueves, 7 de julio de 2011

Street View de Google


Je, je, como decimos por aquí, más chulo que un cortapijas.


Y aquí el susodicho bicho.

miércoles, 6 de julio de 2011

La frasca


Dícese del pequeño colectivo cuyo fin es causar molestias o daños a corto plazo. Para darle mayor énfasis se suele predecer de la malsonante palabra “puta”, y su pronunciación siempre es despectiva. Así, frasca pueden ser los topos en el semillero, las malas hierbas en una zona determinada del huerto, el grupo de desocupados rapaces que asaltan cualquier frutal, mermando la cosecha del cabreado propietario, sobre todo si hay escasez, o los frutos son tempranos o codiciados, como las peras “santiaguesas”, las cerezas o las ciruelas. Frasca son los ratones, los pájaros, los caracoles…, en general cualquier pequeño grupo de bichos que dañe nuestras posesiones. También frasca serían los responsables de las voces o del ruido, no digamos entre siesta, o a altas horas de la noche, que entonces ya no serían frasca, directamente serían puta frasca, además con derecho a ladrillazo. Y ese grupo de personas que realizan una actividad, aunque sea legalmente, que está en contra de los intereses de los particulares, también se llevan nuestro apelativo. Incluye cualquier gremio cuyo fin sea recetar multas, imponer normativas, aplicar prohibiciones, o por cambiar las cosas de sitio o de forma y éstas influyan en nuestro quehacer diario. Todos hemos sido, o seremos quizás, parte de frasca para alguien. Sería deseable, por lo menos, que la causa sea suficientemente justificada.


lunes, 4 de julio de 2011

El oro de Vidriales


Hay pocas cosas tan atrevidas como el imaginario popular. Antaño en el cielo, por ejemplo, agruparon estrellas porque vieron animales, personajes, seres fantásticos, objetos, etc. En las leyendas y los cuentos se describen con naturalidad situaciones imposibles de figuras fabulosas, que con frecuencia se repiten porque intervienen los mismos conceptos: el bien y el mal. Algunas de estas historias se perdieron con la memoria de quienes las escucharon, y no pudieron o quisieron repetir. 

Yo quisiera aprovechar este espacio inmortalizar dos de nuestro valle, muy similares en el fondo, aunque con distintos objetos. La primera se desarrolla en Congosta, en el paraje “prao del cura”. Dicen que hay enterradas dos grandes arcas; una repleta de oro, que hará inmensamente rico al afortunado que la encuentre. Pero para que recapaciten los dispuestos a cavar en el suelo, el mismo que enterró la de oro, ocultó otra atestada de peste. El desgraciado que la abriere se verá envuelto en las más terribles enfermedades como castigo a su codicia. Cuentan que nadie ha osado iniciar la búsqueda, y que los pocos que se atreven a labrar aquella tierra procuran hacerlo superficialmente, siempre atentos por si la reja del arado topa con algo extraño. 

La otra historia tiene por protagonista el extraño monte El Castro, situado la mitad norte en el término municipal de Fuente Encalada, y la mitad sur en el de San Pedro de la Viña. Con una altura de 77 metros desde la carretera que lo bordea, llama la atención por tres cosas. La primera, que cuando llega el verano aproximadamente una cuarta parte, la más occidental, se mantiene verde, con la vegetación propia de nuestros montes, mientras el resto es un auténtico secarral. La segunda es que la línea de alta tensión lo cruza por su parte más elevada. Parece que en un alarde de valentía, (o de estupidez), por no hacer una pequeña desviación (menos de 500 metros) del trazado subieron y bajaron 77 metros con maquinaria, postes, cables y materiales, dejando plantado en su cima un desagradable poste metálico de grandes dimensiones, como si fuera el monumento al electricista desconocido. Y la tercera, que en la parte oriental, la más seca, se observan multitud de bancales, lo que indica que es apto para el cultivo, aunque permanece baldío porque ni con tractores se atreven a subir. Solo cuando imperaba la necesidad y abundaban los animales de tiro, en el Castro ondearon cereales aportando riqueza y aspecto de cuidado jardín. 

