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domingo, 30 de enero de 2011

La piedra de majar el lino


En la calle Castillo, a la derecha según se sube desde la iglesia, vivía el señor Guillermo Alonso, y al lado de las puertas de su casa tenía una enorme y lisa piedra, como a las puertas de otras muchas viviendas, y su primitiva función era la de soporte para majar el lino. Una actividad necesaria, la cosecha del lino, por las aplicaciones en el campo textil en las zonas rurales, a la vez que muy trabajosa, hasta convertir una áspera planta en una amorosa tela. Ya dedicaremos otro tiempo a éste tema, ahora solo nos quedaremos con la piedra. Era bastante grande, aproximadamente de 1.3m de larga, 1m de ancha y 25cm de gruesa, lo que suponen varios cientos de kilos. Sobre ella se detenían a descansar vecinos, viandantes o forasteros, como un cajonero que regularmente acudía a Ayoó a vender su mercancía. Se le llamaba así a aquel vendedor ambulante porque transportaba un enorme cajón de madera colgado del hombro con una gruesa correa de cuero. Aquel cajón tenía multitud de pequeños cajoncitos, y en cada uno de ellos, ordenado, un tipo de género, que venía ofreciendo por las puertas con una inconfundible tonada: ¡¡Peines, pendientes, cuchillas de afeitar,… jabón de olooooooor!!. En cada viaje el cajonero se detenía sobre la piedra de majar de Guillermo y allí mostraba sus artículos y cerraba sus ventas. Una de las que más éxito tenía eran las “gafas para vista cansada”. Recetaba y despachaba en segundos lo que un buen oculista tarda media hora larga. Una eminencia, aquel cajonero. Y es que algo tenía aquella piedra que llamaba la atención e invitaba a sentarse. Quizás su pulida superficie, o su forma robusta, o su veteado color marrón claro. O la intriga que producía el misterioso mensaje escrito en uno de sus lados: “Si me revolvieras vieras”. Algo ocultaba aquella mole debajo que provocaba los más dispares comentarios. “Si me revolvieras vieras”. Allí podía estar la solución a los problemas, o la llave de la felicidad, o… cualquier desgracia, como opinaban los más pesimistas. Pero claro, ¿quién era el majo que le daba la vuelta?. Cuentan que un día la curiosidad pudo más que la razón, y varios mozos de los más brutos, después de un gran esfuerzo consiguieron ponerla del otro lado, y allí estaba la solución. La piedra era exactamente igual, con el mismo color, tamaño y superficie solo que tenía escrito otro mensaje: “Ahora que me revolviste viste. Gracias por lo que has trabajado, que ya estaba cansada de estar del otro lado”.
P.D.- La historia del mensaje de la piedra la cuento como me la han contado. No animo a nadie a comprobar su veracidad, si no simplemente a seguir transmitiéndola tal cual, y a sonreír y disfrutar, que es muy recomendable y para eso están éstas historias.

Los desaparecidos negrillos




Casi todos los pueblos de altitud y humedad del suelo similar a Ayoó han perdido un habitante. Imperceptiblemente, quizás, haya sucedido y, lo que es peor, no hagamos nada para remediarlo. En otro tiempo se añoraría su ausencia, porque este discreto habitante, el negrillo, era usado… o mejor, necesitado, para carpintería, por ejemplo en las braceras de los carros de vacas o en máquinas agrícolas por su dureza, y por su elevada resistencia a la humedad como viga en el lagar de nuestras cuevas, entre otros usos. Parece ser que un inmundo bicho no contento con comerse sus hojas y su madera lo infecta con un hongo que tapona su vital savia y lo seca en pocos meses. Ahora solamente los árboles jóvenes, los brotes nuevos, nos enseñan su característica hoja dentada en el borde y con suave bello en el envés. Este majestuoso árbol que podía alcanzar los 30m. de altura ha dejado de verse sobre todo en los arrabales y con él se fue el dorado otoño que sus hojas coloreaban, al igual que los robles, solo que éstos, mas ariscos, solo embellecen el monte. A lo mejor, si volvemos a construir carros como antaño, o cambiamos nuestra moderna prensa hidráulica por la natural y eficaz palanca de la cueva, buscáramos el remedio para su enfermedad. Pero creo que nos preocupa mas envenenarnos con inventos transgénicos o hacer apología del ecologismo sin mover una hoja, que queda bonito, y mirar para otro lado, porque el negrillo ya no es útil y con ignorarlo le podemos aplicar esta especie de eutanasia. Yo, cuando veo un negrillo, me detengo, lo admiro y saludo, y sufro con él, con su desaparición por tan temprana muerte. Mi memoria me recuerda que gran parte de mi niñez transcurrió a su sombra. En Ayoó tenemos varios intentos que por el comentado problema acaban en árbol seco. Hay uno que veo con frecuencia, que además cada dos por tres queman las zarzas que prosperan a su alrededor y aumentan su agonía. También puede ser que “lo que no te mata te hace más fuerte” y nuestro negrillo sobreviva como un fénix de sus cenizas. Va a ser que no. Al negrillo, sinceramente, lo hecho de menos.

