miércoles, 17 de noviembre de 2010
Publireportaje II
lunes, 15 de noviembre de 2010
El astro
“Un astro se refiere a cualquier cuerpo celeste con forma definida”. (Wikipedia, definición de astro a día de hoy). Este artículo no va de astronomía, ya me gustaría, con él solo pretendo dar a conocer o recordar , como siempre, olvidados matices de la arquitectura rural, de nuestro pueblo o nuestra comarca, plagada de bellos ejemplos de arte útil, curiosas formas de adaptarse a las necesidades sin lujos ni opulencias, si no con sencillez y armonía. Astro era, o es en contadísimas casas antiguas, un recibidor, una habitación generalmente con la puerta al corral desde la que se accedía a otras habitaciones de la casa, casi siempre una era la cocina y otra la escalera pera subir a la imprescindible segunda planta del edificio, aunque también podía haber un dormitorio, o la panera, que en aquella construcción se anteponía la utilidad y el servicio a la estética o incluso la comodidad de los moradores. El astro era el acceso rápido desde la zona de los inevitables animales a la cocina, por ejemplo, y viceversa, por la necesidad de estar pendiente de sus diversas necesidades y a la vez atender las propias. La finalidad del astro era también la de pequeño almacén de los utensilios de uso diario que debían estar aislados de los variados animales del corral, por ejemplo la ropa de abrigo o de protección para salir a la cuadra, la garrafa de vino que se trajo de la cueva, las cosas de la costura o los productos que se cocinarán en el día y deben estar lejos del calor de la cocina. Por eso el astro era un espacio fresco, con el suelo de sufridas losas de piedra, siempre bien encalado, aunque sin cielo raso, y la puerta que daba al exterior era amplia, robusta y con una pequeña y enrejada ventana sin cristales en la parte superior que permitía claridad y ventilación con la puerta cerrada. Simple, útil y nostálgico. El día que el astro se trasformó en pasillo, que ya tenía entrada directa desde la calle, perdió su espacio, su funcionalidad y … su nombre.
martes, 9 de noviembre de 2010
Los viejos apiarios
En un pasado reciente, las casas familiares de los pueblos, eran casi autosuficientes. Un ciclo cerrado que diversos factores han venido minando hasta convertirlas hoy en demandantes de nuevos servicios, empeorando la calidad e incrementando el gasto, eso si, ahorrando trabajo. Me explico: En Ayoó, a mediados del siglo pasado, por ejemplo, rara era la casa que no tenía vacas, ovejas, cabras, cerdos, conejos, gallinas, burro, mula o caballo … sembraba y recogía toda clase de tubérculos, cereales, frutas o verduras, cocinaba su propio pan, fabricaba productos para sus necesidades, como jabón, conservas, embutidos, aceites, incluso queso, vendía lo poco que le sobraba de sus muchas aptitudes, de lo cual se mantenían sin riquezas, sin necesidades básicas (aunque lo aparentaran), pero consumiendo productos de elevada calidad. En su afán de de reunir todo lo necesario para su consumo, no dudaban en explotar cualquier tipo de recurso, cualquier medio natural para satisfacer las necesidades de la casa. Por ejemplo, una forma sana y natural de endulzar comidas o bebidas es la miel. Y también en Ayoó tenemos viejos apiarios que nos muestran que la explotación de las abejas, la apicultura, es de sobra conocida y practicada por antiguas generaciones. Básicamente, nuestros apiarios, los colmenales, que es como se han llamado aquí (bien o mal, me da igual), son como pequeños huertos, unos recintos ligeramente excavados en el suelo sobre una ladera orientada al sur, y rodeados de una pared de piedra autóctona de poca altura, sin barro, que ofrece abrigo y protección a las colmenas, instaladas en cajas de madera o en troncos de árbol huecos, los cubos, donde las abejas labran los panales, tréboles en el argot, y tienen su morada. Todavía se mantienen en funcionamiento algunos colmenales: el del ti Gregorio en la