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domingo, 26 de abril de 2020

La Luz equinoccial en el Santuario de la Virgen del Campo

  
En esta extraña afición mía por escribir, he dedicado decenas de páginas al tema de la luz equinoccial en el Santuario de Nuestra Señora del Campo, para mí apasionante por los motivos que detallaré, y solamente una pequeña reseña en este blog:


Por tanto, creo que va siendo hora de hacer justicia y reparto, y publicar un artículo que recoja lo que hasta ahora conocemos de uno de los más bellos efectos que se pueden encontrar en un edificio: el resultante de interactuar con la luz, y si es natural, mejor; y si es directa del sol y en una fecha determinada, espectacular; y si esa fecha es tan señalada como los equinoccios, conocida y estudiada desde tiempos inmemoriales, pues no me extraña que este efecto fuera considerado como milagro, y así es como se la conoce: el milagro de la luz equinoccial.


Este relato se remonta a una cercana primavera del año 2016. Era finales de marzo o comienzos de abril, no recuerdo la fecha, ni tampoco a qué subí al campanario del Santuario. Lo que recuerdo y me impresionó es que al abrir la puerta un enorme chorro de luz solar entró en la oscura nave, provocando un efecto espectacular. Me senté en una de las sillas de las que siempre hay en el descanso final de la escalera que se usa como coro, porque la verdad es que aquello me pareció tan bello como extraño. Seguí visualmente durante un rato el recorrido de la luz por entre los bancos, y a continuación mentalmente por dónde pasaría unos días antes. Mi afición por la astronomía influyó en el resultado: conforme pasan los días el sol gana altura y el chorro de luz pierde longitud. Si fuera la sombra de un palito clavado en el suelo, o la del estilete de un reloj de sol, desde el solsticio de invierno al del verano cada día que pasa la sombra es más corta. En aquel momento saqué dos conclusiones: la primera es que por las tardes el templo se alinea con el sol, y en algún momento la porción que entra por la ventana y la puerta de la torre coincide con el centro geométrico del edificio. La segunda es que con alta probabilidad en los dos equinoccios la luz coincida en un punto importante de esta línea que divide el templo en dos. Creo que sonreí, al menos mentalmente, e hice una predicción: en el Santuario se produce el “milagro de la luz equinoccial”, al igual que en la vecina Santa Marta, o en San Juan de Ortega.


Lo primero que se me ocurrió al bajar fue hacer algunas llamadas de teléfono para contar aquella experiencia; la primera a nuestro párroco Don Miguel, y dentro de las demás otra a un buen amigo de Santibáñez de Vidriales, Alberto Acedo, por dos motivos, es un entusiasta colaborador del Santuario, y le encanta la ciencia, como a mí.

Los que me conocen saben que padezco de falta de memoria para las fechas del calendario, porque todos los días me parecen iguales. Así que fue Alberto el que me llamó para concretar una cita de nuevo en el santuario, no en el equinoccio de otoño de aquel 2016, si no en el de primavera del 2017. Había que comprobar si era cierta la predicción y allí estábamos, a la hora calculada. El sol entró, con una intensidad espectacular, iluminando el centro del altar como centro geométrico, dentro del arco que trazó de izquierda a derecha; un impresionante chorro de luz solar que apareció de la nada y se ocultó de la misma forma, como si unas barreras invisibles marcaran los límites de la proyección. Aquello tenía una explicación, la puerta controlaba la proyección de la ventana, más general.




Tenemos que reconocer que la primera impresión de ambos observadores fue agridulce. ¿Había alineación? Si, pero era demasiado basta, muy inconcreta, o al menos eso nos pareció. Pero todo cambió cuando examinamos la puerta, buscando marcas, o alguna modificación que pudiera influir en la proyección solar. Encontramos un pequeño agujero, en el centro izquierdo, sin duda hecho expresamente para algo. Teníamos un nuevo ingrediente que podía cambiar la forma de ver las cosas. Nuevamente nos citamos para el siguiente equinoccio, y creo que para todos los equinoccios de nuestras vidas. Parece increíble que un simple efecto pueda atar tanto.


Desde entonces, y siempre con permiso de Don Miguel, en los días del equinoccio, o los más cercanos que coincidan en fin de semana, abrimos al público la observación de aquella luz, de apenas 15 minutos de duración, amenizada con algo de música, pero que produce una sensación agradable y relajante. Unos minutos antes doy una pequeña charla para concienciar al público de lo que acontecerá, unas explicaciones básicas de astronomía, de lo que significa el equinoccio, de los lugares conocidos donde ocurren efectos similares, y por último por lo que creemos que el arquitecto hizo este diseño haciendo partícipe a la luz de su edificio.


¿Y el agujero de la puerta? Pues resultó ser la clave. La evidencia de que este fenómeno no es casual, que podría haberlo sido; la prueba más clara de que el arquitecto era un auténtico maestro que dominaba, antes de 1750, construcción, arte y ciencia. El agujero aleja la participación humana del acontecimiento, no hace necesario ningún movimiento ni presencia para que los equinoccios sean especiales aquí. Incluso mejora increíblemente la proyección solar, recordando el principio de la cámara oscura sin el que no habría fotografías, y aumentando hasta la precisión total la alineación.


Principiemos, para quienes aún desconocéis de lo que hablo.

El Santuario de Nuestra Señora Del Campo es un edificio que se encuentra en terreno de Rosinos de Vidriales, en un lugar conocido como Sansueña. Este nombre no aparece en ningún otro sitio más que en la tradición oral, donde se dice que era una ciudad de los moros. La realidad es que muchos restos ruinosos se atribuyen erróneamente a los moros, pudiera ser por confundir con la palabra latina “Murus” o “Muratus”, que significa “amurallado o defendido por muros”, o con la palabra prerromana “Mouro”, que da nombre a habitantes prehistóricos o personas venidas de lejos, muy relacionadas con el trabajo con piedras, pero no precisamente repobladores norteafricanos.


