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domingo, 24 de noviembre de 2013

La docena de San Genadio




Casi me da pena el desconocimiento general de los ayoínos en torno a la extensa historia de nuestro pueblo. Me gusta divulgarla “dejándola caer” entre la gente, y cuántas veces siento el desinterés total y el aburrimiento; entonces abandono, y comienzo a hablar de fútbol, de recortes, de violencias varias…, que de eso todo mundo “sabe” y así se anima la conversación. Pero no se porqué lo primero me estimula y satisface, y lo segundo acaba despertando mi dormido mal humor. Hace unos días me sucedió una anécdota: después de contarle a un amigo ayoíno que San Genadio partió de Ayoó con 12 compañeros, me contestó graciosamente que eso podía ser “la docena del fraile”, que son 13. Parece ser que la frase se usa para esa situación en la que alguien se quiere aprovechar de otro mediante un engaño para obtener una demasía, porque el viejo cuento era así:
“Un fraile fue a comprar huevos y le dijo al vendedor:
- Voy a llevar una docena, pero quiero que me los pongas por separado, porque son para distintas personas. El Abad me ha pedido media docena (6), el sacristán un tercio de docena (4), y para mí un cuarto de docena (3). El fraile pagó los 12 huevos y se marchó, aunque con el cuento llevó 13. Pero el desconfiado vendedor, hizo aparte las cuentas y encontró el engaño del fraile. En la siguiente visita, al hacer el mismo pedido, el comerciante le dijo:
- Mire, señor fraile, he decidido que las docenas se venden enteras, ya hará usted el reparto por el camino.
Pero no siempre 13 fue docena para beneficio. En el siglo XII, en Inglaterra, el Rey Enrique III decretó que los panaderos o elaboradores de cerveza que engañasen en la cuenta a sus analfabetos súbditos, pagasen con la mutilación pública de una mano. Para prevenir el error, los panaderos al vender por docenas añadían una decimotercera pieza, así en caso de error, extravío, o pieza defectuosa evitaban “quedarse cortos”, en el más estricto sentido de la expresión.

Es difícil saber porqué San Genadio escogió a doce compañeros para su viaje, pero por qué no, nos lo podemos imaginar. La primera explicación pudiera ser la casualidad, un grupo duodecimal de voluntarios para emprender una nueva tarea. Otra sería los precedentes bíblicos: los doce hijos de Jacob y las doce tribus de Israel, los doce frutos del Espíritu Santo, las doce estrellas de la Virgen Inmaculada, los doce apóstoles de Jesús, etc. O tal vez sea una cifra meditada, necesaria para el importante proyecto de restauración que Genadio expuso al Abad Arandiselo, su maestro y mentor. Tomando como base justicia y equidad, seguramente nuestro santo buscara la perfección en el número para garantizar un resultado óptimo. El 12 ha sido la cifra más importante en la historia de la humanidad, y para el reparto de futuras tareas es divisible por 1 (la totalidad), por 2 (la mitad), por 3 (tercios), por 4 (cuartos), por 6 (parejas) y por 12 (individuos). En el caso de alguna baja, el mismo Abad abandonaría temporalmente el cargo para unirse a sus compañeros, y así la “docena del fraile” se convertiría en “docena de panadero”, para imparcialidad y armonía. El tiempo también se regula en base a la docena; doce son los meses del año, dos veces doce las horas diarias, cada hora cinco por doce minutos y cada minuto cinco por doce segundos. El zodíaco, como reloj nocturno, también tiene 12 signos; cada uno se desplaza en el cielo desde nuestra posición 30 grados de arco en 2 horas. Los monasterios, hasta no hace tanto tiempo, han sido los guardianes del tiempo y del calendario. Necesitaban el control de ambas cosas para garantizar la precisión en la celebración de las liturgias. El santoral y la fecha móvil de la conmemoración de la Semana Santa necesitan exactitud en el calendario anual; y los relojes de sol diurnos y el conocimiento astronómico nocturno marcarían las horas de tareas, comidas y descansos para cumplimiento de las reglas establecidas, hasta la llegada en el siglo XVII del reloj mecánico y el abandono de la observancia del movimiento de los astros. Otra docena, muy curiosa, es la exclusiva de horas en los relojes de sol de los monasterios de San Fructuoso; todos estos datos los conocía Genadio, así que puestos a escoger número… yo también me inclinaría por el doce.

