eltijoaquin@hotmail.com - facebook.com/El Ti Joaquin

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Para Honorio, in memoriam



No es lo mismo saber que estabas lejos, pero estabas, que estar cerca cuando ya no estás, como no es lo mismo poderte ver y quererte, que quererte ver y no poder. Ya ves, han pasado unas horas y ya te extraño. Hace unos días, aquí mismo, agradecía a mamá la parte que le corresponde, y quién lo iba a decir, no me dejaste preparar la tuya. Quería enseñar tus cositas, tus entretenimientos, contar detalles de tu trabajo y de tu vida… y me dejaste…, nos dejaste con la boca abierta. Ahora que comprendo mejor tus reproches, cuando tengo que reprobar a los míos, tus enfados, porque yo también me enfado, aquella alegría con los brazos abiertos en cada visita a tu casa…, ahora ya no estás para volver una vez más, decirte lo que hoy te escribo y sentir esos brazos que me atraparon para siempre. A tu sombra comencé a proyectar, muy débil, la mía; observando tus manos aprendí lo hermoso que es crear, construir. En tu casa cuelgan esas herramientas que eran la prolongación de tus dedos, las que considero mi chupete profesional. A escondidas, y me consta que ya lo sabías, me gustaba usar tu azuela, las tenazas, el berbiquí, la escofina… como te veía hacerlo a ti. Mas tarde, a tu lado, me enseñaste gran parte de lo que sé, y lo que más aprecio, la honradez en el trabajo. No es tiempo de llorar, que a ti no te gustaba, que sepas que te recordamos así, alegre y generoso; y tus consejos, mandamientos, que nadie como tú vivió en la escasez como para no recomendar en la abundancia. Pero permíteme regañarte por marcharte así, que nos aguantaste lo indecible de pequeños, y parece que no nos quisiste molestar cuando quisimos ayudarte de mayor. A Dios agradecemos que tus últimos días los viviste tranquilo y contento, en casa, y cuando cerraste los ojos para dormir, después de cenar, lo hicieras para siempre, sin un ápice de dolor. Pues quédate con Dios, buen hombre, que ya dice mamá, solo nos llevas la delantera.



lunes, 14 de noviembre de 2011

Mi tributo a la mujer rural



Se suele decir que una imagen vale más que mil palabras. Puede que sí, pero siempre que dediquemos mil palabras a la presentación de la imagen, o corremos el riesgo de sacarla de contexto. Un carro y unas vacas, y una mujer al frente, puede ser eso mismo, así de simple y para alguien divertido; o puede esconder un profundo significado que sólo puede entender quien haya vivido o conozca una situación parecida. 

Estudiando esta imagen, podemos ver que no es fotografía, pero no por eso no deja de ser real, porque la original si lo fue. El entorno parece llano y productivo, una vega; al fondo vemos unos árboles, por sus rasgos parecen chopos, característicos de las riberas de los ríos. La mujer empuña con valentía una vara larga y delgada que en el argot agrícola se conoce como ijada, destinada al necesario azuzamiento y disciplina de las vacas, una marrón y otra gris claro, uñidas (uncidas) al carro, en un día otoñal, frío y ventoso, que así lo indica la sequía de las hierbas del suelo, el pelo descolocado y las ondas de su ropa. 

La vaca gris, que cariñosamente sujeta, se llamaba “Listana”, porque seguramente nació en Aliste, comarca zamorana; la marrón de gruesos cuernos era la “Garbosa”, sobra decir el porqué de su nombre. Y el lugar es el valle de la Valdería, en la vega de Calzada, mi pueblo natal. 

Nada me parece que represente mejor a la mujer rural que ésta imagen. Sola, al cuidado de unos animales brutos (aparentemente), tirando de un carro simple y tosco, exento de la más elemental comodidad, para el transporte de cualquier producto agrícola cultivado con la misma técnica: ninguna. Una imagen que nos habla de necesidad, humildad, modestia, paciencia, sencillez... , valores impuestos que solo dieron opción a soñar con otra forma de vida, y la mujer como protagonista. 