Sansueña si tiene un nombre real, es Ciudadeja, con un pueblo cercano desaparecido que tomó este nombre como apellido: San Miguel de Ciudadeja. Aunque también aparece en los documentos antiguos como Ciudadela o Ciudadela del Valle de Vidriales. Pero antes fue un gran complejo romano con sus campamentos y cannabas, contando también con al menos un templo religioso. En las inmediaciones del Santuario se encontró un ara votiva datada en el siglo II con una inscripción que viene a decir que Marcus Sellius Honoratus, natural de Choba, Mauritania, comandante de caballería del Ala II Flavia, manda construir desde los cimientos un templo al Dios Hércules. Parece ser que sobre esos cimientos primigenios se construyó una ermita cristiana consagrada a la Virgen del Campo. Cuenta una leyenda local que el origen de esta devoción la originó un agricultor, estando labrando en la falda del Castro. Por una casualidad, la reja de su arado tropezó con un bulto envuelto en telas. Al desenvolverlas encontró una preciosa talla románica, y poniendo el caso en conocimiento de las autoridades religiosas, decidieron levantarle una ermita en las cercanías. Todavía hoy, a un lugar se le llama “hoyo María”, quizás la leyenda tenga bastante más de historia que de imaginación.

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No sabemos por qué motivo, el caso es que se demolió la ermita y en el mismo sitio se edificó el santuario que tenemos hoy en día. Para datar este nuevo edificio nos guiamos por las tres inscripciones en las que aparecen fechas distintas. La primera está en piedra, en el dintel de la ventana del campanario que da a poniente, al oeste, con fecha de 1750, una ventana crucial en el tema que nos ocupa. La segunda también está en piedra, en el pináculo de la torre, mirando hacia el sur, y grabaron 1767. Es de pensar, que la primera es el inicio y la segunda la terminación de las obras, 17 años después. La tercera está también al sur, sobre la ventana del presbiterio, pero sobre revoque de cal y arena, lo que parece indicar que fue de las obras de rejuntado exterior, y quien sabe, si también el revoque interior: 1832.




Volviendo al tema de la luz, y para ayudar a situarnos, debemos dividir la torre en cuatro partes: la primera, de abajo arriba, son los robustos arcos que dan acceso a la puerta principal de la Iglesia; la segunda es cuerpo de la torre, la que ocupa la ventana de la fecha 1750, la única orientada a poniente (y por la ventana de poniente la distinguiremos), y otras dos ventanas menores, poco más que saeteras, orientadas una al norte y otra al sur; la tercera son los cuatro ventanales en los que tres penden campanas, y la cuarta parte la ocuparía el tejado y el pináculo. Por lo mucho que me agradan las leyendas, permitidme un breve inciso para contar una relacionada con esta parte de la torre. El prisma hexagonal que separa el conjunto metálico de la veleta y del resto del pináculo dicen que es totalmente de hormigón. Y mientras se rellenaba el encofrado, el albañil introdujo en medio la botella de vino que había llevado para acompañar el almuerzo. Vidriales, tierra tradicional de pan… y vino.






La ventana de poniente, recordemos, enseña una preciosa frase que nos retrotrae al origen del templo: “HIZOSE AÑO DE 1750”. Quizá por eso que llaman “deformación profesional” desde la primera vez que la vi la encontré extraña; me pareció que estaba en un lugar equivocado, demasiado baja estéticamente. Es más, afea la torre. Sus hermanas de los laterales, en cambio, si guardan la proporcionalidad en altura, y tienen un tamaño propio de campanario. Ésta es demasiado grande, y a la vez, parece que se la quiso resaltar con la leyenda del dintel. Otra característica que llama la atención es que casi (por 5 mm.) guarda la proporción áurea, 1,618; una relación armoniosa entre altura y anchura usada en la arquitectura sagrada, en la que los números participan en las formas armoniosas. Que es una pieza especial, no hay duda.


La ventana de poniente ilumina la base interior de la torre, a la que se accede por una puerta de escasa altura situada en el lado opuesto. Dentro de este local, la empinada escalera de madera está diseñada para que no entorpezca la luz natural, arrancando por debajo de la ventana y pasando por encima de la puerta. Todas las tardes de cielos sin nubes, el sol entrará por esta ventana y hará un barrido luminoso, coincidiendo con el hueco de la puerta o su vertical solamente cuando también coincide el eje del edificio con la dirección del sol. Pero durante el año el sol tiene distinta altitud o inclinación (me parece innecesario explicar su mayor altura aparente en verano que en invierno), por tanto la proyección de luz también es diferente, curiosamente inversa: en verano corta, no llega a la puerta, y en invierno larga, le pasa por encima. Entre estas dos estaciones hay otras dos, intermedias, en las que lógicamente también la proyección es intermedia, y llegamos a los equinoccios de primavera y otoño.


Para entender los equinoccios debemos imaginarnos que vemos de lejos nuestro planeta, con sus grandes movimientos de rotación y traslación alrededor del sol. La tierra, desde su nacimiento por acreción, padece una inclinación o ladeo de 23,5 grados de su ele de rotación con respecto al plano orbital (es como si vemos un coche circular por la carretera sobre las dos ruedas laterales; de lado, casi completo su techo y totalmente oculto el chasis y las otras dos ruedas, o viceversa, un defecto garrafal que ocasiona en los polos días y noches de casi 6 meses), lo que provoca variaciones muy significativas en la cantidad y calidad de radiación solar por todo el globo. Un problema que en realidad es todo lo contrario, estas variaciones originan un ciclo vital natural que llamamos estaciones, en las que se dan unas concretas variables meteorológicas. Pues ocurre que dos veces al año ese defecto desaparece, y la tierra aparenta ser el planeta ideal, derecho, iluminándose por completo de polo a polo, con la misma duración el día que la noche (ahora vemos el coche sobre dos ruedas, pero de frente). Este par de veces se llaman equinoccios, palabra que nos llega del latín, y significa “igual noche”.