sábado, 29 de enero de 2011

Los tejados de ripia y teja árabe



Es conocido y notorio el efecto “cueva” de las casas antiguas, templadas en invierno y frescas en verano. Dicho de otro modo, mantienen constante su temperatura interior, al margen de las inclemencias del tiempo. Varios son los motivos: ventanas y puertas escasas y pequeñas, techos bajos y suelo semienterrado o poco rellenado, anchas paredes de piedra o tapia que aíslan perfectamente del exterior y que además almacenan la temperatura ofreciendo un clima constante, y tejados de ripia y teja árabe, entre otros motivos. Éstos últimos, los tejados, sobre todo los de más de 100 años, se mantienen indemnes si se ha tenido la precaución de recorrerlos, que así se llama la acción de limpiarlos y quitarle las goteras, cada media docena de años. Con asombro se suele descubrir al escombrarlos que las puntas o los clavos para unir las maderas que conforman su estructura son pocos o nulos. La mayor parte son ingeniosas uniones de madera con madera, y en el resto retorcidos encaños de pajas de centeno sin semilla, enriados para permitir flexibilidad, manteniendo sus cualidades en el tiempo.



Sobre la estructura de madera de las cerchas o burros y correas o tercias se colocaban las latas, (que nada tienen que ver con las conservas), que son delgadas ramas, generalmente de pino, colocadas siguiendo la inclinación del tejado desde el cumbrero, o tercia que divide las aguas del tejado, al alero, donde éste voladizo evita que el agua se vierta encima de la pared. Por cierto, las latas generalmente eran adquiridas en la Cabrera, transportadas con carros, o bien eran los mismos vendedores los que se desplazaban a los mercados con ellas, como a los anuales del campo de Rosinos o de las ferias de Santibañez. Encima de las latas extendían una capa de varios centímetros de ramas de jara, o más raramente urz, llamada ripia, y ya sobre ésta, asentadas con barro, las tejas. Hay un método, muy poco usado por inestabilidad, de colocación de tejas, la teja vana, o “a teja seca”, en el que se prescinde del barro. Las tejas son piezas acanaladas, algo más estrechas en un extremo que en el otro, deben de ser compactas, sin caliches, y no deben absorber mucha agua. Al golpearlas su sonido tiene que ser metálico y su color rojo oscuro como señal de buena cocción.



Hay tres tipos: canales o camas, cobijas o caballetes y limas. La diferencia es la curvatura, hecha a mano teja por teja, para favorecer la unión con la siguiente. Las camas tienen el lomo ligeramente aplastado y los caballetes arqueado. Las limas son sólo tejas mas grandes para permitir mas caudal. La colocación de las tejas se efectúa de abajo a arriba, y a poder ser de izquierda a derecha. Primero se asienta una fila de camas, con la concavidad hacia arriba, tapando cada una la tercera parte de la de abajo. Luego una segunda fila, y en el alero, entre las dos, una media teja partida longitudinalmente, lo que se llama la boquilla. Se rellena el espacio que queda entre las filas con trozos de madera o teja y extendiendo encima una capa de barro de asientan los caballetes, y así sucesivamente el resto de tejado. Una vez cubiertas de tejas todas las pendientes se procede a colocar el remate, una última fila de tejas caballetes, las más grandes de la hornada, uniendo ambos lados: el cerral. Y a las puntas de esta fila se solía colocar un trozo de teja de 5 ó 6 cm apuntando al cielo. En el argot tiene varios nombres: pajarera, por la tendencia de estas aves de posarse encima, o también gallo, quizás por la similitud con la parte delantera, el pecho, de este animal. Para terminar, algunas curiosidades. Las tejas se compraban por carros, no por unidades, aunque cada carro constara de 333 tejas (tres carros, más una teja, mil tejas). En el tejar, era corriente probar su dureza, no olvidemos que están hechas artesanalmente y cocidas en rudimentarios hornos de leña. Para ello se coloca la teja boca arriba en el suelo, en un lugar libre de piedras, y una persona normal se puede subir encima con un pié en cada ala. La teja que está bien cocida no sólo tiene que soportar el peso, si no que debe de permitir el balanceo sin romperse. Las tejas más famosas por su calidad eran, y son, las de los tejares de Quintana y Congosto, pueblo leonés del valle de Jamuz.
Uf, que lío, a lo mejor me he pasado con mi clase de albañilería. El caso es que siento especial predilección por este material de construcción hoy totalmente abandonado y en desuso. Junto con otras actividades, como las agrícolas o ganaderas, los tejados han cambiado, las paredes ya no son las mismas y los pueblos en su conjunto son un feo batiburrillo, muy lejos de aquella estampa de avenencia y armonía, perdiendo irremediablemente sus señas de identidad. Es lo que hay.