Cuenta la biografía de San Genadio que reconstruido el Monasterio de San Pedro de Montes, en el año 895, “fue preciso cuidar de lo formal”, por lo que acudió a Astorga y el entonces Obispo Ranulfo lo señaló Abad, “mandándole observar la regla del Santo Patriarca San Benito”. En el año 898 muere Ranulfo y Genadio ocupa la silla Episcopal de Astorga “no por deseo que tuviese de salir del desierto, si no porque su prudencia y santidad desprendían de allí tales resplandores, que no le permitían ocultarse. Pueblo, clero y monarca fueron necesarios para arrancarle de donde se había refugiado. El Rey Don Alfonso el Magno no quiso permitir que una luz semejante permaneciese cerrada entre los montes, si no que luciese a todos sobre el Candelero de la Iglesia”. Genadio Obispo fundó varios monasterios más, los surtió de libros y dispuso que fueran comunes a todos, una vez leída una parte pasaría al siguiente y recogería el anterior. Es sin duda la primera biblioteca ambulante de la historia de la humanidad. “Como las cosas violentas no pueden ser permanentes, continúa la biografía, y el Santo se hallaba violento fuera del desierto, donde tenía depositado el corazón, procuró después de fallecer el Rey Don Alfonso Magno renunciar la dignidad pastoral, y acabar su carrera abstraído del mundo, escogiendo por morada aquellos santos monasterios que había edificado, donde estuvo hasta el final de los días”. Del mismo modo que las lunas de Júpiter son visibles a ojo desnudo, pero el brillo del planeta las encubre, la luz que mencionara Don Alfonso Magno eclipsaría los méritos de su Obispo sucesor Fortis. Sabemos que el repuesto Rey Ordoño II “tomó consejo y parecer del santo, sobre quien le había de suceder en la Dignidad, y de común acuerdo fue nombrado Fortis”, otro ayoíno, del grupo de los doce. Era a primeros de octubre del año 920. Varios años revivió San Genadio la vida cenobítica. La cultura, la lectura, la naturaleza, y parece ser la pasión por el juego del ajedrez fueron sus preferencias, seguramente acrecentadas durante los últimos años de vida. El 25 de mayo del año 936 muere y es enterrado en Santiago de Peñalba, y en ese día el santoral lo recuerda para su veneración.

 Astorga, en su “bella desconocida” catedral contemplamos en tres formas de representación la figura de San Genadio: como escultura en piedra en la parte derecha de la fachada principal, como talla sobre madera en un cuarto de las puertas del sol, y como pintura en el interior, en la parte trasera del coro (Fotografía 1). En ella se ve un Genadio anciano, sentado, con un libro sobre las rodillas que simboliza sabiduría, capa pluvial y mitra a su espalda en señal de su renuncia a la Silla Episcopal. En la Iglesia Parroquial de Ayoó, una pintura de San Genadio erguido, con solideo y nimbo en la cabeza, capa pluvial y báculo pastoral en la mano izquierda, mano derecha expresiva señalando al centro del retablo y mitra a los pies por la referida renuncia, nos trae a la memoria el aventajado discípulo del monasterio Ageo, alumno de San Arandiselo, seguidor incondicional de San Fructuoso, y ayoíno por el tiempo que duró su preparación. El próximo destino, Montes de Valdueza; seguiremos sus pasos para comprender mejor las inquietudes de San Genadio, por el que ya siento una condescendiente fascinación. Se nota… ¿no?







domingo, 17 de noviembre de 2013

De San Genadio al principio de los tiempos







Parece ser que las primeras referencias escritas al pueblo de Ayoó de Vidriales, o al menos a su situación, parten del monasterio de Ageo, que seguramente estaba situado en algún lugar en las inmediaciones de la Iglesia Parroquial del Salvador. Una sería una escritura del Rey  Ramiro II de León “El Grande”, guardada en el Tumbo en el número 130, fechada en la era (hispánica) 978, que correspondería aproximadamente al año 940, en la que se reconoce el nombre del monasterio de Ageo. Otra sería la breve biografía de Genadio (San Genadio), que fue obispo de Astorga “desde cerca del 899 hasta el 920, cerca del cual renunció la Dignidad”. Allí se relata que “resolvió estudiar la milicia espiritual en la escuela de perfección de un monasterio que se llamaba Ageo, o según algunos Argeo”. A este monasterio llegó Genadio “dejando la casa y los bienes de sus padres”, “donde a la sazón era Abad un venerable Padre llamado Arandiselo (San Arandiselo)”, al que le pidió partir, al cabo de un tiempo, hacia el Bierzo leonés junto con 12 compañeros, para hacer vida eremítica y restaurar otro monasterio, el de San Pedro de Montes, fundado por Fructuoso de Braga (San Fructuoso) hacia el siglo VII, y destruido en el 714 por los musulmanes en su invasión de la península.