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Pero los equinoccios no tienen ni día ni hora fijos, porque el año, o sea, los días de una sola órbita no son completos (365 más 6 h, aproximadamente) y se corrige añadiendo cada 4 años un día más a febrero (años bisiestos), y la corrección de los años seculares (el año es bisiesto si es divisible entre 4, y no es bisiesto si es divisible entre 100 con la excepción de los divisibles entre 400). A estas variaciones hay que añadirle las oscilaciones en la velocidad del planeta, así que la única forma de determinar el equinoccio es la astronómica, y es independiente del horario y del calendario; por definición es justo el momento en que coincide el plano ecuatorial terrestre con el plano de su órbita alrededor del sol.

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Los equinoccios tienen un segundo problema, o virtud, según se mire. El sol en estos días cambia su inclinación muy rápidamente; dicho de otro modo, desde el solsticio de invierno al solsticio de verano el sol cada día coge mayor altura, y del solsticio de verano al de invierno hace lo contrario, desciende. Pero la velocidad no es constante, si no logarítmica; muy lenta o prácticamente nula en los solsticios (de ahí viene ese nombre, solsticio: “sol quieto”), va adquiriendo velocidad desde el de invierno hasta en equinoccio de primavera y luego se ralentiza hasta el solsticio de verano. El otro ciclo, naturalmente, es inverso. Para comprobar este hecho se puede hacer un pequeño ejercicio: durante dos semanas, la anterior y posterior a este día apuntemos la hora de salida del sol y su puesta, tomando como referencia el Observatorio Astronómico Nacional: En éstas dos semanas los días se alargan 39 minutos, 24 por la mañana y 15 por la tarde. Ahora consultemos hacia el solsticio de verano: únicamente en dos semanas disminuye 5 minutos: 2 por la mañana y 3 por la tarde. (datos del otoño del 2019)


Con estos datos comprenderemos la complejidad de hacer algo en que intervenga la posición del sol, algún efecto o alineación en los días cercanos al equinoccio. Y sin embargo la inteligencia humana nos enseña verdaderas maravillas, y así las grandes culturas han conocido la fecha del equinoccio, y han construido algunos de sus destacados edificios por la orientación o la alineación en esas fechas. Por poner algún ejemplo, tenemos las 8 caras de la pirámide de Keops, los templos de la isla de Malta, o los de culturas tan alejadas como el pueblo maya, y uno en particular, Kukulkán, que está orientado para que en los equinoccios la sombra del borde de la pirámide simule el movimiento descendiente de una serpiente. Un edificio que sigue asombrando con sus misterios.

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Y en España, ¿cuántos edificios se construyeron teniendo en cuenta los equinoccios para hacer algún efecto? Pues bastantes: tenemos alineaciones en los dólmenes, o en los poblados de los íberos, por hablar de los más tempranos. Pero templos cristianos hay menos de los que pudiera parecer, y ya que hablamos de la luz equinoccial del Santuario de Nuestra Señora del Campo, pongámosla como punto de referencia para las distancias y hagamos repaso:


En primer lugar, quisiera hablar de uno que podría generar dudas si es alineación simple o efecto de la luz equinoccial. Para alinear un templo con la salida del sol en el equinoccio, se clava una estaca en el suelo, y se estira un cordel sobre su primera sombra, clavando luego la segunda estaca. Ése es el eje del edificio, y si en el centro de las paredes que dan al naciente y poniente hay abiertas puertas o ventanas, a la salida del sol la luz equinoccial lo traspasará, que es lo que ocurre en la diminuta capilla de San Miguel de Celanova, en Orense, a 217 km. de distancia. Para mí, alineación simple, al estilo de los dólmenes.

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Para que haya efecto, el templo no necesariamente tiene que estar alineado con los primeros rayos del sol del equinoccio, ni orientado por los puntos cardinales; el efecto puede ocurrir a cualquier hora y altura de sol, lo que dificulta extraordinariamente incluir la luz para crear una finalidad.

Que yo sepa, tenemos 6 conocidos y comprobados en España, y los voy a ordenar de lejos a cerca. El más lejano, a 320 kilómetros del Santuario o punto de referencia, es la Iglesia del Monasterio de San Millán de Yuso, sito en San Millán de la Cogolla, en Logroño. A media tarde, por el rosetón trasero entra el sol, pasa por el círculo que corona el trascoro, y da en el centro geométrico de la Iglesia, inaugurada el 26 de septiembre de 1067, lo digo para que nos hagamos una idea de la precisión matemática y astronómica en una época tan remota.

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El siguiente y a similar distancia, 315 kilómetros, es la ermita templaria de San Bartolomé de Ucero, en el Cañón del Río Lobos de Soria. Sobre las 9 de la mañana un rayo solar entra en la nave en los equinoccios y se centra en una losa del suelo, grabada con uno de los símbolos más antiguos conocidos, una flor de 6 pétalos, conocida como “flor de la vida”, o “flor de agua”. Exteriormente está labrado el sello de los templarios, la cruz patada alisada; un conjunto que allí llaman “la losa de la salud”. Pero este templo del siglo XIII no solo se alinea en los equinoccios, también lo hace en el solsticio de invierno, siendo un clásico de la arquitectura sagrada, en la que los arquitectos incorporaban las formas geométricas, los números y los fenómenos naturales a sus edificios.

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El siguiente, a 230 kilómetros, es el monasterio del siglo XII de San Juan de Ortega, en Burgos, el más antiguo conocido. Aquí, en el capitel de la escena de la anunciación, la Virgen María recibe en su seno el sol de la tarde, para dar a entender que el Espíritu Santo se vuelve luz y fecunda a la madre de Dios.

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De todo lo que he leído sólo he encontrado estos 6 templos, puede que haya más descubiertos, para eso están al final los comentarios, me gustaría recopilarlos. De lo que no me cabe duda es que todavía quedan algunos por descubrir. Ignoro el celo de mantener este espectacular efecto en secreto. Los tres últimos tienen dos cosas en común, la primera es que se descubrieron hace poco tiempo y por casualidad; y la segunda es que son zamoranos. Si, en mi lista el 50 por ciento son zamoranos.