http://eltijoaquin.blogspot.com.es/2013/06/reparacion-con-tejas-arabes.html

martes, 25 de enero de 2011

Mi tributo


Alza la vista, observa,
quienes techan casas viejas,
esas rojas jorobadas,
milenarias, si las dejas.
Las del norte verdugosas,
como nuevas, las sureñas,
a sol y a leña cocidas
color al pueblo le prestan.
Inocentes acusadas,
mal culpadas, de goteras,
su dura vida termina
en una sucia escombrera.
¿Descubriste a quien tributo?
A esas barrosas: LAS TEJAS.
.................................. ETJ

martes, 18 de enero de 2011

El Eria en Vidriales



Desde muy antiguo es conocida la excelente relación de las gentes de Ayoó con las de la Valdería, concretamente Felechares, San Félix, Calzada y Castrocalbón. Curiosamente trato nunca correspondido con la gente del Tera o del Jamuz, igualmente valles colindantes. Amistad, comercio, relaciones que acabaron en matrimonios, … , los mayores hablan de sus vecinos como si de una gran familia se tratara. En aquellos tiempos de lento desplazamiento y, obviamente, largos viajes, además era muy útil disponer de buena amistad en otros pueblos, ya que si la noche acuciaba, se podía disponer de posada gratuita, con mesa y cama en el mejor de las armonías. Y claro, en cualquier tipo de fiestas aquella amistad era sagrada y de obligada presencia. Sin ir más lejos, mi bisabuelo materno Santos, de Calzada, tenía una relación de hermano con un vecino de Ayoó, Miguel García. Amistad retomada y mantenida hasta por los bisnietos de ambos. ¿Casualidad o eternos lazos afectivos?. Por no hablar de los numerosos matrimonios de parejas de ambos valles (y aquí me incluyo). Ya hace tiempo leí un libro del que voy a hacer referencia. (No sé si es legal, tal como están las cosas, desde luego lo hago con la mejor de las intenciones, el mayor de los respetos y además recomiendo su lectura, que es fascinante). “La Valdería en la historia”, de J. Argimiro Turrado Barrio, de Castrocalbón, no sé la editorial. Más de 300 páginas llenas de historia, cultura y tradiciones de nuestro vecino valle. Lo asombroso, y tiene relación con Ayoó, es que según su teoría, en el Mioceno, desde hace 24 millones de años a 5 millones de años, época en la que se depositaron las arcillas, (el barro de nuestras cuevas), el monte Castrión, de Pobladura de Yuso estuvo unido a la sierra de San Felix, por lo que el río Eria seguía su curso hacia Vidriales, en dirección al río Tera. Así se podría explicar por ejemplo los áridos del lecho de Valdelafuente de Ayoó ¿…?. Después, entre el Plioceno y el Pleistoceno, hace 2 millones de años, importantes lluvias abrieron camino por donde hoy está la Valdería desde Pobladura hacia abajo. Por eso la Chana, el Chano y el Maste de Castrocalbón, (ambos lados del valle Valdería), están al mismo nivel, lo que indica que fueron parte de la misma llanura. (Para quienes no conozcan los topónimos, si van a la Bañeza, antes de bajar hacia la gasolinera de Castrocalbón, se aprecia fácilmente el valle como un corte en una planicie, lo que corrobora la teoría de J. Argimiro). Y para terminar, mi conclusión. Si alguna vez compartimos el agua del río Eria, ¿no llevarán nuestros genes algún matiz especial, que nos haya facilitado esta antigua y estrecha relación entre los pueblos de ambos valles?, seguro que si.

viernes, 7 de enero de 2011

¿Esto ya era violencia de género?


Nuestra sabiduría popular atesora indiscutibles joyas, fruto de la transmisión oral, casi siempre entre los miembros de la misma familia, en los largos ratos al amor de la lumbre, o al sereno, en las sosegadas tertulias de las plácidas noches de verano. A estos mágicos momentos hay que añadir ejercitadas memorias y un abundante deseo de conocer, de aprender una nueva historia para irse a la cama con esa agradable sensación del buen rato pasado en grata compañía, y la imaginación repleta de las situaciones y los momentos descritos con tanto detalle. Una de estas joyas, la que relato a continuación, es una antigua copla, que cuenta la historia de una pareja que propone casarse y antes valoran sus respectivos ajuares. Hace muchos años se la oí contar a mi abuela Avelina, y me la ha recordado recientemente, por casualidad, el señor Felipe Carrera, de Bercianos, quien a sus 85 años, la ha recitado sin dudar, sin fallos, como mi abuela, porque ya dice otra forma de saber popular, el refrán, “lo que bien se aprende, mal se olvida”.

