eltijoaquin@hotmail.com - facebook.com/El Ti Joaquin

lunes, 6 de abril de 2020

De Ayoó a Carracedo: historia de la carretera.


Algunas cosas parecen eternas, como decimos coloquialmente, “llevan ahí toda la vida”. Por poner algún ejemplo… la electricidad con todas sus increíbles utilidades, nuestras casas, los coches, las carreteras… y nada tan lejos de la realidad; sólo forman parte de la crónica más reciente de nuestros pueblos. Concretamente, la carretera de Ayoó a Carracedo tiene una curiosa historia, todavía en la mente de nuestros mayores, que merece la pena recordar.

A principios del siglo XX, los caminos de nuestra comarca eran poco más que roderas de carros o sendas de caballerías; polvorientos en verano y encharcados en invierno, llenos de curvas y vegetación, sin cunetas, puentes, o cualquier mejora que hoy entendemos por normal. Solamente se libraba uno, la calzada romana que cruza de norte a sur el valle de Vidriales por Fuente Encalada, Rosinos, Santibáñez y Brime de Sog. En muchos puntos al menos, guardaba las formas como podemos ver todavía en la Valdería, y se podía circular con relativa comodidad; de hecho se la conocía como “la carretera del obispo”, por ser una vía de comunicación con Astorga. Para la carretera paralela, la de Camarzana a la Bañeza, la más importante de Vidriales, se expropiaron los terrenos en 1923, según consta en el Boletín Oficial de la provincia (recorte 1, debajo del texto), hace menos de 100 años.

Los ayoínos contaban por aquella época con varios y maltrechos caminos de los que describí antes: el camino Felechares, el camino la Bañeza, el camino Fuente Encalada, el camino Carracedo, el camino Congosta y el camino Nogarejas, y sólo uno medio decente, el camino Santibáñez, que va paralelo a la carretera pero por la otra margen del Almucera. Pero necesitaban con urgencia un camino de verdad, con buen firme y anchura, una carretera que uniera el pueblo con Carracedo por el trecho más corto y después por el valle abajo para conectarse con los suyos, con Vidriales. En el Heraldo de Zamora (recorte 2), el 15 de abril de 1910 se menciona incluir en el Plan General del Estado dicha carretera que enlazaría con Colinas de Transmonte. Pero todavía el 31 de julio de 1918 (recorte 3) se solicitaba la declaración de utilidad pública para el tramo entre Villaobispo y la línea divisoria de San Pedro de la Viña y Carracedo que seguramente se construyera algunos años después.

El 23 de marzo de 1925 (recorte 4) se hace pública en el Boletín Oficial de nuevo la petición del alcalde presidente del ayuntamiento de Ayoó solicitando la declaración de utilidad pública de un camino vecinal que empalmara Congosta con la carretera de Camarzana a la Bañeza. Por su parte, el presidente de la Junta Administrativa de Carracedo va más allá, y el mismo día (recorte 5) se solicita otro camino, que “partiendo de Castrocontrigo (León), pase por los pueblos de Ayoó de Vidriales, Carracedo y San Pedro de la Viña, en el que ya tiene aprobado en el 3º Y 4º concurso hasta Rosinos de Vidriales”. Es una petición muy inteligente. Sabemos por Pascual Madoz en su diccionario (1845 – 1850) (recorte 6) que hasta Rosinos de Vidriales venía un canal (romano, con indicios visibles todavía hoy) con agua del Eria, tomada en Castrocontrigo. Pues sencillamente paralelo al canal hubiera sido fácil trazar un camino. Con ésta última petición podemos suponer que desde la carretera de Camarzana a La Bañeza hasta San Pedro de la Viña ya había carretera, o estaba a punto de realización en “el 3º y 4º concurso”. Recordemos, marzo de 1925.

25 años tras estas peticiones, con lo que significan 25 años sin camino medianamente circulable, el periódico de la época de tirada nacional Imperio (recorte 7), publica en gran parte de sus páginas varias noticias relacionadas con Ayoó y su nueva carretera. Era el miércoles 29 de mayo de 1950, siendo alcalde Francisco Aldonza y presidente de la Hermandad de Agricultores y Ganaderos Isaac Cano. El primer titular (recorte 8), por ordenarlos de alguna forma, es la propaganda política del gobierno de turno, algo que ya estamos acostumbrados a ver. El camarada Alfín Delgado, ante el gobernador civil, el presidente de la Diputación, las autoridades locales y el pueblo reunido, elogió el esfuerzo y prometió ayuda, blablablá, arriba España blablablá…. El segundo fue la inauguración de la nueva carretera (recorte 9), con las explicaciones técnicas. Destacaría que en el proyecto venían marcados 5 metros, pero se hicieron 6 por iniciativa ayoína. El tercero el comentario del periodista (recorte 10), que comparó el recibimiento que hizo el pueblo a la comitiva de autoridades con “la del Ebro”, por la cantidad de cohetes y bombas lanzados anunciando la fiesta posterior. El titular de su artículo resumía en una sola palabra la actitud de los ayoínos ante proyectos como el trazado de la nueva carretera: voluntad. Ya lo dice el refrán, “hace más el que quiere que el que puede”.

La última parte me parece la más destacable, porque evidencia el mundo rural, en el que todos, en cuanto podían, arrimaban el hombro. Y con este todos me refiero a “todos”, como pronombre indefinido plural que significa “todas las personas” (acepción 9 del DLE de la RAE). En este “todos” se incluían hombres, mujeres, mayores y menores de edad. Y en los trabajos comunales, en los que participaba un miembro de cada casa bajo pena de multa, no era una excepción ver a adolescentes, o a mujeres, realizar tareas muy por encima de sus capacidades físicas.