Para el cuarto hay que ir a la siempre atractiva Sanabria, al monasterio de San Martín de Castañeda, a 78 kilómetros. En su iglesia consagrada a Santa María, estos últimos años Javier Gallego ha observado cómo en los equinoccios el sol madrugador ilumina desde el rosetón poco a poco cada uno de los capiteles de la nave, terminando el repaso en el crucero del templo.

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Después está la vecina Santa Marta de Tera, a sólo 14 kilómetros. El párroco D. Julián Acedo descubrió por casualidad, en 1996, el efecto de la luz del sol en esta iglesia románica construida en el siglo XI. En los equinoccios, el sol de la mañana traspasa un óculo, y en su barrido por el interior parece detenerse unos minutos en un capitel.  En él se puede ver una pequeña imagen, asexuada, acompañada de dos ángeles. Hay dudas sobre lo que representa, unos dicen que es el alma de Santa Marta ascendiendo a los cielos, otra hipótesis afirma que es la resurrección de Cristo y otros que es el alma de cualquier cristiano en su encuentro con la luz, esa misma luz que nos describen quienes han sobrevivido a un coma, o a una muerte clínica.

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Y por último llegamos al punto cero, al Santuario de Nuestra Señora del Campo. El sol de la tarde, siempre con permiso de las nubes, entra sigiloso por la ventana de poniente, inundando de luz el recinto cuadrangular que sirve de base a la escalera del campanario. Próximo a alinearse con el centro geométrico del edificio, poco a poco se adueña de la puerta de madera. Sin prisa, pero sin pausa, por fin alcanza un agujero por el que apenas entra un dedo índice. A partir de ese momento el espectáculo continúa en la oscuridad de la nave central.


Como saliendo de una invisible barrera, un círculo brillante comienza su andadura en el suelo del presbiterio, de izquierda a derecha, a la vez que aumenta en longitud. Lento e inexorable, alcanza el altar mayor, trepando por su frontal. En algún esperado momento coincide con la vertical del adorno redondo central del tablero, incluso puede coincidir exactamente con él. Pero no nos confiemos, esto es pura casualidad. En el templo de 1750 no estaba el altar mayor, ni se le esperaba. Únicamente se diseñó un espacioso entarimado machihembrado flanqueado por dos largos bancos para descanso de oficiantes. El ascenso continúa, hasta desaparecer con el mismo misterio como apareció.




Nunca hubo otra cosa que no fuera relleno debajo del entarimado, lo sé porque fui el encargado de retirarlo, completamente destrozado por las termitas. Nada sabían de la luz equinoccial quienes construyeron el primer altar, simplemente siguieron órdenes de Roma: en las Instrucciones Postconciliares del Concilio Vaticano II, publicadas en 1969, se aconseja la colocación del altar de cara al pueblo; hasta entonces hacía las funciones la pequeña meseta de los retablos mayores, conocida como banco o predela. Tampoco sabíamos del efecto luminoso cuando sustituimos el viejo altar para darle la forma que tiene en la actualidad; sólo eran cuatro tubos de hormigón sujetando un maltrecho tablero de madera que servía de mesa. De haberlo sabido, unas ruedas hubiesen permitido retirar el nuevo altar para que la luz no encontrara mayor estorbo que una barra vertical, recién pasado el centro, que no es otra cosa que uno de los barrotes de la ventana de poniente. La magia de la fotografía muestra todo lo del otro lado del diafragma, en este caso, lo opuesto al agujero de la puerta.

Por el mismo principio de la cámara oscura, el spot, o punto luminoso protagonista de la luz equinoccial no es un rayo redondo porque el agujero de la puerta sea redondo; el agujero es redondo porque la broca usada fue cilíndrica, y aunque el agujero lo hubiesen hecho triangular a punta de cincel el punto luminoso seguiría siendo redondo, sencillamente porque lo que vemos es el sol. El arquitecto sabía que esto sucedería; nada tendría sentido si no fuera únicamente el astro rey quien ocupara el centro geométrico del presbiterio, el punto de máxima energía de todo el templo.


Porque nada se hizo al azar. Y entramos en la explicación a tanta dedicación. En primer lugar, me gustaría recordar, para situarnos en un templo cristiano, el paralelismo entre Dios y el sol. El sol, fuente de luz y calor, padre de absolutamente toda la tierra y sus especies animales, minerales y vegetales, ha sido venerado en casi todas grandes culturas, también en la nuestra. No en vano “Dios” nos llega de la palabra griega “Doxa”, que se traduce como “claridad, brillo o resplandor”.


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En los países latinos, cuna del cristianismo, dice la historia que el emperador Constantino en el 313, antes de una batalla, vio en sueños una cruz dentro de un sol con una inscripción que decía "vence con esto". De aquella visión mandó sustituir el día del sol por el “dies dominicus”, que significa el día del Señor y ha derivado en “domingo”, el primer día de la semana para los cristianos. Pero todavía en la actual Europa del siglo XXI, en inglés, por ejemplo, domingo es “Sunday”, día del sol, como en alemán, “Sonntag”, “sonne” de sol, y “tag” de día. Y este “sol” no es más que uno de los siete “errantes” o planetas de la antigüedad, deidades o “dioses” que se asignaron a cada día de la semana.

Otra representación del sol es la custodia, por ejemplo, pieza principal del Corpus Christi y uno de los objetos más respetados en la liturgia; es un habitáculo redondo rodeado de rayos solares.

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La biblia comienza y termina con el tema de la luz, y a poco que se hayan leído o escuchado sus textos sagrados, sabremos de las muchísimas comparaciones que se hacen de nuestro Dios con el sol y sus efectos; de entre todas escogí estas:
Isaías 60:19 - Ya el sol no será para ti luz del día, ni el resplandor de la luna te alumbrará; sino que tendrás al Señor por luz eterna.
Salmos 84:11 - Porque sol y escudo es el Señor Dios;
1 Juan 1:5 - Y este es el mensaje que hemos oído de Él y que os anunciamos: Dios es luz, y en El no hay tiniebla alguna.
Salmos 27:1 - El Señor es mi luz y mi salvación; ¿a quién temeré?
Juan 8:12 - Jesús les habló otra vez, diciendo: Yo soy la luz del mundo.