Por gastar papel y tinta
y además por pasatiempo
les voy a contar la historia
de dos novios de mi pueblo.
Él Juan lanas conocido,
y por apodo "El becerro”,
sus piernas eran torcidas,
era cojo y también tuerto.
De trabajar no entendía
porque era blando de huesos,
con un pedazo de pan
se pasaba el día entero.
Ella se llama Juana
y era nieta de su abuelo,
más fea que el no tener
que tenía un ojo seco.
Era chata en demasía
y su cuerpo tan mal hecho
parecía una morcilla
y un chorizo extremeño.
Un día, en matrimonio
le vino a Juan el deseo,
y poniéndose a pensar
pronto encontró el remedio.
Pensó en Juana y al instante
la hizo saber su deseo.
La dijo pues,- Juana escucha
mi atrevido pensamiento,
mis planes voy a decirte
pues me canso de andar suelto.
Juana, si has pensado casarte,
tengo el mismo pensamiento
y a que seas mi mujer
si quieres estoy resuelto,
poco hemos de perder
tú y yo en este cuento,
tú eres pobre y yo soy pobre,
tú eres tuerta y yo soy tuerto,
con que dime si te conviene,
respóndeme y acabemos.
-Pero primero hay que pensar
y saber qué es lo primero,
cómo vamos a vivir
y ver el ajuar que tenemos.
-Hablas como un libro, Juana,
a nombrar mi ajuar empiezo
que sin duda como el tuyo
será poco más o menos.
Tengo para la cocina
dos cazuelas y un puchero,
las cazuelas están rajadas
y el puchero lo mesmo.
Tengo una sartén pequeña
y otra grande con aujeros,
dos platos desportillados
y un cazo roto, muy viejo.
Poseo una silla coja
y un banquillo sin asiento,
pero no los necesito
porque me siento en el suelo.
De botellas y de vasos
es preciso que no hablemos,
cucharas y tenedores
no tengo más que los dedos.
Tengo una camisa rota,
y otra vieja también tengo,
que la pobre está sin mangas
y le falta el delantero,
se le ha perdido la espalda
y también le falta el cuello.
No te llames pues a engaño,
ya sabes lo que poseo.
- Conozco, Juan, sin dudar
por lo que me vas diciendo
que eres más rico que yo,
ya verás que no miento.
Tengo una saya de tela,
pero con tantos remiendos
que no se puede saber
cuál fue su color primero.
Tengo un jubón destrozado
que por viejo no lo llevo,
pues más agujeros tiene
que ventanas un convento.
Camisas, quién las conoce Juan,
tú tienes dos por lo menos,
que si por buenas no valen
valdrán para el trapero.
Tengo una cama muy grande,
donde seis caber podremos
y hasta ocho si es preciso
porque mi cama es el suelo.
Me tapo con una cosa,
que fue manta en algún tiempo
pero está tan destrozada
que apenas me cubre el cuerpo.
De calzado y de medias
es preciso que no hablemos,
llevo, por no tener otras,
las que mis padres me hicieron.
Ni sé hilar ni hacer calceta,
ni sé guisar un almuerzo
pues con mendrugos de pan
de continuo me alimento.
Este es mi ajuar,
según es te lo presento,
como no tengo otra cosa
acéptalo como bueno.
- Juana, si pensé casarme,
fue sólo con el intento,
de dormir un poco blando
y acomodado el pellejo,
en un colchón, aunque malo,
pero por lo que estoy viendo
ni colchón, ni jergón ni manta,
ni nada bueno tendremos.
Yo creí que eras mujer
algo hacendosa por cierto,
no te creí tan perdida,
aunque perdido me veo
unido a una desmangada,
inútil de cuerpo entero.
Tú en tu casa, si la tienes,
yo en la mía, si la tengo
vivimos pues separados,
¡pues pa mujer no te quiero!
- Qué dices, tu Juan sin tierra,
¿que no quieres que nos casemos?,
pues que sea enhorabuena
si libre de ti me veo
porque eres un vagabundo,
mal trabajador y feo,
y llevas más sebo encima
que hay en casa de un velero.
No eres más que media luz,
tienes sólo un ojo abierto
y llevas más alifato
y más moquillo que un perro.
- Calla, qué dice la hermosa,
cara de perro podenco,
narices de apagavelas,
eres un monstruo salero,
en la joroba que llevas
te pareces a un camello.
Para arreglar ensaladas
son tus dos ojos muy buenos,
el malo mana vinagre
y aceite mana el tuerto.
Eres un nido de pulgas
y también de otros insectos
que te hacen rascar aprisa,
y en rascar pasar el tiempo.
— Mira quién habla, buen mozo,
que siempre está en movimiento
rascándose las costrillas
que tiene lleno el cuerpo,
también la sarna perruna,
de que es un almacén lleno,
¿Yo mujer tuya? Ni en chanza.
¿Juntarme a ti? Ni pienso.
Vaya a paseo el mandrí.
Adiós pues, sarnoso perro.
Dios te dé malas tercianas,
sabañones y diviesos.
- Todo lo que me deseas,
fea Juana, te deseo
además un tabardillo
de mala clase, manchego.
Tu piel no es piel de persona,
que es de un geniudo abadejo.
Quédate con Dios pichona,
carita de un gato viejo,
que tienes pelo de zorra
y una barrica en tu cuerpo.
Terminaron las palabras
y empezaron el jaleo
entre patadas, puñetazos,
pellizcos y otros sucesos.
Y gracias a los vecinos,
que a los gritos acudieron,
y pudieron separarlos
después de muchos esfuerzos.
Salieron la pobre Juana
con la metá menos pelo,
toda la cara arañada
y un golpe en el ojo bueno.
El Juan salió como pudo,
con mucha sangre en el cuello,
pues la uñas de su novia,
en él desgarros hicieron.
El que quiera que lo crea
y el que no tiene un remedio,
que tome el tren cuando guste
y vaya a mi pueblo a saberlo.
Si alguno va, buen viaje,
que yo en mi casa me quedo.
Salud y muchas pesetas
que aquí se acabó este cuento.

domingo, 26 de diciembre de 2010

¿Porqué los gatos entran en la Iglesia?