Pero para el redactor de la noticia aquello le parecía extraordinario y como tal lo publicó en un gran titular (recorte 11): También las mozas de Ayoó de Vidriales trabajaron en la construcción de la carretera. Pues sí, mozas y mozos, menores de 21 o 18 años, que decimos ahora. Todos ellos entrenados desde niños a colaborar en lo que hiciera falta al terminar lo relacionado con el breve colegio; y muchos tristemente ni eso. Por tanto, cavar y trasladar tierra, picar piedras, maniobrar carros, o cualquiera otra labor caminera eran tareas aprendidas que se realizaron con naturalidad cuando se planteó aquel trabajo que redundaba en beneficio de todos. Por tanto todos colaborarían en la “yera” o “facendera”, pero a razón de parejas de vacas; quien tenía una pareja, le correspondería una “varada” (que consistía en una longitud determinada de trabajo), quien tenía dos, dos “varadas” y quien trabajaba “a coyunta”, es decir, que tenía una sola vaca y hacía pareja con la de otra persona, pues juntos harían la “varada”. Una asignación en equidad pensada para repartir el trabajo según las posibilidades de cada uno, muy lejos de la igualdad, en la que como vecinos hubiesen tocado a “varadas” iguales. El proyecto era sencillo y estaba supervisado por un ingeniero llamado Gerónimo: en primer lugar se diseñaría el trazado, se harían taludes donde fueran necesarios y se retiraría la tierra vegetal para hacer una “caja”, la excavación para hacer sitio al relleno, con sus cunetas correspondientes a ambos lados. Luego se rellenaría con piedra, a poder ser canto rodado de distintos diámetros, y se partiría “in situ”, y por último se extendería una capa final de zahorra o de la mejor tierra de las excavaciones.

No he encontrado en ninguna publicación la fecha de comienzo de las obras, pero disponemos de un documento excepcional que nos muestra cuando sí se trabajaba en la carretera. En el vuelo fotogramétrico americano de la serie A, que sobrevoló España en los años 1945-1946 se aprecia con claridad que estaba ejecutada al menos la “caja”. Esta foto aérea es indiscutible, y demuestra que por lo menos transcurrieron 5 años desde el inicio hasta la inauguración de la carretera. Y también se ve que el mejor camino que partía de Ayoó, el más marcado, es el que va paralelo a la carretera por el otro lado del Almucera, el camino Santibáñez, que parece ser fue también una opción, pero desechada porque pretendía seguir dejando aislado a nuestro pueblo.

El artículo del periódico Imperio (recorte 11) recuerda un triste accidente, el único y no por ello menos penoso: una esquirla de piedra dañó irreversiblemente el ojo de un trabajador. En mis labores de investigación no le podido identificar al afectado, de quien dice el artículo “en cuyo beneficio los demás vecinos y compañeros constituyeron un seguro”.

El primer e inmediato beneficio de aquella obra colosal (para realizarla manualmente) está bajo el titular dedicado a las mozas (recorte 11): Este pueblo recibirá de la Diputación Provincial más de 350.000 pesetas. Ése era el presupuesto que desde la Diputación habían destinado para la carretera. En un acto que los honraba, si los vecinos hacían el trabajo, ellos aportarían al pueblo el dinero como si lo hubieran costeado ellos. Así todos contentos, pero los de Ayoó más.

El segundo beneficio llegó sólo dos años más tarde. En el periódico Nueva España, en la sección de Benavente nos anuncia que el ayuntamiento de esta ciudad en el pleno del 7 de mayo resuelve “informar en sentido favorable el establecimiento de una línea de automóviles para conducción de viajeros entre Benavente y Ayoó de Vidriales”. El 30 de mayo la Diputación de Zamora en pleno ordinario ratifica como favorable la petición de esta línea que acercaría Benavente a los ayoínos sin necesidad de desplazarse andando hasta Carracedo. Poco tiempo más tarde, el 5 de septiembre el ayuntamiento de Zamora, en pleno ordinario, también da el visto bueno a una línea de autobuses entre Ayoó y Zamora, pero pasando por Benavente.

El primer guante para realizar la línea de autobuses lo recogieron dos ayoínos en sociedad, los hermanos Laurentino e Isaac Cano, comprando un camión nuevo y modificándolo en un taller para hacerlo mixto, para transporte general a la demanda, con algunos asientos para personas y caja para lo que entrara por capacidad, normalmente ganado. Primeramente Laurentino fue el encargado de conducir aquel vehículo, pero al poco tiempo la sociedad se deshizo, quedando únicamente al cargo de la empresa Isaac, que como no tenía carnet para conducir contrató los servicios de un vecino de Camarzana, Paco, que luego se casara con Celsita, la hija del maestro de Fuente Encalada, don Emilio. Isaac cumplió mientras pudo con aquel transporte especial que básicamente hacía viajes a Santibáñez de Vidriales, Benavente y La Bañeza en los días de mercado, haciendo un gran servicio al pueblo. Esto no lo he encontrado en ningún medio informativo, si no en la fértil memoria siempre de agradecer de nuestros mayores. Lo que si he encontrado es un anuncio del 10 de septiembre de 1953 (recorte 12), en el que se pone a la venta “coche mixto de ferias, fiestas y mercados. Tratar: Isaac Blanco. Ayoó de Vidriales (Zamora)”. Lo he transcrito con error en el apellido incluido. Parece ser que tras el parón del vehículo local vino durante bastante tiempo un autobús de la empresa Noroeste, ya únicamente para transporte de personas.

Pero realmente no hubo un servicio eficaz y regular hasta el jueves 23 de agosto (recorte 13), víspera de San Bartolo, del año 1956. La empresa Auto-Res, que llegaba hasta Santibáñez de Vidriales, amplió finalmente la línea hasta Ayoó.

Aquella década de los 50 fue muy fructífera, recordemos que el ayuntamiento disponía de un premio de 350.000 pesetas por trabajar tan duro en la carretera. En el año 1952 se hicieron dos pozos artesianos, uno de ellos el de Requeijo del lado norte, y se instaló el alumbrado público por todo el pueblo. Un año después, en 1953, se hizo el del abastecimiento que todavía hoy alimenta nuestros grifos y a continuación una red de cañerías y una serie de fuentes por las calles.