Me gusta dar rienda suelta a la imaginación; y seguramente sea errónea, pero voy a aportar una hipótesis que nos llevaría atrás en el tiempo para tratar de esclarecer nuestra historia, nuestro particular eslabón perdido. Fructuoso era hijo de una familia noble, y quedó huérfano en la adolescencia. Dice la historia que entregó sus bienes a los pobres y se retiró a la vida solitaria, después de estudiar Sagradas Escrituras y música bajo la tutela de Conancio, obispo de Palencia, en la escuela episcopal. Desde allí se trasladó al Bierzo para vivir en una cueva, en penitencia y oración. Pronto su fama atrajo a muchos seguidores, viéndose obligado a fundar el monasterio de Compludo, para el que redactó una regla monástica. En funcionamiento el monasterio, volvió a la vida cenobítica, a un lugar más inaccesible, donde se repite la historia y funda el Monasterio de San Pedro de Montes, hoy Montes de Valdueza. Continúan sus fundaciones hasta una veintena, y tras varias peripecias sin interés para este artículo, es nombrado obispo de Braga, donde murió el 16 de abril del año 665.

Para el monasterio de Ageo no existen datos fundacionales, pero no sería (y es parte de mi hipótesis) descabellado pensar que también estuviera de su mano. Eso justificaría la magnífica talla de San Fructuoso y su pequeño retablo en el lateral derecho de nuestra Iglesia. Aquí llegó, al parecer, desde su iglesia o ermita sita en la calle de los Palomares, de la que quedan apenas unas piedras en el cerramiento de una huerta. Eso explicaría también el porqué del pueblo anejo Carracedo, de connotaciones bercianas, creado para albergar a las familias de los monjes, como se hacía en otros monasterios. Y por último, le daría sentido al famoso “viage” de Genadio y sus 12 compañeros a recuperar el monasterio de San Pedro de Montes, ya que compartían fundador y vida monacal. Si esto fuera cierto podríamos afirmar que el monasterio de Ageo se establece en Vidriales antes incluso del año 650, como continuación de la famosa “Tebaida Leonesa”. 

Otro largo paso atrás en el tiempo nos llevaría al pequeño asentamiento prerrománico de la Peña, de unos 2000 metros cuadrados de superficie, donde un clan, o una familia numerosa convivieron el suficiente tiempo como para venerar religiosamente a su particular ídolo de piedra, celebrar ceremonias en torno a un pequeño menhir de 1,6 metros de alto, o realizar un enterramiento de, seguramente, su patriarca bajo el dolmen que la natural erosión ha dejado a la intemperie. Sin duda vivían de la caza, abundante en el entorno, y se resguardaban de sus enemigos tras una rudimentaria muralla y la seguridad de las alturas. Algún día aquellos primitivos pobladores bajaron a la llanura para cultivar la tierra y domesticar o pastorear ganado. Qué mejor sitio para hacerlo que donde el agua brota con fuerza (fuente de la Iglesia) y la tierra es extremadamente fértil (Prepalacio), todo ello al abrigo invernal de un monte (Peñacabras). La vida allí seguramente no fue fácil, numerosas escaramuzas, abandonos, repoblaciones y sumisiones hasta que llegó un grupo de personas ordenadas y cultas para ocupar el lugar y enseñar una nueva forma de vida. El lugar era tranquilo, bello, fecundo, la caza abundante y relativamente cerca discurría una importante vía romana para una fácil comunicación y mercado con otros pueblos. Al frente, un venerable padre espiritual, Fructuoso, trajo la escritura, la lectura y la música, e instauró un edificio para su enseñanza. Bautizaron este lugar con un nombre idílico, un apelativo santo para sitio propicio de santos; sencillamente eligieron la voz griega Ageos, que significa santo. Años más tarde cuestionarían el nombre como no válido, porque “no fuese expresiva del nombre del monasterio, si no dictado, como quien dice Santo Monasterio”. 