El día 25 de diciembre, Navidad, a las 10 de la mañana, entré en la iglesia para dar los últimos retoques al belén. Mi sorpresa fue mayúscula al descubrir que una zona se movía, que el serrín que simula el suelo tenía movimiento propio, como si un miniterremoto estuviera produciéndose en ese momento, por no hablar de magias u otros misterios que en aquel lugar le ponen a uno los pelos como escarpias. Después de unos segundos de incertidumbre observé unas conocidas pisadas por toda la superficie del belén, y me dí cuenta de lo ocurrido. Ayer, con el ajetreo, se nos coló un gato en la iglesia, un lindo gatito, como diría Piolín, y pasó la noche encerrado. Por la mañana, al sentirme, se escondió bajo la estructura del belén y me dio un susto de mil demonios. Pero claro, la noche es larga y tuvo tiempo de satisfacer su natural curiosidad entre las casitas, el río, el castillo y demás infraestructuras. Como un impresionante Godzilla provocó el pánico entre las figuritas, ya que varias estaban cuerpo a tierra, así como gallinas, patos, burros y demás bichos. A lo mejor el gatito quería colaborar, y la verdad es que lo hizo bien, nos dejó su montoncito, bien tapadito, como fiel cagón viviente, y esta simpática anécdota como regalo de Navidad. Seguro que algunos os habréis dado cuenta que el encabezamiento es un antiguo acertijo, solo que cambiando perro por gato. Y la respuesta es… “porque la puerta está abierta”.



Aprovecho, desde la modestia de éste blog, para desearos lo mejor en estas enternecedoras fiestas, en especial a los que éste año les haya sido un poco injusto, para que el que entre lo tenga en cuenta y les dé doble ración de paz y bienestar. Feliz navidad, y próspero 2011.




miércoles, 22 de diciembre de 2010

San Bartolo


La fiesta grande en Ayoó, con misa de asistencia y procesión sacramental se celebra el 24 de agosto, festividad de San Bartolomé, San Bartolo, le decimos con cariño. Pero esto no siempre fue así. En una fecha incierta, en las ferias de la Virgen del Campo de Rosinos, gran cantidad de Ayoínos se habían acercado al santuario a disfrutar de la romería, cuando en Ayoó unos niños iniciaron un incendio que rápidamente se propagó por todo el pueblo. Las principales causas fueron las cubiertas de los tejados, construidas con una estructura de madera y revestidas con manojos de urces, hábilmente tejidas y compactadas para impermeabilizar aquellas humildes viviendas, la proximidad de las mismas, el almacenamiento de materiales inflamables, como paja o hierba para el ganado y leña o útiles de madera para la labranza, y posiblemente algo de viento, que convirtieron en poco tiempo el pueblo en una enorme hoguera difícil de apagar. En ayuda de los improvisados bomberos acudió la fe. Las puertas de la iglesia se abrieron de par en par, y las imágenes sagradas fueron sacadas a la calle entre oraciones encomendándole acabar aquel infierno, ante la desesperación e impotencia de unas gentes que ven perderse sus pocas posesiones entre el fuego. Cuentan, que ya solo quedaba San Bartolo por sacar, por estar en lo mas alto del retablo, el sitio mas inaccesible, pero que tras el complicado y delicado esfuerzo de asomarlo a la calle, se obró el milagro, y así lo entendieron aquellos exhaustos y rendidos Ayoínos cuando vieron el incendio remitir rápidamente siendo sofocado sin daños personales, quedando solo unas pocas casas ilesas. Como agradecimiento, se trasladó la fiesta sacramental a las fechas actuales, reconociendo la ayuda del santo en aquel fatídico día. A San Bartolomé, apóstol de Jesús, es común representarlo en el momento del martirio, siendo desollado vivo, o bien con un gran cuchillo en la mano, o despellejado, con su piel colgando del brazo como si fuera una prenda de vestir. Por eso es patrón de los que trabajan las pieles o usan cuero y de las modistas, por lo dicho anteriormente. Todavía queda una tercera representación, la más escasa, que es pisando un demonio. Su origen puede ser de los evangelios apócrifos, donde Jesús le dice a San Bartolo que le muestre al demonio y que le pise la cerviz. En el retablo de la iglesia de Ayoó, lo tenemos en ésta tercera representación, que por más rara puede ser mas valiosa, con el pié izquierdo pisando un pequeño, “colorao” y feo demonio. Y como anécdota final, también existe una historia, (apócrifa, por supuesto) que cuenta cómo con la piel de San Bartolo hicieron un odre y lo llenaron de vino, de ahí que también sea patrón de los borrachos. Sin comentarios.


El nido



Recuerdo aquella trastienda que nos traíamos de niños con los nidos. Era todo un grado, un privilegio, conocer algún nido, y claro, no podía ser de golondrina, vencejo o incluso pardal, que esos abundaban y se encontraban fácil, tenían que ser de “pucherín”, de “tapadera”, de jilguero o cualquier otra raza que escaseara, entonces se enseñaba como el mayor de los tesoros, contándolo sólo a los más amigos, y con muchísimo cuidado se seguía el proceso desde el huevo al polluelo, aunque solía acabar en nido aborrecido.

 Cosas de niños. 