Ya antes de salir de casa, estuvo pendiente de sus inquilinos: niños, marido, animales…, en el campo cumplirá con el trabajo como la mejor jornalera, con la prisa de terminar pronto para preparar la comida; por la tarde continuará hasta “el sol puesto”, para volver a casa rendida a continuar las tareas del hogar. Y en medio de éste ajetreo, sacará tiempo para coser y lavar manualmente, reponer la despensa, atender las necesidades de los hijos y un sinfín de cosas más que harán los días interminables y las noches demasiado cortas para un correcto descanso. 

La mujer rural, icono por excelencia de la mujer trabajadora, que nunca conoció horarios ni calendarios, ni domingos, festivos o puentes, no digamos vacaciones, supo dar a la sociedad, aparte de su trabajo, lo mejor de si misma, sus hijos, los que hoy podemos mirar atrás y agradecerles su infinita paciencia y su recta educación, la que no tuvieron y sin embargo hicieron brillantemente gala. Ésta imagen es el reflejo de una época dura y difícil, y la quiero dedicar a todas las mujeres rurales, para ellas mi respeto y admiración, y muy especialmente para esta: Ana María, mi madre.





domingo, 13 de noviembre de 2011

Hasta el año que viene.


El invierno que todo lo detiene o aletarga, ha hecho mella también  en el Santuario de la Virgen del Campo. El domingo 6 de noviembre cerró sus puertas al público con el recuerdo a los beatos mártires de Vidriales, en una ceremonia de lujo presidida por el mayor precursor para la recuperación de éste templo, D. Víctor Murias, ahora en el cargo de Ecónomo Diocesano del Obispado de Astorga. Como reconocimiento a su labor, al concluir la misa se le hizo entrega de una copia de la imagen de nuestra patrona, obra de José Luis Casanova, y un cuadro con una vista del Santuario, pintado por Juan José Sastre Fernández (Pepín), de Ayoó. En la homilía resaltó una realidad, el carácter comunitario de éste edificio en el valle de Vidriales, como lo fue antaño, gentes venidas de todos los pueblos con un objetivo común, y todos bajo el amparo de la Virgen del Campo. El año que viene pronosticó D. Miguel que ya contaremos con las nuevas campanas, aparte de nuevas obras que poco a poco devuelven esplendor al centro religioso de nuestro valle.







Fértil Prepalacio




Supongo que al visitante de Ayoó le resulte extraño Prepalacio. A mi así me lo pareció cuando vine a este pueblo y encontré ese montón de parcelitas por entonces regadas con el agua de la fuente de la Iglesia, a fuerza de “abrir y tapar” el pilo. Parece que el nombre se remonta a los tiempos del monasterio de Ageo, de una construcción aneja a la Iglesia con las funciones de residencia y nombre de Palacio, y los quiñones se dividieron y repartieron del huerto que rodeaba el edificio, pudiendo tener nombre de Prado, que también tiene como acepción “lugar llano, verde y agradable que sirve de paseo”. Al unir ambas palabras (prado-de-palacio, pra-palacio, prepalacio) dio origen a éste topónimo. En verano es un hermoso jardín, en los diminutos quiñones se pueden recolectar excelentes lechugas, escarolas, cebollas, patatas, tomates… y además, por la cercanía al pueblo y entre sí, lugar de encuentro, comentario y regalo o intercambio de las distintas semillas y plantas de semillero que allí se cultivan. Con tanta armonía, no es extraño que la naturaleza se entretenga en crear extraordinarias hortalizas que parecen más bien obra de artista que de la inocente tierra vivificadora. Gracias a ésta abundancia, hace unos años, cuando en casa no se consumía toda la producción del huerto, lo mejor se solía llevar a vender a los pueblos cercanos, o a los mercados, para compartir, algunas veces presumir, y de paso traer a casa unas pesetas. En una caballería, con un par de talegas atadas con una soga a modo de improvisadas alforjas, cierto agricultor de Ayoó se acercó al vecino pueblo de Uña de Quintana a ofrecer sus pimientos, tomates, fréjoles… y se encontró con más clientes de los que esperaba, pues allí también tenían sus huertos. Sorprendido, preguntó si había sucedido algo, y una señora le contestó más o menos así, lamentándose del resultado de su cosecha.
-¡Claro, vosotros tenéis a San “Mamedico”, que es muy “buenín”!, nosotros tenemos al “cundenao” San “Caetanote”, labios de burro, morros de avispa, que anduvimos nueve días y nueve noches alumbrándolo con cera blanca y cera “mariella”, y nos mandó un pedrisco que nos amoló la “faceira”.