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Así que… ¿por qué no traer la luz del mundo al lugar que ocupa el sacerdote, el representante de Dios en la Tierra? Además en tan señalada fecha como el equinoccio, y principalmente el de primavera, por ser la clave para establecer la Semana Santa (Desde el Concilio de Nicea del año 325, el Domingo de Resurrección se celebra el primer domingo de luna llena posterior al equinoccio primaveral; dentro de un paréntesis de 35 días, del 22 de marzo al 25 de abril).

Lo incomprensible es guardar este singular efecto en secreto; aunque no me canso de repetir que nos dejaron pistas para descubrirlo. Así, en el ático del retablo lateral derecho, el entallador hizo su propia visión del fenómeno luminoso; de una forma oval (parecida a la que podemos ver en el suelo del presbiterio) rodeada de rayos solares, están representadas las palabras de Jesucristo: “ego sum lux mundi” (yo soy la luz del mundo) en sus tres formas veneradas, Padre e Hijo en la misma persona y Espíritu Santo en forma de paloma.


Dice otra leyenda, que el labrador encontró a la Virgen del Campo bajo un “chaguazo”, un arbusto que no da fruto, sólo sombra. Y que cuando se llevaron la imagen a la iglesia el “chaguazo” se mudó a lo alto de la torre del campanario para seguir dando sombra a su protegida (Es cierto, en el tejado del campanario del Santuario crecía una planta que llegó a dañar la cubierta de hormigón, amparada en un nido de cigüeña, y la leyenda parece tan antigua que pudo repetirse en la torre de la antigua ermita). Es curioso que el spot luminoso se diseñara para incidir en el suelo, no en medio de la ventana que sirve de hornacina a la Virgen, y por tanto la pudiera iluminar como por ejemplo ocurre en San Juan de Ortega (Para que le llegue el sol es necesario abrir la puerta del campanario aproximadamente 9 días antes del equinoccio de primavera y 9 después del de otoño, un efecto colateral casual que hemos dado en llamar “la novena de la luz”). La pregunta es inevitable: ¿influyó la leyenda de la sombra del “chaguazo” en el arquitecto, tanto como para negarle la luz del sol a la Virgen? (El sol es imprescindible para el fruto del campo, pero mal compañero para quienes lo trabajan). ¿O quizás quiso simbolizar una ofrenda, poniendo a sus pies el sol, padre de todo nuestro mundo? Nunca lo podremos saber: quizás para que la incógnita forme parte del misterio, el arquitecto se llevó su propósito allá donde haya ido a parar. Desde este lado, sólo se me ocurre enviarle una palabra por tan precioso regalo: GRACIAS.


Y a ti, estimado lector, te invito al próximo equinoccio en el Santuario de Nuestra Señora la Virgen del Campo; si las nubes nos dejan, claro.



Imágenes:



miércoles, 15 de abril de 2020

La dama de Peñacabras.


En la calle Peñacabras,
entre corrales de ovejas,
cuando de refilón el sol
alumbra una vieja puerta,
entre sus oxidados clavos
una imagen se revela;
es una mujer, sin duda,
por qué está ahí, nadie acierta.

Nunca sabremos el nombre,
ni la edad de la doncella;
solo que sobre sus hombros
descansa lacia melena,
y con la mano parece
saludar a quien se aleja,
delante de su rebaño,
hasta que haga el sol la puesta.

Pudo ser un joven pastor
mientras a salir espera,
escondido tras la capa
un día desdobla la cheira,
y en la madera le labra,
a su amada la silueta;
esa es su forma de decir
lo que calla por vergüenza.

Ya se levanta el tallador,
porque el ganado no espera;
mira atrás, mientras ajusta
el zurrón en bandolera,
por si la dama aparece
y cobra vida la escena,
le alza la mano y susurra:
“te esperaré hasta que vuelvas”.

Pero hoy tampoco acudió,
“bueno, quizás a la vuelta”.
Arrea el ganado y camina,
que toca bajo la sierra.
Y así, muchos de los días
al monte llora sus penas,
suspirando por su amada,
y callando mientras sueña.

Quiero pensar que esta historia
no terminara en la hoguera,
como le ocurrió al lienzo
sin que yo me diera cuenta.
Quizá el pastor pudo vencer
su timidez pasajera;
lo digo porque en las tablas…
la imagen quedó incompleta.




lunes, 6 de abril de 2020

De Ayoó a Carracedo: historia de la carretera.


Algunas cosas parecen eternas, como decimos coloquialmente, “llevan ahí toda la vida”. Por poner algún ejemplo… la electricidad con todas sus increíbles utilidades, nuestras casas, los coches, las carreteras… y nada tan lejos de la realidad; sólo forman parte de la crónica más reciente de nuestros pueblos. Concretamente, la carretera de Ayoó a Carracedo tiene una curiosa historia, todavía en la mente de nuestros mayores, que merece la pena recordar.

A principios del siglo XX, los caminos de nuestra comarca eran poco más que roderas de carros o sendas de caballerías; polvorientos en verano y encharcados en invierno, llenos de curvas y vegetación, sin cunetas, puentes, o cualquier mejora que hoy entendemos por normal. Solamente se libraba uno, la calzada romana que cruza de norte a sur el valle de Vidriales por Fuente Encalada, Rosinos, Santibáñez y Brime de Sog. En muchos puntos al menos, guardaba las formas como podemos ver todavía en la Valdería, y se podía circular con relativa comodidad; de hecho se la conocía como “la carretera del obispo”, por ser una vía de comunicación con Astorga. Para la carretera paralela, la de Camarzana a la Bañeza, la más importante de Vidriales, se expropiaron los terrenos en 1923, según consta en el Boletín Oficial de la provincia (recorte 1, debajo del texto), hace menos de 100 años.