Pues bien, en lo alto del Castro existe la boca de una cueva, la conocida “cueva de los moros”, (interesante argumento sobre la presencia de los musulmanes en la zona), sobre la que se cuentan varias leyendas y hechos reales,… o un poco de todo. La última que he oído relata cómo una vez descendieron un perro atado con dos dogales de “acarriar”, (acarrear). Me contaron cómo tras un aullido lastimero y un fuerte tirón, sacaron la soga y el animal había desaparecido. No hubo más ladridos, ningún ruido… sólo misterio. Otra leyenda describe el túnel que parte desde la cueva de la peña de San Mamés de Ayoó, pasa por el Castro, por el castillo de Granucillo y sale en el castillo de La Mota de Benavente. Y otra dice que en las profundidades de la cueva, en sus laberintos, se hallan escondidas dos vigas de enormes dimensiones. Fuertes deben de ser porque soportan el peso de todo el monte. Una también está construida con oro, y su valor sería incalculable. La otra es de peste, y de ser descubierta colmaría de penurias y sufrimientos al desgraciado explorador, y por contagio, a todo el valle de Vidriales. 

La cueva de los moros, alguien la taponó con piedras. Las cosas, dicen, mejor dejarlas como están, que el que no se conforma es por que no quiere.




domingo, 19 de junio de 2011

La rubiana



En nuestra comarca, la orientación de los valles, con la cabecera hacia el oeste, ha acuñado dos términos que prácticamente usamos a diario: “parriba” y “pabajo”. En un entorno básicamente agrícola y ganadero, son dos puntos cardinales vitales que indican a la perfección dos sentidos opuestos, que hay que tener muy en cuenta para el desarrollo de ambas actividades. El del agua y el del sol. El del agua que siempre corre “pabajo”, aquí al este, y el del sol que desde que sale va “parriba”, hacia el oeste. Y ocurre que algunas veces, al amanecer o al atardecer, cuando el sol está bajo en el horizonte, el cielo se convierte en un precioso espectáculo de colores ocres, anaranjados y rojizos. Habrá quien haya sonreído al leer los términos arriba expuestos, frutos de nuestro “desfasado” vocabulario rural. Por otra parte éste es el único que describe con una bonita palabra el celeste espectáculo, rubiana. Además, la sabiduría popular propone su observación como un método para la predicción del tiempo del día siguiente. Es una fórmula que aunque solo funcione al 50%, esto es, unas veces si y otras no, sigue de boca en boca y de generación en generación por nuestros lugares: rubiana “parriba”, sol que rechina, rubiana “pabajo”, agua a trompazo. No se ha demostrado relación con la meteorología, y su explicación científica es un poco complicada y tiene que ver con la refracción de la luz solar, la modificación en la dirección y velocidad de los rayos solares al incidir en nuestra atmósfera. Un prisma descompone uno de éstos rayos en los colores del arco iris, violeta, azul, verde, amarillo y rojo. El violeta es el que más se separa de la trayectoria del rayo de luz, dicho de otro modo, el que más rebota, y el rojo el que menos, el que casi mantiene la dirección. La atmósfera actúa como el prisma, por estar compuesta por finas gotas de agua y partículas en suspensión, y cuando el sol está bajo en el horizonte, el camino de su luz es más largo, atraviesa más capa, y solamente los colores amarillos y rojos, los más direccionales, consiguen iluminar el cielo, y es cuando aparece nuestra rubiana. La misma explicación sirve para otra belleza sin igual: el azul del cielo. Cuando el sol está alto sus rayos nos llegan atravesando poca atmósfera, y por la dispersión los azules y violetas rebotan una y otra vez en las partículas de aire hasta llegar a nuestros ojos, dando la maravillosa impresión de iluminación propia, mientras que los rojizos pasan casi sin obstáculos, por eso vemos el sol de éste color, cuando sabemos que su luz es blanca. (Es totalmente desaconsejado mirar al sol sin protección, ni siquiera un instante). Solo queda por decir que el cielo no es violeta por dos motivos, la luz blanca tiene más cantidad de azul y nuestros ojos son muy sensibles a éste color. Es agradable contemplar ambos efectos, azul de cielo y rubiana. El primero da alegría, ánimo para el transcurso del día; el segundo relaja, nos recuerda el hogar, el recogimiento, y que la noche comienza a extender su negro manto.