Manzanal, el del ti Ventura en Peñisuello, y el del ti Santiaguín en la Peña; otros se han abandonado, como los del ti Joaquín praderas y el ti Dionisio en la peña, y los del ti Valentín Barrio y el ti Arturo en Valdemanil, por nombrar algunos. Todos ellos eran y son explotaciones familiares, sin mas beneficio que la degustación de la miel en casa, para regalar, o también, cómo no, para mezclar con leche muy caliente y hacer frente a un catarro. Hay un colmenal que merece especial atención por el cuidado y esmero que realiza su propietario Matías, marido de una nieta del ti Gregorio, que reconstruyó al jubilarse el abandonado apiario de la Manzanal, limpiando de zarzas y maleza la zona, levantando las derruidas paredes con sus propias manos e instalando sus dos primeras colmenas. Es el modelo de apiario de la comarca y excepto por los cubos, nos lleva atrás en el tiempo a la época con la que comienza este artículo, en perfecto respeto con el entorno y sus moradoras abejas. La preocupación de éste apicultor no es la producción de miel, si no la masiva muerte de las colmenas, aparentemente sin causa, quedando incluso con miel los panales. Desde siempre es conocido y valorado el beneficioso efecto sobre la vegetación que ejercen las abejas. Con su incansable transitar polinizan y fecundan todas las plantas que encuentran a su paso, a varios kilómetros de su colmena. Sabemos que hoy con la venenosa química que se esparce por los campos, la vida de estos laboriosos animales está en peligro, y con ellos su trabajo y el beneficio gratuito sobre la naturaleza. Mientras tanto, la administración solo se preocupa de controles, permisos, números de explotación y demás trabas que empujan al abandono total de este milenario y paciente oficio. Y así otra vez, y esta definitiva, los viejos apiarios se convertirán en erial, los modernos en intensivas y desnaturalizadas explotaciones, con abejas genéticamente más resistentes quizás, pero siempre en detrimento de la calidad. Y como puntilla, y es que viene al pelo, es de general conocimiento que la población está llegando a edades inimaginables hace unos años. Se interpreta esto por la “mejor” alimentación, o los adelantos en medicina. Yo solo quiero recalcar que estas centenarias personas en algunos casos, son de la época de la autosuficiencia, de cuando el veneno de las patatas era una escoba, un recipiente y un pisotón, el herbicida un zacho, y el abono de la tierra estiércol de animales alimentados sin hormonas, correctores o vitaminas, solo con productos naturales, de ahí la extraordinaria calidad de la carne, la leche o los huevos, y las poco productivas pero excelentes cosechas que alimentaban a personas y animales cerrando así el ciclo, por desgracia todo esto sólo recuerdo, salvo contadas y honrosas excepciones (ilegales, por tanto perseguidas hasta su erradicación).
sábado, 16 de octubre de 2010
Para que vuelvas...
Nunca escribí poesía,
ni soy ducho en las letras,
perdón pido si no agrado
por versar como poeta,
contar como es mi pueblo
y soñar que así lo fuera.
Es Ayoó, donde resido,
aroma de historia vieja,
colores de tierra madre,
sabores de mil maneras,
silencio cuando hace falta,
sonidos, los que tu quieras.
Sal, y patea sus calles,
toca sus tapias y puertas,
saluda, y verás cariño,
respira pura la fresca,
descansa la mente, es fácil;
Sé feliz, apenas cuesta,
porque no hay mayor placer
que vivir sin exigencia.
Nacidos en tierra humilde,
llegados allende creas,
es ayoína la gente
que cualquier pueblo desea,
unidos para desgracias,
revueltos cuando las fiestas,
Ayoó es una familia,
noble y casta su riqueza.
Tierra de mil manantiales
de agua limpia y serena,
que riega fértiles campos
ya antaño eran leyenda,
por eso tuvimos moros
que nombraron Almucera,
caballeros Templarios,
de castillo una torreta,
y a su lado, magistral,
donde las haya, iglesia,
orgullo de feligreses,
digna cuna de ascetas,
aledaño de un palacio,
de una fuente, y sus tierras.
