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lunes, 18 de mayo de 2015

Así debería ser...



Así debería ser: tras cinco días de duros y obligados quehaceres, y quizás una mañana de tareas sabáticas, siempre debería acontecer una merecida tarde de bien entendida gloria. La tarde del 9 de Mayo la recordaré, y por lo visto no fui único, sobresaliente en este sentido.

El tema era atrayente, II Encuentro de Dulzaineros. El lugar ideal por la cercanía, Castrocalbón; al lado de casita, para no perder el tiempo en viajes. Entorno de lujo, la zona recreativa, acogedora y mimada. Un escenario tan simple como expresivo, los Pendones de Castrocalbón y Calzada hombro con hombro; historia y tradición, muestra del hermanamiento que pronto se haría notar. La presentación inmejorable, divertida y amena, a cargo de Marcos García, quien da clases en éste pueblo de música y danza. Un grupo de bailes regionales con solera, “La Arquilla” nos deleitó con su buen hacer. Y mucha gente, sobre todo mujeres, ataviadas al modo tradicional: así debería ser.

Comenzó el evento con un pasacalles como los de siempre, presidido con las hermanas pequeñas de los Pendones expuestos, las Pendonetas. Qué mejor toma de contacto que integrarse entre la gente, allá donde estuvieren; qué mejor preámbulo que mostrar el pueblo a los invitados. Así debería ser.

La climatología nos obsequió con calorcito, se agradecía la sombra del recién estrenado frontón, como también la previsión de asientos para el numeroso público. El anfitrión abrió el acto, el conocido Grupo de Dulzaineros de Castrocalbón, acompañados al baile de “La Arquilla”. Muy bien. Y mejorando el buen comienzo estuvo el homenaje a un maestro de la dulzaina, Antonio “Patarita”, natural de San Esteban de Nogales, que cuenta 92 años. Me dijo un pajarito que de niño le cogía la dulzaina al padre y se escondía en el pajar, para tocar aprovechando la natural insonorización de la paja. Pero de nada servía ante el penetrante sonido del instrumento tomado sin permiso, y muchas veces encontró más que palabras de desaprobación. Daba igual, de cualquier forma tenía que domar lo que le sirviera de sustento el resto de su vida. Con unas palabras de agradecimiento nos recordó los cientos de veces que soplara y resoplara en los festejos de éste pueblo, asegurando que “fue mucho de Castrocalbón”. Como no podía ser de otra forma, al final sacó de su estuche una dulzaina de más de 100 años, de antes de él nacer, dijo, y tocó un par de temas para ovación general.

El escenario se fue llenando paulatinamente de grupos, aparentemente con los mismos instrumentos, pero ni de lejos los mismos matices. Muchos géneros, algunos desconocidos para mí, ejecutados con maestría arrancaron el unánime aplauso del numeroso público tras cada pieza. Quise apuntar los nombres y sus temas, pero cuando revisé los apuntes me di cuenta que lo hice mal. O bien no sirvo para periodista, o me absorbió la calidad del acto. Mil perdones, pero no quisiera olvidarme de nadie ni mentir en las presentaciones. Alabo por lo visto la idea de Mateo de organizar el I encuentro de Dulzaineros en Trobajo del Cerecero, la recogida de guante del grupo de Dulzaineros de Castrocalbón, y la tercera edición, que sea donde sea allí nos llevará, si alguna desgracia no lo impide. Todos unidos por nuestra música, así debería ser.

Solicito permiso para destacar un par de tres cosas: la primera la sorpresa que nos tenía preparada el grupo Bañezaina, al interpretar un tema de Mago de Oz y la banda sonora de Piratas del Caribe; parece increíble adaptar con tanto gusto música y ritmos actuales a la particular dulzaina, eso es innovación, y así debería ser.

La segunda es la preparación en tiempo record de un par de temas por Alfonso, José María y las Pandereteras, quienes nos deleitaron con una jota y un pasodoble. Un “otra, otra…” del público puntuaron la actuación con la máxima nota. Es algo que define a los maestros, la improvisación; así debería ser.