lunes, 13 de junio de 2011

Luna lunera




El próximo día 15 de junio tendremos un eclipse total de luna visible desde España. Buen motivo para repasar curiosidades de la relación con nuestro satélite natural. Que la luna tiene influencia sobre la tierra es evidente. Y que sobre este tema existe mucha fantasía o en algunos casos provecho, pues creo que también. Es difícil convencer a nadie de lo que ciertamente no se puede comprobar, a no ser echando mano de la ciencia, y aún así prevalece la incredulidad, (como el famoso y discutido viaje a la luna), y por no razonar se aplica esa vieja frase: “eso siempre ha sido así” y punto. Ya iremos viendo. Para mí, tres son los efectos que más nos conciernen: primero y principal, la atracción gravitatoria. Poco nos puede importar que la tierra ejerza una fuerza sobre la luna 22 veces mayor que viceversa, nos importan nuestras mareas, hemos aprendido a vivir con ellas y aunque parecen sencillas de explicar, se necesitaría muchísima imaginación y conocimientos de astrofísica para poderlas comprender. Y si no ¿como entender que si la órbita completa de la luna tiene una duración de 24 horas y 50 minutos, las mareas se produzcan en la mitad de tiempo? La atracción tampoco es uniforme, en Panamá, por ejemplo, en las costas del océano Atlántico la marea apenas se nota, mientras que en las del Pacífico el mar, dos veces al día, se retira centenares de metros. ¡Y ambas costas sólo están separadas 80 kilómetros! Estas consecuencias son reclamos recurridísimos para mi segundo efecto: el relacionado con el ser humano y sus actividades diarias. Aquí la tradición, o la ignorancia, (en el buen sentido de la palabra), lo que podríamos llamar sabiduría popular, tiene montones de dichos, refranes, mitos y supuestas e ineludibles normas jamás avaladas por estudios rigurosos realizados, por lo que o se les hace caso omiso o se siguen “por si las moscas”. El sexo de los niños que han de nacer, o los partos, ya que la menstruación tiene una periodicidad parecida a la luna y el embarazo dura 10 meses lunares, y las uñas, el pelo o las heridas, dicen, dependen del influjo de nuestro satélite. A él también se culpa del estado de ánimo de algunas personas, los lunáticos, y se dice que es donde vamos a parar cuando estamos distraídos: acabamos en la luna. En las zonas rurales, donde la imprevisible agricultura está sujeta a factores como humedad o sequía, calor o frío, tormentas, heladas, etc., era de esperar que la luna también aportara su granito de arena, y contamos con cientos de propuestas, algunas veces contradictorias, para la siembra, plantación, corta o poda de todo tipo de plantas. Múltiples normas que son casi imposibles de seguir por quienes más las necesitan, los profesionales. Y la ganadería, más de lo mismo. Curiosamente, a la hora de consultar la luna, he podido comprobar que mucha gente piensa que menguante (y sirva esto igual para creciente) comienza cuando el calendario dice cuarto menguante, cuando realmente la luna comienza a menguar en cuanto llena, es decir, la mitad de la lunación es menguante y la otra mitad es creciente, y a esto hay que sumarle los instantes que llena y que es nueva, apenas unas horas. Y más curioso todavía, que el mayor efecto de la luna sobre las civilizaciones occidentales y por extensión casi al resto del mundo es el menos conocido, comentado y protestado: la Semana Santa. Efectivamente, en nuestro calendario, el calendario universal y del comercio, el domingo de Pascua es el primero con luna llena después del equinoccio de primavera. Y esta regla está por encima del clima, del turismo, de las vacaciones y de los gobiernos. Y el tercer efecto, ampliamente estudiado y reconocido, es mi preferido. La fascinación que siempre ha provocado nuestra compañera, y que ha quedado ampliamente registrada en infinidad de esculturas, pinturas, poesías, novelas, canciones,… aunque los primeros dibujantes del Paleolítico Superior nunca la incluyeran en sus pinturas rupestres, ni al sol ni a las estrellas, ellos sabrían por qué. La luz robada al todopoderoso sol para regalárnosla en las oscuras noches, ha dejado frases como la que escribió Gustavo Adolfo Bécquer: “En el majestuoso conjunto de la creación, nada hay que me conmueva tan hondamente, que acaricie mi espíritu y dé vuelo desusado a mi fantasía, como la luz apacible y desmayada de la luna”. En las observaciones astronómicas la cercanía la hace especial, su castigada superficie resaltada en el terminador nos revela lo que nuestra atmósfera ha evitado y borrado de nuestro planeta, un pasado tortuoso por una lluvia difícil de imaginar. La luna, la mentirosa luna, la que nos enseña su cara con la C de creciente cuando mengua, la que parece mas grande cuando sale que cuando está alta en el cielo, la que eleva ingentes cantidades de agua pero es incapaz de mover el más tierno plumón de pollito, la que conoce cada milímetro de nuestro mundo y nos oculta pícara su otra mitad, la que presume de lo que no tiene y además nos prohíbe ver otros espectáculos celestes, como las lluvias de estrellas o el halo de los cometas…, ésta mentirosa es la mejor compañía que podríamos pretender, la que como fiel perrito nos sigue y entretiene con sus gracias en nuestro aburrido viaje sideral. Yo no sé enlazar palabras bonitas como Bécquer, pero recuerdo y le dedico aquella infantil tonada: Luna lunera, cascabelera, bajo la cama, tienes la cena. Aunque aún desconozco lo que esto significa.