Y acabo donde empecé, a partir de aquí comienza la historia escrita y yo dejo de jugar a historiador. Pido perdón por mi osadía, este tema es una cosa muy seria que debe tratarse con seriedad. Para los interesados, tenemos sitios serios y documentados donde conocer la verdadera historia de los Valles de Benavente. Uno sería Brigecio, “buque insignia” del Centro de Estudios Benaventanos Ledo del Pozo, que en su número 1, editado en el año 89 y en la página 61 dedica un extraordinario artículo a nuestro monasterio Ageo, de la mano de Augusto Quintana Prieto, investigador leonés. Otro es el benaventano Rafael González Rodríguez, historiador, profesor de historia, escritor, colaborador de la revista Brigecio, presidente del CEB Ledo del Pozo y autor de dos blogs de lectura inexcusable: Más vale volando” y “El bierzo prerrománico”
  

Dice un refrán que “no se es de donde se nace, si no de donde se pace”. Parece ser que San Genadio al menos vivió 10 años en Ageo, y por tanto en Ayoó, y como ayoíno lo trataremos. Las 3 primeras fotos son de Astorga, una de un cuarto derecho de la puerta sur (1), en la portada renacentista (2), y otra del lado derecho de la fachada occidental (3), de estilo barroco leonés. Allí encontramos a nuestro Ayoíno, y posiblemente también como pintura en el retablo central izquierdo de nuestra Iglesia Parroquial (4), el que está frente a las puertas del sol. La foto (5) es de San Fructuoso, al que por deformación la gente mayor llama “Fertugoso”. Aquí debajo nuestro dolmen, menhir, muralla, tótem, restos de asentamiento y entorno.

 Como resumen, cuanto más leo e investigo con mejores ojos veo el pueblo que el azar me escogió para vivir, Ayoó de Vidriales, auténtica cuna de cultura.







miércoles, 30 de octubre de 2013

Ayoó, en tierras de lobos.


Santos, mi abuelo materno, era una persona alta, robusta, curtida del trabajo y sana hasta que a los 59 años, y en solamente 3 meses, una leucemia puso fin a su vida, dejando a mi madre huérfana con 22 años. Mi abuelo era un hombre valiente, decidido, seguramente, como todos los de su época, no conociera más miedo que el de no poder atender con la familia. Por eso nada se interponía en su camino al trabajo, y según cuenta mi madre, cuando llegaba el tiempo cogía el pote, llenaba las alforjas del caballo con lo que consideraba necesario, uñía (uncía) las vacas al carro y se marchaba varios días “al monte” a arar y sembrar para no perder tiempo en idas y vueltas a casa. Estaba solo, dormía a la intemperie, y no temía ni a bichos ni a temporales; tampoco necesitaba reloj, ni calendario, y solo al acabar la faena volvía feliz como si apareciera de un sosegado paseo.

 También trabajó de criado en Villalís y en Villamontán, en la Valduerna, a unos 30 km por carretera de su pueblo, Calzada de la Valdería. De allí iba y venía andando, pero por algunos caminos del monte, para ahorrar caminata. Viniendo, en una ocasión, llegó ya al atardecer a Herreros de Jamuz, cuando los pastores recogían el ganado. Como lo conocían, le preguntaron qué hacía tan tarde por allí. Él le dijo que venía a casa. Los pastores, y más gente que había por la calle le advirtieron que el lobo llevaba un tiempo atacando los ganados, que no era recomendable viajar solo y mucho menos de noche. Le ofrecieron varias casas donde cenar y dormir, propuestas que mi abuelo rechazó agradecido; solo le apetecía estar con la familia. Se despidió de aquella generosa gente, y a la salida del pueblo, en un montón de leña, encontró el pico de una pernilla, que echó al hombro y comenzó a caminar resuelto hacia el monte, en la dirección que tantas veces había repetido.