La tercera, por los comentarios, el sobresaliente para Alberto Jambrina y Pablo Madrid. Decir la boca abierta es poco decir, quienes estaban detrás de mí, participantes dulzaineros, aseguraban que simplemente aquello no se podía tocar, qué íbamos a opinar los neófitos… Broche de oro, así debería ser.

Y así debería ser, y acabo como comencé; ojalá cada poco se brinden este tipo de actos, que haberlos hailos, pequeños detalles artísticos que evidencian la increíble vitalidad de nuestros pueblos y sus gentes; además, en contra de todo pronóstico. Y para que no se nos olvidara, todos juntos, soplando y redoblando a la vez se despidieron con un épico “todos somos de León”, versión pasodoble. Después ellos se irían a merendar para reponer fuerzas… que así debería ser.























Vídeo de de la página amiga Apréstamo Astur Leonés

                       

lunes, 4 de mayo de 2015

2015 - 1965 = 50




Al reloj, devorador de horas:

Escucho tu soniquete
de tan solo dos palabras:
tic, tac, tic, tac y no callas,
ni descansas ni te duermes.

Ya llevas, con paso corto,
cincuenta, y no son minutos;
que son años, a lo bruto,
dando vueltas como loco.

Qué te he hecho, me pregunto,
para controlar mi vida,
dirigirme la barriga,
poner a mi quehacer punto.

Observo que, y no es de risa,
intolerante aparato,
si yo descanso un buen rato
tu caminas más aprisa.

¿Por qué sacudes mi sueño,
con lo a gusto que yo estaba?,
parece imposible que haga
tal ruido algo tan pequeño.

Que no duermo por vagancia,
necesitamos descansar;
como tú no quieres parar
molestarnos te hará gracia.

Aligeras en los viajes
justo al momento de embarcar;
si te enredas han de arrancar
y ahí te quedas, a ver que haces.

Al contrario, cuando es pronto,
te miro al menos cien veces:
si no paras, lo parece,
¡venga, que pareces tonto!.

¿Por qué te vuelves borroso
y tiemblas en mi mano…?
¿no ves que voy para anciano…?
¿a qué juegas, so mocoso?

Eres malvado y lo sabes,
soy reo de tu capricho,
mira te lo tengo dicho…
¡que te rompo y ya no vales…!

Son cincuenta y ya son años,
los que llevo junto a ti,
no te quiero ni tú a mí,
e imposible separados.

Así pues, hagamos trato
para el tiempo que me queda:
deja acabar mi tarea,
¡por hacer me queda tanto…!

Alárgame los minutos,
que más despacio camino;
yo quiero seguir contigo,
continuemos viaje juntos.

Y cuando al fin digas basta,
contento te diré, amigo,
por haberte conocido
plena y feliz llevo el alma.

ETJ









A mi madre, Ana María, quien con tanto amor puso en marcha mi reloj:


GRACIAS.



viernes, 1 de mayo de 2015

A mayo, florido y hermoso.



Mayo es el mes espiritual por excelencia. El propio nombre nos evoca el original calendario que regía en la incipiente Roma del año 753 A.C., ideado por su cofundador y primer rey, Rómulo. Dentro de las eternas discusiones por la interpretación de conceptos en la historia, parece aceptado como el mes consagrado a una de solo tres deidades veneradas en el vetusto almanaque. El primer mes era para el dios de la guerra, Marte. Abril derivó de aprilis, espuma, cría de cerdos, apertura u otras mil posibles acepciones, pero de ningún modo fue deidad. Mayo era para la diosa Maya, diosa de la primavera, de la fertilidad; se la relaciona con Bona Dea, diosa de la salud y de la riqueza, y se la representaba postrada en un trono con una cornucopia, el cuerno de la abundancia, apareciendo en muchas monedas romanas antiguas. Y por último Juno, reina de los dioses. A partir de ahí, y hasta la reforma del calendario por Julio César, Rómulo no se complicó la vida y continuó con los dedos de la mano, como hacía con todas las divisiones, hasta los diez meses de su año: quintilis, sextilis, september, october, november y december. El poeta Ovidio, justificando tan poca imaginación en la elección de los nombres, decía de Rómulo que “sabía más de espadas que de estrellas”, y del 10 “porque es la cantidad de dedos con los que solemos contar”.