No voy a seguir narrando,
para todo, mucho queda;
Si tienes morriña de Ayoó,
aquí está, para que vuelvas,
escucha, siente y disfruta,
tienes las puertas abiertas.
.................................ETJ
domingo, 26 de septiembre de 2010
La fuente
Apartada y olvidada. Abandonada y recluida en un entorno anacrónico y vulgar. Sencilla y digna, valiosa y apreciada colaboradora desinteresada del mayor recurso para la subsistencia humana y su asentamiento en poblados: el agua. Por otra parte, lugar de reunión, de encuentros, de secretos, de inevitable cotilleo, rompedora de cántaros, botijos, barriles y barrilas por el diario tránsito hasta que la modernidad aconsejó enterrar tuberías para traer el agua de más lejos, y desterrar nuestra querida fuente que tantos años nos apagó la sed. Tampoco los dichos recipientes de barro para su transporte tuvieron mejor suerte, porque después, con un pequeño giro de muñeca, nuestro vaso rebosa agua al lado mismo de nuestra mesa, sin salir de casa. Y la fuente cada día más sola, ya nadie se ha preocupado de limpiarla, ni siquiera en las últimas facenderas del día del entruejo se tuvo en cuenta. Y ahí se queda triste, sucia y… rota. Aunque cada día siga esmerándose en llenar su panza para ofrecernos un regalo, pasaremos de largo porque ya no nos es útil, ya no queremos su amistad, aunque nos haya dado la vida. Fuente mala la llaman, fuente si, pero mala… ¡lástima!, porque en algún lugar, seguramente, la coronarían reina de la tierra.
La culaga
Si en Ayoó al volver una esquina te encuentras que la calle es demasiado ancha para una persona caminando y demasiado estrecha si llevas un vehículo, aunque sea una bici o un carretillo, estás ante una culaga. En un pueblo, donde el precio del suelo y del quinto de cerveza anda ras con ras, no se explica bien lo que vas a ver. Parece la obra de un ingeniero que no pasó de parvulito. Totalmente desaconsejado el tránsito para la gente con manías, claustrofobia, aracnofobia, ligofobia, rozaduraenbrazofobia, (solo ésta me lo he inventado yo, eh). Ahora bien, para los Ayoínos es el alivio, como la recta, el camino mas corto, el aliciente para salir de casa, el antídoto de la pereza de ir a tal sitio, porque como vamos por la culaga… En el vecino valle de la Valdería, en Felechares, la misma calleja se llamaría caloga, en Santibañez la llaman currupia y en San Pedro de Ceque cuyalina. Eso si, antes de entrar, mirar por si hay que dejar salir, o merece la pena el roce…
domingo, 25 de julio de 2010
Nuestro epitafio
Hace muchos años, al lado de la puerta del cementerio de Ayoó, había una tablilla con una inscripción: Un epitafio. Estaba escrita con los abecedarios que usaban los carpinteros, que eran piezas rectangulares de latón troqueladas, una para cada letra, a las que se aplicaba pintura para marcar o escribir sobre madera o metal, ya fueran carros, máquinas de limpiar, trillos o cualquier otro apero de labranza.
Parece ser que el promotor de la tablilla fue un Ayoíno emigrante, Luis Lozano, en una de sus pocas visitas desde Argentina, aunque fue de un año de duración. Se le recuerda de baja estatura, un poco rechoncho, siempre con un pequeño sombrero y con un decidido caminar. No fue el primer ni el único cementerio al que se le puso en sus muros un epitafio, éste concretamente todavía se conserva en alguno. Parte de él es muy antiguo, “Quod tu es, ego fui; quod ego sum, tu eris”, (Lo que tu eres, yo fui; lo que yo soy, tu serás), fue incluso el epitafio de un famoso pirata, y originariamente era un aviso para los caminantes que se acercaban a algunos cementerios paganos, y pedía respeto para sus sepulturas. Se ignora el autor que lo cristianizó suplicando una oración, aludiendo al ciclo de la vida como reclamo moral. Aquella madera no pudo con la intemperie, y parece que nadie la restauró, condenando su contenido a la memoria cada día más débil de nuestros mayores. Al margen de convicciones políticas o religiosas, que haberlas “hailas”, veo y creo factible y necesaria la recuperación de éstas pequeñas cosas que hacen grandes nuestros pueblos. También ignoro los motivos de su colocación, si es que estuvo o hubo otra antes, y su procedencia, pero a mi me ha gustado… ¿y a vosotros?