Hace poco, y aparentemente no tan niño, me ha tocado "quitar" un nido. Uno grande y pesado y de un admirado “pájaro”: la cigüeña. A causa del inminente y grave daño a la torre del Santuario del Campo, se optó por retirarlo, por desalojar a la cigüeña de su casa, lo que hoy en día, por desgracia con frecuencia, se conoce por un lanzamiento, pero con derribo incluido. Con gran pesar realicé la tarea, tengo que decirlo, y pude estudiar la composición de aquel nido, y después admirar la habilidad y el tesón de éstas aves para acarrear tal cantidad de palos, hierbas, trapos, cuerdas y tierra, mucha tierra, para construir su casa, para siempre mientras vivan, incluso defendiéndola de otras aves, porque ellas se van, pero vuelven al mismo sitio en las mismas fechas: “Por san Blas la cigüeña verás, y si no la vieres, mal anduvieres”. 

El nido estaba apoyado en una vieja y estéril cepa de vid, en lo que se conoce como un bravo. Una planta que vivía en perfecta armonía con su vecino, ella lo sujetaba sobre la difícil e inclinada superficie de la torre, y él le proporcionaba nutrientes y humedad para vivir con comodidad entre el cemento y las piedras de la mampostería. La naturaleza tiene estas maravillas, el orden en el caos, y por encima de todo, la supremacía de la vida. 

Y como colofón, el verdadero motivo de éste artículo. Cuenta una leyenda vidrialesa, que la Virgen del Campo se le apareció a unos labradores que cumplían con su labor en el campo, precisamente de ahí le viene el nombre, la advocación. Un detalle que recordaban de aquel extraordinario suceso era que la aparición fue al lado de un “chagüazo”, un arbusto sin mas valor que el de servir para el fuego. Recién construido el santuario, dicen, un fiel chagüazo nació en la torre para seguir proporcionando sombra a su protegida. En esta hermosa historia, el chagüazo era el bravo que sostenía el nido, que junto con él fue arrancado por el referido daño a la torre. Sé que volverá a nacer, su lealtad no la detendrá ni el duro cemento. 

Espero verlo pronto.


miércoles, 17 de noviembre de 2010

Publireportaje II

Con permiso de una pareja encantadora y orgulloso de contarme entre sus amistades, unas fotos de un lugar con verdadero calor humano, donde se respira alegría y me gusta aparecer de cuando en cuando para tomar un vino, charlar y probar alguna exquisitez de la cocinera. Itas, Aida … ¡Gracias!.






lunes, 15 de noviembre de 2010

El astro



“Un astro se refiere a cualquier cuerpo celeste con forma definida”. (Wikipedia, definición de astro a día de hoy). Este artículo no va de astronomía, ya me gustaría, con él solo pretendo dar a conocer o recordar , como siempre, olvidados matices de la arquitectura rural, de nuestro pueblo o nuestra comarca, plagada de bellos ejemplos de arte útil, curiosas formas de adaptarse a las necesidades sin lujos ni opulencias, si no con sencillez y armonía. Astro era, o es en contadísimas casas antiguas, un recibidor, una habitación generalmente con la puerta al corral desde la que se accedía a otras habitaciones de la casa, casi siempre una era la cocina y otra la escalera pera subir a la imprescindible segunda planta del edificio, aunque también podía haber un dormitorio, o la panera, que en aquella construcción se anteponía la utilidad y el servicio a la estética o incluso la comodidad de los moradores. El astro era el acceso rápido desde la zona de los inevitables animales a la cocina, por ejemplo, y viceversa, por la necesidad de estar pendiente de sus diversas necesidades y a la vez atender las propias. La finalidad del astro era también la de pequeño almacén de los utensilios de uso diario que debían estar aislados de los variados animales del corral, por ejemplo la ropa de abrigo o de protección para salir a la cuadra, la garrafa de vino que se trajo de la cueva, las cosas de la costura o los productos que se cocinarán en el día y deben estar lejos del calor de la cocina. Por eso el astro era un espacio fresco, con el suelo de sufridas losas de piedra, siempre bien encalado, aunque sin cielo raso, y la puerta que daba al exterior era amplia, robusta y con una pequeña y enrejada ventana sin cristales en la parte superior que permitía claridad y ventilación con la puerta cerrada. Simple, útil y nostálgico. El día que el astro se trasformó en pasillo, que ya tenía entrada directa desde la calle, perdió su espacio, su funcionalidad y … su nombre.