La noche despejada le regalaba una buena luna, poco frío, el camino seco…, y llevaba una especie de arma y una gran confianza en si mismo; nada se podría interponer en su propósito. En un lugar llamado el Monte del Río, la última llanura antes de bajar a la Valdería, cuando giró la cabeza, contaba mi abuelo que vio un lobo, uno muy grande y había visto muchos, que lo seguía a cierta distancia. Lo ignoró un buen rato, hasta que juntos oyeron el sonido del río Éria, él como alivio y el lobo como señal de ataque o pérdida de la presa, así que se le plantó delante y rugiendo “le enseñó los dientes”. Sin pensarlo dos veces, mi abuelo asestó un formidable golpe, que al lobo, gracias a su habilidad, solo le rozó las costillas y huyó espantado; pero el pico de pernilla se hizo astillas contra el suelo, y el brazo derecho que lo sujetaba, al parecer, quebró en varios sitios.

Aunque por lo que veo creo que ninguno de sus genes me pertenece, me siento orgulloso de pertenecer a la estirpe de aquel hombre intrépido, audaz, que conocía defectos, virtudes y manías del lobo como otras tantas de otros animales de la naturaleza en la que convivía en armonía. Sobre éste decía que “por la noche, el lobo es el amo del mundo”, bien entendido que el mundo no va más allá de la propia vida de cada uno, que no se debe jugar con quien no conoce ni perdón ni reglas de juego.

 El lobo es el hermano salvaje del mejor amigo del hombre, el perro. Ya desde niños, la cultura popular nos predispone en su contra. Así recordamos cuentos inmemoriales en los que aparece encarnando el mal, como los de Caperucita Roja, los 7 cabritos y el lobo, los 3 cerditos, el lobo flautista, Pedro y el lobo, etc. Y es que la continua invasión de territorios ha creado un importante conflicto entre lobos y humanos, que ha llevado a este animal a los límites de la extinción. Como en otros temas, la opinión pública se divide en tres grupos: los “supuestos” defensores naturalistas, que están a favor y con la proliferación de esta especie nada tienen que perder; una inmensa mayoría que vive ajena, indecisa, despreocupada; y el sector agrícola y ganadero que tiene que convivir y batallar con los efectos beneficiosos y también desastrosos de la presencia del animal.

Un ataque no es una sola presa muerta, el lobo enloquece y asesta un mazazo psicológico y económico a las ganaderías, aunque también hay que reconocer que los agricultores lo necesitan para controlar poblaciones de jabalíes, corzos u otros animales dañinos para la producción agrícola. Encontrar el equilibrio es importante y tarea de todos. Concienciar y educar son, entre otros, son los objetivos del proyecto de cooperación interterritorial y transnacional del proyecto WOLF presentado el pasado jueves por la tarde en el Centro de Turismo Rural El Molino de Congosta, al cargo del Grupo de Acción Local Macovall 2000, al que asistieron una treintena de personas.

Recordemos que los casi 60 Km2 del municipio de Ayoó están incluidos en tierras de lobos. Lo atestiguan topónimos como Peña Lubio (peña del lobo); a su falda está el Couso (trampa para cazarlo); y cerca de Ayoó Pequeñino Huerga Lubio, valle donde pudieron ser vistos con asiduidad. Yo me los he encontrado por dos veces. La primera en los Ingirios, al lado de la ermita de San Mamés. Era por la mañana, bajaba a trabajar y ya cerca del Almucera observé una pareja, uno de ellos con pelaje blanquecino. Paré y busqué mi cámara, pero en dos brincos se ocultaron entre la maleza que bordea el río. La segunda vez fue uno solo, en el camino Fuente Encalada, en medio de Valdecalas. Estaba disfrutando del paseo dominical con mis perritas cuando a lo lejos lo vi. En un principio lo confundí con un zorro grande, pero al acercarme y advertir sus modales de acecho y fuga, y el comportamiento de mis mascotas, que no salían de entre las piernas, comprendí el peligro y volvimos al pueblo. Posteriormente amigos cazadores me confirmaron haberlos visto por esas zonas.

En tierras de lobos también es un estudio etnográfico y de patrimonio cultural en torno al lobo, un libro y un vídeo imprescindibles para mentalizarnos que es necesario colaborar para no lamentar la pérdida del mítico animal de nuestros montes. Un refrán, muchas veces repetido por su valiosa enseñanza, dice que “burra de muchos, comióla el lobo”. Alude a una hipotética burrita, que tantos dueños tenía que a fuerza de relegar responsabilidades quedó una noche sin recoger y el lobo le dio fin. El lobo es incumbencia de todos, no dejemos que se coma a si mismo.













martes, 22 de octubre de 2013

El vino... es la leche.