Cundenao- Condenado, que provoca enfado.
Caetanote- Cayetano, Santo venerado en Uña de Quintana el 7 de agosto, al que se le ha añadido el sufijo –ote, aumentativo y despectivo a la vez.
Nueve días y nueve noches- Novena, rezo popular, rogativa.
Mariella (o marilla)- Amarilla.
Faceira- Extensión de terreno inmediata a la aldea, donde están las labrantías de los vecinos.









martes, 1 de noviembre de 2011

Ley de vida





Quizás por el distinto tamaño de las sepulturas, en los cementerios suele haber una zona determinada para enterrar a los niños. En el cementerio de Carracedo era el rincón más sucio y desordenado, totalmente abandonado, por suerte, por lo que varios vecinos decidieron igualarlo y cubrirlo con una capa de hormigón. En las labores de limpieza encontraron una antigua cruz de hierro, de las que se colocaban en la cabecera de las tumbas. Con la proliferación de panteones y nichos, estas cruces se vieron desplazadas a una orilla, o directamente a la chatarra. Agustín Del Prado, uno de los trabajadores voluntarios, se llevó la cruz a casa, la limpió, restauró, pintó, y la devolvió al cementerio, plantándola en la losa de hormigón que hace a modo de gran panteón común para respetar donde algún día hubo entierros infantiles. Hasta ahí todo perfecto. Pero a la cruz, en el espacio para escribir el nombre y edad del fallecido, le añadió un extraño epitafio, un texto en latín y castellano, de Marco Tulio Cicerón: La ley innata. Primero confundido, y después curioso, busqué a Agustín y le pregunté el porqué de aquel escrito. Me contestó que era algo que le gustaba y era para libre interpretación. Posiblemente nadie en Carracedo se haya parado a leer con detenimiento y meditar su contenido, y los que lo hayamos hecho, no estemos preparados para ello. Razonar a cerca de la ley innata, o la ley natural, es complicado por nuestra tendencia a simplificar y resumir. Y es que la presunta inamovible ley ha cambiado tanto como nosotros, la sociedad humana que la interpreta. Superficialmente, podríamos decir que el planteamiento es impecable, pues afecta a todos por igual, sin distinciones de edad, raza, religión, sexo…, y establece conductas correctas para alcanzar el bien común de acuerdo con la naturaleza. Y que también es tan extensa que incluye aspectos comunes con otros seres vivos, como el cuidado de los hijos, de la salud y de la propia vida. Para Cicerón, modelo de hombre culto, extremadamente elocuente, elegante y humano, brillante orador, siempre preocupado por usar términos y expresiones que fomentaran la perfección en el arte de hablar, (murió el 7 de diciembre del año 43 a. C.), la ley natural era “una ley verdadera, la recta razón inscripta en todos los corazones, inmutable, eterna, que llama a los hombres al bien por medio de sus mandamientos y los aleja del mal por sus amenazas; pero ya sea que ordene o que prohíba, nunca se dirige en vano a los buenos ni deja de atemorizar a los malos. No se puede alterarla por otras leyes, ni derogar algunos de sus preceptos, ni abrogarla por entero; ni el Senado ni el pueblo pueden liberarnos de su imperio; no necesita intérprete que la explique; es la misma en Roma que en Atenas, la misma hoy que mañana y siempre una misma ley inmutable y eterna que rige a la vez a todos los pueblos y en todos los tiempos. El universo entero está sometido a un solo amo, a un solo rey supremo, al Dios todopoderoso que ha concebido, meditado y sancionado esta ley; desconocerla es huirse a sí mismo, renegar de su naturaleza y por ello mismo, padecer los castigos más crueles, aunque se escapara a los suplicios impuestos por los hombres" (Del "Tratado de la República"). Esta ley natural e innata, dictada por la misma naturaleza para hacer más llevadera la vida de sus miembros, preside éste pequeño recinto de tristeza y muerte, y además donde los niños, que ni entienden de leyes, dioses, bien ni mal, terminaron su corta existencia. Éste epitafio obliga a una profunda reflexión, en un mundo desnaturalizado, con una sociedad desigual, donde algunos no ven que hacer con la riqueza y otros no saben que hacer con el hambre, un mundo en el que el odio es infinitamente más abundante que el amor y el respeto, en el que todos sin excepción tarde o temprano acabaremos en un lugar así o peor… ¿no será, amigo Agustín, que quien haya fallecido sea tu ley innata antes de haber alcanzado la pubertad? ¡Que difícil puede ser la libre interpretación!.
  