martes, 9 de noviembre de 2010

Los viejos apiarios



En un pasado reciente, las casas familiares de los pueblos, eran casi autosuficientes. Un ciclo cerrado que diversos factores han venido minando hasta convertirlas hoy en demandantes de nuevos servicios, empeorando la calidad e incrementando el gasto, eso si, ahorrando trabajo. Me explico: En Ayoó, a mediados del siglo pasado, por ejemplo, rara era la casa que no tenía vacas, ovejas, cabras, cerdos, conejos, gallinas, burro, mula o caballo … sembraba y recogía toda clase de tubérculos, cereales, frutas o verduras, cocinaba su propio pan, fabricaba productos para sus necesidades, como jabón, conservas, embutidos, aceites, incluso queso, vendía lo poco que le sobraba de sus muchas aptitudes, de lo cual se mantenían sin riquezas, sin necesidades básicas (aunque lo aparentaran), pero consumiendo productos de elevada calidad. En su afán de de reunir todo lo necesario para su consumo, no dudaban en explotar cualquier tipo de recurso, cualquier medio natural para satisfacer las necesidades de la casa. Por ejemplo, una forma sana y natural de endulzar comidas o bebidas es la miel. Y también en Ayoó tenemos viejos apiarios que nos muestran que la explotación de las abejas, la apicultura, es de sobra conocida y practicada por antiguas generaciones. Básicamente, nuestros apiarios, los colmenales, que es como se han llamado aquí (bien o mal, me da igual), son como pequeños huertos, unos recintos ligeramente excavados en el suelo sobre una ladera orientada al sur, y rodeados de una pared de piedra autóctona de poca altura, sin barro, que ofrece abrigo y protección a las colmenas, instaladas en cajas de madera o en troncos de árbol huecos, los cubos, donde las abejas labran los panales, tréboles en el argot, y tienen su morada. Todavía se mantienen en funcionamiento algunos colmenales: el del ti Gregorio en la Manzanal, el del ti Ventura en Peñisuello, y el del ti Santiaguín en la Peña; otros se han abandonado, como los del ti Joaquín praderas y el ti Dionisio en la peña, y los del ti Valentín Barrio y el ti Arturo en Valdemanil, por nombrar algunos. Todos ellos eran y son explotaciones familiares, sin mas beneficio que la degustación de la miel en casa, para regalar, o también, cómo no, para mezclar con leche muy caliente y hacer frente a un catarro. Hay un colmenal que merece especial atención por el cuidado y esmero que realiza su propietario Matías, marido de una nieta del ti Gregorio, que reconstruyó al jubilarse el abandonado apiario de la Manzanal, limpiando de zarzas y maleza la zona, levantando las derruidas paredes con sus propias manos e instalando sus dos primeras colmenas. Es el modelo de apiario de la comarca y excepto por los cubos, nos lleva atrás en el tiempo a la época con la que comienza este artículo, en perfecto respeto con el entorno y sus moradoras abejas. La preocupación de éste apicultor no es la producción de miel, si no la masiva muerte de las colmenas, aparentemente sin causa, quedando incluso con miel los panales. Desde siempre es conocido y valorado el beneficioso efecto sobre la vegetación que ejercen las abejas. Con su incansable transitar polinizan y fecundan todas las plantas que encuentran a su paso, a varios kilómetros de su colmena. Sabemos que hoy con la venenosa química que se esparce por los campos, la vida de estos laboriosos animales está en peligro, y con ellos su trabajo y el beneficio gratuito sobre la naturaleza. Mientras tanto, la administración solo se preocupa de controles, permisos, números de explotación y demás trabas que empujan al abandono total de este milenario y paciente oficio. Y así otra vez, y esta definitiva, los viejos apiarios se convertirán en erial, los modernos en intensivas y desnaturalizadas explotaciones, con abejas genéticamente más resistentes quizás, pero siempre en detrimento de la calidad. Y como puntilla, y es que viene al pelo, es de general conocimiento que la población está llegando a edades inimaginables hace unos años. Se interpreta esto por la “mejor” alimentación, o los adelantos en medicina. Yo solo quiero recalcar que estas centenarias personas en algunos casos, son de la época de la autosuficiencia, de cuando el veneno de las patatas era una escoba, un recipiente y un pisotón, el herbicida un zacho, y el abono de la tierra estiércol de animales alimentados sin hormonas, correctores o vitaminas, solo con productos naturales, de ahí la extraordinaria calidad de la carne, la leche o los huevos, y las poco productivas pero excelentes cosechas que alimentaban a personas y animales cerrando así el ciclo, por desgracia todo esto sólo recuerdo, salvo contadas y honrosas excepciones (ilegales, por tanto perseguidas hasta su erradicación).


sábado, 16 de octubre de 2010

Para que vuelvas...



Nunca escribí poesía,
ni soy ducho en las letras,
perdón pido si no agrado
por versar como poeta,
contar como es mi pueblo
y soñar que así lo fuera.
Es Ayoó, donde resido,
aroma de historia vieja,
colores de tierra madre,
sabores de mil maneras,
silencio cuando hace falta,
sonidos, los que tu quieras.
Sal, y patea sus calles,
toca sus tapias y puertas,
saluda, y verás cariño,
respira pura la fresca,
descansa la mente, es fácil;
Sé feliz, apenas cuesta,
porque no hay mayor placer
que vivir sin exigencia.
Nacidos en tierra humilde,
llegados allende creas,
es ayoína la gente
que cualquier pueblo desea,
unidos para desgracias,
revueltos cuando las fiestas,
Ayoó es una familia,
noble y casta su riqueza.
Tierra de mil manantiales
de agua limpia y serena,
que riega fértiles campos
ya antaño eran leyenda,
por eso tuvimos moros
que nombraron Almucera,
caballeros Templarios,
de castillo una torreta,
y a su lado, magistral,
donde las haya, iglesia,
orgullo de feligreses,
digna cuna de ascetas,
aledaño de un palacio,
de una fuente, y sus tierras.
No voy a seguir narrando,
para todo, mucho queda;
Si tienes morriña de Ayoó,
aquí está, para que vuelvas,
escucha, siente y disfruta,
tienes las puertas abiertas.
.................................ETJ