Un padrenuestro te pido
por caridad, buen hermano,
mira que tarde o temprano
tienes que venir aquí.
Lo que tu eres, yo fui;
lo que yo soy, tu serás,
y entonces te alegrarás
que te lo recen a ti.
El pejo
Sólo hay que darse una vuelta por la calle Peñacabras para contemplar una rudimentaria y nostálgica cerradura: el pejo. Excepto por los clavos de sujeción, 100% madera, inútil para esconder dinero o joyas, desde luego, pero económica y eficaz para encerrar paja, ganado, aperos de labranza, leña, y mucho mejor, las telarañas que hoy en día guardan. Una llave con forma de peine con pocas púas, casi siempre tres, se introduce dentro de una ranura lateral de la cerradura, y elevándola horizontalmente permite correr el pejo para “destrancar” la puerta. Sencillez, humildad y nobleza al servicio de la gente sencilla, humilde y noble del pueblo. En Ayoó, ya se sabe, nadie roba lo que es suyo, y como garantía de que esto ocurra, tenemos el pejo en la puerta.
El boquerón
Pez teleósteo, fisóstomo, semejante a la sardina, pero mucho más pequeño. Abunda en el mediterráneo, y parte del océano y con él se preparan las anchoas. Se trata de una especie de engraulis encrasicholus.
Así de entretenida se nos muestra la definición de boquerón en un diccionario de la RAE. Y digo yo: ¿Dónde salieron éstos sabios con sus libros gordos que desconocen el “seco” boquerón? ¿No será que debaten sus elucidaciones en los bares y nuestro boquerón no estaba de tapa? Si al menos uno de ellos alguna vez hubiera estado guardando paja, subido en el carro con las pernillas, las armaduras y las sogas, agarrado a la bienda, con los ojos cegados por la munia, y la ropa acribillada de argañas, nuestro querido boquerón figuraría en letra de imprenta, como Dios manda. Yo lo definiría como una ventana mal hecha, o simplemente el hueco fallido, o un buen intento de un mal albañil, no sé, a lo mejor los sabios lo conocían, pero no lo tuvieron claro, no se pusieron de acuerdo en su definición y por eso no aparece en los libros. Lo que está claro es que no hay un mal pajar que no tenga un buen boquerón.
martes, 6 de julio de 2010
Las carrúnias

En un paseo por Ayoó podríamos descubrir una casa de arquitectura antigua, más de 50 años, diferente de las demás. Su estructura no encaja en el tipo de construcción rústica ni moderna de la zona. Claramente, la mampostería de la fachada, sus grandes ventanales, sus puertas talladas, o el tamaño de la obra en sí, indican una distinción especial. Es la casa del señor Laurentino, en la calle de la Iglesia, y el mismo nos ha contado su historia.