miércoles, 19 de octubre de 2011

Hace un año y un día



Hace un año y un día de una injustificada condena, la que se cebó en una querida familia de ayoínos. Con nocturnidad, para más horror si cabe, el despiadado fuego consumió e inutilizó absurdamente en una hora escasa más de 400 m2 de viviendas y locales comerciales, dejando literalmente en la calle a sus ocupantes. Lo que no hizo la viva luz del fuego lo remató la negra y sucia sombra del humo. Muchas veces pienso si aquel malnacido día fue mejor no oír las campanas, ni los gritos de alarma, ni siquiera los ladridos de los perros que todo lo delatan, como le ocurrió a otros muchos vecinos, y dormir plácidamente ignorando por la mañana lo sucedido, o por el contrario, saltar de la cama, correr y compartir impotencia y rabia, y frío, o abrasador calor, y humedad… como sufrieron los que presenciaron la desgracia, pero al lado de mis amigos. Hace un año y un día, aquel lunes al atardecer, tomábamos unas cervezas en la casa rural, como siempre, entre risas. Al amanecer del nefasto martes mi amigo panadero no tenía casa, ni trabajo, y un futuro cercano difícil de imaginar. ¡Qué injusta es la vida! Ayer volvimos al mismo bar, faltaría más, y volvieron las risas, porque al fin y al cabo estamos aquí para contarlo, que siempre es lo más importante, y lo demás, tras el duro trabajo de una veintena de empresas, casi todo ha vuelto a la normalidad, casi todo porque el susto, los sobresaltos, el miedo… han dejado huellas difíciles de borrar. Permitidme una reflexión y un refrán. La primera se la oí muchas veces a mi abuela Avelina, quizás la persona más buena que he conocido, “Dios que nos tiene aquí, solución nos ha de dar”. Simplemente quiere decir resignación, ejemplarmente llevada por esta familia, ya bastante acuciada por otros problemas. Y el refrán me lo contó y para que nunca se me olvidara también me lo dio por escrito, un anciano de Fuentencalada: “No hay mal que por bien no venga, ni bien que pesar no traiga, ni cosa que fin no tenga, ni torre que no se caiga”. Para meditar en éste día, el día después de un año.






http://www.laopiniondezamora.es/benavente/2010/10/20/incendio-arrasa-panaderia-ayoo-planta-baja-casa-propietarios/471411.html