domingo, 5 de junio de 2011

Publireportaje - Santuario Virgen del Campo



Mañana, nuestro Santuario de la Virgen del Campo reabre sus puertas. Con un mes de retraso, chicos y chicas de la comarca estrenarán con sus primeras comuniones la nueva imagen de este hermoso templo. Las últimas obras de restauración, en las que he tenido el privilegio de participar, han sido la causa de esta demora. Ajunto varias fotos, el antes y el después de esta profunda reforma de saneamiento, erradicación de la plaga de termitas, y reposición de soleras. Aprovecho para agradecer la colaboración de todos, y en especial a Don Víctor, nuestro cura, por su firmeza y constancia para cumplir este objetivo. Quedan grandes metas, el tejado, el campanario, el entorno,… pequeñas barreras para tanta ilusión.











domingo, 22 de mayo de 2011

Las cigüeñas de Campo Ferrero






Parece imposible acercarse personalmente a una cigüeña en libertad. Este simpático animalito tan vinculado a los humanos, por su figurativa mediación en la venida al mundo de los niños, nos rehúye a pesar de la protección que tienen entre las gentes de los pueblos, estrecha y diariamente relacionadas con la naturaleza y sus criaturas. En su mayoría agricultores y ganaderos, agradecen de éste enorme pájaro su labor de limpieza de gusanos, ratones e insectos de las parcelas. Curiosamente, sólo a ellos les permite compañía, cuando trabajan la tierra con un tractor. Entonces las cigüeñas llegan a escasos metros de los aperos y se dan un festín, sin mostrar recelo por este antinatural, ruidoso y contaminante monstruo que por otra parte remueve el terreno y le proporciona su comida. Desde allí, el conductor puede admirar la destreza de ésta zancuda ave con el enorme y rojo pico, la belleza de sus abultados ojos negros y la elegancia de su vuelo. Sin detener ni bajar del tractor, pues en caso contrario se ven amenazadas y se van. Asombrosamente se ven más seguras con el ruido y el movimiento que con el inofensivo silencio. Tras picotear la tierra durante un buen rato, levantan majestuosas el vuelo y regresan al nido, donde si los tienen, esperan hambrientos los polluelos. Éstas nuestras, que Medio Ambiente les proporcionó un nido en Campo Ferrero, se vieron desahuciadas por ruina, el exceso de peso dobló el soporte y se cayó al suelo. Un pequeño grupo de improvisados ecologistas en acción, nos desplazamos con herramientas a los pocos días, asesorados por José Ferrero, jubilado guarda forestal, y podamos un roble, con la esperanza de no perder la compañía de las cigüeñas. Fue un sábado por la tarde, después de tomar café en el bar de Pepe, y el domingo al anochecer ya habían tomado posesión de su nueva residencia, para regocijo del grupo y beneficio de todos. Poco antes de escribir éstas líneas, estuve visitando el nido, y observando su actividad. Este año tienen tres crías, bastante desarrolladas, ruidosas y nerviosas, lo que se traduce en excelente estado de salud. Da gusto verlas.