Para los amantes de la vinicultura, un par de curiosidades que se dicen por estos nuestros pueblos, para un poquito de reflexión. La primera es un cuento con moraleja, y la segunda, contada aparte, es la moraleja del cuento, que abreviado venía a ser así: Era un padre vinatero, que en el lecho de muerte mandó llamar a sus numerosos hijos para revelarles su gran secreto, transmitido verbalmente en un momento parecido por su padre, que a su vez de la misma manera le contó el abuelo. –“Quiero que sepáis, hijos míos, que el vino también se puede hacer solamente con uvas”. La moraleja la conocen también los ganaderos, y dice que tanto el vino como la leche, permiten añadirle o sustraerle gran cantidad de sustancias mientras no varíe el color. No digo que con esto empeore el resultado, pero si que se transforman productos que originariamente son extraordinarios en subproductos que seguramente no debieran conservar el nombre propio, porque ni de lejos mantienen sus cualidades naturales. Tanta manipulación nos lleva a situaciones cómicas, como la de la bebida refrescante con sabor limón, y el fregasuelos con limones naturales. Con el vino y la leche sucede parecido, cuando comienzan el proceso de industrialización para la posterior comercialización, entran en un estado de decadencia para supuestamente conservar o modificar para mejor las virtudes de lo que ya roza la excelencia. Y lo curioso es que ambos productos en estado natural ya no son tolerables por gran parte de consumidores, porque han adaptado paladar y hábitos a las nuevas composiciones.

Para encontrar vino y leche, originales, hay que volver a los pueblos, donde todavía se siguen métodos tradicionales. Así en Vidriales, por ejemplo, se sigue elaborando el vino como el vinatero de antaño, y de forma mucho más escasa, se puede consumir leche con todas las bondades del reciente ordeño de los animales. Y en los mismos pueblos, buscando la perfección, sería necesario también dar un paso atrás para encontrar la verdadera y auténtica calidad; para ello hay que hablar del terruño, el responsable real de las cualidades naturales. Por eso cualquier animal alimentado con lo que genera la tierra, sin química ni genética, nunca tendrá ni punto de comparación con los hacinados en granjas, forzados a piensos y medicaciones diseñadas para mayor producción, y por tanto beneficio industrial. Con el vino sucede igual; y ya es difícil encontrar quien labre las viñas, verdadero origen del vino, quien abone sin cómodos productos químicos y quien no aplique herbicidas u otros potingues. Todo esto, nos guste o no, la planta lo absorberá del suelo y nos lo devolverá en sus frutos. Es una ley natural.

 Pero dejémonos de leches y centrémonos en las uvas, finalizando la comparación con una frase célebre de Plinio el Viejo (23 – 79): “El vino es la leche de los viejos”, donde queda reflejada la conveniencia de tomar vino moderadamente. Largo y tendido se ha escrito, y se sigue escribiendo, como podéis ver, sobre el vino (yo pongo el punto de discordancia). Mucho menos se hace sobre las uvas, olvidadas, arrinconadas, y sin embargo, como es obvio para quien lo aprecie, verdadera base de un buen y natural caldo. De uvas no sabe más quien más tiene, o quien más produce, si no quien mejor las cultiva, por lo arriba expuesto y siguiendo, ha quedado claro, métodos tradicionales. Pero hablar de uvas en tener en cuenta la tierra, el sol, el aire, el agua… y además de otros factores a las múltiples variedades. Algunas no son aptas para vino, otras son menos comestibles, aquí como en otras cosas interviene el gusto, pero no basta conocer media docena o seguramente hablar de oídas; para hablar de uvas con autoridad es necesario abonar, plantar, injertar, podar y vendimiar, y en todas las variedades que permita la zona. Parece imposible, y sin embargo es dedicación, amor por la tierra.