Los ayoínos contaban por aquella época con varios y maltrechos caminos de los que describí antes: el camino Felechares, el camino la Bañeza, el camino Fuente Encalada, el camino Carracedo, el camino Congosta y el camino Nogarejas, y sólo uno medio decente, el camino Santibáñez, que va paralelo a la carretera pero por la otra margen del Almucera. Pero necesitaban con urgencia un camino de verdad, con buen firme y anchura, una carretera que uniera el pueblo con Carracedo por el trecho más corto y después por el valle abajo para conectarse con los suyos, con Vidriales. En el Heraldo de Zamora (recorte 2), el 15 de abril de 1910 se menciona incluir en el Plan General del Estado dicha carretera que enlazaría con Colinas de Transmonte. Pero todavía el 31 de julio de 1918 (recorte 3) se solicitaba la declaración de utilidad pública para el tramo entre Villaobispo y la línea divisoria de San Pedro de la Viña y Carracedo que seguramente se construyera algunos años después.

El 23 de marzo de 1925 (recorte 4) se hace pública en el Boletín Oficial de nuevo la petición del alcalde presidente del ayuntamiento de Ayoó solicitando la declaración de utilidad pública de un camino vecinal que empalmara Congosta con la carretera de Camarzana a la Bañeza. Por su parte, el presidente de la Junta Administrativa de Carracedo va más allá, y el mismo día (recorte 5) se solicita otro camino, que “partiendo de Castrocontrigo (León), pase por los pueblos de Ayoó de Vidriales, Carracedo y San Pedro de la Viña, en el que ya tiene aprobado en el 3º Y 4º concurso hasta Rosinos de Vidriales”. Es una petición muy inteligente. Sabemos por Pascual Madoz en su diccionario (1845 – 1850) (recorte 6) que hasta Rosinos de Vidriales venía un canal (romano, con indicios visibles todavía hoy) con agua del Eria, tomada en Castrocontrigo. Pues sencillamente paralelo al canal hubiera sido fácil trazar un camino. Con ésta última petición podemos suponer que desde la carretera de Camarzana a La Bañeza hasta San Pedro de la Viña ya había carretera, o estaba a punto de realización en “el 3º y 4º concurso”. Recordemos, marzo de 1925.

25 años tras estas peticiones, con lo que significan 25 años sin camino medianamente circulable, el periódico de la época de tirada nacional Imperio (recorte 7), publica en gran parte de sus páginas varias noticias relacionadas con Ayoó y su nueva carretera. Era el miércoles 29 de mayo de 1950, siendo alcalde Francisco Aldonza y presidente de la Hermandad de Agricultores y Ganaderos Isaac Cano. El primer titular (recorte 8), por ordenarlos de alguna forma, es la propaganda política del gobierno de turno, algo que ya estamos acostumbrados a ver. El camarada Alfín Delgado, ante el gobernador civil, el presidente de la Diputación, las autoridades locales y el pueblo reunido, elogió el esfuerzo y prometió ayuda, blablablá, arriba España blablablá…. El segundo fue la inauguración de la nueva carretera (recorte 9), con las explicaciones técnicas. Destacaría que en el proyecto venían marcados 5 metros, pero se hicieron 6 por iniciativa ayoína. El tercero el comentario del periodista (recorte 10), que comparó el recibimiento que hizo el pueblo a la comitiva de autoridades con “la del Ebro”, por la cantidad de cohetes y bombas lanzados anunciando la fiesta posterior. El titular de su artículo resumía en una sola palabra la actitud de los ayoínos ante proyectos como el trazado de la nueva carretera: voluntad. Ya lo dice el refrán, “hace más el que quiere que el que puede”.

La última parte me parece la más destacable, porque evidencia el mundo rural, en el que todos, en cuanto podían, arrimaban el hombro. Y con este todos me refiero a “todos”, como pronombre indefinido plural que significa “todas las personas” (acepción 9 del DLE de la RAE). En este “todos” se incluían hombres, mujeres, mayores y menores de edad. Y en los trabajos comunales, en los que participaba un miembro de cada casa bajo pena de multa, no era una excepción ver a adolescentes, o a mujeres, realizar tareas muy por encima de sus capacidades físicas.

Pero para el redactor de la noticia aquello le parecía extraordinario y como tal lo publicó en un gran titular (recorte 11): También las mozas de Ayoó de Vidriales trabajaron en la construcción de la carretera. Pues sí, mozas y mozos, menores de 21 o 18 años, que decimos ahora. Todos ellos entrenados desde niños a colaborar en lo que hiciera falta al terminar lo relacionado con el breve colegio; y muchos tristemente ni eso. Por tanto, cavar y trasladar tierra, picar piedras, maniobrar carros, o cualquiera otra labor caminera eran tareas aprendidas que se realizaron con naturalidad cuando se planteó aquel trabajo que redundaba en beneficio de todos. Por tanto todos colaborarían en la “yera” o “facendera”, pero a razón de parejas de vacas; quien tenía una pareja, le correspondería una “varada” (que consistía en una longitud determinada de trabajo), quien tenía dos, dos “varadas” y quien trabajaba “a coyunta”, es decir, que tenía una sola vaca y hacía pareja con la de otra persona, pues juntos harían la “varada”. Una asignación en equidad pensada para repartir el trabajo según las posibilidades de cada uno, muy lejos de la igualdad, en la que como vecinos hubiesen tocado a “varadas” iguales. El proyecto era sencillo y estaba supervisado por un ingeniero llamado Gerónimo: en primer lugar se diseñaría el trazado, se harían taludes donde fueran necesarios y se retiraría la tierra vegetal para hacer una “caja”, la excavación para hacer sitio al relleno, con sus cunetas correspondientes a ambos lados. Luego se rellenaría con piedra, a poder ser canto rodado de distintos diámetros, y se partiría “in situ”, y por último se extendería una capa final de zahorra o de la mejor tierra de las excavaciones.

No he encontrado en ninguna publicación la fecha de comienzo de las obras, pero disponemos de un documento excepcional que nos muestra cuando sí se trabajaba en la carretera. En el vuelo fotogramétrico americano de la serie A, que sobrevoló España en los años 1945-1946 se aprecia con claridad que estaba ejecutada al menos la “caja”. Esta foto aérea es indiscutible, y demuestra que por lo menos transcurrieron 5 años desde el inicio hasta la inauguración de la carretera. Y también se ve que el mejor camino que partía de Ayoó, el más marcado, es el que va paralelo a la carretera por el otro lado del Almucera, el camino Santibáñez, que parece ser fue también una opción, pero desechada porque pretendía seguir dejando aislado a nuestro pueblo.