La historia de la carretera no termina aquí, es la historia de tantos viajeros hemos puesto y pondrán los pies en ella. Una obra para el orgullo de los ayoínos, que nos enseña que la comunicación es fundamental para el desarrollo de las sociedades. En el diario La Tarde, del 21 de mayo de 1936 (recorte 14), se cifra en 1.500 personas el número de habitantes de Ayoó y Congosta, “los dos pueblos de las mil fontanas cristalinas”, “dos pueblos de honradez y sencillas costumbres”, que se adelantaron a los acontecimientos con esfuerzo y valentía, y que sirvieron de modelo al resto de españoles. Ya lo decía el periodista aquel (recorte 10): Ayoó, o la voluntad.

P.D.- He intentado aportar como documentación los escritos que he encontrado en los medios informativos de la época, con la seguridad de que en varios puntos los hechos fueron distintos, como he podido comprobar al registrar en la memoria de nuestros mayores, a veces tan olvidadiza con lo fundamental y otras tan lúcida con temas que tanto impacto tuvieron en su juventud. Siempre, gracias a todos por reescribir nuestra historia.

Recorte 1

Recorte 2

Recorte 3 


Recorte 4

Recorte 5

Recorte 6

Recorte 7

Recorte 8


Recorte 9

Recorte 10

Vuelo fotogramétrico 1945-46

Recorte 11



Recorte 12

Recorte 13

Recorte 14

miércoles, 25 de marzo de 2020

Aquel 25 de Marzo de 1878...


Hoy es 25 de marzo del año 2020 después de Cristo. Una fecha a tener en cuenta en Ayoó de Vidriales por varios motivos:

El primero porque hasta el 24 de febrero de 1582 tal día como hoy era año nuevo. Fue el Papa Gregorio XIII en su bula Inter Gravissimas quien restauró que sería el 1 de enero el principio de los años, con gran oposición en muchos estamentos mundiales de la época. En Inglaterra, por ejemplo, rebelados contra la autoridad papal, siguieron celebrando año nuevo el 25 de marzo hasta 1752.

El segundo porque hasta la mencionada bula papal la primavera, palabra que significa “primera estación”, comenzaba el 25 de marzo, porque así lo decidió Julio César para su calendario juliano, asesorado por Sosígenes, sabio astrónomo egipcio. Y todos sabemos de la importancia del comienzo de la primavera, en una sociedad tan vinculada a la agricultura y ganadería, como la vidrialesa.

El tercero por festividad. Hasta hace pocos años, el 25 de marzo se celebraba la Anunciación de la Virgen María, una de las más antiguas del santoral; según las sagradas escrituras, el ángel Gabriel se aparece a María para decirle que es la elegida para encarnar a Dios. Entre esta fecha y el 25 de diciembre, el nacimiento de ése Dios hay 9 meses, un embarazo. Todos sabemos del arraigo de la devoción a la Virgen en España, y más concretamente en nuestro valle; la iglesia de Ayoó, por ejemplo, es una exposición de imágenes suyas, con 9 advocaciones. Por ser fiesta cambiaba completamente el día: por la mañana había misa, así que únicamente se hacían las tareas obligatorias, como atender al ganado y hacer acopio de su alimento, acarrear agua y leña, limpiar la casa, ir a la cueva por vino, etc, para luego asearse y participar en esa reunión social que siempre fue la iglesia, con posible concejo incluido a la salida. La comida era también especial; para estos días se reservaban las mejores viandas. Por la tarde algún juego, como la calva, o reuniones en los lugares de costumbre, como en las cuevas al atardecer. Y quién sabe si no se animaría la cosa y acabara el día en baile, al son de cualquier lata, una pandereta, o en el mejor de los casos, caja y dulzaina.

Y el cuarto motivo, y más importante, por el aniversario del que quizás sea el episodio más triste en la historia del pueblo, el incendio que destruyó más de la mitad de sus viviendas. Ya en otro artículo, comenté que en el Diccionario Geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones en Ultramar, publicado en 1847, Pascual Madoz contabilizó en Ayoó 62 casas con tejados de urz, con 56 vecinos y 221 habitantes; y 31 años más tarde el incendio del 25 de marzo de 1878 devoró 44 casas, de ellas 33 habitadas. Un desastre muy difícil de imaginar.

Debido a la gravedad de la situación se solicitó al gobierno del rey Alfonso XII recursos del Fondo de Calamidades para ayudar a las familias ayoínas que lo perdieron prácticamente todo. La hemeroteca (para mí complicada de consultar) nos recuerda la primera ayuda que se recibió, y con ella un agradecimiento: “Que se den las gracias al Diputado Sr. Ceballos por el celo que ha desplegado en el reparto de 2000 pesetas concedidas por la Diputación al pueblo de Ayoó, por el incendio ocurrido en aquel el 25 de marzo último”. Era el 25 de noviembre, exactamente 8 meses después.

No dudo que aquella ayuda no hiciera algún bien entre los pobres ayoínos. Pero fue a todas luces insuficiente y tardía. En el Boletín Oficial de Zamora, a escasos renglones de ésta noticia, podemos conocer el sueldo de un “auxiliar de almacén de tercera clase”: 912,59 pesetas al año, unas 76 pesetas al mes. Si con el sueldo anual de dos obreros de baja categoría pretendieron reponer todos los enseres, ganado y herramientas quemadas, y reconstruir las 33 casas habitadas destruidas, aunque siguieran techándolas con urces, se quedaron cortos, inmensamente cortos; porque tocaron únicamente, si el reparto fue por casa, a 60 pesetas con 60 céntimos.

Por tanto hubo una segunda petición. O al menos una segunda petición a la que hicieron caso. Fue el 4 de abril de 1883, y nos muestra la nefasta gestión política que ignoró por completo la llamada de auxilio. El Boletín Oficial de Zamora nos dice qué ocurrió en la sesión de la Diputación Provincial de aquel día. “Abierta bajo la presidencia de D. José Rodriguez, con asistencia de los Sres Luis, Andrade, Cid (D. Domingo), Román (D. Felipe), Pérez (D. Esteban), Maroto, Solalinde, Cid (D. Fabriciano), Avedillo, Román (D. Alonso), Nerpell, Jambrina, Lopez Arcilla y Ruiz Zorrilla… ”, o sea, cinco años después del incendio esta pandilla de “señores” “Acordó desestimar una solicitud en que el Ayuntamiento de Ayoó pide un socorro para varias familias de aquel pueblo sumidas en la pobreza, por un incendio ocurrido en el mismo”. Cinco años y la respuesta es el abandono. Me imagino la indignación general cuando el alcalde, Gabriel Quiroga, leyera el Boletín y trasladara la noticia al pueblo, seguramente reunido en concejo, como se solía hacer.