 Es un orgullo nombrar aquí a un auténtico viticultor, un gran amigo que se escapa de la capital a cultivar con mimo sus cepas, sin esperar de ellas más rendimiento que el de agradecerle su deliciosa cosecha. Su nombre es Santiago, conocido en la zona como “El Perdido”, quien ha recogido en una viña todas las variedades por él conocidas del valle de Vidriales, zona eminentemente vinatera. Para ello injerta como siempre se hizo, sobre bravo, algunas con nombres propios, otras con los aceptados. Su viña es un paso atrás, donde se puede encontrar mezcolanza de colores, diversidad de sabores, y a la par historias de viajes con injertos en la mochila, técnicas de cultivo, relatos de vendimias… El vino, como tal, comienza aquí su andadura.

Nunca creí que se cultivaran en Vidriales tanta cantidad de variedades de uva. Santiago el Perdido ha recogido y mima éstas: Pedro Torres falsa, Moscatel rojo, Tinta Madrid (Tempranillo), Garnacha roja, Negro de garita, Blanca sin pepita, Machuna, Negro del cuete, Pedro Torres roja, Moscatel blanco, Negra de Mª Luisa, Jerez (Redondal), Riesling, Morisco, Negro chilán, Blanca de Pedrones, Tinta la cacha, Viura (Macabeo), Tintorera, Juan el herrero (mi favorita para comer)(Bobal), Moscatel del guardia, Pasas de Corinto, Cariñena, Santa Paula, Morisco verde, Cabernet, Blancón, Mencía, Tío Robustiano, Mesa de Alicante, Picudo (negro), Verdejo (mi vino predilecto)(picudo blanco), Moscatel romano, Aragonesa, Blanco España, Tintorera especial, Teta de cabra, Garnacha negra, Sanabresa… ¡Uf!, Perdona, Santiago, si se me quedan algunas en el tintero, es que yo también estoy perdido.

Antaño talegones, ahora cajas de plástico arrebatan a las cepas su dulce tesoro para acabar en una estilizada copa excitando nuestros sentidos. Ojalá este camino siempre fuera respetuoso para un hablar de un resultado óptimo. Plinio, filósofo y naturalista, también decía que “El hombre debe al vino ser el único animal que bebe sin sed”. Plauto, molinero por necesidad, ironizaba: “El mayor mal del vino es que empieza por agarrarse a los pies: es un luchador habilidoso”. Pero una de mis frases favoritas partió de boca de George Brassens, poeta y cantautor: “El mejor vino no es necesariamente el más caro, sino el que mejor se comparte”. Y para compartir, nada como un buen brindis:

Vino que naces de las verdes matas,
tu me crías, tu me matas,
“pa” que veas que te quiero
entra por este agujero.

Ahora sí; ¿hablamos de vinos?... ¡Salud!




 


