El artículo del periódico Imperio (recorte 11) recuerda un triste accidente, el único y no por ello menos penoso: una esquirla de piedra dañó irreversiblemente el ojo de un trabajador. En mis labores de investigación no le podido identificar al afectado, de quien dice el artículo “en cuyo beneficio los demás vecinos y compañeros constituyeron un seguro”.

El primer e inmediato beneficio de aquella obra colosal (para realizarla manualmente) está bajo el titular dedicado a las mozas (recorte 11): Este pueblo recibirá de la Diputación Provincial más de 350.000 pesetas. Ése era el presupuesto que desde la Diputación habían destinado para la carretera. En un acto que los honraba, si los vecinos hacían el trabajo, ellos aportarían al pueblo el dinero como si lo hubieran costeado ellos. Así todos contentos, pero los de Ayoó más.

El segundo beneficio llegó sólo dos años más tarde. En el periódico Nueva España, en la sección de Benavente nos anuncia que el ayuntamiento de esta ciudad en el pleno del 7 de mayo resuelve “informar en sentido favorable el establecimiento de una línea de automóviles para conducción de viajeros entre Benavente y Ayoó de Vidriales”. El 30 de mayo la Diputación de Zamora en pleno ordinario ratifica como favorable la petición de esta línea que acercaría Benavente a los ayoínos sin necesidad de desplazarse andando hasta Carracedo. Poco tiempo más tarde, el 5 de septiembre el ayuntamiento de Zamora, en pleno ordinario, también da el visto bueno a una línea de autobuses entre Ayoó y Zamora, pero pasando por Benavente.

El primer guante para realizar la línea de autobuses lo recogieron dos ayoínos en sociedad, los hermanos Laurentino e Isaac Cano, comprando un camión nuevo y modificándolo en un taller para hacerlo mixto, para transporte general a la demanda, con algunos asientos para personas y caja para lo que entrara por capacidad, normalmente ganado. Primeramente Laurentino fue el encargado de conducir aquel vehículo, pero al poco tiempo la sociedad se deshizo, quedando únicamente al cargo de la empresa Isaac, que como no tenía carnet para conducir contrató los servicios de un vecino de Camarzana, Paco, que luego se casara con Celsita, la hija del maestro de Fuente Encalada, don Emilio. Isaac cumplió mientras pudo con aquel transporte especial que básicamente hacía viajes a Santibáñez de Vidriales, Benavente y La Bañeza en los días de mercado, haciendo un gran servicio al pueblo. Esto no lo he encontrado en ningún medio informativo, si no en la fértil memoria siempre de agradecer de nuestros mayores. Lo que si he encontrado es un anuncio del 10 de septiembre de 1953 (recorte 12), en el que se pone a la venta “coche mixto de ferias, fiestas y mercados. Tratar: Isaac Blanco. Ayoó de Vidriales (Zamora)”. Lo he transcrito con error en el apellido incluido. Parece ser que tras el parón del vehículo local vino durante bastante tiempo un autobús de la empresa Noroeste, ya únicamente para transporte de personas.

Pero realmente no hubo un servicio eficaz y regular hasta el jueves 23 de agosto (recorte 13), víspera de San Bartolo, del año 1956. La empresa Auto-Res, que llegaba hasta Santibáñez de Vidriales, amplió finalmente la línea hasta Ayoó.

Aquella década de los 50 fue muy fructífera, recordemos que el ayuntamiento disponía de un premio de 350.000 pesetas por trabajar tan duro en la carretera. En el año 1952 se hicieron dos pozos artesianos, uno de ellos el de Requeijo del lado norte, y se instaló el alumbrado público por todo el pueblo. Un año después, en 1953, se hizo el del abastecimiento que todavía hoy alimenta nuestros grifos y a continuación una red de cañerías y una serie de fuentes por las calles.

La historia de la carretera no termina aquí, es la historia de tantos viajeros hemos puesto y pondrán los pies en ella. Una obra para el orgullo de los ayoínos, que nos enseña que la comunicación es fundamental para el desarrollo de las sociedades. En el diario La Tarde, del 21 de mayo de 1936 (recorte 14), se cifra en 1.500 personas el número de habitantes de Ayoó y Congosta, “los dos pueblos de las mil fontanas cristalinas”, “dos pueblos de honradez y sencillas costumbres”, que se adelantaron a los acontecimientos con esfuerzo y valentía, y que sirvieron de modelo al resto de españoles. Ya lo decía el periodista aquel (recorte 10): Ayoó, o la voluntad.

P.D.- He intentado aportar como documentación los escritos que he encontrado en los medios informativos de la época, con la seguridad de que en varios puntos los hechos fueron distintos, como he podido comprobar al registrar en la memoria de nuestros mayores, a veces tan olvidadiza con lo fundamental y otras tan lúcida con temas que tanto impacto tuvieron en su juventud. Siempre, gracias a todos por reescribir nuestra historia.

Recorte 1

Recorte 2

Recorte 3 


Recorte 4

Recorte 5

Recorte 6

Recorte 7

Recorte 8


Recorte 9

Recorte 10

Vuelo fotogramétrico 1945-46

Recorte 11



Recorte 12

Recorte 13

Recorte 14

miércoles, 25 de marzo de 2020

Aquel 25 de Marzo de 1878...


Hoy es 25 de marzo del año 2020 después de Cristo. Una fecha a tener en cuenta en Ayoó de Vidriales por varios motivos:

El primero porque hasta el 24 de febrero de 1582 tal día como hoy era año nuevo. Fue el Papa Gregorio XIII en su bula Inter Gravissimas quien restauró que sería el 1 de enero el principio de los años, con gran oposición en muchos estamentos mundiales de la época. En Inglaterra, por ejemplo, rebelados contra la autoridad papal, siguieron celebrando año nuevo el 25 de marzo hasta 1752.