Ya los romanos celebraban el primero de mayo, haciendo coincidir su fiesta con otra de origen celta: Beltane. En ella se daba  por finalizado el invierno, comenzaban los trabajos en la agricultura y por ende el resto de actividades, casi todas relacionadas. Los restos de aquellas celebraciones se hacen notar hoy, en primer lugar como Día Internacional de los Trabajadores. En Ayoó, por su condición de pueblo inmerso en pleno campo, perviven en este mes algunas tradiciones ancestrales y milenarias de culto a la naturaleza.

De los celtas, y seguramente que ellos de sus antecesores, hemos heredado el ritual del Mayo, aunque como todo, ha ido evolucionando adaptándose en cada lugar y a cada gente. La inteligencia de aquellas civilizaciones estaba basada en la observación, y era imposible quedarse indiferente ante el prodigioso renacer vegetal que cíclicamente vestía de vida su entorno. En el origen de la ceremonia, largos árboles eran talados, acarreados y plantados en un lugar destacado de la aldea; si el bosque era la morada de sus benefactores, traspasar con el árbol sus toscas murallas era traer protección y prosperidad a la comunidad. En lo más alto del palo ataban flores y ofrendas, y en su alrededor celebraban reuniones para acordar los asuntos colectivos. Así aclaramos también otras tradiciones típicas de la zona, (y perdidas), como son los pendones leoneses y los concejos. Y típico es el Mayo, con la variante de “colgar” un muñeco en lugar de flores en lo más alto, aunque últimamente aquí no se tala ni acarrea árbol alguno y simplemente se utiliza uno de los numerosos postes de tendido eléctrico.

Éste año tres Mayos adornan el pueblo, el día en el que se repite otra tradición ancestral, la bendición de los campos. En las afueras del pueblo, hacia los cuatro puntos cardinales, se pide fertilidad, cosechas abundantes y alejar las temidas tormentas y el granizo. Mayo, el más bello de los meses, se ofrece también al milagro de la vida, a las madres, y a una en especial, es también el mes de la Virgen María. En la procesión hacia la bendición de los campos, nuestra imagen de la Virgen del Rosario presidió la comitiva, a la hora que además un invitado de lujo venía de visita: San Mamés. Reunión emotiva, el santo, la Virgen y la gente haciendo corro en una mañana nublada, pero primaveral. Nuestro grupo coral entona cánticos de alegría, Mamés, Prenda Bella…, y  de vuelta a la Iglesia para comenzarle una novena, las campanas voltean en señal de fiesta.

Dicen los viejos refranes: “Las mañanitas de abril son dulces de dormir; ¿y las de mayo? las más dulces de todo el año”, aunque para los enamorados “Mes de mayo, mes de la maldición, que apenas amanece y ya se ha puesto el sol”. Meteorológicamente “Marzo airoso y abril lluvioso, sacan a mayo florido y hermoso”, y “Por Santa Cruz (3 de mayo) el monte y la viña reluz”, aunque otros previenen: “Hasta el cuarenta de mayo, no te quites el sayo”, porque “Cuando marzo mayea, mayo marcea”. En fin, cosas de la sabiduría popular; el caso es que la primavera está aquí, ya ha venido para quedarse. El domingo 3 será el día de la madre, el sábado 9 el final de la novena de San Mamés y su vuelta a la ermita, y el viernes 15 San Isidro labrador, otra fiesta popular de arraigo local. Con un par de días de antelación, felicito ya a todas las madres, y aunque estamos en el mes de las efímeras flores os regalo una poesía, de las que duran eternamente:

Llevo en el alma la divina huella
de tu recuerdo, madre inolvidable;
otras pisadas  hay, pero tan bella
ninguna habrá, ni tan imperdurable.
En tu interior un día me tuviste,
y en  tu interior me llevas todavía.
Nunca al pensar en ti puedo estar triste,
pues soy tan tuyo como tú eres mía.

Francisco Álvarez Hidalgo


















viernes, 24 de abril de 2015

Campanas del mi lugar... ¡¡Alerta están!!






Los pueblos se apagan. Sus pilares se hunden, literalmente, en la tierra. La soledad vence en la calle y la toma por suya, sin resistencia alguna. El monte hace tiempo que se ha lanzado a reconquistar lo que un día fue todo propio, y avanza sin piedad. Sólo nos queda resistir o morir, o ambas cosas por necesidad.