lunes, 16 de mayo de 2011

La lluvia de sapos




Una de las leyendas rurales que más me gusta oír es la “lluvia de sapos”. Dice, que cuando se prepara una fuerte tormenta, puede darse el caso de intensa evaporación por la excesiva radiación solar y pequeños pobladores de charcas, regueros y alberques son absorbidos junto con el agua hasta las nubes, en lo que sería la primera ascensión a los cielos, pero a lo animal. Después, cuando llueve, aparece Newton con su gravitación y sus leyes, (que antes estaría dormido), y se produce el fenómeno atmosférico: los sapitos caen y milagrosamente no se estrellan contra el suelo, si no que corretean alegres de un lado para otro, incluso en patios y terrazas donde efectivamente, solo pueden entrar por el cielo. Después de oír contar este razonamiento, cada vez que entro en la cocina y veo hervir la olla con garbanzos, me los imagino al igual que los sapitos elevarse junto con el hirviente vapor, y hasta una vez, sin que me vieran, les puse ventilador, no siendo que el viento tuviera que ver… y nada. No pasó nada. No quiero ser destripaleyendas, yo sólo opino como mi amigo Miguel “cuete”, que dice: “Santa Susana parió por un dedo, podrá ser verdad, pero yo no lo creo”. Y es que la obsesión por los batracios es ya muy antigua. Para los egipcios la lluvia de ranas era una plaga, cuando con un poco de salsa la hubieran transformado en delicioso maná. Posiblemente, aunque no nos lo hayan dicho, por tanta abundancia puede venir esa manía de comer sólo media rana. Menos mal que a nadie le ha dado por hacer lo mismo con el cerdo. ¿Es que la otra mitad tiene peor sabor?. Aunque la palma en la “batraciomanía” la lleva Luigui Galvani, médico y naturalista, quien en 1780 pretendía haber encontrado en las ranas la “electricidad animal intrínseca”, una especie de fluido mágico que las hacía saltar chispas como una dinamo. De haber perfeccionado sus inventos, hoy en vez de pilas de polímeros de litio, u otro absurdo nombre, tendríamos atada al móvil o a la radio una rana, con dos electrodos en el culo. Sería la auténtica energía ecológica, aunque poco “limpia”. Otra utilidad de las ranas es la prueba del embarazo. Y ya se sabe, si era feliz y esperado, las atenciones eran para la preñada, pero si no era deseado la pobre rana volvía a la charca de una monumental patada, ¡como si fuera la culpable!. Y la literatura, también castiga a los batracios. El único beso que podían recibir de labios de una bella princesa los transformaba en príncipes, o sea, que ni siquiera podían disfrutarlo como lo que eran, y posiblemente quisieran seguir siendo, batracios. Y aquel ranero local, desaparecido ya, que se quejaba de las cigüeñas ante la escasez de ranas. Decía que eran una especie depredadora. Depredar es cazar para subsistir, él cazaba diezmando las charcas para negociar, y eso no es depredar, sólo es extinguir la raza, tampoco es para tanto. El otro día leí en Internet, en lo que pretende ser una página de información sobre mascotas, y cito textualmente, que además resaltaban en rojo, “los sapos es el nombre que se le da al género masculino de las ranas”. Si, hombre, si. Y el burro es el masculino de la yegua, aparte del sinónimo que califica a una persona necia e ignorante, como el autor de tal burrada. ¡Pobres batracios! Desconocidos, aniquilados y despedazados, despreciados, odiados… pero… ¿Quién no contiene el aliento en un atardecer, para escuchar un coro de ranas?