lunes, 17 de octubre de 2011

El engañapastores


Los bares suelen ser lugares de ridículos debates. Claro que lo importante es pasar el rato con quien se tercie. El pasado sábado, en Fuentencalada, no sé cómo alguien mencionó al engañapastores. Y yo, burro de mi, comencé a preguntarle a todo el mundo por su verdadero nombre, porque engañapastores me parecía el que se le habría dado en nuestra tierra a un pájaro que deberá llamarse de otra manera. Algo así como le sucede al pardal, que generalmente se le conoce como gorrión. Me contaron algunas historias de su forma de ser y de actuar ante perros o personas, pero nada de nombres. Por la noche, Internet me dio una colleja y la razón a aquella gente. Efectivamente, es engañapastores, o chotacabras. En Internet pude leer como en una leyenda estas aves amamantaban de las ubres del ganado, y los pastores, al ver mermada la producción, se sentían engañados. Para algunas cosas no hay como vivir en un pueblo, entre la naturaleza, formando parte de ella para comprenderla y explicarla. El nombre engañapastores se le ha dado a un pájaro que por el día, cuando es visible, muestra una extraña actitud. Se ve muy raramente, mimetizado en el suelo, como si se tratara de un animal enfermo o herido. Aparentemente desvaído,  deja acercarse a escasos pasos, y levanta un corto y desordenado vuelo para volver a caer unos cuantos metros más adelante. Si intentáramos cogerlo de nuevo, repetiría otra vez la misma y extraña acción, cayendo esclavos de su burlesco juego. Y quienes más caminan por el monte son los pastores, que lo hacen a diario, y aunque nunca se hayan podido engañar, salvo a los principiantes, éste pájaro se ganó el título de haberlo hecho. Peor parte llevan los perros, que si no son llamados y reprendidos, se alejan tras el burlón dejando desatendidas sus obligaciones con el pastor o el cazador. El engañapastores es un animal nocturno y muy silencioso, pariente de búhos y lechuzas, y es desde el atardecer cuando demuestra sus habilidades, cazando al vuelo como los diurnos vencejos, los insectos voladores que suelen acompañar la recogida de los ganados o sus lugares de pernocta. Y esa puede ser la explicación de la leyenda, el seguimiento del ganado para su alimentación cazando insectos, no bebiéndose su leche. Es un pájaro precioso, de cabeza grande, pico pequeño y ligeramente encorvado, cola larga y plumaje vistoso con manchas blancas. Es emigrante, muy apreciado en algunas tribus africanas por comerse los mosquitos anófeles que diezman allí personas y animales con su picotazo. Todavía no he logrado fotografiarlo, dicen que es difícil. La foto del encabezamiento es de Fran Rojo (http://franrojophoto.blogspot.com/), autor de un blog en el que se pueden ver extraordinarias fotos de animales en su hábitat, resaltando con naturalidad lo más bonito de cada uno. En Ayoó el engañapastores se deja ver sobre todo en la chana, por "la sementera", y allí iré de vez en cuando, cámara en mano, con la esperanza  de ser engañado, aunque no sea pastor.


domingo, 16 de octubre de 2011

Buracolubio








En la sierra de Carpurias, sobre la ladera sur de Peña Roya, en el término municipal de Villageriz de Vidriales, existe una pequeña cueva natural bajo una enorme roca. Antaño mitificada por los más pequeños, a quienes se amenazaba con llevarlos allí por revoltosos, por no comer o por no acertar en la escuela, y a saberse quien o qué habitaría en la misteriosa cueva y sus posibles consecuencias. Ya de un poco mayores, cuando hacían lo que les daba la gana, también se mandaban a aquella cueva, a Buracolubio, como el que manda a uno a galeras. Por cierto, yo hasta que descubrí lo de galeras creía que eso era una ciudad o un lugar lejano, nunca nadie me habló de esfuerzo físico, cadenas, latigazos, hambre… 

En Buracolubio nada de esto, por supuesto, si no un placentero paseo desde donde quiera que se vaya, la poca vegetación y las muchas piedras ayudan a llegar, aunque ayuda mucho más un palo largo a modo de bastón. El nombre de la cueva lo forman dos palabras: buraco, agujero, en el antiguo castellano; y lubio, con un origen incierto, posiblemente de lobo, que vendría a decir “la guarida de los lobos”. Hoy a los chavales no los asusta ni el tren, aunque venga atravesado, así que ya podemos desvelar el secreto y mostrar la pequeña cueva- refugio, que seguramente muchas veces fue agradecida en medio de las inclemencias del tiempo. 

Las vistas desde lo alto de Peña Roya, a caballo entre Vidriales y Valdería, con 953 metros, son estupendas y relajantes. Lo que más me gustó fue el perfil de la sierra y el vientecillo que sopla casi siempre por éstas altitudes. Lo que menos, los por otra parte necesarios “molinos” (aerogeneradores), lástima de Don Quijote, yo que no tengo tanta decisión, ni caballo, ni tampoco escudero, solo se me ocurre mandarlos a todos a Buracolubio. Y además para siempre.




domingo, 9 de octubre de 2011

El juego de la calva

 