Mucha prensa nacional compartió la noticia por su espectacularidad; pero también hubo algún periodista, del que me guardo los calificativos, que se mofó de las víctimas del incendio. Pretendiendo ser gracioso escribió, en su apartado “el vigía” del Diario de Córdoba: “En Ayoó de Vidriales – niña incauta fue á incendiar – cerca de cincuenta casas… - Otras hay que incendian mas.”

No he encontrado ningún dato más, aunque quizás lo haya; como dije, me resulta difícil consultar la hemeroteca. El pueblo se reconstruyó, claro que sí, con Diputación y sin Diputación. Me imagino la solidaridad vidrialesa con los afectados, con las carreterías o carrúnias que recuerdan los de mayor edad para hacer acopio de piedra y madera con las que levantar nuevas viviendas, o compartiendo animales de tiro para labrar la tierra, otra costumbre que también hace poco que se realizaba. Ni que decir lo de compartir alimentos en temporada de abundancia o escasez, o lo de juntarse en grupos para realizar tareas comunales o particulares. Maravillosas rutinas que han pervivido hasta no hace tantos años que sirvieron, sin duda, para sacar este pueblo adelante.

Recortes de periódicos y del Boletín Oficial de Zamora:






Enlaces de interés:




sábado, 1 de febrero de 2020

Esta va por ti, Jose Luis.


Es 31 de enero, en sus últimos minutos. Noche cerrada, ideal para estar en casa, en la cama y bien arropado. Noche de viejos refranes: dicen que “a febrero lo inventó un casero”. Llueve, o parece que no; pero la calle sigue encharcada y el viento, sin ser frío cala hasta los huesos. Hace como hizo el resto del día, y como seguro continuará mañana. O todo lo contrario, salga el sol y fuerce a ponerse a la sombra; ya se sabe: “febrerillo el loco, unas veces por mucho y otras por poco”; o “febrerillos sin ser locos, se han conocido pocos”. Así es "febrero, un rato al sol, y otro al humero".


Se puede cruzar el pueblo de esquina a esquina y no se verá ni un alma. Ni los perros se molestarán en ladrar, acurrucados en su rincón; como mucho gruñirán para cambiar de postura. Alguna menor caminata hizo falta para llegar a la iglesia, y enfilar la escalera del campanario. Un par de resbalones avisan que la prisa es mala compañera de viaje; los peldaños parecen almoadillados de verdín, y la bajada puede ser al rodón. Algún bien pensado había subido horas antes para dejar abierto el candado de la cancela, así que se podía acceder al interior con facilidad. Como en las grandes operaciones, todo está calculado, pongámonos mano a la obra.

El viento silba entre los ventanales, el suelo está mojado y resbala por las cagadas de paloma, de pardal, y de cualquier volador que busque cobijo fácil en la casa de todos. La oscuridad es total, una luminaria prevista en las últimas obras hubiera estado bien para estos casos. La pequeñita linterna del móvil ayuda a encontrar las cuerdas de los badajos. Son en punto; es la hora de continuar la tradición.

Por santa Brígida, o por “echar a enero fuera”, como dicen los vecinos de Congosta, el caso es que hay que tocar o aporrear las campanas con fuerza, cada uno según su talento. Yo me quedo con el aporrear, y para justificarme pienso que tocando mal mejor se espantan los renoberos que se esconden en las nubes, moldean el granizo, y lo lanzan contra el fruto de nuestros campos. El mal también derrota al mal.

Pero qué difícil, se ha hecho subir a la torre. Dónde estaba hoy tu alegría innata, compañero campanero, y tus ganas de tocar para que todo el pueblo se entere que tenemos que defender este bastión medieval. Parece como si por primera vez los renoberos hubieran ganado esta guerra mitológica, inutilizando nuestras armas acústicas, pero no; fue otro bicho igual de repelente el que te llevó de nuestro lado.

Ésta última serenata campanera fue por ti, compañero. Allá donde hayas ido, en esta noche mágica, te imagino en algún campanario celeste agarrado a las cuerdas dale que te pego para espantar a los malvados apedreadores de cosechas, como hiciste siempre, desde que pudiste subir a la torre de niño.

Esta nuestra tierra deja de ser la misma con cada uno que os vais; solo que algunas ausencias se sienten más que otras. 

Un abrazo eterno, Jose Luis.



miércoles, 18 de diciembre de 2019

El recalentamiento global


Qué difícil se me hace tomar alguna posición en el último e indudable problema mundial. Porque una de tres: o el “cambio climático” es catastrofismo, y es un problema; o es real, y es un problema; o me quedo inactivo, y el problema sigue cuando oigo lo que no puedo aceptar por correcto y también por lo que se calla y se debiera tener en cuenta. Yo sólo sé que no sé nada, y nada puedo aportar, aparte de mi memoria por lo que he vivido y sentido, apenas 50 años, y todo eso no deja de ser menos de medio suspiro en la larguísima vida de nuestro planeta. Me siento una inocente mariposa en sus 15 días de vida que quiere dejar su opinión en la historia del clima: pues muy cambiante, la verdad; pero no sé qué hubiese dicho en el caso de haber vivido esos “15 días” en otro lugar de la tierra o en otra época remota; quizás me debiera de corregir y decir que ahora tenemos un clima demasiado apacible o un escenario catastrófico, no lo sé. (El ejemplo sería aletear en la contaminada Madrid capital o hacerlo en Ayoó de Vidriales, en medio del monte: parecido clima, distinta situación). Necesito entender la cuestión, para luego poderme posicionar; por eso me gustaría que se contrastaran datos y noticias, y no caer bajo los efectos del sensacionalismo mediático, ese mantenedor de morbo que diariamente nos bombardea hasta en la sopa, y es literal. Sobre el clima hay muchas voces, y es necesario escucharlas a todas y valorar sus argumentos.