viernes, 11 de octubre de 2013

Fray Domitilo de Ayoó



Me es difícil escribir a cerca de personas como Felipe Avelino, que finalizó su corta vida de forma innecesaria, incomprensible y además cruel. Y más difícil todavía a sabiendas que nada sé de aquellos tiempos que corrían, que los que no vivieron se empeñan en recordar y los que si lo hicieron no quieren más que olvidar. Pero si hemos de olvidar los hechos, jamás a las personas; necesitaremos de sus vivencias para no caer en los mismos errores que no hacen más que engrosar la larga lista de miserias humanas. Esta historia comienza el 3 de septiembre de 1907 en Ayoó de Vidriales, cuando nació Felipe Avelino Llamas Barrero. Sus padres, Avelino y Margarita, lo bautizaron a los tres días en la pila bautismal de su Iglesia, como así consta en los archivos parroquiales. Como alumno de la escuela que había en la plaza de la Audiencia, destacó por su inteligencia, vivo ingenio y pronta memoria. Por estos méritos, y a petición propia, ingresó sin dificultad en el Seminario Seráfico del Pardo, donde cursó estudios de latín y humanidades. El 2 de agosto de 1923 pasó al convento de los Capuchinos de Bilbao, tomando el nombre de Fray Domitilo de Ayoó. Al año siguiente, tras el noviciado, fue enviado a los Seminarios Mayores para seguir los cursos de Filosofía, Sagrada Teología y Elocuencia Sagrada, terminando los estudios con el título de Predicador y la Ordenación al Sacerdocio; era el 30 de mayo de 1931. Un año más tarde encontró destino en el convento de Montehano, en el municipio de Escalante, Cantabria. El histórico 18 de julio del año 1936 le llamaron para predicar en la fiesta sacramental de Bocines, que el vidrialés aceptó a sabiendas que se aproximaba una seria revuelta. Comenzó su sermón con las palabras - “España está atravesando un momento de peligro; es necesario que pidamos por España”, lo que fue tomado por un acto político, con consecuencias funestas; ya no pudo volver al convento. Se hospedó en casa del párroco de la localidad, y luego en una casa de un particular llamado Diego Cuervo, donde le aconsejaron quitarse el hábito; él declinó con valentía y respeto a sus principios, alegando que “mi regla me lo prohíbe”. Una noche, sobre las 5 de la mañana, irrumpieron en la casa cinco milicianos a buscar al Padre Domitilo; él se presentó ante ellos, pidió permiso para lavarse y desayunar, a lo que accedieron, y se despidió de su anfitrión con estas palabras: - “Adiós, don Diego, hasta la eternidad, porque a mí me van a matar”. Fue forzado a ir corriendo a la Iglesia de Candás, convertida en cárcel, donde más tarde procuraría tranquilizar y animar a los demás detenidos. Sus carceleros varias veces le ordenaron quitar el hábito y recortarse la barba, a lo que mientras pudo se negó, sólo por la fuerza, a última hora, lo consiguieron. Él decía - “Mi mayor dicha es morir con mi hábito, para eso me hice religioso”, y a sus compañeros - “Si nos matan, estad alegres, porque volaremos al cielo”. Al padre Domitilo se le propuso escapar de aquella cárcel por una ventana, abajo le esperarían y ocultarían salvando así la vida. Él les contestó - “No puedo, porque al darse cuenta por la mañana los guardianes de la cárcel que me he fugado, matan a todos los presos aquí detenidos. Yo no tengo quien me llore; mas éstos tienen hijos, esposas, padres, novias, a quienes deben atender cuando se vean libres de la prisión”. El reloj de bolsillo, su único bien material, se lo dio a uno de sus carceleros, el que escuchaba atentamente cuando el Padre Domitilo hablaba de religión, y le dijo: - “Si muero, quédese con él; si vivo vendré a buscarle”. El 6 de septiembre de 1936, a las 2 de la mañana, entraron en la Iglesia unos marxistas, y por lista llamaron al Padre ayoíno y una docena de presos más, a quienes ataron y llevaron a Peón a fusilar; eran en total 23 personas. A sus ejecutores pidió un último deseo, el de ser el último, para dar la absolución a sus compañeros. De una fosa común, el 21 de febrero de 1938, fue exhumado el cuerpo de Felipe Avelino Llamas Barrero, el Padre Domitilo de Ayoó, posteriormente enterrado, ya cristianamente, en un nicho en el cementerio de Gijón, y cerrado con una lápida sin inscripción alguna. El próximo 13 de octubre en Tarragona, 522 mártires, entre ellos nuestro Ayoíno, serán beatificados en la que será la mayor ceremonia en la historia de la Iglesia Española. El lema será: “Los mártires del siglo XX en España, firmes y valientes testigos de la fe”. Fueron personas que murieron en una lucha fraticida, sin empuñar más arma que la de ser fiel a sus creencias religiosas; personas que ocupan actualmente una laguna mental en la polémica Ley de Memoria Histórica. Pero la Iglesia como comunidad no puede olvidar a sus mártires, como el Padre Domitilo, que entregó su mejor bien a sus asesinos; no su reloj, si no su comprensión y perdón. Ayoó de Vidriales, el pueblo natal que escogió para llevarlo junto a su nombre, le recuerda también y le honra; una placa al lado de su homólogo Fray Luís Blanco Álvarez en la Iglesia Parroquial y nuestro reconocimiento nunca serán suficiente retribución para tan nobles méritos. El 10 de diciembre de 1948, la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. En su artículo primero por extensión, y en el 18 por definición, garantiza la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, así como la libertad de manifestar su religión o creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia. Nuestra constitución, en vigor desde el año 1978, establece la garantía de libertades ideológicas, religiosas, y de culto de los individuos y las comunidades, sin más limitación, en sus manifestaciones, que la necesaria para el mantenimiento del orden público. Preceptos a tener en cuenta para garantizar el supremo derecho de la vida, negada a nuestros mártires por entenderla de distinta forma. En nuestra memoria han labrado un sitio, en un lugar de su cielo,
un hogar.