Tradicionalmente, el deporte o juego por excelencia en Ayoó es la calva. En los últimos años su auge ha sido importante, y fruto de ello es la asociación Perafondo, creada como principal objetivo para su promoción y práctica, y que a día de hoy cuenta con 140 socios, de Ayoó y de los vecinos pueblos que aquí se desplazan domingos y festivos a compartir unas tiradas, si el tiempo lo permite. El nombre del juego procede del lugar escogido para practicarlo, un calvero, paraje llano de un bosque, desprovisto de vegetación y de piedras, o de una calva, sitio en los sembrados, plantíos y arbolados donde falta la flora correspondiente, lógicamente para poder lanzar y recoger los arrojadizos proyectiles sin obstáculos. El origen se remonta a los betones, pueblo celta reconocido a partir del siglo V antes de C., asentado entre los ríos Duero y Tajo, abarcando Zamora, Salamanca, Ávila, Toledo y Cáceres. El geógrafo e historiador griego Estrabón, dedica el tercer libro de los 17 que componen su obra Geográfica ( fechada del 29 a C. al año 7 ) a Iberia, nuestra península, y recopila los datos entonces conocidos, transcribiendo una curiosa anécdota sobre la mentalidad de aquella tribu. "Los vetones, que fueron los primeros que compartieron con los romanos la vida de campamento, viendo una vez a ciertos centuriones ir y venir en la guardia, como paseándose, creyeron que se habían vuelto locos y quisieron llevárselos a sus tiendas, pues no concebían otra actitud que la de estar tranquilamente sentados o la de combatir". Como resumen de aquella extraordinaria cultura se puede decir que construían murallas alrededor de sus poblados, los castros; que incineraban a los muertos y guardaban en urnas sus cenizas; que tallaban en piedra granítica toscas y misteriosas esculturas de cerdos o toros, con una interpretación muy debatida; que eran poco belicosos, negociantes, agricultores de cereal y ganaderos, principalmente en el sector bovino y porcino; que producían hierro y fundían el bronce; que fundamentaban su religión en las rocas, sobre las que levantaban sus poblados, y en el agua como fuente de vida, y que para entretenerse lanzaban piedras a un cuerno de vaca, colocado en el suelo de un calvero. Posiblemente después de casi 25 siglos jugando a la calva, las reglas del juego apenas hayan cambiado, solo el cuerno de vaca se ha sustituido por una pieza de madera, generalmente de encina, con unas medidas ligeramente variables pero con la misma forma, con un ángulo obtuso apoyado en uno de sus lados, el orientado a los jugadores. Esta pieza recibe el nombre de calva, y las piedras con forma cilíndrica morrillos, al menos en Ayoó. Los jugadores con más edad del pueblo, recuerdan la afición que había cuando les alcanza la memoria, y que se jugaba en la calle del canto, en el lado sur del reguero que la dividía en dos, donde actualmente en las fiestas se lleva a cabo el baile. Por entonces se apostaba un cántaro de vino y un kilo o dos de azúcar, que hacía las veces de gaseosa, para endulzarlo y de paso se subiera antes a la cabeza. El juego no tiene reglamento, aunque las normas son conocidas por todos y se cumplen aunque sea dando voces y discutiendo. Lo practican dos equipos, que se crean en el momento, cuando dos personas deciden jugar y comienzan escogiendo alternativamente a los jugadores de entre los asistentes. El número de jugadores tampoco importa, pueden ser dos o tantos como personas presentes, siempre que sea número par. La cancha se dibuja antes de jugar, haciendo una raya transversal en el suelo de tierra, contando generalmente doce pasos y marcando otra raya. En cada raya se coloca una calva y primero se lanza a un lado y luego al contrario. Con una moneda, a cara o cruz, se sortea el equipo que comienza a tirar, y en la siguiente partida lo hace el otro equipo. El morrillo de piedra se ha ido transformando en madera de encina o roble, o en cilindros de hierro o aluminio, siempre a elección del jugador. Las apuestas suelen ser las consumiciones en el bar, el equipo perdedor pagará las suyas y las del equipo ganador, y para ello hay dos o tres partidas a 18 tantos, según se elija. El tanto se produce cuando el morrillo roza o tira la calva antes de tocar el suelo, y vale dos puntos, que se llevan memorizados o apuntados con una raya en el suelo o sobre una pared. En otras zonas se juega con otras normas, siempre de acuerdo con los jugadores, aunque a la hora de jugar a nivel provincial o regional se ha establecido un reglamento, con unas medidas de la cancha de 14.5 metros de tiro, la calva mide 23 centímetros de base y 22 de alzada, con un ángulo de entre 110 y 120 grados, el morrillo no puede sobrepasar los 30 centímetros de longitud y pesar menos de 1500 gramos, etc., datos que hay que tener en cuenta a la hora de competir a otros niveles, pero que no deberían influir en la actual forma de jugar del pueblo, que al fin y al cabo es donde se juega y se hace como se hace, por costumbre, y para la participación de grandes y pequeños, mayores o más jóvenes, de aquí o de donde quieran venir, porque lo más preciado de éste ancestral juego es la reunión, la charla, la diversión y pasar el rato haciendo un poco de ejercicio, sin complicaciones, tecnicismos ni estrategias.