Pongámonos en antecedentes con una metáfora: He leído por ahí, que si la edad de la tierra (4600 millones de años) la compactáramos en un año terrestre (365 días), sería el 31 de diciembre, el último día de todo ése año, cuando los antepasados humanos se separaron genéticamente de sus hermanos primates; que el género Homo apareció a las 19,30 (7,30 de la tarde), y que hasta las 23,15 (11 y cuarto de la noche) no decoraría los muros de las cuevas con sus pinturas rupestres. Nuestra era, lo que llamamos “después de Cristo”, comprendería los 2,86 últimos minutos, y como curiosidad, Darwin publicó El Origen de las Especies en los 11 segundos anteriores a las campanadas de fin de año. Cuando se tensa el mecanismo del reloj para el primer martillazo resulta que comienza la revolución industrial, estudiamos el clima e incluso mandamos satélites para ver en realidad cómo es nuestra nave interestelar. ¿Hemos tenido tiempo y datos para sospechar que los humanos con nuestra actividad estamos provocando poco menos que el fin de la vida en el planeta?

La anterior parece una metáfora excelente: para reflexionar sobre nuestro efímero paso por el mundo. No todo ha sido siempre como lo vemos, y no se puede contabilizar nuestra memoria como el único tiempo a tener en cuenta; porque hubo un “antes” demasiado extenso como para ignorarlo, y no sólo el “ahora” es el único tiempo que importa. Algunas estadísticas, como las del clima (o una buena comparación es la economía), se deben de examinar desde muy atrás en el tiempo para tener una percepción clara de las tendencias. De lo contrario, el egocentrismo de nuestros genes nos hará ver girar el mundo alrededor cuando en realidad somos nosotros los que giramos la cabeza hacia dónde nos apetece. Una metáfora que complemento con otra del escritor Mark Twain: “Si la Torre Eiffel representara la edad del universo, la capa de pintura que tiene en la punta representaría la porción que le correspondería al hombre de ese tiempo, y cualquiera se daría cuenta de que la torre se construyó sólo para el lucimiento de esa delgada capa de la punta… ¿o no?”.

No quiero crear más polémica, ni entrar en estériles discusiones, bastante lío hay ya; sólo dejar mi humilde opinión. Y me parece que se está planteando el tema mal, cuando se mezclan dos conceptos bien distintos: “cambio climático” (natural, y contra ese poco o nada podemos hacer) y “calentamiento global” (antropogénico). Sabemos que cambios climáticos ha habido varios, y muy importantes antes de la revolución industrial, esa que se culpa del calentamiento global por la emisión humana de gases de invernadero. Por tanto, deberíamos diferenciar para tratar con propiedad el problema, que de haberlo sería el “calentamiento global”, o incluso otro distinto, yo sugiero (y nunca he oído el término) RECALENTAMIENTO GLOBAL por nuestra emisión de gases de efecto invernadero (lo de generar fuentes de energía, calentar y volver a calentar, o recalentar, es muy propio de los humanos). Sin embargo, la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, en su artículo 1, punto 2, ya se apropia del término “cambio climático” para acusar directamente a las emisiones humanas como responsables: “2. "Cambio climático" significa un cambio climático que se atribuye directa o indirectamente a la actividad humana que altera la composición de la atmósfera global y que se suma a la variabilidad climática natural observada durante períodos de tiempo comparables”. Vamos, que no han dejado sitio para la duda.

Pero también deberíamos decir que los gases de efecto invernadero son absolutamente necesarios para la vida, si desaparecieran la temperatura media del planeta descendería hasta los 18 grados bajo cero, dejaría de llover o nevar, y paradójicamente el sol nos freiría con su radiación ultravioleta. ¿Cuáles son los niveles adecuados? Los estudiosos no se ponen de acuerdo, los sensacionalistas agitan las calles, y los políticos parecen “engordar” con la mezcla. (Véase nuestro presidente llamar “fanáticos” a quienes anteponen la duda al “dogma” consensuado sólo por una parte de los opinantes).

Pero… ¿qué es lo “normal” en el clima? Para hacernos una idea de los bandazos climáticos solamente en los primeros 1900 años de nuestra era, sin ninguna emisión humana de gases de invernadero, podemos consultar un viejo artículo de Gabriel Puig y Larraz titulado “Sequías pertinaces”. Hay que decir que no necesariamente la sequía es producto del calentamiento, más bien la ausencia de lluvias; aunque un excesivo calentamiento lógicamente evapora, reseca y desertiza. Y también cuando se menciona el “hambre” puede que no sea causa directa de la sequía, lo puede ser del frío, y los que vivimos en el campo lo sabemos muy bien cuando vemos que en nuestros huertos no desarrolla ni madura el fruto simplemente si las noches son demasiado frías. Pero como uno de los síntomas aparentes del clima actual “cambiado” son las pocas lluvias y nevadas, y por el contrario, desproporcionadas en puntos concretos de la geografía, hagamos un repaso de años, datos y fuentes históricas que menciona Puig y Larraz respecto a esos episodios extremadamente intensos y duros en España que afectaron directamente a nuestra provincia de Zamora:
-El Cronicón de Idacio registra una sequía con tintes apocalípticos hacia el año 410.
-Un fenómeno que volvió a suceder hacia el 680.
-Del 707 al 709 hubo otra, “en tan grandes proporciones y tan continuada” que originó hambre y peste, muriendo la mitad de la población.
-Don José Antonio Conde recoge en su libro “Historia de la dominación de los árabes en España” varias sequías, como la del año 846 que no hubo trigo ni cebada, se secaron viñas y frutales y murieron los ganados.
-Otra, muy prolongada, del 867 al 877 secándose las fuentes.
-En el 901, en el cerco de Zamora por Abul Cassin, hubo tal sequía que se vadeaba el Duero por varios sitios.
-En el año 982 por la sequía no se pudo arar y sembrar.
-En el 1172 otra gran sequía, por la que murieron personas y ganados.
-En 1213, el arzobispo D. Rodrigo cuenta que hubo tal sequía y hambruna que se produjeron casos de canibalismo.
-A principios del siglo XIV, según D. Pedro Barrantes en el “Memorial Histórico Español” por la sequía “moríanse las gentes por las calles de hambre, e comía la gente pan de grama, e murió la cuarta parte de la gente”.
(Los últimos 3 puntos coinciden con el Período Cálido Medieval)
-En el mismo siglo XIV hubo otras dos, aunque de menor intensidad.
-El 1506 se dio en llamar “el año del hambre”, porque no hubo apenas cosecha de trigo, importándose de Sicilia.
-En los años 1539, 1545, 1546 y 1550 se repitió la sequía.
-Del 1596 a 1598 los campesinos tuvieron que comer salvados y hierba por falta de cosechas.
-Puig y Larraz también menciona sequías en los siglos XVII y XVIII, apuntando el 1868 por no haber llovido nada desde enero a julio, faltando la cosecha y volviendo el hambre.
(Este período es conocido como Pequeña Edad del Hielo)
En éste mismo blog ya comenté otro “año del hambre”, el 1942, por la “pertinaz sequía” del 1942 a 1945, todavía en la memoria de nuestros abuelos por no segar el cereal de bajo que estaba y tenerlo que arrancar manualmente. El 29 de julio de 1942 se produjeron las más altas temperaturas desde que se llevan registros en León. Otro dato: las menores precipitaciones en la Confederación Hidrográfica del Duero también son de esos años, 1944 y 1945, con 377 mm.