El plano de la obra, algo impensable en aquella época, lo envió su hermano D. Antonio desde Buenos Aires, y para sus 32 metros de fachada, 6 de altura en la parte delantera y 9 en la trasera, se necesitó una ingente cantidad de materiales. Ladrillos, piedras, barro, paja, madera, tejas, tierra… y a finales de la década de los cuarenta, fecha de comienzo de la obra, el único método asequible de transporte eran las carreterías, las carrúnias, que se denominaban en Ayoó, que eran vecinos, familiares, amigos o contratados que durante un día ofrecían su trabajo y su carro de vacas para el transporte de materiales, casi siempre dos viajes por la mañana y dos a la tarde. Cuenta el señor Laurentino que para la piedra se dieron dos carrúnias de 20 carros, al monte, tras muchísimas jornadas de extraer, seleccionar, y amontonar el material, con el inconveniente, como le sucedió a él, de tener que desechar una excelente cantera cuando ya tenían suficiente acarreado. Sin duda, suerte para el que fue detrás, cuenta con lástima. Porque no toda la piedra era buena para construir, se necesitaban piezas especiales para las esquinas, “llaves” o “traviesas” para unir los dos “lienzos”, que son las dos caras, interior y exterior de la pared, piezas mas o menos rectangulares para dar estabilidad, las piedras redondas se “picaban” para darle “cara” y las mas pequeñas se usaban de relleno y para ahorro de barro. Éste se amasaba a primera hora de la mañana, mezclándolo con agua y paja, y dejándolo reposar mientras se almorzaba, preparando el suficiente para toda la jornada. Al terminar las carrúnias, era frecuente una comida para todos, como una fiesta, en agradecimiento por la colaboración prestada. Por madera ya serrada y lista para su uso se dieron dos portes a S. Esteban de Nogales con 8 carros, por valor de 13000 pesetas, y a Nogarejas, a diferentes proveedores. Las vigas de aire, las principales del tejado que son de 11 metros de largas, solo se podían transportar una en cada carro, además con extrema dificultad, debido al peso y al lamentable estado de los caminos. Esta madera se serró en Congosta, en el molino del ti Silverio, con una sierra de cinta movida con la fuerza del agua, aunque ésa es otra historia a la que le dedicaremos otro tiempo.
Como anécdota, una noche cuando volvía de alguno de sus muchos viajes, bajando la pedrera le salieron dos lobos, dándole un buen susto que aún hoy recuerda, aunque con un par de voces volvieron al monte tan asustados como él. Eran frecuentes los encuentros con lobos, por la abundancia de éstos y por los muchos viajes andando o a caballo que se solían hacer, casi todos a altas horas de la noche o a primeras de la mañana, para aprovechar mejor el tiempo. Pero volvamos a la obra. En los trabajos participaron las dos cuadrillas de albañiles que había en Ayoó en aquellos años, El ti Juan Antonio, el ti Ángel, el ti Pepe, el ti Eugenio, el ti Bernardino, el ti Olegario, el ti Anselmo, el ti Prudencio y Vicente “el diablo”, (apodado así por la excelente interpretación que tenía en las comedias del personaje maligno, ya fuera demonio o diablo), aparte de otros que sin ser profesionales también echaron una mano.
Las paredes interiores se levantaron con 190 bloques de tapia, de aproximadamente 2 m de largo por 1 de alto, lo que supone ¡más de 300 metros cúbicos de tierra!, toda movida con herramientas manuales y transportada con carros, elevada a hombro en cestos de mimbre por escaleras y compactada con un pequeño mazo de madera. La tapia, economía y calidad para un material tan despreciado como desconocido. Cuando la casa se encontraba en un avanzado estado de construcción, 3 ó 4 metros de altura, la gran cantidad de jornales comenzaron a preocupar a los trabajadores, fue necesaria una reunión para garantizarle el sueldo y proseguir los trabajos, que ya continuaron felizmente hasta el ramo, grata tradición en la que tras colocar un ramo florido a modo de bandera al terminar una obra, se hacía una comida invitando a todos los que habían participado en ella, con el aliciente tanto de la cantidad y calidad de comida como de vino, bienes relativamente escasos en los años en los que se desarrolla ésta historia. Quiero destacar la convivencia, la solidaridad, el apoyo y la armonía que se disfrutaba en los pueblos, el todos para uno y uno para todos, el qué tengo que te pueda hacer falta, el si me necesitas ya sabes dónde encontrarme, y otros valores desgraciadamente hoy en decadencia. Nuestros pueblos se construyeron así, esfuerzo, sudor, penurias, miserias, carencias… pero perseverancia y tesón, por eso invito a mirar nuestras viejas paredes con otros ojos, con los de la comprensión, porque si vemos tierra, piedras y palos, hay que sumarle historias como ésta, y después… valorar.
domingo, 13 de junio de 2010
La chimenea de la alcoholera
Si hiciéramos una lista con las “7 maravillas” de la construcción de la comarca, sin duda no faltaría a la cita un icono de la “época dorada” de Santibañez de Vidriales; la chimenea de la alcoholera. Mudo vestigio de la industria de aquellos años de prosperidad y trabajo, hoy, solo soporte del nido de la cigüeña. Altiva y arrogante, perfecta, diría yo, sin mostrar señales del paso del tiempo, ya veis, más de medio siglo y como el primer día, un lujo.