jueves, 5 de mayo de 2011

Para el comentario de "la campanilla"


Como responsable del blog y autor del artículo “la campanilla”, veo la necesidad de aclarar lo que hay de cierto y de falso en el comentario, no siendo que “el que calla otorga” y aunque no haya mala intención, si no que se haya hecho por desconocimiento, alguien llegue a pensar cosas extrañas de lo ocurrido con las antiguas campanas. En primer lugar, es verdad que eran excepcionales. Recuerdo de niño oírlas desde el monte de mi pueblo, Calzada, cuando el día estaba apacible. “Son las campanas de Ayoó”, me decían mis padres. También es verdad que se tocaron de todas formas y por multitud de campaneros, como todas las campanas de todos los pueblos, había diferentes toques porque era necesario avisar de las diversas actividades, algo obsoleto hoy día. Pero también es cierto que todo tiene su fin, y una se rajó y la otra estaba tan deteriorada que aconsejaba cambiarse y así quedar las dos nuevas, como efectivamente se hizo. Lo que no es verdad es que tuvieran valor, aparte del nostálgico y sentimental para los ayoínos, valor histórico, ninguno. Y no es que yo sea un entendido en el tema, me remito a los consejos de la empresa que las llevó y fundió en las que tenemos, Campanas Quintana, de Saldaña, de reconocido prestigio nacional e internacional. Como certificaron que no tenían más valor que su peso en bronce, NO LAS BAJARON DEL CAMPANARIO, SI NO QUE LAS TIRARON Y SE PARTIERON EN PEDAZOS CONTRA EL SUELO DE CEMENTO antes de llevarlas, por lo que nadie pudo hacer negocio con la antigüedad. También es verdad que todo el pueblo conoció la situación de las campanas, y con el ofrecimiento de la Sociedad de Cazadores y el ayuntamiento, con Rafa al frente, corriendo con los gastos, se hizo posible el cambio. Quiero recordar que se colocaron para un San Isidro, el del año 1991, un día memorable en la reciente historia de Ayoó, por la comida de hermandad que hubo a la puerta del ayuntamiento para todos, con lo que cada uno buenamente pudo aportar. Y lo recuerdo perfectamente porque yo fui uno de los que nos pusimos al servicio de los campaneros para ayudar en lo que hiciera falta, y de los primeros del pueblo en voltear las nuevas campanas. También quiero decir que nadie se ha jubilado en el oficio de campanero, el que quiere tocarlas las toca y yo sé de quien no va a misa pero le gusta subir a repicar. Creo incluso que hay hasta afición y últimamente ningún domingo se queda sin media hora de toque a misa. Y si todavía queda algún escéptico le sugiero que pregunte, que el tema se llevó con total transparencia y se pueden ver incluso las facturas pertinentes.

lunes, 2 de mayo de 2011

La campanilla




En lo alto de la torre, nuestra campanilla se ha quedado muda. Ya no puede llamar alegre a los feligreses; la “seña” ya sólo resonará en nuestro recuerdo. Una grave enfermedad llamada grieta, mortal para las campanas, ha aconsejado su jubilación y con ella su silencio. Nada ululará en su auxilio porque no hay hospitales para su mal. Y es que cualquier tipo de cura agravaría la herida, y la única receta para su tratamiento se llama resignación. Se la aplicaremos con abundancia, y añoraremos su canto, trabajo que realizó fielmente desde su remoto nacimiento en el año 1662, como indica su piel de bronce. También lleva grabado en relieve el dulce nombre de MARIA, y por Ella invitó con su aguda voz infinitas veces a rosario. Desde su atalaya conoció decenas de generaciones, cientos de cambios, miles de detalles que a no ser por su afonía gustaría de relatar en éste su largo retiro. ¡Quédate tranquila, campanilla!, ya no te marearemos más. Demasiados tañidos nos has dado desde tu alto pedestal como para pedirte en tu enfermedad algo más que reposo. Pero cada día, siempre que la luz ilumine nuestros ojos, míranos y recibe nuestras miradas de agradecimiento, que para ti, siempre lo tendremos en exceso.