Con estos y otros datos queda claro que nuestro reciente pasado no ha tenido siempre un clima estable y predecible, más bien nunca lo ha tenido. Ahora bien, ¿en el cambio actual tenemos los humanos tanta culpa como se dice, o no? Creo que son los expertos quienes se deben de dejar de ideologías, de intereses y de inclinaciones diversas para trabajar en el progreso y la verdad, abriendo un auténtico y sincero debate, que es lo que debe de hacer la ciencia. Los demás poco podemos hacer, aparte de economizar energía en todas sus vertientes, reciclar para mantener el entorno más limpio y natural, y algo de lo que nunca se habla, que es el aprovechar al máximo nuestros bienes y servicios para luchar contra un consumismo que sólo genera basuras y gasta energía innecesariamente (para crear lo nuevo y reciclar lo viejo), o sea, los dos puntos anteriores juntos. Creo que aplicando el sentido común dejaremos una posibilidad de supervivencia a las generaciones futuras.

Yo he querido dar un paso más, y ofrecer mi casa, mi conexión a internet y mis cuidados futuros al estudio del clima, instalando una estación meteorológica y poniéndola a disposición de la Asociación Meteorológica del Noroeste Peninsular (NOROMET). A partir del 15/12/19, el alto Vidriales (desde Carracedo valle arriba) como paraje con características propias, muy distintas al resto del valle, cuenta con una estación meteorológica que se puede consultar desde cualquier parte y hora. El enlace es:

Una estación, la número 74 de la asociación, instalada y calibrada por un experto local en meteorología, Santi (Santi Bedunia)(Santiago Parrado), socio fundador de NOROMET, con estaciones propias en Camarzana de Tera y La Bañeza, y colaborador en el programa “La Bañeza y Astorga en la Onda” de radio Onda Cero La Bañeza y Astorga, dando las previsiones meteorológicas para la comarca.

Conclusión final: qué fácil es, y qué recurrente hablar del tiempo atmosférico; y qué fácil veo que soporta todas las culpas: cualquier racha que destaque, para calor o frío, aunque sea natural y cíclica, como la gota fría en el Mediterráneo, ahora será causa del cambio climático. Ya lo dice un antiquísimo refrán: ¿de qué te quejas, labrador “honrao”? Unas veces por seco, y otras por “mojao”. Cambiemos labrador por cualquier colectivo y tendremos el refrán actualizado, solo que ya tenemos a qué culpar:
al "recalentamiento global".






Lugares de interés:
Estación NOROMET Ayoó de Vidriales:
Artículo:
Científicos alertando del cambio climático:
Científicos en contra:
Catastrofismo climático:

Predicciones catastróficas:
Desmontando mitos:

Conferencia en la Universidad de Vigo, año 2006; Luis Pomar, Catedrático, Universidad de las Islas Baleares:

Conferencia en la Universidad de Vigo, año 2006; José Ramón Gómez Gesteira, Profesor. Área de Física de la Tierra. Facultad de Ciencias del Campus de Ourense, Universidad de Vigo



domingo, 10 de noviembre de 2019

Mi primer juguete.




Hoy he encontrado una cosa
que me ha atrapado la atención;
una caja de cerillas,
entre los trastos de un rincón.
Se me agolpan los recuerdos
de ese tiempo que ya pasó;
medio siglo, y yo era niño,
y alguna alguien me regaló.
Sin duda el primer juguete,
principio de una colección,
que guardaba en otra caja,
bajo la cama, en un cajón.
Todos los días volcaba
mis cajitas en un montón;
no me faltaba de nada:
tenía bloques de hormigón
para hacer casas y puentes,
y cada poco una ampliación.
Rellenaba aquel paisaje
con maquinaria de cartón:
uniéndolas con hilo, un tren,
una, entreabierta, era un camión,
en dos, un tractor y un carro…
al guardar, blanco de un cañón.
Y así pasaba los días,
horas y horas de quita y pon:
tenía lo que no tuve,
nada que viera me faltó;
todo estaba en mis cajillas…
me sobraba imaginación.

-----ETJ-----

sábado, 9 de noviembre de 2019

Las tejas del tejar de Ayoó.


De forma natural y espontánea todos los seres vivos construyen sus viviendas o guaridas con los materiales de su entorno más próximo. Todos menos últimamente los humanos, que por medio del transporte es capaz de construir con materiales traídos de la otra parte del mundo, con un resultado no siempre lógico o satisfactorio.

Algunos animales procesan la materia prima para hacer mejores sus construcciones. Como ejemplo cercano y conocido podríamos hablar de las avispas comunes, que mastican madera para sus nidos de auténtico papel;  las avispas alfareras, las termitas y las golondrinas, que amasan y construyen con barro; o unos gusanos que habitan en nuestros ríos y regatos, que algunos llamamos “carros”, los tricópteros, que hacen su casa móvil encolando madera y piedrecillas. Los humanos, algunas veces tan animales, modificamos por completo lo que sea, para adaptarlo a nuestras necesidades, y así hemos inventado o descubierto decenas de materiales nuevos que seguimos perfeccionando hasta límites insospechados.