Tiene una altura de 21,5 metros, en su base una circunferencia de 5 metros, y está construida en el año 1949, sin andamio exterior, pues todo el material se subió y colocó desde dentro, añadiendo dificultad a la obra. Está compuesta íntegramente de ladrillos, cal, arena y una pizca de cemento, poco, que de aquella era muy caro. El maestro de obra fue D. Exuperio Tejado, y como obreros participaron sus tres hijos, Pedro, Plácido y Ramón, Gaspar y Sabino de S. Pedro de la Viña, Miguel Ferreras y Jesús “el Lindo” de Santibañez, Felicísimo,“Fiso”, de Carracedo y otros que desconozco y siento no nombrar. D. Exuperio cobraba 15 pesetas diarias y los obreros 9, de sol a sol, haciendo honor a dos refranes populares, “a quien madruga Dios le ayuda”, y “a sol puesto, jornalero suelto” (“y si no dan bien de comer, antes del sol poner”, como picarescamente se solía decir). El solar, era de “el ti José el pito”, que tenía panadería, bar y daba comidas en las ferias, y la alcoholera al parecer ocupa solo la mitad de la finca, que fue comprada por la sociedad Riesco y Romero, promotores de aquella industria que generaba gran cantidad de puestos de trabajo, y daba categoría a aquella pequeña ciudad que era Santibañez. Como anécdota, cuando D. Exuperio terminó la chimenea, se subió encima y dio una vuelta alrededor. Seguramente, su satisfacción por una buena obra terminada fue total, y con ese detalle nos lo hizo saber.
domingo, 30 de mayo de 2010
El trocito de la puerta

Quien tenga oídos que oiga,
y si quiere saber que lea,
porque cuentan los mayores
en una hermosa leyenda,
que a orillas de éste Santuario,
en épocas de la siega,
se acercaban jornaleros
de camino a las parcelas,
a la Virgen ofrecerse,
rogarle ánimo y fuerzas.
Porque largo es el camino,
hoz, y mochila a cuestas,
y muy duro es el trabajo
con el sol sobre la testa,
todo el cuerpo dolorido,
sudor, y la boca seca,
aunque peor es descuidar
la familia y hacienda,
pero el invierno es largo,
bien vendrán unas monedas.
- Madre, cuida de mi gente,
te rezaré hasta que vuelva.
Después, a navaja arrancan
un trocito de la puerta,
convencidos del consuelo
de ésta bendita madera
contra el mal, enfermedad,
el cansancio o los problemas,
y la llevan con sus cosas,
y la miran si flaquean.
Porque algo tienes, Santuario,
escondido entre tus piedras,
que en el trono nos ayuda
y en su fiesta nos espera.
Siempre fué, Virgen del Campo,
orgullo de nuestra tierra
el tenerte con nosotros,
así ha sido, y que así sea.
..............................ETJ
La caseta del transformador
Parece que fue hace mil años y realmente es del pasado más reciente la llegada de la electricidad a nuestros pueblos. “La luz”, como popularmente se la conoce por su capacidad de iluminar, comenzó a hacer esto, a iluminar, y además a habitaciones a pares. Aquello se conseguía haciendo una ventanita en el tabique divisorio y colocando la bombilla en medio. La ocurrencia humana para fomentar el ahorro puede llegar a estos extremos hoy ridículos, aunque realmente tampoco se necesita mucho más para ir a dormir, que de eso se trataba.
