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sábado, 1 de septiembre de 2012

El señor Ismael



Si hubiera que nombrar el ayoíno del siglo XX, y, a Dios gracias, de lo que llevamos del XXI, en la larga lista de candidatos no podría faltar Ismael Ferreras. Y no porque esto se me haya ocurrido a mi, o porque lo cuente entre mis admirados, si no porque es evidente que es una persona querida y respetada en Ayoó y más allá de todos sus pueblos limítrofes.

 Ismael inició su andadura en los difíciles años previos a la guerra civil. Como no podía ser de otra manera, unos inacabados conocimientos elementales en la escuela, se turnaron con trabajos en el campo al lado de sus padres, ya en la tierna edad de la infancia. Agricultura y ganadería, actividades indispensables y hermanadas, aunque se alternaran con otros oficios: zapatero, albañil, herrero, carpintero…, como le ocurriera a Ismael, que precisamente, heredó de su padre José María, “el carabinero”, toda la sabiduría como tratante de ganado, y de la cría de caballos y burros sementales en “la parada”, edificio en donde se abastecían las necesidades reproductivas de yeguas y burras de toda la comarca. Se le enciende la mirada cuando cuenta cómo en la exposición de sementales de la feria de ganados de Zamora, en el año 1923, su padre se llevó el primer premio con el caballo “Ureña”. De su madre Felisa aprendió aquella extraña trastienda que suponía el arte culinario para las bodas, y así, todavía hoy, se le conoce también por “el cocinero”; no en vano en los 25 años de oficio, nada más en Ayoó cocinó junto a su mujer Dorinda para 118 bodas. 

Por la época vivida, me parece cansado recordarlo, no pasaría hambre, pero seguro que conoció el siniestro rostro de la necesidad. Otros tardaron más en reaccionar, él, valiente hasta la médula, no parpadeó al presentarle batalla y sus parejas de vacas o de caballos quedaron amarradas en la cuadra el mismo día que, flamante, estrenó su nuevo tractor, un legendario Ebro 160 que a día de hoy sigue activo en manos de su hijo; el primer tractor comprado en Ayoó, que por entonces, 1967, contaba con más de 1200 habitantes. El gasoil era más obediente y trabajador que los animales de tiro, y pronto labrar parcelas fue rápido y sencillo, dejando tiempo suficiente para atender su pasión por la cocina. Pero no la cocina como nos la imaginamos hoy, moderna de los restaurantes; la suya, que alimentó a miles de personas, era la propia de cada lugar donde se celebraba una boda, casi siempre en casas o locales vacíos que también servían de comedor para tanto personal; por tanto, el gas era leña, la llama se encontraba a la altura del suelo, las encimeras mesas que se colocaban para ese menester, las máquinas sus brazos, los cacharros grandes paelleras, y las cazuelas enormes ollas de "periyuela" (Pereruela), las mágicas cocineras de barro. Las bodas eran de 3 ó 4 días, el último, día grande, una media de 500 convidados aparecían hambrientos acabado el oficio religioso para dar cumplido fin a sus excelencias gastronómicas. La comida siempre fresca y natural; carnes recién sacrificadas y productos de la huerta hicieron las delicias de propios y extraños. Orgulloso cuenta que jamás un comensal enfermó por la comida, aunque no se pudo decir lo mismo de la bebida, pues el vino corría a raudales para festejar los felices acontecimientos. 

Y como no hay dos sin tres, Ismael también fue comediante. Sus innatas artes interpretativas eran aprovechadas por los ensayadores para los papeles de obras clásicas que necesitaban emoción y drama, y haciendo un sobreesfuerzo en su atareada vida, dedicó innumerables noches de sueño a despertar sueños en los demás a través del teatro. Ya dice un proverbio chino: si quieres que algo se haga, encárgaselo a una persona ocupada. Pero cuantas veces, por las prisas o la falta de preparación se le olvidó el papel y sacó de su labia lo necesario para que la representación continuara… como aquella vez que tras arrancar una unánime ovación del numeroso público presente, se acercó al frente del humilde escenario y les dijo, haciendo gala de su sinceridad: -“¡y porque no me sé el papel, que si no…!”. 

Grandioso, el señor Ismael, y repito que no solo se me ha ocurrido a mi, las personas extraordinarias como él atraen la atención, en este caso también la de su sobrino Emilio, para entregarlo a los agradables brazos de la poesía. Hay que decir que poesía inconclusa, porque sobre la base que sentó Emilio él ha ido añadiendo muchos e importantes versos, reflejos de su ajetreada existencia que brotan espontáneos con la emoción en los ojos y el temblor en sus labios. Dejo asimismo el artículo incompleto, su semblanza no debería ser redondeada como yo lo he hecho, pero las exigencias de este blog así lo aconsejan. A día de hoy y a sus años le digo, señor Ismael: un placer de haberlo conocido, me siento privilegiado de oír por propia boca su deslumbrante historia, y le doy las gracias por permitir a mi torpe pluma esbozar su biografía, todo un ejemplo a seguir, para apreciar cómo la brillantez, la honradez y el saber estar tantas veces se albergan en el pecho de una persona sencilla.

 Señor Ismael, me quito el sombrero.



POESÍA A MI TIO ISMAEL

Con cariño os dedico
esta historia familiar,
esperando que os guste
y gracias por escuchar.

Me llamo ISMAEL FERRERAS,
de apodo “EL CARABINERO”,
que llevo con mucho orgullo,
desde mi padre a mi abuelo.

Vengo de una gran familia,
desciende de varios pueblos,
Cubo, La Valdería,
Felechares y mi pueblo.

Nací en AYOÓ DE VIDRIALES´
de padres nobles y honrados,
FELISA Y JOSÉ MARÍA
el resto otros cinco hermanos.

Mi padre fue hombre de tratos,
regentó una GRAN PARADA,
y en las ferias de antaño
a los gitanos ganaba.

Sus caballos en las ferias
entre todos destacaban,
y algunos como “EL BERLÍN”,
los premios se los llevaba.

Por el contrario mi madre
de la casa se ocupaba,
y entre otras virtudes,
la cocina le encantaba.
Fue la primera en las bodas,
en bautizos y matanzas,
y todos estaban contentos
por sus sabrosas viandas.

Yo de mi padre aprendí
hidalguía y mucha labia,
por eso en las grandes comedias
de protagonista actuaba.

Hice de REY MARSIRES,
de bandido TRITÓN,
del guapo FRANCISCO ESTEBAN.
Cuando salía en escena,
todo el mundo se callaba;
enmudecían las piedras,
las damas se enamoraban,
los hombres palidecían,
las mujercillas lloraban.

Los niños con alegría
de esta manera gritaban:
“Ahí va FRANCISCO ESTEBAN
el terror de Andalucía”,
de las mujeres la pena,
de las mozas la alegría.

De mi madre aprendí
el arte de cocinar,
que yo con mucho cariño
me dispongo a preparar.
Hice cientos de bodas,
bautizos, muchas matanzas,
y de todas ellas salí,
muy airoso y con fama.

Finalmente mis amigos
termino como he empezado,
con un dicho muy sonado:
Carabinero mi padre,
carabinero mi abuelo,
y yo como soy su hijo,
“VIVAN LOS CARABINEROS”.

-Emilio López Ferreras-

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