En la construcción usamos muchos de estos nuevos materiales, haciendo nuestros edificios más resistentes, ligeros y eficientes. Hoy toca hablar de uno, muy antiguo, que apenas ha sufrido cambios, y que protege la mayoría de nuestras modernas casas de las inclemencias atmosféricas: las tejas cerámicas.

Parece ser que las primeras tejas, como piezas independientes e intercambiables colocadas en una cubierta para canalizar el agua de lluvia, eran de bambú y las usaban los chinos. Fueron los romanos los primeros en copiar y fabricar estas tejas moldeándolas en barro y luego aplicándole un proceso de cocción, primero con canales planas (tégula) unidas con curvas (imbrix), y luego todas curvas. Pero los que verdaderamente popularizaron y extendieron esta técnica constructiva fueron los árabes, y de ahí que se quedara con el nombre de “teja árabe”.

La teja árabe tardó mucho tiempo en llegar a Ayoó de Vidriales, por el simple hecho de que existía otro material en abundancia muy cerca y de relativamente fácil colocación y reemplazo: la urz.

Sebastián de Miñano y Bedoya, en su Diccionario geográfico-estadístico de España y Portugal, volumen I, nos corrobora este hecho con dos curiosidades, tilda el nombre de Ayoó en la primera “o” (Ayóo), y nos añade a la provincia de León. Es el año 1826 y dice textualmente que “las casas están cubiertas de urces que cogen en los montes inmediatos…” Unos años más tarde (1850), Pascual Madoz pone cifra a esas casas, “62 casas muy reducidas y de pocas comodidades”. No es extraño que en el famoso incendio que saltó a los noticieros nacionales de la época del 25 de Marzo de 1878 se quemaran 44 casas; tanta madera, un poco de viento, sin medios… menos mal a la ayuda de San Bartolo, si no se quema el pueblo entero (broma). Es fácil imaginarse la catástrofe, sólo hay que ver fotos de pallozas, pegadas unas a otras.

El caso es que llegamos casi al año 1900 y seguramente muy pocas casas de Ayoó tuvieran teja curva cerámica cubriendo sus tejados, si acaso la iglesia, o algún edificio singular. La explicación la dejé arriba, la cercanía y facilidad de construir con otro sistema igual de eficaz. Del mismo modo en la cercana Cabrera se cubrían con pizarras autóctonas, o donde hay piedra se usa en muros, y donde no la hay se construye con tapia y adobe. Pero se comprobó que la teja curva era excelente para los nuevos tejados (tejado viene de teja), tendrían mucha menos pendiente y el mantenimiento era mucho más rápido y fácil, comparado con el de urz. La solución a la demanda del nuevo material estuvo en hacer tejas cerca.

Hace unos días, repasando y limpiando un tejado de Villageriz, encontré una teja con una inscripción bastante débil. La bajé a lugar seguro, y continué la tarea. Pasaron dos o tres días y me acordé de la teja. Directamente al sol no es legible, en cambio de soslayo y jugando con las sombras el mensaje es claro… y precioso.
Fran (más “co” en superíndice: Francisco) Casado hizo esta teja en Ayoo
Y luego añadió luego cinco oes, supongo que para hacer la gracia, y lo subrayó.

En mis trabajos en los tejados he encontrado muchas tejas con algún detalle: paisajes, plantas, nombres, mensajes… Conservo una que dice “Bobo el que lo lea y tonto”. Pero ésta teja me ha parecido especial; una teja que bien merecía algo de investigación, así que aquí está:

La parte que viene ahora es la que más me gusta, hablar y preguntar a cuantos pudieran aportar memoria a mis letras. Teniendo en cuenta que los hechos ocurrieron entre finales del siglo XIX y principios del XX me he encontrado algunas imprecisiones; perdón si no lo escribo, o no lo entendí bien. Parece ser que el primer tejar en el alto Vidriales lo fundaron el “ti” Juan Casado, natural de Ayoó y el “ti” Aquilino Gutiérrez, de Congosta, en el lugar que luego se llamaría “los tejares de Congosta”, en Ayoó Pequeñino. Un nefasto día, Juan sufrió un accidente laboral, al desplomársele encima un pequeño alud cuando extraía la materia prima. El caso es que murió, dejando a su viuda, Josefa, con una hija pequeñita, Lucinda. Por aquel entonces un hermano de Juan, Francisco, había emigrado a Buenos Aires y al conocer la triste noticia volvió para el pueblo. Como hermoso detalle, para que su cuñada y su sobrina no se quedaran solas y desamparadas, adoptó como hija propia a Lucinda y se casó con Josefa. Sin duda fue una acertada relación que pronto se convirtió en verdadera familia, ya que luego tuvieron otros hijos, y Francisco y Aquilino continuaron los trabajos en el tejar unos cuantos años más.

Parece ser que el horno de este tejar era como uno de hacer pan, pero gigante. Una cúpula de adobes en la que se ordenaban las tejas; y una gran hornilla que le proporcionaría el calor necesario para la cocción. Nada que ver con el horno del tejar de Ayoó, como luego veremos.

Unos dicen que por edad avanzada de los socios, otros que porque se acabó la veta del buen barro, el caso es que el tejar de Congosta dejó de funcionar, y al poco tiempo un hijo de Aquilino, Antonio Gutiérrez, se asoció con José Menéndez y Julián Tostón y juntos fundaron un tejar en Ayoó, activo casi 15 años, en el paraje “la Madre”, cerca del lugar conocido como “la Noria”.