En los aleros de los tejados, las llamadas palomillas, con tornillos de acero y cristal, los aisladores, sujetaban alambres de cobre sin más aislante que el cardenillo. La tensión más usada era la de 125 V y durante las diarias subidas y bajadas a nadie se le ocurría llamar o denunciar a la empresa suministradora, como hoy en día. Siguiendo aquella maraña de hilos, se llegaba a una especie de torre, la llamada caseta del transformador, ruta obligada de los rapaces y obsesión de los mayores con ellos por el peligro de quedar “pegaos” en semejante edificio. Me gusta la de Carracedo, de la década de los 40, construida hasta la mitad en piedra autóctona, y en su otra mitad con adobes, rematando el obligado tejado de madera y teja árabe. Su conservación es increíble, a pesar del abandono. Para mí, quedaría mejor el transformador dentro y no colgado en un antiestético poste de hormigón, y de paso conservaríamos ésta obra que no ha hecho nada para merecer el derrumbe a la que está destinada. Creo que éste pequeño edificio bien merece ver “la luz”.
El palomar
Ya se fueron los huéspedes y las zarzas denotan desidia. Ni siquiera como trastero es útil. Atrás quedaron años de abundancia, de mimo y esmero. Gran fuente nutritiva, solo para sibaritas, apreciada en los banquetes y celebraciones, para agradecidos regalos, en inesperadas visitas, para orgullo familiar. El palomar se ha quedado solo, todo él es una inmensa gotera y ya las grietas avisan que está llegando a su fin. Su interior, todavía blanqueado, nos muestra la saturación de agujeros para los nidos. En las paredes de tapia quedan los ecos del bullicio y de la convivencia de docenas de parejas, fieles hasta la muerte, amantes de la vida familiar. Solo necesitaban un agujero y un poco de paja para crear vida y un hogar. Incluso ante la peor de las injusticias, la pérdida de sus huevos o sus crías a manos del propietario del palomar, las palomas vuelven obstinadamente a casa. La fidelidad hecha ave. La Biblia nos pone en conocimiento la más antigua leyenda sobre éste animal: Noé envió una paloma. Y es que la cría de palomas es muy antigua, hacia el 3000 a.c. hay referencias de palomares en forma de torre con muchas aberturas, posiblemente para conseguir guano, llamado en nuestra zona palomina, abono muy apreciado en la agricultura. Como curiosidad, la explotación de palomas se llama colombofilia, ¡quién lo diría!, es símbolo de belleza, recurrido piropo e icono de la paz. ¿Alguien da más?
sábado, 15 de mayo de 2010
El reloj de sol
En la pared Sur del Santuario de la Virgen del Campo de Rosinos se encuentra un pequeño reloj de sol, construido a la vez que la torre del campanario, hacia el año 1750. Si comprobáramos diariamente este reloj, veríamos que no coincide nunca con la hora civil, es decir, con la de los relojes de pulsera. Y es que solamente algunos relojes solares en el mundo, en lugares muy específicos, la coincidencia se da cuatro veces al año, en pocos días cada vez. En España no se da nunca y además es el país de Europa en que la diferencia es mayor. ¿Porqué?, y entonces… ¿cómo se usa el reloj de sol?.
Primero habría que comprender que la hora marcada por la sombra del estilete, a las 12 del mediodía, ocurre cuando el sol pasa por el meridiano del lugar, que es la línea imaginaria que cruza de Norte a Sur pasando por el cénit, esto es, el punto más alto del cielo. Como cada meridiano es propio de cada lugar, dos ciudades con distinto meridiano tendrán distinta hora solar, cosa que importaba poco cuando la comunicación entre éstas ciudades se realizaba, en el mejor de los casos, con un mensajero a caballo. Pero con la rapidez y modernidad de las actuales comunicaciones fue necesario establecer una misma hora para grandes territorios, o para países enteros. Para ello se dividió el mundo en husos de 15 grados, en 24 partes. España coincide con el huso 0 grados, pero su hora civil se ajusta a 15 grados Este, una hora menos, por eso ningún reloj de sol sin correcciones coincidirá con la hora civil. Y aun suponiendo que el reloj estuviera situado en el meridiano, solo durante cuatro veces al año ambos relojes coincidirán, principalmente por dos motivos:
1- La órbita de la tierra no es circular, es elíptica, y ésta se desplaza más rápido cuando está más cerca del sol.