domingo, 26 de septiembre de 2010

La fuente



Apartada y olvidada. Abandonada y recluida en un entorno anacrónico y vulgar. Sencilla y digna, valiosa y apreciada colaboradora desinteresada del mayor recurso para la subsistencia humana y su asentamiento en poblados: el agua. Por otra parte, lugar de reunión, de encuentros, de secretos, de inevitable cotilleo, rompedora de cántaros, botijos, barriles y barrilas por el diario tránsito hasta que la modernidad aconsejó enterrar tuberías para traer el agua de más lejos, y desterrar nuestra querida fuente que tantos años nos apagó la sed. Tampoco los dichos recipientes de barro para su transporte tuvieron mejor suerte, porque después, con un pequeño giro de muñeca, nuestro vaso rebosa agua al lado mismo de nuestra mesa, sin salir de casa. Y la fuente cada día más sola, ya nadie se ha preocupado de limpiarla, ni siquiera en las últimas facenderas del día del entruejo se tuvo en cuenta. Y ahí se queda triste, sucia y… rota. Aunque cada día siga esmerándose en llenar su panza para ofrecernos un regalo, pasaremos de largo porque ya no nos es útil, ya no queremos su amistad, aunque nos haya dado la vida. Fuente mala la llaman, fuente si, pero mala… ¡lástima!, porque en algún lugar, seguramente, la coronarían reina de la tierra.


La culaga


Si en Ayoó al volver una esquina te encuentras que la calle es demasiado ancha para una persona caminando y demasiado estrecha si llevas un vehículo, aunque sea una bici o un carretillo, estás ante una culaga. En un pueblo, donde el precio del suelo y del quinto de cerveza anda ras con ras, no se explica bien lo que vas a ver. Parece la obra de un ingeniero que no pasó de parvulito. Totalmente desaconsejado el tránsito para la gente con manías, claustrofobia, aracnofobia, ligofobia, rozaduraenbrazofobia, (solo ésta me lo he inventado yo, eh). Ahora bien, para los Ayoínos es el alivio, como la recta, el camino mas corto, el aliciente para salir de casa, el antídoto de la pereza de ir a tal sitio, porque como vamos por la culaga… En el vecino valle de la Valdería, en Felechares, la misma calleja se llamaría caloga, en Santibañez la llaman currupia y en San Pedro de Ceque cuyalina. Eso si, antes de entrar, mirar por si hay que dejar salir, o merece la pena el roce…




domingo, 25 de julio de 2010

Nuestro epitafio


Hace muchos años, al lado de la puerta del cementerio de Ayoó, había una tablilla con una inscripción: Un epitafio. Estaba escrita con los abecedarios que usaban los carpinteros, que eran piezas rectangulares de latón troqueladas, una para cada letra, a las que se aplicaba pintura para marcar o escribir sobre madera o metal, ya fueran carros, máquinas de limpiar, trillos o cualquier otro apero de labranza.


Parece ser que el promotor de la tablilla fue un Ayoíno emigrante, Luis Lozano, en una de sus pocas visitas desde Argentina, aunque fue de un año de duración. Se le recuerda de baja estatura, un poco rechoncho, siempre con un pequeño sombrero y con un decidido caminar. No fue el primer ni el único cementerio al que se le puso en sus muros un epitafio, éste concretamente todavía se conserva en alguno. Parte de él es muy antiguo, “Quod tu es, ego fui; quod ego sum, tu eris”, (Lo que tu eres, yo fui; lo que yo soy, tu serás), fue incluso el epitafio de un famoso pirata, y originariamente era un aviso para los caminantes que se acercaban a algunos cementerios paganos, y pedía respeto para sus sepulturas. Se ignora el autor que lo cristianizó suplicando una oración, aludiendo al ciclo de la vida como reclamo moral. Aquella madera no pudo con la intemperie, y parece que nadie la restauró, condenando su contenido a la memoria cada día más débil de nuestros mayores. Al margen de convicciones políticas o religiosas, que haberlas “hailas”, veo y creo factible y necesaria la recuperación de éstas pequeñas cosas que hacen grandes nuestros pueblos. También ignoro los motivos de su colocación, si es que estuvo o hubo otra antes, y su procedencia, pero a mi me ha gustado… ¿y a vosotros?


Un padrenuestro te pido
por caridad, buen hermano,
mira que tarde o temprano
tienes que venir aquí.
Lo que tu eres, yo fui;
lo que yo soy, tu serás,
y entonces te alegrarás
que te lo recen a ti.

El pejo



Sólo hay que darse una vuelta por la calle Peñacabras para contemplar una rudimentaria y nostálgica cerradura: el pejo. Excepto por los clavos de sujeción, 100% madera, inútil para esconder dinero o joyas, desde luego, pero económica y eficaz para encerrar paja, ganado, aperos de labranza, leña, y mucho mejor, las telarañas que hoy en día guardan. Una llave con forma de peine con pocas púas, casi siempre tres, se introduce dentro de una ranura lateral de la cerradura, y elevándola horizontalmente permite correr el pejo para “destrancar” la puerta. Sencillez, humildad y nobleza al servicio de la gente sencilla, humilde y noble del pueblo. En Ayoó, ya se sabe, nadie roba lo que es suyo, y como garantía de que esto ocurra, tenemos el pejo en la puerta.