Todavía hoy, tras la concentración parcelaria, el paso de maquinaria para igualar y las labores agrícolas, se aprecia claramente el desmonte por la extracción de la materia prima. A dicho talud había que añadir una zona lisa, el tendal, y otra zona para depositar la gran cantidad de leña necesaria; todo en torno al edificio principal: el horno. Éste tenía un tamaño aproximado de 3 por 3 metros de base, y posiblemente 5 de altura, con un tejado elevado un metro sobre las paredes que evitaba inundarse en días de lluvia. En la parte baja estaba la hornilla, con forma de túnel con varias troneras en toda su longitud por donde saldría el calor hacia el interior. En un lateral estaba el acceso, una entrada para rellenar de tejas, bien colocadas verticalmente, que se cerraba con adobes y barro para empezar a cocer. Es un tipo de horno que no tiene cámara como el de Congosta, es como cocer dentro de una enorme chimenea, con sobregasto de leña.

Otra pieza clave en esta industria es un simple hoyo en el suelo al que se le llena por la mitad de agua; el barro extraído se muele muy bien y se añade en capas al hoyo hasta que desaparece el agua. Se le deja reposar algunas horas, y luego con los pies desnudos los obreros amasan enérgicamente la mezcla; un trabajo muy pesado tras el cual se vuelve a dejar reposar. El siguiente paso es hacer una “pilada”: meterse de nuevo al hoyo, extraer con las manos el barro y amontonarlo en la orilla golpeándolo con fuerza. Y luego otra vuelta con la misma energía, y cuantas más mejor, para sacar el aire y dejar un material dócil y maleable.

Bajo un tendejón de ramas estaba el propio alfar, una mesa sobre la que se espolvorea ceniza o cualquier polvo para poner la matriz de la teja encima, aplastar con las manos el barro necesario y pasarle una madera presionando atrás y adelante para quitar el sobrante. La matriz solía ser de hierro, una pieza trapezoidal con el espesor de la teja, que es la que da el tamaño. Luego con habilidad se levanta la matriz y se mete debajo una pala de madera, con forma troncocónica que es la que da la forma y sirve para transportarla al tendal, la zona de secado de unos 100 metros cuadrados. Las tejas se depositan con el lomo hacia arriba, y a unas se le aplasta suavemente y a otras cuando la paleta está por la mitad se realza, para conseguir los dos tipos de tejas, llamadas popularmente “camas” y “caballetes”.

También se fabricaban en otro formato, muy pocas, pero mucho más grandes: son las llamadas tejones, limas, o limahoyas. Se colocaban en los encuentros de pendientes, para canalizar mucha más agua y además facilitar las futuras labores de limpieza. En una de las muchas conversaciones con los informantes, Paulino Gutiérrez me dijo que en su casa, al modificar una lima, encontró uno de estos tejones con una inscripción detrás, y amablemente se ofreció a enseñármelo por si podía aportar más datos a la investigación. En letra grande, elegante, y bien marcada se puede leer: “Sixto Castaño Delgado Natural de Congosta”. Es de suponer que ésta teja es del tejar de Congosta, en el que Sixto no trabajó; si acaso iría a hacer un encargo, o simplemente pasara por allí y le permitieron dejar su nombre y pueblo para la posteridad.

El proceso de fabricación de tejas continúa del secado al horno, y mucho calor, ininterrumpido durante un día y medio. Los alfareros también hacían noche atentos de que la llama fuese constante, para una cocción óptima. La teja está bien cocida si su sonido es metálico, y si una persona de corpulencia normal se puede subir sobre una teja vuelta apoyada en el suelo, con un pie en cada ala, y se puede mecer sin romperse.

Por mi experiencia en este tipo de teja, tengo que decir con sinceridad, que son de las mejores que he encontrado: grandes, uniformes, derechas, sin caliches, muy bien cocidas… dando por excelente el tejar de Ayoó, al menos en la remesa que podemos certificar como suya gracias al mensaje de Francisco.

Y un apunte curioso: las tejas nuevas, en la primera colocación, no son cien por cien impermeables. De igual forma que los botijos, permiten una leve sudoración. El tiempo y la intemperie se unen en un fenómeno bien conocido, la colmatación, por la cual los poros de las tejas se cierran para terminar siendo aislantes perfectas de la humedad. Y del mismo modo que la piedra recién sacada de la cantera es relativamente blanda, y ya los antiguos romanos las dejaban a la intemperie dos años para que con el sol, la lluvia y los hielos adquirieran dureza, a las tejas les ocurre lo mismo, con los años el tejado madura y mejora de forma natural. De ahí viene el refrán: “no compres cosa vieja que no sea vino, jamón o TEJA”

Terminados los informantes del alto Vidriales, tuve el acierto de acordarme de un buen amigo colaborador en algunos artículos de este blog: Dori, de Castrocalbón. Le pregunté acerca de los hornos antiguos alfareros de Jimenez de Jamuz, por hacerme una idea más concreta del horno del tejar de Ayoó, y después de su ilustración me llevó al Museo de Castrocalbón, lugar donde él depositó hace varios años unos objetos encontrados en la escombrera de Congosta, seguramente propiedad de los alfareros Juan y Aquilino: una matriz de teja que coincide bastante bien con la lima de Paulino, y una paleta con la horma, para tejas más pequeñas que la que apareció en Villageriz, que alguien no supo darle el adecuado valor. Viéndolas es fácil entender parte del proceso ancestral de elaboración manual de las tejas, esas que junto con sus moldes hoy acaban desechadas por inútiles.

Y como conclusión final, no sabemos cómo ni por qué Francisco Casado firmó la teja en el tejar de Ayoó porque no trabajó allí, pero nos lo podemos imaginar. En alguna visita a sus colegas, quiso dejar constancia de su saber hacer, moldeando una nueva teja. Un trabajo que, como las obras importantes, también dejó firmado para la posteridad. La teja viajó a Villageriz, como lo pudo haber hecho a otro lugar, y terminó en mis manos como pudo haberlo hecho en otras; la suerte es que mi teja es parte de una historia y así la conservaré, y las demás tejas, por desgracia, serán parte de la escombrera.


En el centro del mapa, situación del tejar de Ayoó.


Desnivel, por la extracción de barro.


Teja de Francisco Casado




 Detalle.


Situación del tejar de Congosta.



Teja de Paulino Gutiérrez, del tejar de Congosta.




Útiles del tejar de Congosta. Museo de Castrocalbón.



Tejas con decoraciones.