2- El plano del ecuador no es el mismo que el plano de la órbita de la tierra, de ahí que vemos el sol con distinta altura en distintas estaciones y los días no tienen la misma duración
La suma de estos efectos se llama Ecuación de Tiempo, y se representa en esta tabla:

Para convertir la hora señalada por el reloj de sol del Santuario a hora oficial hay que realizar tres pasos:
1- Buscar en la tabla de la ecuación de tiempo el valor correspondiente a la fecha, si el reloj adelanta restaremos el tiempo indicado a la hora señalada, si atrasa se lo sumaremos.
2- Como hora oficial se toma la del meridiano 0, pero el Santuario está aproximadamente a 6 grados Oeste, por lo que hay que sumar 4 minutos por grado, que es el movimiento de la tierra, mas los 15 grados del ajuste de la hora oficial española; (total 6 grados x4 minutos=24+60 minutos de los 15 grados= 84 minutos que hay que sumar a la hora solar.)
3- Por último, si es horario de verano, sumaremos otra hora, esa por la que nos hacen cambiar 2 veces al año los relojes.
¡Menudo rollo!, sinceramente prefiero pensar como mi admirado cantero cuando diseñó el reloj de sol; solo es un sencillo aparato que marca el mediodía y sus horas cercanas con pasmosa exactitud, excepto los días de nubes, que ya el cuerpo nos dirá cuando es hora de comer. Por otra parte, dice un refrán muy castellano que “dos medios días largos no hay”, si la mañana es larga, la tarde será mas corta, y viceversa. Prefiero eso a los desajustes que me provocan los cambios de horario de invierno y verano, a estar perdido si no tengo reloj, a ser esclavo de los horarios, a los enfados que produce no llegar a la hora prevista… etc.
Para terminar, un proverbio: si tienes un reloj sabrás que hora es, si tienes dos… nunca estarás seguro de la hora correcta.
¡Ah! Y una triste noticia, el hábil cantero que construyó esta torre, perdió la vida en un accidente laboral en otra, en la de Pozuelo de Vidriales, a escasos kilómetros de Rosinos, quedando incompleta porque nadie pudo o supo seguir su obra, aunque posteriormente se le añadió una espadaña para las campanas. Estoy seguro que era una excelente persona, porque como trabajador no tengo duda.
domingo, 2 de mayo de 2010
La chimenea
En Ayoó solo queda completa y en pié una cocina de arcos, máxima categoría de las cocinas “viejas”, o “de masar”, en las que la lumbre se hace en el suelo y los arcos dan amplitud y soporte a la enorme y pesada chimenea de adobes, con tejadillos o “faldas” para evitar la erosión de la lluvia, y con un acceso en una de sus paredes al horno, pieza fundamental en las casas por la necesidad de cocinar el pan. Otras funciones son el curado de “la matanza”, calentar agua o cocinar alimentos, generalmente para el ganado, y cómo no, dar un “calentón” cundo se llega a casa en los húmedos y fríos días de invierno. Creo que todos disfrutamos en éstas cocinas “al amor de la lumbre”, nunca mejor dicho, ante un magosto de castañas o un trozo de chorizo envuelto en una hoja de berza con un poco de vino y asado entre las brasas. Me río yo del mejor restaurante, en el que mojar pan está mal visto y comer encima de un “currusco” de hogaza, navaja en mano, el chorizo arriba mencionado sería motivo de expulsión, con lo que gusta. Y el ajetreo de los días de “matanza” en éstas cocinas, con la caldera calentando agua, las artesas preparadas para el adobo de la carne, la máquina de enchorizar sujeta en la mesa, familiares y vecinos entrando y saliendo y algún espabilado que ya le cortó un filete al recién muerto cerdo, y se lo está preparando a las brasas, desafiando a la triquina o a lo que haga falta. Y de aquel olor a pan recién masado no quiero ni hablar. Gratos recuerdos en edificios condenados a la destrucción. Una pena.