sábado, 1 de octubre de 2011

La chopa y la frutal








La definición más aceptable del árbol chopa que he encontrado en la web es de Don Miguel Delibes: “En los pueblos castellanos suele distinguirse entre árboles masculinos y femeninos más que por su género por su tamaño. Un chopo, especialmente corpulento y de formas redondas, será una chopa”.

Digo aceptable y no acertada, porque creo que la cuestión es más sencilla y nada tiene que ver con el tamaño, si no con la función que desarrolla el árbol. Veamos. Una característica, por desgracia cada día más en desuso, de la influencia del leonés en nuestro vocabulario es el sexo de los árboles frutales autóctonos de donde así se hablaba. Mientras en castellano son masculinos, (las excepciones, como la higuera, confirman la regla), en el antiguo leonés eran femeninos, como la manzanal o la cerezal. ¿Por qué? Sencillamente porque al igual que las mujeres, o las hembras de sus animales domésticos, producían fruto. Probablemente no se supiera de botánica o de gramática, tampoco hacía falta, pues se valoraba el provecho y la utilidad, y aquellos árboles que tenían que plantar, podar, regar, abonar, o sea, cuidar, salvo en movilidad en poco se distinguían de sus ovejas o vacas, a las que igualmente las tenían que procurar residencia, apareamiento, limpieza, comida, etc. Tenían sus ciclos exactamente como los embarazos, y recogían la cosecha como una camada más, por lo que el árbol se comportaba como una madre, y como madre, en femenino, los llamaban. (Y en muchos sitios lo seguimos haciendo). 

El leonés, para formar el nombre del árbol, se toma el de su fruto y se le añade el sufijo – l. Ejemplos: la castaña – la castañal, la avellana – la avellanal. Del higo no se dice higal, como el mismo árbol también produce brevas, se llama breval, y también da higos. Del melocotón, sería la melocotonal, y el más complicado, de la ciruela, la cirolal. El mismo adjetivo frutal, era nombre femenino, y se usaba, y se usa, para llamar el trozo de parcela o de huerto donde se cultivan éstos árboles, las frutales. 

Pero volvamos a la chopa, que no es frutal y es femenino. ¿Por qué? Decía Miguel Delibes que era un chopo corpulento y de formas redondas, sin embargo la diferencia es clara y no admite duda. Y es que sólo la mano del hombre, o una casualidad, convierte al chopo en chopa. En épocas de escasez de madera, se cortaba la copa de los chopos a aproximadamente tres metros de altura, para aprovechar las nuevas ramas secundarias que se desarrollan con fuerza, y el tronco, que aumenta su diámetro espectacularmente hasta medir incluso metros de circunferencia. El femenino lo adquiría en el momento en que los nuevos brotes, (hijos), salían del cercenado tronco, (madre y productora de madera). Al final de su vida, si no cortaban antes la chopa, su tronco se pudría y ahuecaba, dando juego a los niños en otros tiempos. También un rayo o la caída de otro árbol podían partir la copa del chopo, y entonces la chopa era natural. 

En Ayoó, hacia el año 1991 desapareció la última chopa. Estaba tras la iglesia, seca, y se arrancó cuando pavimentaron esa zona, hasta donde empieza Prepalacio. En Santibañez se puede contemplar un hermoso y joven ejemplo de chopa, está en el parque de la calle que lleva a la residencia de ancianos, al lado del antiguo depósito de agua, corpulenta y con formas redondas, como cualquier otra que pudo ver Miguel Delibes, porque como todas, sus ramas esconden el secreto de su transexualidad.