La despoblación rural se me antoja como una alegoría, que sólo entenderá quien haya desgranado una piña de pino piñonero. Cuando está madura, rebosante, los primeros piñones salen solos de las capas primeras, sin orden y sin afectar la estética. La piña sigue estando cerrada, hermosa, con sus increíbles alineaciones helicoidales, y con los fallos que la hacen única y especial. Pero a medida que hurgamos en ella en busca del fruto, su mayor tesoro, pierde simetría, equilibrio, armonía. Al manipular las celdas se parten, y lo que era una coraza inexpugnable comienza a sonar raro, a roto. Los últimos piñones tienen que salir a golpes, ayudados de alguna herramienta punzante. Es entonces cuando la piña cambia de orden áureo a caos total con tanta rapidez que casi en cada parpadeo desconoceríamos el todo original si no fuera que la tenemos entre las manos. Esa piña es mi pueblo; y apelo, por no maldecir, a la mano que nos sacude tan cruelmente.

¿No oís los golpes? Prestad atención: los repite el triste tañer de las campanas cuando encordan, avisando que un vecino, un nuevo piñón, muere en el pueblo; es arrebatado de la piña. A esas campanas ya nuestros ancestros le dedicaron una coplilla:

Campanas del mi lugar,
sé que me queréis de veras;
tocásteis cuando nací,
tocaréis cuando me muera.

Aunque a decir verdad, la piña no vale como ejemplo. Más bien nos deberíamos comparar con el gigante que surge de una sola y minúscula semilla. La alegoría sería para con el propio árbol, y su raíz, de donde partieron por sus circunstancias los ayoínos que allá donde fueron repitieron el extraño y bello nombre de su pueblo, lo deletrearon y mandaron acentuar para su correcta pronunciación. Ayoínos que ocuparon otras piñas, donde allí si, las montañas, las calles, las gentes repitieran los golpes desgarradores. Tristemente, la copla pierde el sentido, y la tierra que nos viera nacer quizás no nos acoja al final de los días.

Reflejo de lo expuesto ha sido el reciente fallecimiento de Evelio Tábara, desapercibido como tantos en nuestra comunidad. Había nacido en la calle Palomares, en una casa que hacía rincón. Era el año 1937, un 2 de diciembre. De cuatro hermanos fue el tercero, y como era y es costumbre, a los pocos días en la pila bautismal de la Iglesia, tomó el nombre de su padre. En la escuela del pueblo, donde la plaza de la audiencia, aprendió las letras y los números, en aquellas viejas enciclopedias que traían un poco de todo. El ansia por saber que pronto demostró, aconsejó su ingreso en otros colegios más avanzados. Primero sería la preceptoría anexa al Santuario de la Virgen del Campo, en Rosinos, bajo el atento control de su tío, sacerdote. De allí a Cáceres, Badajoz, Roma, Madrid… En 1962 fue ordenado sacerdote en Roma, enviado a Alemania y luego a Portugal. Hasta su muerte recorrió España con su actividad pastoral, como Vicario de la Provincia Ibérica, Superior y Capellán en Cáceres, , Director de colegio en Badajoz, Capellán en los centros penitenciarios de Cáceres y Madrid… y por último, y debido a su enfermedad, en una residencia de Cáceres, donde mientras pudo celebró la misa. Su última semana la pasó en el hospital de Coria, Cáceres, donde pronunció sus últimas palabras… “Muero feliz”.

Para Evelio el mundo fue parcela conocida, Europa la vuelta de la esquina, España la palma de su mano, y su querido pueblo ese lugar, inaccesible, difícil de visitar. Como tantos partió para no volver, y su ciclo de la copla quedó roto para siempre.

Piña o pino, los pueblos se secan, y solo queda un rincón para sus últimos frutos. El ruido de aquellas calles, de no hace tanto, apenas ya es un murmullo que asiente y se resigna en silencio. Solo las campanas están alerta, a sabiendas que su tañer melancólico no callará hasta que el último de nosotros calle. Es lo que nos han enseñado y será nuestro destino.















P: Evelio Tábara, 1937 - 2015