El segundo porque hasta la mencionada bula papal la primavera, palabra que significa “primera estación”, comenzaba el 25 de marzo, porque así lo decidió Julio César para su calendario juliano, asesorado por Sosígenes, sabio astrónomo egipcio. Y todos sabemos de la importancia del comienzo de la primavera, en una sociedad tan vinculada a la agricultura y ganadería, como la vidrialesa.

El tercero por festividad. Hasta hace pocos años, el 25 de marzo se celebraba la Anunciación de la Virgen María, una de las más antiguas del santoral; según las sagradas escrituras, el ángel Gabriel se aparece a María para decirle que es la elegida para encarnar a Dios. Entre esta fecha y el 25 de diciembre, el nacimiento de ése Dios hay 9 meses, un embarazo. Todos sabemos del arraigo de la devoción a la Virgen en España, y más concretamente en nuestro valle; la iglesia de Ayoó, por ejemplo, es una exposición de imágenes suyas, con 9 advocaciones. Por ser fiesta cambiaba completamente el día: por la mañana había misa, así que únicamente se hacían las tareas obligatorias, como atender al ganado y hacer acopio de su alimento, acarrear agua y leña, limpiar la casa, ir a la cueva por vino, etc, para luego asearse y participar en esa reunión social que siempre fue la iglesia, con posible concejo incluido a la salida. La comida era también especial; para estos días se reservaban las mejores viandas. Por la tarde algún juego, como la calva, o reuniones en los lugares de costumbre, como en las cuevas al atardecer. Y quién sabe si no se animaría la cosa y acabara el día en baile, al son de cualquier lata, una pandereta, o en el mejor de los casos, caja y dulzaina.

Y el cuarto motivo, y más importante, por el aniversario del que quizás sea el episodio más triste en la historia del pueblo, el incendio que destruyó más de la mitad de sus viviendas. Ya en otro artículo, comenté que en el Diccionario Geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones en Ultramar, publicado en 1847, Pascual Madoz contabilizó en Ayoó 62 casas con tejados de urz, con 56 vecinos y 221 habitantes; y 31 años más tarde el incendio del 25 de marzo de 1878 devoró 44 casas, de ellas 33 habitadas. Un desastre muy difícil de imaginar.

Debido a la gravedad de la situación se solicitó al gobierno del rey Alfonso XII recursos del Fondo de Calamidades para ayudar a las familias ayoínas que lo perdieron prácticamente todo. La hemeroteca (para mí complicada de consultar) nos recuerda la primera ayuda que se recibió, y con ella un agradecimiento: “Que se den las gracias al Diputado Sr. Ceballos por el celo que ha desplegado en el reparto de 2000 pesetas concedidas por la Diputación al pueblo de Ayoó, por el incendio ocurrido en aquel el 25 de marzo último”. Era el 25 de noviembre, exactamente 8 meses después.

No dudo que aquella ayuda no hiciera algún bien entre los pobres ayoínos. Pero fue a todas luces insuficiente y tardía. En el Boletín Oficial de Zamora, a escasos renglones de ésta noticia, podemos conocer el sueldo de un “auxiliar de almacén de tercera clase”: 912,59 pesetas al año, unas 76 pesetas al mes. Si con el sueldo anual de dos obreros de baja categoría pretendieron reponer todos los enseres, ganado y herramientas quemadas, y reconstruir las 33 casas habitadas destruidas, aunque siguieran techándolas con urces, se quedaron cortos, inmensamente cortos; porque tocaron únicamente, si el reparto fue por casa, a 60 pesetas con 60 céntimos.

Por tanto hubo una segunda petición. O al menos una segunda petición a la que hicieron caso. Fue el 4 de abril de 1883, y nos muestra la nefasta gestión política que ignoró por completo la llamada de auxilio. El Boletín Oficial de Zamora nos dice qué ocurrió en la sesión de la Diputación Provincial de aquel día. “Abierta bajo la presidencia de D. José Rodriguez, con asistencia de los Sres Luis, Andrade, Cid (D. Domingo), Román (D. Felipe), Pérez (D. Esteban), Maroto, Solalinde, Cid (D. Fabriciano), Avedillo, Román (D. Alonso), Nerpell, Jambrina, Lopez Arcilla y Ruiz Zorrilla… ”, o sea, cinco años después del incendio esta pandilla de “señores” “Acordó desestimar una solicitud en que el Ayuntamiento de Ayoó pide un socorro para varias familias de aquel pueblo sumidas en la pobreza, por un incendio ocurrido en el mismo”. Cinco años y la respuesta es el abandono. Me imagino la indignación general cuando el alcalde, Gabriel Quiroga, leyera el Boletín y trasladara la noticia al pueblo, seguramente reunido en concejo, como se solía hacer.

Mucha prensa nacional compartió la noticia por su espectacularidad; pero también hubo algún periodista, del que me guardo los calificativos, que se mofó de las víctimas del incendio. Pretendiendo ser gracioso escribió, en su apartado “el vigía” del Diario de Córdoba: “En Ayoó de Vidriales – niña incauta fue á incendiar – cerca de cincuenta casas… - Otras hay que incendian mas.”

No he encontrado ningún dato más, aunque quizás lo haya; como dije, me resulta difícil consultar la hemeroteca. El pueblo se reconstruyó, claro que sí, con Diputación y sin Diputación. Me imagino la solidaridad vidrialesa con los afectados, con las carreterías o carrúnias que recuerdan los de mayor edad para hacer acopio de piedra y madera con las que levantar nuevas viviendas, o compartiendo animales de tiro para labrar la tierra, otra costumbre que también hace poco que se realizaba. Ni que decir lo de compartir alimentos en temporada de abundancia o escasez, o lo de juntarse en grupos para realizar tareas comunales o particulares. Maravillosas rutinas que han pervivido hasta no hace tantos años que sirvieron, sin duda, para sacar este pueblo adelante.

Recortes de periódicos y del Boletín Oficial de Zamora:






Enlaces de interés: